La Paz, (Especial SEMlac).- Hace unas semanas, Norberta Salomo terminó de construir una pequeña habitación en su terreno y planeaba ir a vivir allá en estos días. Ya había llevado parte de sus pertenencias al lugar, donde también guardaba materiales para seguir edificando su casa. Pero ahora todo ha desaparecido, incluida su tierra.

Ella es una de las más de 6.000 personas afectadas por el mayor desastre de la historia de la ciudad de La Paz, un deslizamiento que se extendió por 140 hectáreas, en la ladera este de la cadena de montañas que rodean a la urbe. Ahí se asentaban 10 barrios. La mayoría de unas 1.500 casas se derrumbaron y las que quedaron en pie son inhabitables. El intenso período de lluvias es una de las causas, pero hay más.

Una oportuna advertencia permitió evacuar a las familias, aunque gran parte apenas tuvo tiempo para salir corriendo y ver cómo el trabajo de toda una vida se desplomaba. Sandra Huanca, vecina de Pampahasi central, tomó a sus dos niños, algunos pantalones y zapatos; mientras, al otro extremo de la ladera, en Callapa, Pascuala Mamani, que vive sola porque sus hijos la olvidaron, salió con lo que tenía puesto.

Las campañas de ayuda han recolectado lo más urgente, como ropa, frazadas, colchones, artículos de higiene, entre otros. Pero se calcula que, sumadas, las pérdidas individuales superan los 50,5 millones de dólares.

El movimiento de la tierra ha cesado, según el último informe de la Alcaldía de La Paz, por lo que comenzaron a abrir ingresos para facilitar la recuperación de pertenencias o, aunque sea, de materiales que aún sirvan. Lo que fueron calles y avenidas son ahora un conjunto de profundas y peligrosas grietas, donde también se observan vehículos atrapados.

Durante toda la semana pasada, rescatistas, conscriptos y premilitares, además de familiares y voluntarios registrados, sacaron uno a uno objetos o partes, caminando como mínimo unos 500 metros por encima de los escombros. En cada uno de los 15 campamentos instalados, mujeres, niños, niñas y personas ancianas cuidan lo recuperado, no sólo de la lluvia sino de ladrones que los rondan.

Sin trabajo

Norberta Salomo es una trabajadora del hogar que pagó su terreno con los ahorros de toda su vida; su sueño era compartir con su pequeña hija una casa propia. Este año se veía prometedor, pues también consiguió un mejor empleo, pero desde el domingo 27 de febrero no para de llorar.

A consecuencia del deslizamiento parecería que la habitación entera fue absorbida por la tierra y ya no existe la planicie que la conquistó en Callapa. Se trata de una zona agrícola y ganadera, donde convivían productores que habitaban viviendas precarias, y familias de mayores ingresos que construyeron grandes casas.

Para demostrar que es una de las damnificadas, Salomo tiene que asistir, de forma obligatoria, a las reuniones que convocan los dirigentes de la zona. Por ello dejó su trabajo, donde también vivía, y tuvo que incorporarse al campamento del lugar, mientras su hija está al cuidado de su madrina, cuenta a SEMlac.

Gente que se refugió con familiares y amistades, lo que ayuda a evitar el hacinamiento en los campamentos, ha reclamado por la presión de sus dirigentes. Por ello, el alcalde de La Paz, José Luis Revilla, mediante una carta, ha pedido cautela al presidente del Estado Plurinacional, Evo Morales, al momento de cumplir la promesa de dotar de casa nueva a las y los damnificados, pues algunos dirigentes están cometiendo abusos.

Aida Quispe vivió en Callapa durante 20 años y ella no sabía que en los años treinta ya hubo un deslizamiento en el lugar. En esa ocasión no hubo desastre, porque la zona prácticamente estaba deshabitada. Allí nacieron sus hijos y su nieta, y en su terreno podía cultivar y criar animales y seguir vendiendo cinturones en su puesto en un mercado del centro de la ciudad de La Paz.

Ahora sólo asiste a las reuniones convocadas por los dirigentes y se asegura de estar anotada en las listas, mientras su esposo se ocupa de escarbar los escombros de su casa y quemar lo inservible, en una suerte de ritual para que deje de llover. En su campamento también hay vacas de familias que vivían de la producción lechera; ahora el ganado apenas tiene qué comer, pero también hay gente y organizaciones solidarias con los animales.

Animales SOS rescató cientos de animales, entre perros, gatos, ovejas, cerdos y hasta dos alpacas, y mucha gente está optando por el sacrificio de sus mascotas, comentó a SEMlac Susana Carpio, directora de esa organización. Quienes más sienten esta decisión son los niños y niñas que también perdieron sus juguetes y su material escolar. La Unicef contabilizó 995 menores damnificados.

Fila para el agua y la comida

Teresa Flores, que vivía en Kupini, no tiene en qué cocinar y, al igual que las otras mujeres está pendiente de las filas que les hacen formar cuando llega la solidaridad traducida en comida preparada. Alimentos no han faltado y tampoco variedad, lo que ha provocado problemas estomacales, sobre todo a niños y niñas.

Por eso las madres de los más pequeños han estado pidiendo que las ayuden con pañales desechables. El agua que llega a los campamentos es de cisterna o embotellada y la reservan para beber y asearse. No les queda más que ahorrar y miles de mujeres están modificando los hábitos familiares de consumo de agua, ya que el deslizamiento afectó también las redes de distribución de la residencial zona sur y dejó sin el líquido a unas 80 mil personas.

Patricia Apaza tiene dos niños y es ayudante de cocina en un barrio próximo al suyo que no sufrió daños; espera conservar su empleo, ya que su esposo lo perdió. Él es albañil y trabajaba en la construcción de casas en Callapa. Lavar ropa es lo más difícil para ella viviendo en carpas, pero ubicó una vertiente de las muchas que existen en el lugar.

Esa es una de las causas de la tragedia, sostiene Néstor Jiménez, geólogo de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA). La ciudad de La Paz se edificó en un valle surcado por siete ríos grandes, 300 ríos intermitentes y 400 ríos subterráneos que confluyen en cinco subcuencas, según datos de la Sociedad de Ingenieros de Bolivia.

La ciudad está en una hoyada rodeada de montañas, adonde parecería que las casas han trepado desafiando a la ley de gravedad. Lo hacen a pesar de que sólo seis por ciento del suelo es apto para la construcción, de acuerdo al estudio del geógrafo Willy Quevedo. Éste y otros trabajos han permito que la Alcaldía identifique 39 zonas de alto riesgo.

Pero la necesidad de casa propia y el comercio ilícito de terrenos inestables, cometido por inescrupulosos conocidos como “loteadores”, ha poblado las laderas. Además, la Alcaldía ha ido legalizando las propiedades y la presión de las y los vecinos ha conseguido el acceso a servicios básicos y construcción de infraestructura vial.

Lo que más ha tardado ha sido el alcantarillado, por lo que los desechos absorbidos por la tierra se han ido acumulando y han generado más inestabilidad. Ana Arce vive hace siete años en Pampahasi central y sus documentos de propiedad están en orden, gracias a esto consiguió un crédito bancario. La casa ya no existe, pero la deuda sí. El gobierno anunció que estos casos serán tratados de forma particular.

Ella acompañaba a un grupo de vecinos que se organizaron para exigir que los dueños de dos fábricas de frituras retiren su maquinaria, pues creen que el peso puede ocasionar que el deslizamiento se extienda. Los funcionarios de la Alcaldía les dieron la razón, porque observaron el incumplimiento de algunas normas de seguridad pero no pudieron responder a los reclamos de Ana Arce.

Gabriel Santos es un joven obrero de Comalbo, una de las fábricas observadas, donde trabajan ocho varones más y 30 mujeres. También vive en Pampahasi con su esposa y sus pequeños hijos; su casa no está en peligro inminente, aunque ya presenta rajaduras. Él ignora lo que pasará con su trabajo y así se suma a las miles de personas que aún no saben por dónde comenzará la reconstrucción de sus vidas.

* Periodista paceña. alvarezhelen13@gmail.com