El neoliberalismo cobija una tendencia política centrada en la igualdad formal (igualdad de oportunidades) sin considerar la igualdad ante los medios de subsistencia; parte de la creencia que la intervención gubernamental usualmente no funciona y que el mercado sí lo hace. Su principal exponente, Milton Friedman, hace tres décadas y en el auge de ese sistema, señalaba que la economía de mercado no puede presentar para todos a un mismo tiempo sus verdes praderas, es posible incluso –señalaba– que más sean quienes fracasen que los que triunfen notablemente, pero en el proceso, se capacita a todos para que lleven una vida más rica y plena conservando la posibilidad de que los desposeídos de hoy sean los privilegiados del mañana.

El empirismo, al que siempre acuden las tendencias neoliberales, no puede ser más lapidario; la sociedad que dejaron solo fue de verdes praderas para unas cuantas mega corporaciones, en tanto todo el planeta sufre una inmensa desigualdad y atraviesa el riesgo de perder su biodiversidad y clima.

Para Bolivia y su viabilidad, resultó imprescindible instaurar al Estado como articulador de la economía. En este debate, quedaba por comprobar que era invariablemente cierta aquella versión de que quienes entran al Palacio de Gobierno, sólo lo hacían para enriquecerse como grupo y personalmente. Y la sociedad dio la respuesta, esa vieja manía de enriquecerse de forma indebida a costa del Estado, resultó ser otra herencia del pasado colonial, republicano y en particular, neoliberal; y se demostró que es posible tener administradores públicos con vocación de servicio, a favor de todos los habitantes y en especial, de quienes tienen menores medios de subsistencia.

La corrección de problemas dejados por gobiernos neoliberales, que fieles a su lógica y con el propósito de crear sus verdes praderas no dudaron en generar grupos privilegiados a costa de socavar las condiciones para el desarrollo del país, no puede verse como acción neoliberal, simplemente por observar alguna similitud en el instrumental económico usado. Esta visión, deja deliberadamente fuera del análisis, la intención que persiguió la necesaria medida de nivelación de precios del diesel y la gasolina; asimismo, olvida que una subvención ciega, implementada durante el neoliberalismo, en procura de implantar su visión de “exportar o morir”, benefició no precisamente a los más pobres.

Y si el propósito es, evitar que el subsidio estatal a esos hidrocarburos financie economías de países vecinos y vaya a parar al bolsillo de los contrabandistas, para crear mejores condiciones productivas internas en beneficio de todo el país, ¿qué de neoliberal pudo tener esa medida? Obviamente, que ninguna.

Luego de la abrogación del Decreto Supremo Nº 748, el problema persiste, dado que el diesel y la gasolina son capital constante que reaparece en todas las mercancías, particularmente en los productos de la agricultura mecanizada y agroindustriales, éstos tienen la misma tendencia de los hidrocarburos y se van fuera de las fronteras, generando desabastecimiento interno. En este escenario, corresponde a las organizaciones sociales, señalar cómo se enfrentará el problema y se espera que la sabiduría popular, genere una vez más, la respuesta.

Mientras tanto, aquellos críticos que quisieran frotarse las manos ante la posibilidad de generar pérdida de respaldo popular al gobierno, saben que para conseguir su propósito primero deben fracturar los cimientos de la estabilidad macroeconómica, pero por desgracia para ellos, la misma ahora está bien protegida y a buen recaudo, dando los tiempos y el oxígeno necesario para que las organizaciones sociales planteen la necesaria solución.