La Paz, (PL).- El silencio desata la magia escondida en el callejón de Jaén, en la ciudad boliviana de La Paz, otrora Kaurd Kancha o mercado de llamas, y ahora suerte de museo viviente en el que confluyen pasado y presente. Cada piedra recuerda los tiempos en que mercaderes de distintas regiones realizaban en ella la compra y venta de animales típicos del altiplano boliviano, pese a la cantidad de museos instalados a ambos lados.

Sobre todo indígenas campesinos, provenientes de los poblados cercanos a la ciudad, llegaban al lugar con sus llamas, alpacas y vicuñas en la dieciochesca centuria y allí negociaban hasta alcanzar algo más que el acostumbrado desprecio de los mercaderes criollos. Y es que la conocida en estos tiempos como calle Apolinar Jaén -en honor al orureño que alentó la lucha liberadora en los pueblos negros de Yungas contra el dominio colonial español- terminó copada por personajes de total renombre en la sociedad mestiza como Pedro Domingo Murillo. La antigua casa del prócer de la independencia boliviana devino uno de los tantos museos que atraen a millares de visitantes extranjeros, nacionales y escolares al callejón, que inicia en la calle Indaburo y desemboca en la Sucre. Entre piedras y construcciones coloniales pululan, por la estrecha franja vial, leyendas similares a las que por toda la América hacen énfasis en la existencia de seres infernales empeñados en asustar a los paseantes nocturnos o redimir a los borrachos, solteros desbocados u hombres libertinos. Jaén, corta por su longitud, pero enorme por el incalculable contenido histórico que acumula, inicia con la Casa de la Cruz Verde y desde allí parece indicar que en cualquier momento aparecerán fantasmas infernales arrastrando cadenas o en carruajes tirados por caballos con ojos temerarios. Esta creencia era frecuente en la época colonial, cuando corría también la voz de que una viuda condenada por seductora recogía a los borrachos en altas horas de la noche para llevarlos consigo a un rincón misterioso. Ello motivó que los vecinos del lugar, católicos en su mayoría, decidieran colocar una cruz de color verde para ahuyentar a todas las almas en pena y seres sobrenaturales a la entrada de la callejuela. Desde entonces, el icono forjado en metal recibe a los que comienzan el recorrido desde el parque Riosinho y voltean la vista hacia la puerta del Museo de Instrumentos Musicales de Bolivia, creado en 1962 y en el cual radica el Teatro del Charango. El encanto de la música de este país suramericano, armonizada casi siempre con quenas, zampoñas y charangos, puede degustarse al estilo de las peñas originales en la vieja casona. Un poco más allá, el Museo Etnocultural hechiza con las evidencias que conserva de la heterogeneidad distintiva de los pobladores de este territorio andino-amazónico, en tanto el Museo de Metales Preciosos o del Oro permite transitar por la historia monetaria. El domicilio donde está enclavado este último perteneció al compañero de Murillo en la Revolución de 1809, cuyo nombre tomó la calle, y guarda piezas realizadas en oro, plata, cobre, bronce y cerámica de las culturas aymara, mollo, wankarani, tiwanaku, chiripa e inca. Útiles de trabajo, armas, utensilios para el hogar, vestimenta y adornos corporales como diademas, mascarones, pectorales, collares, brazaletes y orejeras, despiertan la admiración en este reservorio, donde destaca la Fuente Magna, anterior a nuestra era y de origen mesopotámico. La Casa de Murillo, en el número 79, expone piezas del prócer y todo lo que puede ayudar a conformar una idea más clara del modo de vida de las clases criollas en épocas coloniales. Entre ellas destaca una de las fuentes históricas más preciadas por los seguidores de la historia americana: la proclama de la Junta Tuitiva, símbolo de los movimientos libertarios contra la dominación ibérica. El Museo Costumbrista Juan de Vargas y el Museo del Litoral Boliviano prueban el devenir de españoles, criollos, mestizos e indígenas durante la vida colonial y republicana, pero en particular el segundo apunta a lo más marcado en el imaginario popular: la cuestión de la mediterraneidad. Larga data acumula la frustración boliviana por la pérdida del acceso soberano al mar, en virtud de la fratricida Guerra del Pacífico (1879-1883), y este local muestra cada pedazo capaz de retrotraer a la etapa en que ese derecho era respetado. En una placa del museo quimérico, situado al final de Jaén, un poema del diplomático boliviano Jaime Caballero recita: “El mar está más lejos que una noche pasada… El mar está más cerca que mañana”. Estos versos son todo un signo de esperanza, de que la vieja herida un día sea restañada, y cierran el recorrido por la callejuela paceña, que al decir de otro poeta se desliza “con la hermosura de las sombras y repite el eco de los pasos”.

* La autora es corresponsal de Prensa Latina en Bolivia.