En un reciente artículo publicado en SinPermiso, [1] Alejandro Nadal pontifica sobre la “debilidad teórica de la economía ecológica” y la supuesta proximidad teórica entre economía neoclásica y economía ecológica y augura un futuro nada halagüeño a la “escuela de economía ecológica”. Para ello se basa en unas pocas referencias (algunas totalmente descontextualizadas) a los trabajos de Herman Daly.

En primer lugar, vale la pena señalar que bajo el nombre de economía ecológica se agrupan diversidad de autores con enfoques plurales. Esto es una diferencia respecto a la economía neoclásica que tiene unos conceptos, supuestos y metodologías mucho más definidos como se puede ver por la gran similitud de la inmensa mayoría de manuales de economía. Ello no quiere decir en absoluto que no existan un conjunto de características compartidas por una gran parte de los autores que nos identificamos con el término “economía ecológica” (a partir de ahora EE) y que de alguna forma pueden considerarse sus rasgos distintivos. El punto de partida de la EE es analizar el sistema económico y social como un subsistema abierto de un sistema más amplio (la naturaleza); se insiste en la interrelación entre uso de recursos naturales e impactos ambientales (en contraste con la gran separación entre la “economía de los recursos naturales” y la “economía ambiental” propia del enfoque convencional); se cree fundamental analizar los flujos de energía y de materiales en unidades físicas; se considera que la magnitud de los problemas ecológicos actuales no puede entenderse sino es en relación al aumento del tamaño “físico” del sistema económico; se destacan las enormes desigualdades entre diferentes poblaciones y grupos sociales en el acceso a los recursos naturales y en el sufrimiento por los impactos ambientales;…y otros muchos puntos en común.

Desde luego, diga lo que diga Nadal, la EE –y Daly en particular- considera que los mercados por sí solos llevan frecuentemente al agotamiento de recursos y son ciegos al proceso de destrucción de ecosistemas. No sólo considera que los problemas ecológicos exigen una intervención sobre los mercados –lo que también reconoce la economía ambiental- sino que destaca que todas las actividades económicas producen, en menor o mayor medida, alteraciones en la naturaleza. El objetivo de la eficiencia económica –se defina como se defina- no se considera generalmente el central del análisis económico sino un objetivo secundario respecto a la sostenibilidad y respecto a una distribución justa o equitativa. Los economistas ecológicos se toman en serio la complejidad de los sistemas naturales e insisten –a diferencia de la mayoría de los adscritos a la economía ambiental- en las enormes incertidumbres que generan las alteraciones de los ecosistemas (reivindicando la diferencia conceptual entre riesgo estadístico e incertidumbre como también hace la tradición postkeynesiana); creen, en particular, en el peligro de que pequeños cambios podrían tener grandes efectos de colapso de sistemas ecológicos, lo que casa mal con el análisis marginalista propio de la tradición neoclásica y lleva a normas de actuación basadas en el principio de precaución o en la salvaguarda de umbrales mínimos de seguridad.

La EE denuncia los modelos macroeconómicos de crecimiento que –¡aún hoy!- se elaboran como si la producción fuese sólo fruto del capital producido, el trabajo y la tecnología. Cuando la crítica aprieta, los macroeconomistas neoclásicos incorporan los recursos naturales en su función de producción pero adoptando generalmente el supuesto de que capital fabricado y capital natural son sustitutivos, de forma que el uso de recursos naturales podría tender a cero siempre que aumentase suficientemente el uso de capital fabricado. [2] La EE aboga por la “sostenibilitad en sentido fuerte” según la cual la conservación de los recursos naturales y ambientales no debe diluirse en un objetivo general de mantenimiento del capital. [3] Fue precisamente Georgescu-Roegen uno de los autores que más atacó los supuestos típicos de sustituibilidad de la economía neoclásica de la teoría del consumo y de la función de producción: en ello también podemos ver conexiones con otras corrientes heterodoxas, especialmente con la tradición postkeynesiana. [4]

La lista de temas y planteamientos dominantes de la EE podría ampliarse o modificarse algo pero me parece indudable que podemos hablar de un enfoque que, generalmente, se aleja radicalmente de la economía neoclásica. Es, por ejemplo, significativo el tratamiento que se da a uno de los temas centrales de la economía ambiental -el de la valoración monetaria de impactos ambientales- en tres destacados libros introductorios a la EE. El tema prácticamente se ignora (Common y Stagl), [5] se le dedica muy poco espacio (Daly y Farley) [6] o se explica detenidamente pero no tanto resaltando sus virtudes sino sus insuficiencias (Martínez Alier y Roca Jusmet). [7] Sin tal valoración monetaria la propia definición de conceptos como contaminación óptima o el análisis coste-beneficio, tan caros a la economía neoclásica, son simplemente inaplicables. Un aspecto particularmente cuestionado es el uso de la tasa de descuento (absolutamente dominante en toda la economía neoclásica) como supuesta guía para orientar las decisiones intertemporales de forma eficiente, escondiendo las implicaciones éticas de tal uso. [8] Para estos textos el papel de instrumentos económicos como la fiscalidad ambiental no es la de definir “precios correctos” sino la de corregir los precios al servicio de unos objetivos políticos.

Un punto en común de la EE es su denuncia –con mucha más fuerza que la mayoría de corrientes heteredoxas, con la excepción de la economía feminista- del uso de las magnitudes macroeconómicas como indicadores de si la economía tiene mayor o menor éxito. Sí hay disensiones sobre si es conveniente elaborar indicadores agregados de bienestar como el ISEW (índice de bienestar económico sostenible) propuesto por Daly y Cobb, [9] bastante popular dentro de la EE pero que algunos consideramos plagado de problemas y en contradicción con la crítica a la valoración monetaria de la degradación ambiental.

La EE es un campo amplio de estudio, la selección sobre cuáles son sus características dominantes es subjetiva y es cierto que hay diversas subtradiciones dentro de esta corriente –como destaca Spash- [10] y que algunas están más cercanas a la economía neoclásica y menos preocupadas por cuestiones distributivas de lo que reflejan los párrafos anteriores. Incluso uno puede encontrar autores destacados de la EE que plantean –no es el caso de Daly- que la EE no es más que una intersección entre ecología y economía (neoclásica) o que hacen ejercicios de valoración monetaria del conjunto de los ecosistemas de la naturaleza, tan absurdos que ni los neoclásicos se atreverían. [11] En cualquier caso, parece evidente que la forma de explicar cómo se determina el nivel de Renta Nacional de una economía no es una característica definitoria de la EE: se puede pensar que el modelo ISLM representa –a pesar de sus simplificaciones- una buena forma de introducir el tema (como hacen Daly y Farley) o se puede pensar –aquí coincido más con Nadal- que es una forma de desvirtuar el mensaje principal de Keynes sobre la inestabilidad de las economías capitalistas. Se puede pensar que una forma útil de introducir los factores determinantes del crecimiento es una función agregada de producción –como hacen Common y Stagl- o que –como creo- más bien se debería abandonar cualquier uso de dicho tipo de función teniendo en cuenta entre otras cosas los problemas de definir la “cantidad de capital” a nivel agregado. Se puede seguir la tradición neoclásica de aproximar el comportamiento de las personas mediante funciones de utilidad o se puede pensar –como creemos muchos de los que nos situamos en la EE- que la complejidad del comportamiento humano no puede modelizarse -ni siquiera como una primera aproximación- partiendo de supuestos maximizadores. [12]

Por otro lado, la insistencia de la EE en el análisis de los flujos físicos no es por supuesto incompatible con el reconocimiento del importante papel del dinero para explicar la dinámica e inestabilidad de las economías capitalistas. Es sorprendente que el título del artículo de Nadal quiera advertir: “El dinero es importante, señor Daly”. Desde al menos 1980, Daly se interesa por las vinculaciones entre los aspectos físicos de la economía y el papel del dinero y la deuda y es precisamente este autor quien ha planteado una polémica reforma radical basada en devolver al Estado el monopolio de la creación de dinero. [13]

En resumen, si lo que le preocupa a Nadal es el “estudio riguroso sobre las fuerzas económicas que conducen a la destrucción del medio ambiente”, haría bien en tener una mirada más positiva y abierta respecto a la EE, un enfoque en construcción y con muchos debates internos (¡afortunadamente!) pero que desde hace décadas está poniendo en el centro de atención los graves problemas ecológicos olvidados tanto por la macroeconomía como por la microeconomía neoclásicas.

NOTAS:

[1] A. Nadal, “El dinero es importante, señor Daly: sobre la debilidad teórica de la economía ecológica” (http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=3960).

[2] Ver la polémica Daly versus Solow y Stiglitz (Ecological Economics, Vol. 22, n. 3, septiembre 1997) que revive la polémica de los años 1970s entre estos dos últimos autores y Georgescu-Roegen.

[3] Victor, P. “Indicators of sustainable development: some lessons from capital theory” Ecological Economics, Volume 4, Issue 3, December 1991, Pages 191-213.

[4] Lavoie, M., Foundations of Postkeynesian Economic Analysis, Edward Elgar, 1992.

[5] Common, M. and Stagl, S., Introducción a la economía ecológica, editorial Reverté, 2008 (original en inglés, Cambridge University Press, 2005).

[6] Daly, H. E. and Farley, J., Ecological Economics, Principles and Applications, Island Press. 2003. [7] Joan Martínez Alier y Jordi Roca Jusmet, Economía ecológica y política ambiental, Fondo de Cultura Económica, México, primera edición 2000, última reimpresión 2006.

[8] Incluso el famoso “informe Stern” sobre cambio climático utiliza un análisis coste-beneficio tradicional para discutir la necesidad de actuar frente el cambio climático y acepta el uso de la tasa de descuento según la cual los costes futuros tienen menos importancia que los beneficios actuales. La diferencia con otros estudios económicos es que la tasa de descuento utilizada es más baja: no se acepta descontar el futuro porque exista “una preferencia por el presente” pero sí porque se supone que habrá crecimiento económico y las generaciones futuras serán más ricas y tendrán mayor bienestar (¡). Ver Stern, N. et al., Stern Review on The Economics of Climate Change. HM Treasury, London. 2006.

[9] Daly, H. E. y Cobb Jr., J.B., For the Common Good, Boston Beacon Press, 1989.

[10] Spash, C., “Social Ecological Economics”, June 2009, CSIOR, Working Paper Series, 2008-09.

[11] Ver Costanza el al., Nature, vol. 387, 15 mayo 1997, pp. 253-260.

[12] Roca Jusmet, J., “Instrumentos de política ambiental: reflexiones desde la economía ecológica” en Álvarez Cantalapiedra, S. y Carpintero, O. (coord.), Economía ecológica: reflexiones y perspectivas, Círculo de Bellas Artes, Madrid, 2009.

[13] Ver, por ejemplo, el anexo “Money, Debt, and Wealth” que aparece en la edición de 1994 de Daly, H. E. y Cobb Jr., J.B., For the Common Good, Boston Beacon Press.

* Catedrático del Departamento de Teoría Económica de la Universidad de Barcelona, miembro del consejo de redacción de la Revista de Economía Crítica (http://revistaeconomiacritica.org/), de la International Society for Ecological Economics y de la Asociación de Economía Ecológica en España. Coautor (con Joan Martínez Alier) de Economía ecológica y política ambiental (Fondo de Cultura Económica, México, primera edición 2000).