“Los indios de Bolivia se entretenían derribando nuestros montículos de piedras a medida que los levantábamos…”. La frase refiere a la demarcación del límite con la República del Perú y está incluida en una carta fechada en 1912, año donde se dio inicio a la tarea. La firma un inglés.

Imagino esta escena, digamos en las desoladas altipampas de Suches, territorio limítrofe. ¿Han estado alguna vez en las “desoladas altipampas de Suches”? Bueno, como casi seguro que no han atisbado semejante sitio, paso a describirlo: imaginen un lugar verdaderamente desolado. Si piensan en blanco, tal vez pensarán en la Antártida. Digo. Hoy la gente piensa cualquier cosa, así que supongo que seguirá siendo asociable “desolado” y “blanco” con “Antártida”. Si piensan arena, ¿pensarán en el Sahara? No sé, pero espero que haya quedado clara la idea. Ahora piensen “desolado” en una mezcla entre la luna –creo que Rimbaud se refirió así al Ogaden somalí- y algo verdaderamente áspero, áspero pero majestuoso, áspero pero inasible, aunque cruja, reviente, vivo, estructural y molecularmente activo. Más o menos así son las “desoladas altipampas de Suches”.

Pasó a describir el campamento. Si hay un inglés, tiene que haber un campamento en regla, un campamento que, dada la época, reproduzca el orden victoriano, o sea El Orden. El único inglés que conozco que podía cagarse a la hora de levantar un campamento, como sinónimo de El Orden, fue T.E. Lawrence, que así anotado casi nadie sabrá quién es. Si digo que fue el “famoso Lawrence de Arabia”, algunos más podrán ubicarlo, tal vez porque vieron la película con Rodolfo Valentino. Esto último es casi un chiste inglés. Agregaré para mayor abundancia de datos sobre el susodicho T.E. o “el hombre que se cagaba en los campamentos”, que fue el autor de un libro, un libro ya considerado “clásico”, titulado Los siete pilares de la sabiduría. Es un libro bastante voluminoso que casi nadie leyó. Pero sucede que eso de “los siete pilares de la sabiduría” terminó sonando a slogan, a verdad revelada, algo así como “los diez mandamientos” donde Charlton Heston da vida a Moisés y el malo de Ramsés es Yul Brynner, un verdadero ídolo. Los diez mandamientos, la película de un genio llamado Cecil B. de Mille, la pasan siempre por televisión los días de la semana santa católica. Allí, aparte de la (hasta hoy) irrepetible secuencia del cruce del Mar Rojo por los judíos –Ni Mel Gibson ha hecho algo así-, hay suficiente de aquello que refería: lo desolado, la luna y lo áspero. Entonces, porque lo más importante de todo, en un mundo afónico y saturado de ruido, es el hilo, dejo a un lado los siete pilares y a Lawrence y vuelvo al campamento… ¡El campamento de los ingleses en las “desoladas altipampas de Suches”!

A ver. Imaginen cuatro o cinco tiendas modestas –los tipos, por más que fueran ingleses, eran empleados del gobierno peruano (y su contraparte lo mismo: el gobierno boliviano también había contratado cartógrafos británicos, y los gastos –como cuenta P.H. Fawcett -jefe de la comisión boliviana de límites- en sus memorias no daban para “tirar manteca al techo” [a los cerros habría que decir]-), entonces imaginen carpas modestas decía, pero bien tendidas, bien clavadas, resistentes a los vientos andinos y al frío, al frío espantoso que hace por esos lados. Es un frio espantoso, “espantable” decían los cronistas españoles de la colonia tardía, porque por allí se juntan todos los vientos y todos los climas. Es interesante el punto: una vez leí que un filósofo norteamericano (es casi un oxímoron y no era Rorty ni menos Bob Dylan) dijo que “el discurso del clima es el discurso de los idiotas”. Aludía a lo siguiente: cuando uno no tiene nada que decir, dice cosas como “hace calor, ¿no?” (Y el termómetro marca 37 grados) o “seguro que va a llover”, cuando las nubes negras ya lo abarcan todo. Bueno, cuando yo afirmo que en las “desoladas altipampas de Suches” – me cito- “se juntan todos los vientos y todos los climas” es porque allí, justamente allí, se experimenta una alucinante transición geográfica, hídrica y climática. O sea, a ver si puedo explicarlo: justo allí, lo diré sin respirar, uno, dos, tres… mejor lo sancionaré como Alejandro o como un emperador chino. Diré:

EN LAS DESOLADAS

ALTIMPAMPAS DE SUCHES

SE ACABA LA CUENCA ENDORREICA

DEL LAGO TITICACA

Y DEL OTRO LADO DE LA CORDILLERA,

LLAMADA DE APOLABAMBA,

EMPIEZA LA CUENCA AMAZÓNICA

¡El sueño de un meteorólogo! ¿Cómo evitar que los fríos estremecedores de las cordilleras más altas del Occidente se junten con los calores espeluznantes de las selvas? Aquí definimos, casi por azar –la escritura, para mí, es ese hilo del cual no quería desprenderme, y obviamente también es azaroso- el lugar, casi preciso, donde estaba ubicado el campamento de los ingleses de 1912. ¡El lugar donde se juntan todos los vientos del orbe, todos los climas del planeta! ¿Estoy delirando? No, es así, por cuestiones, ya dije, geográficas, hídricas y climáticas. Si quieren saber más, leen al gran Troll, señor geógrafo y señor andinista, como corresponde.

El caso es que el tipo, digo el que firmó la carta donde anotó que los indios bolivianos se divertían destruyendo los hitos, lo sufría. Digo, sufría la tarea de estar poniendo marcas geográficas- políticas en un territorio tan devastador, geográfica y climatológicamente hablando. Digo que lo sufría porque sufría, justamente, esa geografía, ese clima. Una cosa es estar señalizando las salidas de una autopista y otra cosa, bien diferente, es estar demarcando los lugares donde, como decimos acá, “el diablo perdió el poncho”. Jodido es –diría mi amigo Sebastián Durán, que vive por esos lares. Hay que tener aguante (físico, espiritual, psíquico, emocional, cósmico, trascendental) para ir a trajinar esos lugares, más allá que el honor de Su Majestad Británica estuviera en juego (por eso, contrataban –we suppose- a los ingleses; rindo aquí mi más sentido homenaje a los cartógrafos bolivianos del siglo XIX: el gran Palacios; Mujía, mi general Mujía, ¿quién carajo se acuerda de ellos? Yo sí) y por más que te pusieran la paga para que fueras a las estepas, los hombres, aunque sean muy ingleses ellos, se estremecían. Anoto la propia descripción de esa comarca por el mismo autor de la histórica frase “los indios bolivianos me tiraban a la mierda los hitos”, aquí va, ya lo escribí cien mil veces, es estremecedora, dice que es:

“una tierra árida, inhospitalaria, con imponentes despeñaderos, impracticables quebradas, murallas de roca verticales y picos desiertos alzándose entre bancos de neblina y agua nieve, sólo visitados por los relámpagos que brillan alrededor de sus ásperas cumbres. Un país donde avanzar tres millas, en las que sólo planea el cóndor, pueden significar un arduo día de marcha arriesgando la vida, y en la que ningún encanto mágico atrae al cansado viajero…”

Estupideces de isleños. O cobardías. De ingleses o de quien no quiera demostrar lo contrario. Digamos que por ahora me niego a describir el campamento de los britanos en las “desoladas altipampas de Suches” porque ellos, ellos mismos, se sienten así –por más que les pagaban, incluso, por estar ahí, dice el capital que ellos representaban eso de que time is money-, y si les pagaban, para colmo, digo yo, ¿porqué hablar de tierras áridas e inhospitalarias, si justo ahí, justo donde este señor inglés que describe su estado de ánimo, aparte de todo y de eso, allí, justo allí, vive mi amigo Sebastián Durán, con el cual, mi dios, hemos trazado –un sueño- el “famoso Mapa del Mosojhuaico” y aparte, nos hemos desbarrancado en algunas de las más históricas, heroicas y empinadas borracheras de mi vida?

¿Saben lo que es emborracharse en tierras áridas e inhospitalarias como declara el mister que ya les dije? La primera vez que llegué a Puina –donde vive Sebastián-, teníamos tanto frío que todos –me refiero a Aldo Lino, Pepe, el leco Radamir y quien suscribe- dormimos todos juntos, uno encima de otro, en un colchón que nos prestó la comunidad, e igual sucumbimos al frío. Nunca esperaban que llegara nadie. Por eso, la próxima vez que volví, cargué con todo, en la mula, o a mis espaldas –las botellas de singani sólo las cargo yo en mi mochila- para que nunca más la tristeza del páramo sin compartir, nos avasallase, como a los ingleses. Es que no hay carpa que aguante.

Digo, conjetura: el problema de los ingleses es que no compartían con los locales, traducido: con los indios. Ellos, obvio, estaban allí, desde ya en 1912 (chiste inglés), desde siempre. Uno nunca puede ver todo “árido” e “inhospitalario” si hay gente alrededor. Es un contrasentido. Lo que pasa es que para el inglés de la carta de 1912, los abuelos o los bisabuelos de mi hermano Sebastián Durán, no eran gente. Eran, digamos, un dato botánico, algo así. O el dato sistémico: los destructores de hitos. Es casi lúdico cuando refiere que ellos, los indios, se “entretienen” demoliendo las marcas, pero su pesar por estar andando por esos lados maravillosos de la Tierra, lo devela, lo contradice: en el fondo, si pudiera, le metería cuatro balazos, para que se dejen de joder y él pudiera terminar de hacer su trabajo en esas tierras donde todo está mal… Kurtz sin poder. Un empleado del gobierno del Perú. Un inglés de mierda (aunque no le guste a mi amiga María Eugenia porque decir “inglés de mierda” es, desde el vamos, hoy, políticamente incorrecto, aunque Tony Blair también lo fue, tan tercera vía él, avalando la masacre iraquí de Mr. Bush, un genocida que aún sigue vivo)

Bueno, ahora, librados de penas absurdas, como les prometí, voy a describir el campamento de los ingleses en las “desoladas altipampas de Suches”. Las carpas, como ya dije, estaban bien tendidas, porque el viento de los Andes es temible… bueno, el resto se lo imaginan ustedes.

Si no se pueden imaginar el tendedero de los sajones, imaginen la casa de mi amigo Sebastián. De piedra, y gloriosa, como proclamaba Ezra Pound. Si no podemos imaginar un mundo, a la medida de nuestros sueños –la casa de piedra de los Cantos de Pound es la casa de piedra de Sebastián Durán-, digo, conjeturo una vez más, aunque abruptamente: ¿para qué escribimos?

La conjetura final, y tal vez la más temeraria: en un mundo que opaca la letra escrita, aunque escribir es soñar, escribir es inventar todos los mundos, todos los mundos pero que están en éste mundo desde donde escribimos: escribo, escribo, escribo, para que un día, cualquier día, el que señalado fuere por el rayo y por la vida, el Sebastián Durán, me lea.

Es inevitable que este texto también se lo dediqué a él. Y a la distancia que nos separa. Y a los tremendos fríos de la cordillera. Y al agua sagrada del Palomani. Y a su Warawarani. Y a los mapas y las borracheras que seguiremos haciendo juntos porque esa es otra manera que tenemos de escribir.

Río Abajo, 8 de febrero de 2011