Al conocer el desarrollo del pensamiento económico-político de los últimos cien años encontramos una constante en el comportamiento de determinadas facciones burguesas que emergen en condición de radicales contradictores al modelo aplicado en ese momento, aunque en realidad su propósito es abrir una nueva vía que garantice la continuidad del sistema capitalista imperante.

Su explicación la hallamos al mirar que ese aparecimiento coincide con momentos en los que los modelos de acumulación en curso entran en crisis, sea por el nivel de cuestionamiento y oposición mostrado por los trabajadores y los pueblos, sea porque han llegado al tope y se muestran incapaces de mantener niveles “razonables” de acumulación capitalista para la burguesía y, al mismo tiempo, porque queda al descubierto que tras su aplicación los trabajadores no han salido de su situación de miseria mientras en las clases dominantes ha crecido la opulencia.

Así afloraron el Estado benefactor o el mismo neoliberalismo que, en distintos momentos, surgieron como alternativas de desarrollo y crecimiento para superar el estancamiento. Mas, las nuevas propuestas no nacen solo como opción de progreso, sino también como alternativa a otras ya existentes, como una tercera vía.

Esa constante enunciada en las primeras líneas de este material respecto del comportamiento político de las distintas facciones burguesas, al tiempo de cuestionar al modelo en crisis, tiene un sello común: su oposición al socialismo marxista. Veamos algunos ejemplos.

Tras el triunfo de la revolución bolchevique de 1917, que despertó la conciencia de millones de trabajadores en el planeta y puso en el tapete la posibilidad real de que la clase obrera conquiste el poder, una facción burguesa con el aura de “progresista” levantó las banderas de una posición intermedia entre el brutal liberalismo imperante y el socialismo comunista de la Unión Soviética. Esa tercera vía fue la socialdemocracia.

Pocos años después, en condiciones en que en algunos países europeos el nazi-fascismo tenía su control y en la Unión Soviética se mostraba la superioridad del socialismo sobre el capitalismo, propuestas liberales intentaron mostrarse como disyuntiva a los modelos “totalitaristas” y como defensores de la libertad y la democracia.

Finalizada la Segunda Guerra Mundial, y con un crecido campo socialista, viene la propuesta burguesa del Estado de Bienestar como alternativa al socialismo, que entre otros aspectos se propuso frenar la lucha de los trabajadores en contra de la dominación del capital. Su discurso hablaba de entregar educación, salud, seguridad social, bienestar en un ambiente de libertad y democracia.

En los años 70 del siglo pasado el neoliberalismo hace su aparición como opción a los “modelos colectivistas”: el marxismo y el Estado de Bienestar.

Ahora vivimos un momento similar a los descritos. La crisis del neoliberalismo es evidente, al menos en gran parte de los países de América Latina, fenómeno provocado por la lucha de los pueblos en contra de las políticas de ajuste y sus nefastos efectos económicos y sociales. De cara a esta realidad, que ha puesto en el centro del debate ¿luego del neoliberalismo qué?, toman fuerza las propuestas que hablan del socialismo como alternativa. Y aquí otra vez aparece la tercera vía. Socialismo sí, pero socialismo democrático; revolución ciudadana; revolución bolivariana; socialismo andino; socialismo del siglo XXI… son propuestas que la socialdemocracia enarbola para, una vez más, oponerse al marxismo.

Como en el pasado la propuesta intermedia germina en medio de una aparente lucha violenta contra los círculos de poder, aunque en realidad es una confrontación política al interior de los círculos de poder; la “radicalidad” de su discurso hace creer que estamos frente a un choque entre adversarios, posibilitándole captar el apoyo popular.

El proceso político experimentado por Rafael Correa confirma esa aseveración: con un inicial discurso en el que fustigaba a sectores de las clases dominantes, reivindicaba la soberanía del país como elemento fundamental, destacaba la lucha de las organizaciones populares y condenaba al neoliberalismo como bárbaro y atroz pudo mimetizarse como enemigo a muerte de la oligarquía y mostrarse como alternativa de cambio. Su gestión presidencial, al cabo de cuatro años, dice lo contrario: la revolución ciudadana no es más que un proyecto político funcional al sistema capitalista, inspirado en viejos postulados socialdemócratas adaptados a nuevas circunstancias.

Nada, absolutamente nada de lo realizado por el gobierno lo ubica en la condición de anticapitalista, tiene sí un discurso demagógico y un ropaje izquierdizante que le ha hecho acreedor a esa aura progresista con la que proyecta la imagen de encabezar un gobierno de izquierda y revolucionario, sobre todo a nivel internacional.

Pero las cosas hablan por sí solas: en el país persiste la tercerización laboral; con una fraseología anti neoliberal se dictan leyes que contienen elementos de esa índole; se ha inaugurado la criminalización de la protesta popular, hay más de 280 ecuatorianos/as que enfrentan juicios por acción terrorista y sabotaje; los empresarios reciben beneficios como los estipulados en el Código de la Producción; el movimiento popular organizado se ha convertido en blanco de ataque del gobierno; está en curso una política que busca renegociar la dependencia externa. Ciertamente, por otro lado y gracias a los ingresos petroleros, ha podido desarrollar una significativa inversión en la obra pública y en programas sociales que no rebasan una visión asistencialista y clientelar, con lo que pretende demostrar que vivimos “un cambio de época”, pero en nada reflejan la adopción de medidas estructurales.

El pensamiento socialdemócrata (capitalista) que orienta el quehacer gubernamental no tiene nada de progresista. No sorprende lo que ocurre en el país cuando se conoce que, a nivel internacional, los gobiernos socialdemócratas han hecho en contra del movimiento obrero y a favor de la burguesía todo aquello que los gobiernos liberales o neoliberales no pudieron hacerlo. Aquí también se están ejecutando medidas que los gobiernos precedentes no fueron capaces de aplicar por la resistencia de los sectores populares, pero hoy se las ejecuta a nombre de una revolución.

El proyecto de “revolución ciudadana” es la tercera vía propuesta por una facción burguesa desarrollista y socialdemócrata que, sobre todo, intenta impedir que los trabajadores y los pueblos pongan su mirada en los ideales del socialismo marxista. Es una tercera vía que desemboca en el mismo capitalismo.

* Fuente: Quincenario Opción.