Desde que Evo Morales llegó a la presidencia he sido un militante defensor de su proyecto. He difundido sus políticas en foros y plazas, escrito artículos y libros, porque tengo claro que él representaba un ineludible ajuste con la historia. En la distancia donde me encuentro, le he dedicado horas a la lectura de periódicos y correos, me he enfrascado en discusiones eternas argumentando a su favor, y me ha hervido la sangre cuando escuchaba tanta tontería que se decía en su contra.

Pero pasadas las principales tormentas, las elecciones municipales del 2010 empezaron a preocuparme. No entendía cómo, en el caso de La Paz, el MAS lanzaba una artillería espantosa contra Juan del Granado y Luis Revilla, hombres honestos, de izquierda, solidarios y que en los momentos más duros del gobierno, no dudaron en apoyar al Presidente, poniendo en juego sus propios capitales políticos. Me parecía comprensible que se suba el tono de campaña, pero llegar a los extremos discursivos no consideraba lo más pertinente. Siempre tuve presente la idea de que el peor enemigo de la izquierda era su capacidad de autodestrucción y división, y eso veía emerger en aquellos debates.

Pero ahora las cosas están asumiendo un rumbo patético. En verdad me cuesta creer que el gobierno se esté empeñando en poner al banquillo de los acusados a Juan y Luis. No puedo concebir que utilicen todos los canales –legales, políticos o autoritarios- para eliminar a piezas clave de la construcción de la nación. Duele. Me invade un sentimiento similar a cuando veía la paulatina descomposición del MIR de Jaime Paz en los 80, que emborrachado por el poder perdió el norte y, poco a poco se fue convirtiendo en un espantoso espectro. Son otras razones, otras circunstancias y caminos, pero desde esta tribuna de observador que me toca en los dos procesos, veo como el tiempo y el poder son capaces de obnubilar los más nobles ideales. Siento una angustia parecida. También me viene a la mente cómo la derecha pretendió bloquear el inicio de la gestión de Juan del Granado en el 2000 buscando tres pies al gato con el caso de los mingitorios. Cuánto hubiera perdido La Paz y en general la izquierda boliviana si la mezquindad hubiera triunfado en ese momento.

Veo cómo el MAS va transitando de ser un partido de esperanza, pilar de un proyecto socialista, a un autoritarismo que apunta su artillería no hacia la derecha sino hacia el surgimiento de nuevas izquierdas que tendrían mucho que contribuir. En vez de apoyar, destroza. En vez de dialogar, acusa. En vez de encontrar puentes, subraya las diferencias. En vez de impulsar una sana diversidad progresista, se refugia en la homogeneidad destructiva.

Siempre he pensado que el enemigo principal del proyecto socialista, más que la oligarquía oriental, eran las propias lógicas perversas del MAS que podrían acabar con Evo. El principal enemigo de Evo es el MAS, y en cierto sentido, una parte del propio Evo.

Estás a tiempo, Evo. Albergo la esperanza de que todavía se pueda rectificar esa actitud de rey chiquito, mirar al país como un estadista y a la historia como un gigante, antes de convertirte en el corta-cabezas de lo que pudiera hacerte sombra. Escucha las voces de tu pasado, piensa en el futuro del país y del proyecto, mira adelante, más allá de ti mismo -¿qué hay después de la era de Evo?- y de los intereses puntuales de quienes te rodean; identifica con mayor claridad a los enemigos, a los adversarios y a los aliados. Suma, no restes. Construye, convoca, invita; no fiscalices y condenes erróneamente. Sólo así será posible creer que esto va a largo plazo, que no estamos asistiendo al inicio del fin, y que el sueño no empieza a convertirse en pesadilla.

* hugojose@unam.mx