Arguedas, Arguedas: me mira desde la pared donde tengo colgada su foto. Cuatro chinches lo prenden, en diagonal a Vallejo. Me mira con esa su mirada mineral, de ágata, de acero, pero triste.

Me mira desde la inagotable belleza de sus textos, la belleza con la cual tejió cada una de sus palabras, que se amarraron a mi corazón, y no saldrán de allí jamás. Me mira desde el silencio infinito que eligió para decirnos todo lo que no hubo escrito y que es el silencio de las montañas y el silencio del indio. Todos los silencios.

Me mira, José María. Me mira, desde el fondo de la historia y desde el fondo de las quebradas, y voy sintiendo esa mirada, de cielo profundo, de piedra que habla, de piedra que canta y canta; y cantará siempre: ternura y espanto en la mirada, horror y amor que cargan los siglos de los siglos, furia y encanto, miel y dolor escondidos en cada hondonada.

Me mira, Arguedas, y en sus ojos veo tanto Perú, tanto a los Andes, tanto milenario vuelo, tanta titánica tarea, encendiendo los valles, besando las nieves y las selvas, danzando, danzando, danzando… que me mira, Arguedas, y me estremezco, y recuerdo cada vez su huayno del arpista y maestro Oblitas, el papacha Oblitas:

Aún estoy vivo,

el halcón te hablará de mí,

la estrella de los cielos te hablará de mí,

he de regresar todavía,

todavía he de volver.

No es tiempo de llorar,

mariposa manchada,

la saywa que elevé en la cumbre

no se ha derrumbado,

pregúntale por mí.

Y le preguntaré, Amauta, a la apacheta le preguntaré por ti. Y también me preguntaré con vos: ¿quién puede ser capaz de señalar los límites que median entre lo heroico y el hielo de la gran tristeza?

Ellos, todos los que sabemos, deberían preguntarse lo mismo. Y reflexionar sobre cuestiones tan profundas que tampoco has dejado a un lado. Has dicho: “¿Hasta dónde entendí el socialismo? No lo sé bien. Pero no mató en mí lo mágico.”. Has dicho: “Imitar desde aquí a alguien resulta algo escandaloso. En técnica nos superarán y dominarán, no sabemos hasta qué tiempos, pero en arte podemos ya obligarlos a que aprendan de nosotros y lo podemos hacer incluso sin movernos de aquí mismo”. Mierda, Arguedas, eso es ser un hombre cabal, como Fanon, como el Che, como ninguno de los que hoy se llenan la boca con supuestas rebeldías.

Ahora que se cumplen cien años de tu nacimiento, y algunos, muy pocos, te celebran, nos beberemos todas las lágrimas y seguiremos la lucha debida, de vida: cien mil toros vendrán a levantarnos, cien mil cóndores abrirán sus alas, cien mil ponchos, cien mil aguayos, y su sombra abolirá cada desgracia. Entonces, cuando eso suceda, iremos juntos, iremos todos, a criar, a cuidar, a los pececillos, como cantaba a los apus del cosmos el papacha que todos, como vos, deberíamos llevar dentro de nosotros.

Somos de este lado de la tierra, que puede que siga siendo ancha y ajena, pero es un orgullo serlo porque de acá, de este lado, eres vos: de este lado del mundo es José María Arguedas.

Nota: el huayno está impreso en la página 138 de la edición de la Biblioteca Ayacucho de Los Ríos Profundos. Las dos citas corresponden al discurso de Arguedas que brindó con motivo del acto de entrega a su persona del Premio “Inca Garcilazo de la Vega”. (Lima, octubre de 1968). José María Arguedas nació en Andahuaylas el 18 de enero de 1911. Se suicidó en 1969.