La Habana, (Prensa Latina).- La selva americana cobija aún a quienes no conocen el dinero ni la vergüenza de andar desnudos, que viven para cazar y compartir, pescar y celebrar, sin percibir los riesgos sobre ese “Paraíso”. Como en la novela Los pasos perdidos, del cubano Alejo Carpentier, adentrarse en las profundidades de América es viajar también a los orígenes de la Humanidad, a los primeros días de la Creación.

En estas tierras de lo real maravilloso viven todavía comunidades del Neolítico donde se anula el tiempo y los siglos después de la Conquista parecen negados a transcurrir. Pueblos cuyos ritmos no son acaso los del año, los meses y los días, que adoran todavía petroglifos y serpientes, seres del aire, bestias de las aguas y la tierra, figuraciones de lunas, soles y estrellas.

Son grupos que viven olvidados de la historia por decisión propia, a la sombra de árboles milenarios, entre nieblas verdes y ríos surcados de pirañas. Habitan en las grandes mesetas de la Amazonía, en regiones perdidas de Venezuela, Ecuador, Perú, Brasil, Colombia, Paraguay y Bolivia. Casi todos cuentan con pocos individuos, algunos no tienen comunicación con el mundo exterior desde hace décadas y otros no han sido aún contactados.

A finales de enero de 2011, las imágenes de una tribu nunca antes identificada en las entrañas de Brasil recorrieron los medios más importantes del mundo. Ataviados de cintas y plumas, varios hombres apuntaban al avión y a la cámara con flechas y lanzas, mientras otros miraban impávidos o gritaban y huían entre los árboles.

Las tomas parecían venir de una película histórica sobre el Descubrimiento de América o ser una recreación de las leyendas y cosmogonías del Popol-Vuh, libro sagrado de los quichés. Las fotografías atrajeron la atención y la curiosidad de millones de personas, pero revivieron también la polémica sobre la seguridad de estas comunidades autoaisladas.

Según el Foro Permanente sobre Cuestiones Indígenas de las Naciones Unidas, este tipo de poblaciones son llamadas no contactadas, pues sus miembros eligen vivir alejados de la sociedad y de otros grupos aborígenes. Sólo se sabe de ellos por las huellas que dejan a su paso en los bosques tropicales o por encuentros ocasionales.

Conviven en un aislamiento voluntario y rechazan cualquier tipo de intercambio, incluso, con funcionarios del gobierno o religiosos que intenten visitar sus aldeas. La asociación Survival International (SI), dedicada a la protección de los nativos, indica que existen centenares de esas sociedades primitivas en Latinoamérica, la región del mundo considerada con mayor número de tribus aisladas.

La Fundación Nacional del Indio (FUNAI), de Brasil, considera que sólo en ese país habitan cerca de 70 pueblos en total incomunicación, casi todos ubicados en la zona amazónica, en las fronteras con naciones vecinas. Ese ente gubernamental estima que el valle del Javarí, limítrofe con Perú, aloja como mínimo a siete de ellos.

Survival International calcula que existen otros 15 en los bosques peruanos, 11 en Ecuador y otras tantas decenas en Venezuela y Bolivia. En este último país, en la región del Gran Chaco, cercana a Paraguay, se cree que habita el tercero de los grandes núcleos aislados a escala global, después de los de Brasil y Perú.

Estudios de SI muestran que sus principales faenas son la recolección, la caza y la pesca, aunque algunos practican la agricultura, principalmente de yuca (mandioca) y otros tubérculos. En muchos casos, son nómadas y permanecen en un mismo lugar solo dos o tres días, por lo que su sistema cultural, económico y social depende de los recursos obtenidos de la selva.

La arqueóloga Almudena Hernando, de la Universidad Complutense de Madrid, afirma que es tal el vínculo de estos grupos con el hábitat que no existe separación entre naturaleza y cultura. Sin embargo, SI considera que de algunas poblaciones solo queda un superviviente, mientras otras desaparecieron debido a enfermedades provenientes del “mundo exterior”.

Según el Foro de las Naciones Unidas, la mayoría de ellas están en peligro inminente de extinción pues habitan regiones frecuentemente explotadas por sus recursos naturales.

Aislamiento ¿voluntario?

De acuerdo con investigaciones internacionales, razones no faltan para que estos pueblos rechacen cualquier tipo de encuentros con personas ajenas a su comunidad. Cálculos de SI indican que, como promedio, 50 por ciento de los miembros de cada clan mueren tras ser contactados.

A inicios de la década de 1980, durante una perforación en territorio peruano, la petrolera estadounidense Shell halló una tribu, los nahuas; más de la mitad de sus integrantes desaparecieron pocos años después.

“Todo mi pueblo murió, empezaron a dolerles los ojos, empezaron a toser, se pusieron enfermos y murieron justo allí en la selva”, contó una sobreviviente a SI.

La comunidad aislada de los tetete, en Ecuador, se extinguió totalmente tras conflictos territoriales con empresas petroleras y madereros.

En Colombia, un intento de contacto con los llamados nukak makuk provocó una disminución de su población a 400 personas, de un total de casi mil 200, principalmente a causa de infecciones respiratorias.

La Organización Panamericana de la Salud (OPS) atribuye esto a la extrema vulnerabilidad de los aborígenes aislados a cualquier forma de contacto con foráneos, al no tener inmunidad frente a enfermedades tan comunes como la gripe.

Otras dolencias frecuentes en las ciudades como herpes u otras infecciones cutáneas, dengue, sarampión, hepatitis, tifus o viruela, devienen epidemias casi siempre mortales, afirma la OPS.

Por otra parte, la mayoría de los países donde habitan, salvo Brasil, no cuentan con mecanismos legales o prácticos para su protección.

Todas estas naciones son signatarias de tratados internacionales sobre el tema, como el Convenio 169 acerca de Pueblos Indígenas y Tribales de la Organización Internacional del Trabajo, que establece el respeto y defensa de las tierras y costumbres aborígenes.

Sin embargo, organizaciones defensoras de los derechos humanos aseguran que en la práctica, al estar incomunicadas, no forman parte de los intereses de los gobiernos.

El informe Situación de los últimos pueblos indígenas aislados en América Latina, realizado en 2006 por el antropólogo Vincent Brackelaire, así lo confirma. El estudio alertaba hace ya cinco años sobre la existencia de deficiencias en la inversión de recursos financieros y humanos por parte de los estados del área para proteger estas tribus.

SI denuncia que ante la falta de políticas sólidas, actualmente las zonas donde habitan son constantemente invadidas por madereros ilegales, compañías petroleras, de gas y otras empresas de extracción de recursos naturales.

Las incursiones de trasnacionales en la Amazonía resultan casi siempre fatales para estos grupos, por los daños que provocan en su hábitat al talar árboles, contaminar ríos y deforestar la selva, única fuente de vida conocida por ellos.

Aproximadamente 70 por ciento de los bosques peruanos están en manos de empresas extranjeras. En Brasil, un estudio del Departamento de Asuntos Indígenas estima que 31 por ciento del territorio de selva donde habita un grupo aislado, los llamados Awá, fue cortado ilegalmente en 2009.

La FUNAI denuncia que muchos leñadores persiguen de modo deliberado a estas poblaciones, algunas de las cuales fueron asesinadas completamente y otras obligadas a vivir en constante huida.

Así, antropólogos estiman que muchas de estas tribus están condenadas a la extinción a mediano plazo, pues el régimen errante de vida hace que muchos opten por no tener descendencia.

Además, como siempre están huyendo, no pueden cultivar y dependen únicamente de la caza y la pesca, lo que limita también sus condiciones de vida.

El Informe del Seminario Regional sobre Pueblos Indígenas Aislados y en Contacto Inicial de la Amazonía y el Gran Chaco (2006) llamó a los gobiernos del área a establecer lazos de cooperación eficaces para proteger los derechos de estas comunidades.

Desde hace años, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura pidió preservar las tribus no contactadas, consideradas Patrimonio Mundial en peligro. Ya en 2011, las sugerencias parecen haber caído en saco roto.

Mientras, el mundo recuerda a estos pueblos cuando algún encuentro casual, como el de enero, revela alguna foto, vendida después como atracción de feria. Más de 500 años después, nuevas colonizaciones y conquistas tienen lugar en las selvas profundas de Latinoamérica.

Tal vez, los mismos temores de hace cinco siglos reviven cuando estas tribus ven llegar el anuncio de muerte vestido de hombre blanco.

Los nuevos conquistadores ya no utilizan espada o arcabuz, pero el significado de su aparición no debe ser muy diferente a la de aquellos tiempos, cuando las carabelas en el horizonte anunciaron la llegada.

Parecen volver hoy los años del despojo, la época del trueque de oro por espejitos y cristales de color. Ante la mirada pasiva de muchos, en la Amazonía se repiten a diario aquellos días del aniquilamiento, la humillación, la usurpación de territorios, la vieja historia del Paraíso Perdido.

* El autor es periodista de la Redacción Sur de Prensa Latina.