Llueve donde moro, llueve en Río Abajo. No hay música más inquietante que una tormenta en la montaña. No hay mayor desamparo que el provocado por la lluvia entre los cerros. Sientes la desnudez del mundo, como que se fuera a caer, literalmente. Y eso es así, con fuerte expresividad.

Oyes como bajan las aguas del río, colmadas de lluvia: su rugir te estremece y te deja sin aliento. Es la música que te corteja, te eriza no solamente la piel. Los incas y Arguedas convirtieron esto en poesía. Es, sin dudas, la mejor manera de conjurar el terror: oírlo y volverlo música, oírlo y volverlo propio.

Escuchar el furor de las piedras arrastrándose, el eco que sube la encañonada, es una experiencia irreversible. En quechua, eso se llama huayco. Uno siente ese bramar de los dioses líquidos y todo lo terrible, lo misterioso, del mundo está allí, insinuándose, buscando (d)evelarse. Todo está bajando, arrastrando el mundo a su paso.

Es tan descarnado el sonido de las aguas que te despoja de cada sonido que escuchaste antes, y no se parece nada, a nada que recuerdes, ni a Schönberg.

Son marcas de antigua data: cuando nadie escuchaba, ya estaba el agua crujiendo y azotando la roca, ya estaba el agua demoliendo los cerros (el mundo se cae, insisto; el mundo se está cayendo, literalmente), ya estaba el agua. Ya estaba la música, ya estaba esta música que ahora estoy anotando.

Es conmovedor: llueve, llueve, llueve.

Llueve tanto que uno siente que la tierra va a despellejarse, a lavarse toda. El agua raspa, roe, retumba como cien mil caballos salvajes.

Uno imagina a los ríos abajando no sólo piedras, sino la maldad del mundo, llevándosela lejos, aunque abajo están ustedes, y uno ya no se alegra tanto.

La piedra suena, la piedra es música: son rocas grandes como tigres, y suenan así, como fieras envueltas en ese cataclismo que arrastra todo y cada cosa: cuando ves a los árboles corriente abajo, tiemblas aunque la escena te electrice, porque es la fuerza colosal la que se muestra, y es el poder del cosmos lo que te magnetiza. Ves como se cae el mundo, ves como se desnuda el mundo, y te aterroriza, pero no te atormenta: así siempre ha sido, así debe seguir siendo. Siempre habrá música. Siempre debe haber música. Así sea pura furia.

Ni pájaro, ni arena, ni cactus dicen nada. Todos escuchamos aquello que clama allí abajo, por donde pasa el río. Si lo vieras, cuando es invierno, no sospecharías cómo se carga con las virtudes del verano, cuando en lo alto de los páramos del trópico llueve y hace frío –un frío escandaloso- en vez de calor. Es una de mis ofrendas más mías.

Una vez, fui a buscar cada partícula de poder que ese aparente desarreglo meteorológico encierra. Lo fui a encontrar por los lados de la cordillera de Apolobamba, donde la intensidad de la tensión geográfica es total. Allí se juntan la cordillera y la selva. Diez días de verano anduve caminando bajo la lluvia, la bruma, las nubes, el granizo, la nieve, sintiendo muchas de las verdades sumergidas en nuestro corazón por que nos niegan la sorpresa del mundo, el milagro de estar vivos, la ciudad como tumba, el espanto de saberlo, el deseo de querer huir.

Un inglés de mierda (Woodroffe), anotó a principios del siglo XX que esas moradas de lo sagrado eran “una tierra árida, inhospitalaria, con imponentes despeñaderos, impracticables quebradas, murallas de roca verticales y picos desiertos alzándose entre bancos de neblina y agua nieve, sólo visitados por los relámpagos que brillan alrededor de sus ásperas cumbres. Un país donde avanzar tres millas, en las que sólo planea el cóndor, pueden significar un arduo día de marcha arriesgando la vida, y en la que ningún encanto mágico atrae al cansado viajero”. A pesar de todo, escribía lindo y hablaba de los lados de Ichucorpa, hitos XXII a XXVI del límite boliviano-peruano, hasta Puina, donde vive mi amigo, el Sebastián Durán. La cita la extraje de un libro de tesis sobre los límites de Bolivia. La cita la encontré en un libro que habla, a su manera, de fronteras, de la frontera. Lo escribió otra inglesa de mierda (Fifer).

Vista desde el punto de vista antinatural de las ciudades, la lluvia es, desde ya, una frontera. Cuando llueve, la “gente” corre a refugiarse, se escapa de la tormenta, del agua en suma. Que no me moje –es la divisa. Ahora que escribo, recuerdo que Kusch, el planeta Kusch, escribió sobre esto. Como si la lluvia manchara.

La lluvia, aquí en la montaña, es terror y gracia. Se abandona la gracia en las ciudades. Se vende, se compra, se consigna, se ilusiona la gracia. Volver a venerar a la lluvia, como lo que es: un semen de la divinidad que fertiliza a todas las madres, debería ser uno de nuestros motivos trascendentales. La lluvia debe dejar de ser una frontera, para volver a convertirse en lo que siempre ha sido: un halago, y música a la vez. Y nosotros, los que habitamos las montañas, seguiremos conjugando ese terror porque el mundo no se caiga cuando llueve, pero es, tan solo, nuestro problema.

Estuve en lugares, en la vertiente oriental de los Andes, donde sigue lloviendo más de 300 días al año en este planeta desertificado por el capitalismo: es una bendición. Y cuando sale el sol, sientes que también estás vivo. Así de simple.

Río Abajo, 23 de diciembre de 2010