Han matado a un libertador

Carlos F Toranzos

enero 14, 2011Publicado el: 3 min. + -

El 21 de abril de 2010 me escribió una carta llena de esperanza y de paz, llena de ese cariño que solo él sabía dar. El 27 de abril le contesté peor no recibí respuesta. Seguro que tiene mucho trabajo, pensé. Era un hombre que no dejaba de trabajar ni un minuto. Por tanto espere respuesta y al ver que no llegaba, decidí rebuscar la dirección en la Red y encontré la peor noticia que uno puede esperar. Lo habían matado, apuñalado treinta veces y asfixiado con una franela.

Así terminó la vida de Esteban Wood, cura seglar y párroco de la iglesia donde lo asesinaron. Cuarenta años dedicados a trabajar con los jóvenes y con las familias. Educador sin paralelo y hombre de compromiso revolucionario salido de las lecturas y de los trabajos de la teología de la liberación. Su compromiso con Venezuela no era solo la del misionero dedicado sino la de un venezolano, un venezolano que defendía al pobre y demandaba justicia para los más desamparados.

Este cura pasó por Cochabamba y en esa tierra, junto con otros curitas, se bautizaron con la idea de la liberación, se unieron al voto silencioso del trabajo liberador sin más aspaviento que el hacerlo todos los días. Así conocí a Esteban, joven recién ordenado y con un castellano incipiente y una voluntad de hierro. Empezó sus trabajos de compromiso social en los barrios marginales de Cochabamba. Los trabajos voluntarios en los hospitales y en los orfanatos. Su trabajo no era nunca suficiente y se pasaba los días reprochándose lo poco que hacía.

Su orden, Mariknoll, lo llevo a México donde trabajo como asesor de movimientos juveniles, volvió a California y Nueva York donde trabajo por unos años con los inmigrantes y los desposeídos. Volvió a Venezuela, su tierra putativa y su patria chica en perspectiva de la patria grande.

Era párroco de la iglesia Sagrada Familia en Puerto Ordaz, y allí fue donde dedicó más su tiempo y trabajo. Su día empezaba a las seis de la mañana cuando llevaba a su perro a dar un paseo, volvía a su parroquia y empezaba su día, largo par muchos muy corto para él.

En esa parroquia expiró. Su último suspiro seguro que fue perdonado a sus asesinos. Tres jóvenes que entraron en la parroquia para robarle, robarle un DVD un teléfono celular Blakberry y 360 Bolívares fuertes.

La violencia en Venezuela es algo que el mismo Esteban estaba preocupado y con los parroquianos trataban de hacer algo, el educando y cooperando con los mas necesitados y fue uno de esos el que acertó la puñalada y fue el otro que demando silencio y fue el tercero que apretó la bufanda fatídica.

Están presos los asesinos, pero Esteban no está. Quizá su legado final es el que su patria, su Venezuela del alma, limpie de inseguridades sus calles y sus hermanos venezolanos caminen por las calles y entren es sus casas sin preocuparse por cerrar las puertas con cien chapas.

Esteban, dijiste en tu carta Aleluya por el reencuentro, te digo en esta nota personal, que descanses en paz hermano. Aleluya por haberte conocido.

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