El pasado miércoles, de atardecida, en lo que iba a constituir una verdadera noche de los cuchillos largos, la integridad de Wisconsin fue brutalmente violada en el Capitolio del estado de Wisconsin. El 9 de marzo, la integridad y la confianza construidas durante un siglo fueron arrasadas cuando los senadores del estado de Wisconsin se apresuraron a invertir el rumbo y sajaron por la mitad su “ley presupuestaria de reparación” del déficit presupuestario. Los asuntos financieros requieren un cuorum; de modo que la negociación colectiva se sacó de esa ley presupuestaria de reparación del déficit, a fin de permitir su votación inmediata por separado. Aun así, se violaba la Ley estatal de reuniones abiertas, que exige un plazo de 24 horas para asegurar la transparencia.

Los senadores republicanos del estado de Wisconsin sacaron adelante la nueva legislación sin previo aviso en plazo; se pusieron manos a la obra, dejando a un solo y estupefacto legislador demócrata –Peter Barca— predicar en el desierto leyendo en alto la Ley de reuniones abiertas para evitar que los senadores se aprestaran a votar. Pero el Senado votó, haciendo cas omiso a sus objeciones.

El estilo de Wisconsin siempre se ha centrado en la integridad. Y en efecto, esa es la única ventaja comparativa que ese estado federado podía revindicar. Ya no. Abolida la negociación colectiva, una muchedumbre de asuntos de enorme importancia queda fuera del control de los trabajadores. La privatización de activos públicos está ahora en la agenda política con la ley presupuestaria de reparaciones aún por votar.

Wisconsin es un estado que inventó la Era Progresista dominada por el Partido Republicano en el siglo XIX y comienzos del XX, bajo la égida de populistas progresistas como Robert LaFollette. Bajo su mandato, la búsqueda de rentas privadas extraídas del dominio público y análogas corruptelas dimanantes de información interna ventajista fueron combatidas y frenadas por un robusto sector público anclado en la integridad. La larga historia de ese estado federado en materia de reformas fue el suelo nutricio de una próspera clase media, y convirtió a su territorio en un modelo de gobierno limpio, sólidas infraestructuras, sindicalismo organizado e industria de alto valor añadido gestionada por socialistas y progresistas del tipo de LaFollette.

Tan distintos de Scott Walker hoy. Representante de una nueva cepa inasimilable a los republicanos de antaño en Wisconsin, Walker busca el renacimiento del latrocinio de activos que caracterizó a la Era de la Codicia [la época de los “barones ladrones” y las grandes fortunas especulativas, entre otros, con el negocio de los ferrocarriles en la posguerra civil norteamericana; T.]. Una plaga de buscadores de renta busca ganancias rápidas por la vía de privatizar el sector público y erigir por doquiera rentables peajes de acceso a las carreteras, a las plantas de energía y a otras infraestructuras básicas.

Los manuales de economía y los telediarios de la cadena Fox [de extrema derecha], de consuno con agresivos locutores radiofónicos, propagan el mito de que se ganan fortunas productivamente invirtiendo en equipo de capital y empleando trabajo para producir bienes y servicios que la gente quiere comprar. Puede que sea así cómo prosperan las economías, pero no es así cómo se hacen fortunas del modo más fácil. Basta leer al novelista decimonónico Balzac para saber que detrás de cada fortuna familiar hay un gran robo, a menudo olvidado desde hace mucho o aun sin descubrir.

¿Pero a quién se roba? El grueso de las riquezas registradas en la historia fueron adquiridas, o bien mediante la conquista armada de tierras, o bien a través de la información política ventajista interna, como fue el caso en los obsequios de terreno público para la construcción de los ferrocarriles en los EEUU del siglo XIX. Las grandes fortunas norteamericanas se fundaron en el despojo al dominio público de tierras, empresas y derechos de monopolio: porque en el dominio publico es dónde se hallaban los activos.

A lo largo de la historia, las economías más exitosas han sido las que han logrado frenar este tipo de acumulación primitiva. La economía norteamericana de nuestros días trastabilla en muy buena medida porque sus tradicionales barreras protectoras frente a los buscadores de renta se han quebrado.

En ningún lugar se puede ver esto en marcha de manera más perturbadora que en Wisconsin. Hoy, Milwaukee –la mayor ciudad de Wisconsin, y otrora la más rica de los EEUU— se halla entre las cuatro grandes ciudades más pobres de los EEUU. Wisconsin es sólo el caso más reciente de un rimero de grandes atracos. “Etapa final” de la doctrina neoliberal, propio gobierno de los EEUU y sus agencias regulatorias están siendo privatizados.

Basta un somero vistazo a la llamada “Ley presupuestaria de reparación” del Gobernador Walker para descubrir un verdadero muestrario de horrores, que son todo lo contrario de una verdadera “reparación” del déficit. Entre los puntos enumerados por la ley hasta el miércoles por la noche había privatizaciones liquidadoras de plantas públicas de generación de energía, en contratos sin subastas, obviamente favorecedores del ventajismo con información política interna.

Las 37 plantas que Walker pretende vender por liquidación producen calefacción y refrigeración a bajo coste a las universidades y a las cáceles del estado. La ley presupuestaria de reparación las liquida a bajo precio, presumiblemente a favor de contribuyetes a su campaña electoral, como las industrias Koch, y luego carga a perpetuidad la factura de producir esa energía a mayores precios a los contribuyentes de Wisconsin. ¡Y todo eso se vende como un plan de “alivio al contribuyente”! Inexorablemente, eso dará paso a una ulterior legislación, una vez que se desvíe la atención respecto de la disputa actual.

La ley presupuestaria planea también la demolición del Sistema de Jubilación de Wisconsin (WRS, por sus siglas en inglés). Esto no es Nueva Jersey, en donde una sucesión de gobiernos corruptos ha terminado en la subfinanciación (léase: robo) del sistema estatal de pensiones, a fin de desplazar recursos para cubrir los agujeros presupuestarios en la recaudación general causados por los recortes fiscales a favor de los ricos. No; el WRS es uno de los sistemas públicos de pensiones más estables, mejor financiados y mejor gestionados de la nación. Aunque Wisconsin no es un gran estado, el WRS ha llegado a atesorar 75 mil millones de dólares en reservas, y paga puntualmente generosas pensiones a sus funcionarios retirados, sin necesidad de subsidios públicos. La ley de Walker está redactada con un lenguaje a propósito para demoler este sistema, asaltando sus activos para pagar ulteriores recortes fiscales para los ricos (especialmente los propietarios) y arrojando, luego, a los tiburones de Wall Street buena carnaza, a medida que los empleados públicos pasarán a los planes 401k [sistemas privados de ahorro para la jubilación; T.] manejados por gestores de dinero que trabajan a comisión.

En una propuesta separada, el Gobernador Walker empezaría el proceso de privatización de los dos campus estrella, subvencionadores de doctorados, de la Universidad de Wisconsin. Irónicamente, las universidades estatales a las que el Estado federal concedió [en el último tercio del XIX] terrenos federales para su construcción –entre las que la de Wisconsin descolló— fueron creadas por los republicanos proteccionistas del siglo XIX para promover visiones alternativas a la doctrina británica del libre mercado, que dominaba en las prestigiosas y muy anglófilas universidades de la Ivy League [las ocho grandes universidades privadas del noroeste de los EEUU, encabezadas por Harvard; T.]. Esas universidades estatales públicas establecidas en terrenos federales cedidos a los estados, como sus semejantes en Alemania, enseñaban una nueva política económica de gestión estatal y empresa pública que formó la base del subsiguiente desarrollo norteamericano y alemán.

Walker pretende liquidar esa tradición y ofrecer la producción intelectual al mejor postor.

Otras propuestas sugieren la venta de los bosques septentrionales públicos de Wisconsin, rebosantes de minerales y riqueza maderera. Y se dice que en preparación hay mucho más.

De modo que la de Walker no es sólo una guerra contra los Demócratas y los trabajadores; es una guerra también contra las instituciones de la Era Progresista de Wisconsin. Su política amenaza con la pauperización del estado y amaga con un golpe de gracia a las instituciones de la Era Progresista y, por lo mismo, con la proletarización de las clases medias de ese estado. Contra la gentil sugerencia de John Maynard Keynes de proceder a la “eutanasia del rentista”, a quien se quiere eutanasizar ahora, en toda la América del Norte y en toda Europa, es a la clase media.

* Michael Hudson trabajó como economista en Wall Street y actualmente es Distinguished Professor en la University of Misoury, Kansas City, y presidente del Institute for the Study of Long-Term Economic Trends (ISLET). Jeffrey Sommers es profesor visitante en la Escuela de Economía de Estocolmo en Riga. Fuente: Counterpunch, 12 marzo 2011, traducción para www.sinpermiso.info: Mínima Estrella.