La Habana, (PL).- ¿Cómo interpretar lo que sucede hoy en Bolivia, en términos de experiencia avanzada de la lucha indígena en el continente americano, y entender a Evo Morales y al movimiento social en ese territorio andino? Uno de los más notables pensadores sociales de América Latina en estos tiempos ofrece su visión del tema: Álvaro García Linera, vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia.

García Linera es investigador, profesor universitario, autor de decenas de libros sobre teoría política, régimen económico, movimientos sociales y sistema democrático. Intelectual comprometido con el proyecto político de un gobierno de liberación, fue electo vicepresidente en 2005 y nuevamente en 2009, acompañando al primer mandatario indígena en la historia de Bolivia, Evo Morales Ayma.

Tres ciclos

A juicio de García Linera, tres grandes ciclos constituyen el antecedente inmediato del actual momento de Evo Morales en Bolivia, de su fuerza, de su significado histórico continental y nacional.

Historia siempre marcada por la emergencia de pueblos indígenas en la lucha por sus derechos y la construcción de alternativas de vida frente al señorío colonial y luego a la dominación republicana, razonó el analista, al intervenir en La Habana en la inauguración del premio literario Casa de las Américas.

En esa sucesión de acontecimientos, hay un primer ciclo, el colonial, que podemos denominar katarista, por Túpac Katari y mujeres como Batolina Sisa, cuyos nombres sintetizan una gran sublevación continental, presente en parte del sur de Perú, el norte y el centro bolivianos entre 1780 y 1783.

Marcó el inicio de las guerras por la emancipación hace 241 años, con la presencia de libertadores (€”indios, hombres y mujeres”), quienes “tenían un modelo de patria, sociedad e igualdad, en algunos casos más radical y avanzado al que luego construirán las repúblicas emancipadas”.

Lo interesante de la sublevación katarista es que, a diferencia de la peruana, no estará liderada por las elites indígenas, que en Bolivia tenían mecanismos de intermediación y supervivencia con la dominación colonial, sostiene el investigador.

En el caso de Bolivia, la movilización vendrá de abajo. Los kataris tuvieron en las estructuras comunitarias la forma de hacer la guerra, 200 años después esas mismas comunidades devienen máquinas de movilización social, de participación político-electoral. Eso es lo que explica la victoria reiterada del presidente Evo en las elecciones, especialmente en la zona del campo, explica García Linera.

La propuesta katarista no solamente fue por el lado de suprimir los elementos más agresivos de la represión colonial; en su radicalización se propuso un tipo de autogobierno indígena, con sus estructuras de mando, deliberación y acatamiento unánime de las decisiones como sucede hasta el día de hoy, evalúa el académico.

Esa experiencia vanguardista y radical fue derrotada primero en el sur del Perú con el apresamiento y muerte de Túpac Amaru y más tarde en territorio boliviano, cuando corrieron igual suerte Bartolina Sisa, comandante guerrillera de 60 mil hombres, y el caudillo Túpac Katari.

Los indígenas, analiza García Linera, se adelantaron 30 años a lo que fue un nuevo esfuerzo continental de emancipación, ya no tanto a cargo de originarios, sino de mestizos. De tal modo, hubo un desencuentro en la historia, “por eso cuando en América Latina se constituyen las repúblicas, lo harán sobre las espaldas de los indios en la continuidad de la mica (trabajo forzoso en las minas), del tributo, las haciendas y de la exclusión de los indígenas de los derechos públicos”.

Bolivia, como otros países latinoamericanos, nacerá a la vida republicana con la prohibición explícita de la ciudadanía para los indígenas, que eran el 90 por ciento de la población. Quedarán constituidos los poderes republicanos, concediendo ciudadanía a quienes tienen propiedad, saben hablar castellano y poseen ingreso fijo; es decir, a todos los que no son indios.

Es la República de la minoría y de la propiedad, con indígenas y mujeres excluidos de los derechos de votar y ser elegidos, de los derechos de propiedad y de participar en la formación de los cargos públicos, sintetiza el profesor.

En tiempos republicanos, a fines del siglo XIX, se dará otra gran sublevación en el mundo indígena boliviano a partir de la división entre las elites gobernantes. García Linera la denomina ciclo willkista (willka, sol o figura suprema en aymara).

Al decir del experto, a fines del siglo XIX resulta evidente la autoridad dual con la que emergen los caudillos indígenas. Ese Willka, figura suprema en la estructura de mando indígena, será al mismo tiempo autoridad delegada de los mestizos.

Sobre la base de aquella fusión, se desencadenará una sublevación que durante todo un año ocupará el altiplano boliviano y varias ciudades de nuestro país, argumenta el laureado con el premio en Ciencias Sociales Agustín Cueva.

Gradualmente la participación indígena presentará una dinámica autónoma, con programa de gobierno y poder independiente que retoma exigencias del pasado como la restitución de las tierras comunitarias, sometimiento de todos los bolivianos al mando indígena y obligatoriedad en el uso de los idiomas originarios. Plantearon a la vez un tipo de federalismo plurinacional con la coexistencia del poder de los indígenas en paralelo al de los mestizos.

Resulta difícil saber cómo quedaría dibujado institucional y territorialmente ese tipo de federalismo plurinacional, las fuentes escritas no son numerosas y lo que se sabe de aquel debate está atravesado por juicios y silenciamientos sociales, característicos entonces de la ideología, la literatura y la investigación judicial, advierte el estudioso.

Nuevamente los indígenas fueron derrotados, las elites mestizas volvieron a unirse, traicionaron a los caudillos indígenas, los apresaron, persiguieron, y enjuiciaron y asesinaron a una buena cantidad.

Tras aquel fracaso hace 100 años, las sublevaciones indígenas en el transcurso del siglo XX estuvieron marcadas por episodios fragmentados. Ni la revolución nacionalista de 1952 arrojó el fruto deseado; prometió a todos igualdad y ciudadanía pero sólo si se convertían en asalariados, propietarios y castellano hablantes.

Entre los años 60 y 70 del siglo anterior, “ese mestizaje se mostraba como una impostura, había como siempre ciudadanos de primera y otros de segunda”. Pese a los intentos de homogenización, en Bolivia el poder seguía basado en las mismas pautas; “ser indígena era sinónimo de campesino, obrero, miembro de una clase dominada, en tanto ser blanco o mestizo significa ser partícipe de las estructuras de dominación o de las clases medias ascendentes”.

Impulsado por los desencantos, surgió en los años 70 un movimiento político-cultural, inicialmente más cultural que político de reivindicación nuevamente del indígena. Por esa fecha tendrá lugar una escisión entre indianistas y kataristas, los primeros a fines de los 70 y principios de los 80 asumirán que todos los bolivianos por mayoría, 90 por ciento, son indígenas; en tanto los segundos dirán: una parte son indígenas, otros son mestizos y requieren un reconocimiento.

Segunda diferenciación, los indianistas plantearán al indio como sujeto de emancipación y esa será su virtud. Los kataristas ven al indígena como un sujeto de reivindicaciones que debe andar junto o acompañar el liderazgo de otros sectores de mayor vanguardia como pueden ser los obreros o los estudiantes de las clases medias.

Esta lectura indianista de una Bolivia de indios mayoritariamente, que ubica al indígena como sujeto de emancipación, tendrá una limitación: no se plantea la lucha por el poder.

Al momento de ubicar cómo se resuelve el asunto del poder en el país, el indianismo de entonces se paraliza, no da respuesta y tiende a inclinarse al tema de la conciencia y la moral para reivindicar derechos históricos usurpados, resume el especialista.

El katarismo, con una lectura más flexible de la emancipación y la lucha del pueblo indígena, tendrá a juicio de García Linera la virtud de buscar estrategias de acercamiento y articulación con otros sectores, pero en ningún momento ubicará al mundo indígena como sujeto conducente de la emancipación.

En los años 80 y 90 estas dos corrientes de pensamiento escenifican un intenso debate en el ámbito de los sindicatos comunales, de los emigrantes que vienen del campo, de los barrios populares de La Paz, Potosí, Oruro y otras grandes ciudades bolivianas.

Una discusión que quedará en parte neutralizada a partir del proceso de cooptación llevado adelante por la corriente neoliberal conservadora del país. Es el tiempo en que varios kataristas se unen al presidente Gonzalo Sánchez de Lozada “para participar en el gobierno, no como factores de decisión sino en calidad de adorno cultural”.

Estaba claro el despertar del movimiento indígena y los sectores conservadores se adelantan para intentar cortar ese proceso y canalizarlo en el contexto de una lectura neoliberal.

“Tenemos en los años 90 algunos indígenas fervientes defensores de la privatización de los recursos públicos, de la distribución concentrada de tierras, de la concentración abusiva de la riqueza en manos de unos pocos.”

Otro grupo más pequeño y menos influyente dentro del movimiento indígena se radicalizará y asumirá la lucha armada.

Tiempos de Evo Morales

La época de Evo Morales puede considerarse como una etapa que se inicia en los años 70, cuando fue evidente el fracaso o la frustración por el mestizaje a medias, considera el político, formado como matemático en la Universidad Nacional Autónoma de México. Al término de los años 90, tendrá lugar un momento decisivo en ese tercer ciclo de la construcción de la voluntad de poder del mundo indígena.

Cuatro organizaciones campesinas e indígenas (las más importantes de Bolivia) se reúnen en 1995 para asumir una decisión: la constitución de lo que ellos denominarán el instrumento político, en otras palabras, una estrategia para la toma del poder. En un gran encuentro orgánico discutirán un tema que desde el punto de vista de las ideas del movimiento popular boliviano representa una ruptura histórica, evalúa el Vicepresidente.

Hasta entonces, explica, en el mundo sindical agrario, en el universo sindical obrero y dentro de distintas corrientes de pensamiento, se había producido una escisión: los sindicatos estaban para luchar por reivindicaciones, podían paralizar el país, tumbar gobiernos, pero el poder lo debía tomar un partido.

Indígenas y campesinos recuperan ese debate de los años 60 y 70, pero dan un paso más adelante, los sindicatos se plantean que deben ser las fuerzas comunales y las propias federaciones y confederaciones las que deben tomar el poder. Nace entonces un instrumento por la soberanía de los pueblos que luego se va a denominar MAS (Movimiento al Socialismo).

El MAS, indica García Linera, constituye una organización flexible de movimientos y organizaciones sociales, no un partido de cuadros. Es fundamentalmente una estructura política que asocia de manera confederada a federaciones, confederaciones, gremios agrarios y campesinos; una coalición que deviene partido desde la perspectiva de la búsqueda y la toma del poder.

El segundo punto de debate en los años 1995, 96 y 97 es ¿cómo se toma el poder?, ¿cuál es la vía en términos leninistas? “La respuesta que se dan los indígenas es movilización, construcción de poder y vía electoral”.

Llegan a la conclusión de que la única manera de hacerse oír ante el Estado colonial, racista y discriminador es movilizándose. Marchas, bloqueos, paros y sublevaciones formarán parte del repertorio histórico que en ascenso irá asumiendo el movimiento indígena-campesino en los siguientes años.

Junto a la movilización social, una segunda estrategia complementaria: la construcción de poder territorial. Durante las grandes movilizaciones de los años 2000 y 2001, 2003 y 2005, el movimiento indígena asumirá el control territorial de extensos pedazos de Bolivia.

Dentro de las zonas tomadas sustituirán las relaciones parlamentarias por las deliberaciones comunitarias en asambleas, donde definen el curso de los acontecimientos, el orden interno de la sociedad local, el acuerdo o el desacuerdo con las políticas del Gobierno, distingue García Linera. En aquellos momentos había otra interrogante clave: ¿con quiénes se toma el poder? Es decir, las políticas de alianzas. La decisión fue unificar al movimiento indígena-campesino en un solo bloque en torno a Evo Morales, entonces dirigente de la federación de campesinos del trópico de Chapare, para luego ir a la articulación con otros sectores, detalla el analista.

Una estrategia de conducción hegemónica de la lucha por toma del poder que incluye el mecanismo electoral. Cuando llegan las votaciones en las urnas, la papeleta sólo vendrá a convalidar una decisión previamente asumida de manera comunitaria a la usanza indígena, destaca el académico.

“Antes que el presidente Evo fuera electo en diciembre de 2005 con el 54 por ciento de los votos, las comunidades habían decidido que él sería el presidente de Bolivia.”

Crisis y salida del empate catastrófico

Para García Linera, el ascenso indígena a la conducción del poder en Bolivia muestra cuatro ejes claves, “que nosotros hemos denominado el momento de la Revolución”.

Primero. La articulación del movimiento indígena en torno a una necesidad y a la defensa de lo común. Gobiernos neoliberales habían privatizado los recursos públicos de hidrocarburos, electricidad, líneas férreas y aéreas, múltiples fábricas del Estado. Un ciclo que se completó con la entrega de recursos públicos a intereses privados extranjeros.

En torno a la distribución injusta del agua y la tierra, se dará “una crisis política que devendrá crisis de Estado porque no solamente va debatirse tal o cual política gubernamental, sino que entra en cuestionamiento la estructura misma del poder político y económico en Bolivia”.

Surgirá la crisis de Estado en el momento en que el movimiento indígena-campesino tendrá capacidad y fuerza de movilización territorial, con un programa de poder alternativo en base a la nacionalización de los recursos naturales, la convocatoria a Asamblea Constituyente y la presencia de indígenas en la toma de decisiones en el país.

En poco tiempo la crisis de Estado entrará en la dimensión de empate catastrófico usando un concepto del teórico marxista Antonio Gramsci. La corriente de poder de las elites neoliberales no podrá derrotar ni tampoco sobreponerse al otro proyecto de poder que emerge del movimiento indígena-campesino.

Esa especie de empate o dualidad de poderes durará cerca de dos años y será el tiempo que se aprovechará para una mayor irradiación y expansión de las ideas, de la reflexión política en las asambleas campesinas y barriales, en los debates universitarios y de las comunidades, pondera el investigador.

Es en medio de ese embate catastrófico que el presidente Evo Morales asume el gobierno en enero de 2006 con el respaldo del 54 por ciento de los electores. Votan por él indígenas y no indígenas, campo y ciudad, clases medias y trabajadores.

Sin embargo, hay un pedazo de Bolivia que todavía se resiste al cambio, la llamada Media Luna, un sector de la zona del oriente donde las elites terratenientes tienen un poder cultural y político más sedimentado y el movimiento obrero y campesino todavía no ha logrado horadar las estructuras de poder basadas en la propiedad de la tierra.

No puede haber empate catastrófico, dualidad de poder durante mucho tiempo. “Tiene que resolverse de una u otra manera, o bien triunfa la contrarrevolución o la revolución, pero no puede existir revolución y contrarrevolución territorialmente ocupando pedazos del país en igualdad de condiciones.”

El cuarto y definitivo momento de la Revolución es el llamado punto de bifurcación, que en el caso de Bolivia se dará entre los meses de agosto, septiembre y octubre de 2008, cuando el gobierno de Evo Morales será objeto de un proceso rumbo al golpe de Estado.

Durante 20 días, ni el Presidente ni los ministros pueden estar presentes ni aterrizar en cinco de los nueve departamentos del país. Tres semanas en que las autoridades electas para los cargos intermedios en esos grandes territorios son desconocidas por las elites locales.

Se promueve la toma de instituciones, aeropuertos, lugares de cobro de impuestos internos, medios de comunicación, oficinas públicas y son destruidos archivos e instalaciones de más de 57 instituciones del Estado en esos cinco departamentos.

Fue el momento más tenso que atravesó nuestro gobierno, recuerda García Linera. “Convocamos a las milicias, al alto mando, el presidente Evo se fue para una reunión con los dirigentes sociales, la idea era planificar la recuperación del territorio, lo que combinaba movilización social y lealtad de las fuerzas armadas”.

Finalmente, la derecha acepta su derrota, se repliega. Hoy, sostiene el Vicepresidente, tenemos un nuevo Estado en consolidación. A vista cercana, estima, no hay una derecha agresiva con capacidad para disputar el poder y si surgen tensiones en el país es más bien al interior de las propias fuerzas populares, indígenas y campesinas.

Anhelos hechos programa

El programa de poder del movimiento indígena y campesino en Bolivia ubicó entre sus metas el establecimiento del Estado plurinacional, la nacionalización de sectores estratégicos en beneficio social, el despliegue de la industrialización y la modernización simultáneas en varias dimensiones, y la búsqueda del vivir bien.

Estado plurinacional, precisa García Linera, es igualdad. Conformamos una nación estatal en cuyo interior existen 36 naciones culturales, respetadas en su idioma, cultura y tradiciones, en la totalidad de las instituciones del Estado, pero a la vez con la fuerza creativa de una sola nación estatal que llamamos Bolivia.

Significa igualdad de los pueblos indígenas de ser electos y participar en las instituciones del Estado y reconocimiento a su racionalidad en el sistema judicial, que junto a la justicia ordinaria incorporó la justicia indígena comunitaria en igualdad de condiciones.

Incluye la aceptación de otras formas de ejercicio democrático acordes a las tradiciones indígenas. Hay autoridades que no han sido electas por el voto directo y secreto en los comicios, sino por las asambleas comunitarias que deliberan, toman decisiones y nombran autoridades que pasan automáticamente a las asambleas representativas departamentales.

En fin, Estado plurinacional es igualdad de pueblos e igualdad de lógicas democráticas comunitarias en la construcción de la toma de decisiones en nuestro país; es decir, lo comunitario como forma radical de democratización de la sociedad, sustenta el político.

La segunda tarea planteada por el movimiento indígena -y que obtuvo la aprobación de la población a través del voto-, es la desconcentración territorial del poder. A partir de la nueva Carta Magna, el país constituyó un parlamento plurinacional y nueve parlamentos regionales con facultad legislativa en un margen de competencias constitucionales sobre las cuales pueden deliberar y decidir.

Un tercer eje radica en la nacionalización de las empresas estratégicas -gas, petróleo, generación de electricidad, minas y fundiciones-, generadoras de excedente económico. Concebimos la nacionalización de las industrias estratégicas, explica el Vicepresidente, como una forma de garantizar el control del excedente de las riquezas y el abastecimiento de servicios básicos, bajo lógicas de valor de uso y no necesariamente bajo lógicas de valor de cambio.

Otro punto estriba en desarrollar una dinámica compleja de industrialización y modernización, que otorga espacios propios a la economía de escala, a la pequeña producción, y a las economías comunitaria y campesina. Ninguna debe desaparecer ni subvalorarse.

“Estamos construyendo maneras plurales de modernización en tres velocidades o carriles. Son formas complementarias y simultáneas de entender la modernidad y la industrialización a nivel comunitario, en la pequeña producción urbana y rural y en el ámbito de la economía de escala”, indica el dirigente.

El vivir bien, como horizonte de vida, es la relación dialogante del ser humano con la naturaleza. Marx hablaba en 1844 de la necesidad de naturalizar al ser humano y de humanizar la naturaleza. “En otras palabras, ubicar al ser humano como objeto de satisfacción de necesidades y ubicar a la naturaleza como objeto de práctica dialogante y vivificante para garantizar la satisfacción de las necesidades de los seres humanos.”

Desafíos inevitables

Ninguno de los proyectos está libre de conflictos y desafíos. Álvaro García Linera opta por comentar cuatro que a su entender resultan fundamentales. “Somos un gobierno de movimientos sociales, pero gobierno es poder centralizado y movimiento social es democratización de las decisiones, ¿cómo coexiste monopolio con democratización?” Considerarnos un gobierno de movimientos sociales equivale a reconocer esa tensión. “¿Cómo coexisten concentración y descentralización del poder?, estamos aprendiendo a buscar respuestas a cada problema, pero no hay solución que no sea vivir la contradicción permanentemente”.

La segunda tensión está en la relación entre industrializar y vivir bien. Industrializar significa utilizar la naturaleza en beneficio humano, perforar pozos de petróleo y gas, abrir caminos por los parques y bosques, utilizar el agua para tener electricidad, en fin, afectar a la naturaleza. Pero a la vez si no abrimos un pozo, desviamos el cauce del río, si no habilitamos una carretera, no tendríamos los recursos para comprar un tractor para el campesino, ni los recursos a fin de construir un hospital en bien de la comunidad, reflexiona el dirigente.

¿Cómo quedan equilibradas necesidades humanas básicas y necesidades naturales básicas? No sirven aquí ni la lectura de Organizaciones No Gubernamentales, que recomiendan la conservación a ultranza de la naturaleza, ni la idea decimonónica de partir, atravesar y destruir lo que sea con tal de generar riqueza.

Hay que vivir la tensión, admite García Linera, sabiendo que debemos movernos en los dos ámbitos, el vivir bien de las actuales generaciones y el preservo de la naturaleza para las siguientes.

Tercer conflicto: propiedad del Estado y propiedad de la comunidad. El Estado y la propiedad del Estado constituye una etapa necesaria en la transición del socialismo hacia el comunismo, pero el comunismo es la autoorganización de los productores.

¿Puede el Estado crear comunidad o es la comunidad la que tiene que emerger como vitalidad de la sociedad? ¿Qué le toca hacer a un Estado revolucionario? ¿Su función sería simplemente crear condiciones favorables para que la comunidad emerja como construcción colectiva de la propia sociedad? Estado o comuna, comuna o Estado, ese es otro de los debates, razona el académico.

Por último, analiza la relación entre interés particular e interés corporativo. “El movimiento social emerge en este siglo planteándose un horizonte revolucionario de intereses comunes”. En el caso de Bolivia, nos dijimos: hay que nacionalizar las empresas privatizadas para lograr beneficios universales, hay que hacer una Asamblea Constituyente para que indígenas y mestizos, empresarios, profesionales nos juntemos y hagamos por fin un país para todos, define el político.

El movimiento social se planteó objetivos universales, es el momento de ascenso, pero luego tendrá sus momentos de reflujo y descenso, entonces aflora el corporativismo: que las cosas logradas sean solo para mí y no para el resto.

A principios de 2009, ejemplifica, dirigentes campesinos salieron en marcha contra el presidente Evo. Pedían que las tierras fiscales del Estado —concebidas por la nueva Constitución para ser entregadas no a empresarios ni a hacendados, sino a campesinos y comunidades—, fueran otorgadas solamente a los pueblos indígenas de tierras bajas y no a los residentes en tierras altas.

“¿Qué hacemos ahí? Es un reclamo: los indígenas de tierras bajas son 300 mil y los de tierras altas cinco millones, ¿no tienen estos últimos o un mestizo el mismo derecho a tener una o dos hectáreas en tierras bajas? Lo tienen, es un derecho de igualdad, pero urgió la tensión.”

Aquellos 50 dirigentes reclamaban con una mirada local y corporativista en detrimento de una mirada universal. La prensa se preguntaba cómo es posible que indígenas marchen contra el Presidente. Normal, responde García Linera. “Son tensiones al interior del pueblo que tiene todo proceso revolucionario, es la tensión entre lo común-universal y lo particular-corporativo”. Por estas tensiones, insiste, iremos atravesando, es parte del flujo y reflujo del movimiento social.

En resumen, ¿cómo hacer coexistir permanentemente lo universal con lo particular, movimiento social con Estado, industrialismo con respeto a la naturaleza, comunidad con poder estatal?

Conflictos e interrogantes que continuarán en los años siguientes, pero, a los ojos de García Linera, “son tensiones de crecimiento y de construcción porque, al fin y al cabo, el horizonte del socialismo y el comunismo no está definido; lo construimos los pueblos asumiendo estas tensiones y contradicciones, superándolas de manera conjunta”.

* La autora es jefa de la Redacción Suramérica de Prensa Latina.