El “caos árabe” ha tocado también a la República de Egipto: una ira devastadora, nacida en las entrañas del país desde hace mucho tiempo. El destino del tunesino Ben Alí espera ahora al egipcio Hosni Mubarack, mientras debajo de las cenizas esperan su turno Argelia, Libano. Yemen y talvez Jordania.

En Egipto como en Tunez y en Argelia, la multitud pide justicia social y dignidad, que en la dramática realidad impuesta por décadas del presidente egipcio Hosni Mubarak quiere decir escapar de la pobreza.

Son muchos los que se preguntan si detrás de la revuelta egipcia no esté la mano de los “Hermanos Musulmanes”, la antigua congregación islámica nacida un siglo atrás precisamente en Egipto. Las primeras evaluaciones excluyen esta hipótesis, por un motivo simple: ninguna de las reinvindicaciones de los manifestantes forman parte de la agenda política de los “Hermanos Musulmanes” que están ligados a la clase media, mientras que a pedir la cabeza de Mubaravk son los pobres y marginados.

La inestabilidad de Egipto no es vista en el mundo entero como un contexto regional porque el país de los faraones tiene un peso estratégico en el Mediterráneo.

Egipto es considerado una especie de potencia política, determinante para la suerte de la crisis entre Israel y Palestina y por las relaciones entre el mundo árabe e Irán, sobretodo entre Irán y el mundo occidental en su conjunto. En otra palabras, cayendo Mubarack, nada en Medioriente será como antes.

La primera pregunta que se hacen los politógos se refiere naturalmente al futuro del proceso de paz árabe-israelí. Bajo el liderazgo de Anwar Sadat, el predecesor de Mubarack, Egipto fue el primer país árabe en firmar, en 1976 en Camp David, un tratado de paz con el estado Judío, un tratado que había permitido a Israel relajar su presencia militare en la zona meridional para concentrarse mayormente en la frontera del Norte del país.

Durante sus 30 años de gobierno, Mubarack ha hecho muy poco para hacer progresar ese tratado de paz, tanto es así que las relaciones de los dos ex enemigos se definían como una “paz fría”, pero a pesar de eso, garantizaban cierta tranquilidad.

Desapareciendo Mubarack del escenario medioriental, desaparecería también el principal patrocinador de un negociado futuro de paz e inevitablemente caería también el llamado “frente de países árabes moderados” que la diplomacia occidental siempre ha tratado apoyar, no sólo no permitiendo el ascenso del islamismo radical sino también contrastando a esos países que se oponían al compromiso de paz con Israel.