(APe).- “No me gusta ponerle etiquetas a la gente. Mubarak es un buen hombre. Ha hecho cosas buenas. Ha mantenido la estabilidad. Vamos a seguir apoyándolo. Es un amigo” (Barack Obama a la BBC de Londres, Universidad del Cairo, 4 de junio de 2009) La respuesta de Obama podría haberse completado con un off the record al estilo de aquél que se oyó a Franklin Delano Roosevelt (otro presidente norteamericano) acerca del dictador Anastasio Somoza: “Puede que sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”.

Entre ese “on” y ese “off” se condensa toda la filosofía de la Casa Blanca sobre las relaciones internacionales, sobre la situación del planeta y sobre la posibilidad, cada vez más cierta, de que haya otras formas de vida en la galaxia.

Sin embargo, la caja de pandora tecnológica, con sopresas como Google, Facebook, Twitter y Wikileaks, se ha desatado a la velocidad del rayo (del rayo digital) y en manos de ese inesperado sujeto político que son los jóvenes está haciendo tambalear a los poderes constituidos, dentro y fuera de los Estados Unidos.

Aquel juego pendular que acostumbraban los gobiernos del Tercer Mundo durante la Guerra Fría (acercarse alternativamente a Washington o a Moscú, para recibir ayuda económica, asesoramiento, universidades y armamento) fue reemplazado a la caída del Muro, en el caso de mundo árabe, por la política pendular de estar más lejos o más cerca del “demonio” del fundamentalismo musulmán.

Así, Iraq contaba con la bendición occidental cuando diezmó a los kurdos y llevó adelante una guerra fratricida contra Irán, pero pasó a ser el enemigo número uno del Imperio cuando por propia iniciativa invadió el feudo petrolero de Kuwait y desató la primera Guerra del Golfo, allá por los ‘90. “Estos son mis principios –decía un famoso chiste de Groucho Marx. Si no les gustan, tengo otros”.

Postales de plaza Tahrir

La Midan Ismailia (Plaza Ismaelia) de El Cairo pasó a llamarse en 1954, al caer la monarquía de Faruk, Midan Tahrir (Plaza de la Liberación). En esta última rebelión del pueblo egipcio, la de 2011, ya no hizo falta cambiarle el nombre.

Notas de color que envían los corresponsales de medios occidentales, desde El Cairo, hablan de una auténtica primavera política que se vive allí. Cientos de miles de jóvenes de ambos sexos (la aclaración es pertinente, tratándose del mundo árabe) se relevan a distintas horas del día para mantener su presencia y su demanda -incondicional- de que renuncie el Presidente, su familia, su gobierno, sus amigos y sus delegados, para convocar a elecciones generales y dar inicio a un proceso de cambio cuyas últimas derivaciones se desconocen.

Parejas que eligen casarse en plaza Tahir. O que deciden pasar su luna de miel en una carpa de la plaza Tahir, compartiendo las guardias y los fogones; fogones en los que se cruzan sueños, fantasías y un incontenible deseo de cambiar. Conviven en plaza Tahrir creyentes y no creyentes, fumadores y no fumadores, jóvenes con permiso y sin él, todos alimentando una sola esperanza.

Quienes peinamos canas hemos asistido con gran expectativa, a lo largo de medio siglo, a esta clase de primaveras políticas. Las vimos en Praga, en París, en Plaza de Mayo, en Lisboa, en el Zócalo, en Tienanmen y Berlín. Todas terminaron mal, en algún sentido (porque el poder masacra, el poder se recompone, y vuelve a establecerse con otras máscaras). Pero todas significaron, también, un ascenso en esa espiral que nos reivindica como especie: la búsqueda de la justicia.

De repente, los jóvenes

A diferencia de Europa, un viejo continente con baja tasa de natalidad y creciente longevidad de la población, el mundo árabe ha tenido en los últimos 25 años una alta tasa de natalidad, cuyo resultado actual es una masa de jóvenes de entre 15 y 29 años que pasa, actualmente, de los cien millones, distribuidos en el norte de Africa y Cercano Oriente.

Esos jóvenes representan en Irán y Qatar el 34%; en Argelia, Omán y Siria, el 31%; en Yemen y Jordania el 30%; en Egipto, Marruecos y Túnez el 29%; en Bahrain, Arabia Saudita, Libia e Iraq, el 28%; en el Líbano, los Emiratos y la Franja de Gaza, el 27% y en Kuwait el 25%.

El azote común para esos jóvenes es la falta de empleo y medios de vida. Aún en Egipto, el país árabe más “conectado” (74,9 millones de personas con telefonía celular y 16,4 con acceso a Internet), las oportunidades laborales en el área de la informática y nuevas tecnologías son muy bajas, en relación con los egresados de las escuelas y universidades, lo que se combina a nivel territorial con un modelo agrícola arcaico al que está afectado el segmento más pobre y precarizado de la población (el 40% de la población de Egipto -recordemos- vive con dos dólares por día; hay un 30% de desocupados y la tasa de analfabetos es del 30%).

La economía egipcia crece desde 2004 a una tasa del 6% anual. Pero ese dato (lo mismo que en la Argentina) no puede ocultar la tremenda concentración de la riqueza, el aumento de la brecha entre ricos y pobres y la exclusión de millones de personas -especialmente, los jóvenes- de esa extraña utopía que es vivir con dignidad.

Una consecuencia no menor de ese estado de las cosas es la salida (o expulsión) de decenas de miles de migrantes temporarios a los países vecinos, que se completan con miles de indocumentados que se lanzan a atravesar las barreras físicas o políticas o económicas de los países de Europa, del Pacífico y de América del Norte.

En ese contexto, la chispa de un joven verdulero que se inmola para protestar porque no puede alimentar a su familia, causa el estallido que termina con el gobierno de Ben Alí, en Túnez. En ese contexto, una manifestación en plaza de Tahrir, por el alza en el costo de vida, deviene en insurrección popular que hace caer el régimen de Mubarak, en Egipto. Jordania y Yemen ya están en trance de cambio. Y el dominó del mundo árabe, activado y comunicado al mundo en tiempo real, se hace indetenible.

Qué tan importantes podrán ser -pensamos- los dichos, las mentiras y las desmentidas que bajan desde el vértice de la pirámide política, cuando el terremoto se desplaza de manera horizontal. Lo peor, en estas circunstancias, puede pasar. Pero si el punto de vista es el de un joven que ha nacido y crecido en lo peor (la violencia, el hambre, el desprecio), entonces sólo queda lugar para la esperanza.