(APe).- “La audacia -escribe Ambrose Bierce en su Diccionario del Diablo- es una de las cualidades más evidentes de los hombres que no corren peligro”. Ciertos deportes extremos y ciertas aventuras en islas remotas, de ésas con las que se satura a diario la televisión, responden a ese concepto. En las antípodas ideológicas y existenciales van quedando los otros, esas pobres criaturas humanas cuya mayor aventura es mantenerse con vida y alimentar a la prole, en un mundo que es verdaderamente peligroso.

El Dakar, una competición motociclística y automovilística que se realiza desde hace tres décadas, se corre este año, por tercera vez, en circuitos de la Argentina y de Chile. Esto se debe –dicen los organizadores- a la inseguridad que reina en ciertos países del África sahariana y subsahariana.

En rigor –pensamos- deberían ser los países africanos y sudamericanos los que se quejen de la inseguridad del Dakar, ya que si bien muchos deportistas (diecinueve, para ser exactos) han perdido la vida en la competencia, fueron siempre civiles ajenos a ella –y particularmente niños- los que murieron atropellados por motos, autos y camiones sin control en caminos de Mauritania, Kitta, Malí, Senegal, Guinea, Boubakar, La Serena (Chile) y Córdoba (Argentina), desde que se tiene registro.

La francesa Amaury Sport Organisation, gerenciadora del Dakar, le cobra a la Argentina un canon de siete millones de dólares por esta edición 2011. Y a Chile, considerando las pérdidas ocasionadas por los terremotos, sólo le cobra cinco millones. El altruismo global hace temblar los corazones.

TC, su edad de oro

En 1948, organizada por el Automóvil Club Argentino y con el completo apoyo del gobierno justicialista, se realizó la competencia automovilística más importante de América del Sur, uniendo las ciudades de Buenos Aires y Caracas por ese mismo cordón de los Andes que hoy recorre, asfaltada, la ruta Panamericana.

Los pilotos más renombrados del Turismo de Carretera nacional (Juan Manuel Fangio, Juan y Oscar Gálvez y Domingo Marimón, entre otros) participaron de la prueba, que significó recorrer 9.573 kilómetros en el viaje de ida, haciendo camino en territorios casi vírgenes de la Argentina, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia y Venezuela, con un trayecto de vuelta más corto, de 5.187 kilómetros, cumplido entre Lima y Buenos Aires.

Las aventuras y riesgos que corrieron aquellos pioneros del automovilismo son inenarrables. Hasta un golpe militar (el del general Odría contra Bustamante Rivero, en Perú) debieron sortear aquellos intrépidos automovilistas, que no contaban con teléfonos satelitales, ni GPS, ni auxilio mecánico las 24 horas. 

El precio que pagaron por la osadía fue muy alto. De los 138 autos que partieron, sólo volvieron a Buenos Aires 26. Y perdieron la vida en distintos vuelcos y accidentes Daniel Urrutia (copiloto de Fangio), Julián Elgue, H. Román y Héctor Suppici Sedes.

Domingo Toscanito Marimón se llevó el Gran Premio en el trayecto a Caracas y el aguilucho Oscar Gálvez coronó el viaje de vuelta en Buenos Aires. Además del trofeo mayor conquistado por Marimón, los dos clasificados recibieron el premio especial de cinco mil pesos comprometido por un sponsor no convencional: la Fundación Eva Perón.

Esa normalidad que mata

Ya pasaron tres meses desde el rescate con vida de los 33 mineros de Copiapó, en Chile; tres meses desde las promesas oficiales de legislar y regular mejor la actividad; tres meses desde el nunca más lanzado a los cuatro vientos por la televisión global. Los mineros rescatados, en ese lapso, viajaron a Hollywood y Disneyworld, y firmaron contratos para hacer libros y películas. De trabajadores del subsuelo pasaron a ser estrellas de superficie, con rendez-vous y agenda completa.

Distinta suerte tuvieron los tres mineros muertos en Puerto Patache el pasado 19 de diciembre. La empresa Collahuasi los mandó a limpiar un shiploader para no demorar más la carga del barco. Pero no tenían experiencia. Y la empresa no tomó ningún recaudo de seguridad, pese a la advertencia del sindicato. 

A fines de noviembre tras un derrumbe en Nueva Zelanda, quedaron 29 mineros atrapados. El presidente neocelandés quiso adoptar entonces, contra reloj, el modelo Piñera. Pero no llegó a tiempo. Los trabajadores murieron atrapados en los túneles de la mina.

Antes de la Navidad se produjo una explosión en un yacimiento de Changjiang, China. El saldo provisional es cinco muertos y un desaparecido. Y poco antes de Año Nuevo, una explosión en la refinería petrolera de Zabaikalsky Kray, Siberia, mató a otros tres trabajadores chinos, aunque hay dos más desaparecidos.

La mención de estas tragedias recientes, que apenas si salen en las noticias, obedece al deseo de mostrar que la economía capitalista global no respeta fronteras ni banderas ni lenguajes a la hora de utilizar al ser humano como simple fuerza de trabajo, descartable, vendible, masacrable.

Los audaces raidistas del Dakar que pasen por Copiapó, en estos días, no podrán detenerse a ver (y menos que menos, a pensar) la tragedia minera de Chile. Apenas si alcanzarán a ver a los viejos y a los niños apostados a la vera del camino. Es que los raidistas del Dakar, diría ese condenado gringo viejo de Bierce, son hombres que no corren peligro.