El sorpresivo retroceso del Presidente Evo Morales, que dejó sin efecto el alza de los hidrocarburos en el país, es un rosario de lecciones alrededor del concepto de “mandar obedeciendo”, que el Mandatario adoptó como línea central de su gobierno. Debió sorprender a los economistas que diseñaron la medida, pero no a quienes analizan la coyuntura tomando muy en cuenta no sólo la racionalidad económica sino el pulso político, el afecto social y el sentimiento ideológico de una población que piensa más con el corazón que con la cabeza.

Las respuestas sobre las causas del desgasolinazo coinciden en su falta de oportunidad. Es difícil negar la fría racionalidad de las cifras, que están apuntando a dos enemigos de la economía nacional: el contrabando de hidrocarburos al exterior y la subvención de diesel a los grandes agricultores pactada por gobiernos afines a esos intereses. Pero es también cierto que hubo un damnificado mayor en los sectores populares, que protagonizaron una protesta genuina contra una medida impopular. Y que no hay otra forma de seguir el presente proceso que mandar obedeciendo a esas voces.

Como dicen los heraldos negros, no hay nada más serio que la economía. En nuestras palabras, la hegemonía depende mucho de la disposición de excedente. Los procesos populares ocurren para corregir los rigores de los modelos económicos de derecha, que concentran el ingreso y empobrecen a las mayorías porque actúan como un arca de Noé que sólo tiene capacidad para salvar a una minoría, y el resto literalmente que se joda.

Un proceso popular se caracteriza por una inmediata redistribución del ingreso, que genera dificultades económicas; si éstas se agravan, sobreviene un cambio, vuelven los privilegiados de antes con su discurso de que sólo ellos saben manejar la economía, y nuevamente vivimos un proceso de exclusión. Pero habría que ver qué otro gobernante puede darse el lujo de lanzar un gasolinazo extremo como el que se lanzó, luego dar marcha atrás y encima festejar el primer aniversario del Estado Plurinacional con una apreciable dirección espiritual y moral sobre los movimientos sociales.

A cualquier otro gobernante, dar marcha atrás le hubiera significado la renuncia o la huída. Esta es la diferencia entre el desgasolinazo actual y Octubre negro, que el actual Presidente se queda mientras el otro tuvo que huir.

En los medios hay una creciente confusión entre dos conceptos elementales de la ciencia política: hegemonía y dominación. Usualmente la primera se usa como sinónimo de la segunda, pero ahí se comete una gran equivocación. El que domina, no puede permanecer en el poder por mucho tiempo. Esto lo estamos viendo hoy en Egipto, donde un pueblo cansado de 30 años de dominación de Hosni Mubarak, probablemente no ha de cesar hasta tumbarlo. Son 30 años que descansan en la cooperación militar de los Estados Unidos, que gira alrededor de los 2 mil millones de dólares anuales. Quizá en algún momento Mubarak pudo convencer y seducir, es decir, dirigir espiritual y moralmente al pueblo egipcio (a eso se llama hegemonía), pero esa capacidad se desgastó y ahora es pura dominación; por lo tanto, no puede durar mucho tiempo más.

Es posible que alguna gente de la oposición haya visto en el gasolinazo, y aun en el desgasolinazo, el inicio del fin de este proceso que vivimos, pero es gente que acostumbra ver la cresta de la ola y no la inmensa masa de agua que se mueve debajo. El actual proceso tiene su líder indiscutible, pero eso no es un embeleco, no es un embauco ni un producto del marketing político, sino que obedece a un ascenso justificado con al menos una década de dirección espiritual y moral sobre los movimientos sociales.

En otras palabras, la hegemonía actual del régimen no es un producto circunstancial, aquí no hay alguien que nos está mamando, sino es una fabricación social de larga data, que ha gestado articulaciones y solidaridades difíciles de destruir. Distinto sería que la Presidencia de Evo Morales se apoyara únicamente en las bayonetas, y se convirtiera en una pura dominación, porque ahí sí que no duraría mucho más. Pero el proceso actual es una riada, un tsunami constituido por una masa de agua consistente, que arrastra troncas y animales muertos, pero que tiene ya claras líneas de cauce, porque una de las primeras y más grandes obras de ingeniería en la que se basa es la nueva Constitución seguida de su implementación legal y legítima.

En esta ola gigantesca, son muy importantes los líderes que se atreven a surfear en la cresta sin caerse, pero la fuerza verdadera está debajo. Quien olvida este dato es un mal analista.