La muerte de un Anaya es y será un acontecimiento. Los hermanos del clan, que tantos valiosos aportes hicieron a la cultura y el pensamiento del país desde los inicios del siglo XX, fueron longevos; a Dios gracias todavía vive doña Teresa, aunque invocar a Dios parezca extraño en esta familia de agnósticos. Uno visita la tumba del mayor de todos, de Ricardo Anaya Arze, y queda sorprendido por la extrema austeridad de la losa y del jardín en el cual suelo depositar una flor.

Más visitado pero igual de enigmático es el último refugio de Franklin Anaya Arze, donde uno puede hallar múltiples alusiones a la Divina Proporción pero ni asomo de cruz u otro signo religioso. Don Franklin tenía otra interpretación de la trascendencia de la cruz: la encrucijada de la materia y el espíritu, cuya sombra es el símbolo universal del error: una equis; el error que es el origen del conocimiento.

Pienso esto al lamentar la muerte de mi amigo Franklin Anaya Vásquez, el Panka Anaya, que nos obliga a recordar su presencia axial en la lucha por la democracia en Bolivia. Lo conocí en el exilio en México, cuando habitaba un departamento en la Villa Olímpica que se parecía a un dibujo de niño: cama, mesa, silla, cosas elementales de un militante de paso que ansía volver a la lucha en su país. El único adorno era una alfombra extensa color naranja, premonitoria de la marejada popular que se extendería en Bolivia dos años después.

Su militancia revolucionaria había comenzado en la Universidad de La Plata, si no antes, cuando algunos estudiantes bolivianos fundaron el Grupo Siglo XX, que fue capital para la conformación de la UDP. La resistencia contra la dictadura de Banzer desembocó en las elecciones del 78, 79 y 80, en las cuales la UDP demostró la importancia de la conformación de un frente amplio de izquierda para responder a la vocación democrática del pueblo boliviano. Se vino la asonada del 80 y la postergación sangrienta de la democracia, pero aquel 10 de octubre de 1982 el regocijo de los bolivianos era indisimulable cuando el Dr. Hernán Siles Zuazo llegó al Aeropuerto de El Alto para hacerse cargo de la Presidencia e inaugurar el proceso democrático que todavía disfrutamos.

En la lucha, en el exilio y en el gobierno, el Panka Anaya fue fiel a sus principios más antiguos, a la vida clandestina y a la lucha revolucionaria. Allí podemos hallar el origen de dos, entre muchos, momentos cruciales de su vida: el primero, haber sido el primer embajador boliviano en Cuba, cuando el Dr. Siles Zuazo reinició las relaciones diplomáticas; y el segundo, haber sido el artífice de la devolución de los restos del Che Guevara, que hoy descansan en un memorial construido en Santa Clara, Cuba.

Allá por 1992, don Franklin y doña Amandita, sus padres, llegaron a México y tuve ocasión de visitarlos. Doña Amandita me usteaba, momento en el cual llegó Panka y le dijo: “Pero, mamá, cómo lo vas a ustear al Ramón”. Palabras que se me escapaban de la boca y que Panka las capturó al vuelo. Pocas veces como ésa estuve tan cerca de esta familia entrañable.

Pachita, su hermana, cuenta que don Teófilo Vargas les hizo a ambos hermanos una prueba de aptitudes musicales y, al término, sentenció: “Tú, Pachita, a estudiar piano; tú, Panka, a jugar fútbol.” ¡Extraños atributos de una familia que ha dado músicos y musicólogos de gran prestigio y también seres musicales y armoniosos en su arquitectura mental sin tener oído, ni voz! Panka era de estos últimos, más hecho de silencios que de frases, pero su voz política cómo sabía poner los puntos sobre las íes. No vamos a turbar su descanso final preguntándonos por qué militó al final en el neoliberalismo, pues más bien quisiéramos recordarlo en sus momentos más luminosos y perdurables.

Murió el Panka y uno siente, sobre todo, que acaba de morir un Anaya, detalle importante en un país que debe tantos servicios a esta familia con un siglo de militancia en el movimiento popular.