Naciones Unidas, El Cairo (Prensa Latina).- La crisis en el Medio Oriente y la cuestión palestina ocuparon buena parte de la actividad de Naciones Unidas durante 2010, pero sin conseguir el anhelado avance hacia la paz y la solución definitiva del conflicto.

El año que termina ahora comenzó con el debate originado por el llamado informe Goldstone, según el cual durante la operación Plomo Fundido lanzada por Tel Aviv contra la Franja de Gaza en diciembre de 2008 se registraron crímenes de guerra y contra la Humanidad. Al concluir 2010, aquella agresión, que causó mil 400 muertos y más de cinco mil heridos en solo tres semanas, está todavía pendiente de las investigaciones que la ONU indicó realizar al gobierno israelí y a la parte palestina.

Otro asunto sin solución que ocupa a la organización mundial está relacionado con el ataque perpetrado por fuerzas de Israel contra una flotilla que trasladaba ayuda humanitaria a la población de Gaza, víctima de un dilatado bloqueo implantado desde junio de 2007 por las autoridades de Tel Aviv.

De forma paralela, las acciones de la ONU por avanzar hacia una solución negociada del conflicto fueron torpedeadas durante todo el año por el gobierno israelí con su persistencia en continuar la construcción de asentamientos en los territorios ocupados.

Una moratoria de 10 meses decretada por Tel Aviv en esa labor a finales de 2009 abrió el camino a discretos pasos de diálogo con la Autoridad Nacional Palestina, cortados en octubre ante la reanudación de la edificación de las colonias.

Ni los pronunciamientos de la Liga Árabe ni del llamado Cuarteto para el Medio Oriente (ONU, Unión Europea, Rusia y Estados Unidos) lograron detener la continuación de las obras de los asentamientos, lo que mantiene paralizadas las negociaciones.

Para Naciones Unidas no hay alternativa a un arreglo negociado que conduzca a la creación de un Estado palestino independiente y viable, viviendo al lado del Estado de Israel en paz y seguridad. Esa postura acaba de ser reiterada ante el Consejo de Seguridad por el subsecretario general de la ONU, Oscar Fernández Taranco, al instar a superar el actual impasse y a reanudar las conversaciones porque “si la puerta de la paz se cierra, va a ser muy difícil reabrirla”.

Sin embargo, la estrecha alianza entre Israel y Estados Unidos, uno de los cinco miembros permanentes del Consejo con derecho a veto, y la constante presión de Tel Aviv sobre la Casa Blanca consolidan la parálisis hacia cualquier avance negociador.

Esos vínculos quedaron otra vez en evidencia en la ONU cuando ambos países quedaron casi en solitario en su voto negativo contra seis resoluciones aprobadas el 30 de noviembre por la Asamblea General sobre varias cuestiones vinculadas al conflicto en el Medio Oriente.

Los documentos trataban sobre el Comité para el ejercicio de los derechos inalienables del pueblo palestino (112 a favor, nueve en contra y 54 abstenciones) y la División de la Secretaría de los Derechos de los Palestinos (110-9-56).

Los otros se refieren al Programa especial de información sobre la cuestión de Palestina (167-8-2), el Arreglo pacífico de la cuestión de Palestina (165-7-4) y los casos de Jerusalén (166-6-4) y el Golán sirio (118-7-52).

En todas esas votaciones del máximo foro de la ONU las delegaciones norteamericana e israelí sufragaron de manera negativa, con el exiguo respaldo de Islas Marshall, Micronesia, Palau y Nauru.

Mientras, Australia se unió a Washington y Tel Aviv en cuatro de las resoluciones, Canadá lo hizo en la misma cantidad, pero en distintos textos, y Japón y Nueva Zelanda solo en una, también diferentes.

Desde distintos ángulos, todos los documentos exigen a Israel su retirada de los territorios palestinos ocupados, el cese de la construcción de asentamientos en esas tierras y el cumplimiento de las resoluciones de la ONU sobre el Medio Oriente.

Asimismo, reiteran la defensa de los derechos inalienables del pueblo palestino, entre ellos a la libre autodeterminación, uno de los principios consagrados en la Carta de las Naciones Unidas.

Temas que continúan en la agenda de la ONU para 2011, con el agravante de una creciente intransigencia de Israel y un cada vez mayor debilitamiento de Washington frente a Tel Aviv.

Palestinos e israelíes 2010: Construcciones que destruyeron la paz

La renuncia estadounidense a exigirle a Israel que frenara la ampliación de los asentamientos en los territorios palestinos ocupados dio el puntillazo a un año de maniobras retardatorias y confabulaciones contra la paz en Medio Oriente.

No hacían falta las comprometedoras filtraciones de WikiLeaks para convencerse de que las acciones israelíes contra los palestinos -tanto los moderados de Cisjordania como los considerados radicales en la Franja de Gaza- fueron posibles gracias a la connivencia de Washington.

La Casa Blanca y, en particular su principal inquilino, Barack Obama, defendieron el carácter estratégico y inquebrantable de sus lazos con su aliado incondicional en esta región del mundo, aunque intentaron vestir el traje de mediador con una objetividad que, obviamente, le quedó extra grande.

Apenas días después de cumplirse el primer año de la letal ofensiva militar contra Gaza, que -dicho sea- Estados Unidos nunca condenó, Israel generó un revuelo diplomático al descubrirse que fraguó el asesinato en Dubai de un dirigente del Movimiento de Resistencia Islámica (Hamas).

Las posteriores detenciones y pesquisas de la policía de los Emiratos Árabes Unidos sobre la muerte en un hotel dubaití de Mahmoud Mabhouh permitieron identificar a los sospechosos del crimen, quienes llegaron como turistas con pasaportes falsos irlandeses, británicos, francés y alemán.

Todo fue sustentado también por evidencias de llamadas telefónicas y pagos con tarjetas de crédito, además de grabaciones de videos y fotos sobre cómo se concibió la ejecución del líder del grupo islamista palestino al que Occidente y Tel Aviv tildan de terrorista.

Pero en los pasados 12 meses hubo otros hechos demostrativos de la falta de voluntad israelí para alcanzar con la Autoridad Nacional Palestina (ANP) un acuerdo de paz conducente a materializar la fórmula “dos Estados”, que -al menos en público- defendieron con fuerza Washington y la Unión Europea (UE).

Las demoliciones de viviendas de palestinos en distintas aldeas de la Ribera Occidental y, sobre todo, de Jerusalén Este, fueron una práctica sistemática, casi siempre acompañada de destrucción de cultivos, robos de cosechas, negación de permisos de construcción y confiscación de propiedades.

El escenario siempre hostil para los palestinos se constató igualmente en la represión a sus reivindicaciones históricas y religiosas de lugares sagrados islámicos como la mezquita Al-Aqsa o los que los judíos identifican como Muro de las Lamentaciones, Cueva de los Patriarcas y Tumba de Raquel.

Junto a la protección a colonos radicales en los territorios ocupados, en detrimento de la integridad física y moral de los residentes árabes, Israel reforzó el bloqueo impuesto en 2006 por tierra, mar y aire a Gaza, sin escatimar en bombardeos aéreos y otras acciones militares esporádicas.

Quizás el clímax de la intransigencia sionista se resumió en el abordaje a la Flotilla de la Libertad el 31 de mayo en aguas internacionales del Mar Mediterráneo, un hecho cuya violencia e impunidad utilizó Tel Aviv como factor disuasivo a otras iniciativas solidarias con los palestinos de Gaza. La intercepción israelí del buque Mavi Mármara, insignia de aquella flotilla, se saldó con nueve pacifistas turcos muertos y unos 50 heridos, además de la confiscación de la ayuda humanitaria destinada al enclave, pero recibió gélidos pronunciamientos de Estados Unidos y sus aliados europeos.

Ni siquiera la condena del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, con las objeciones ya consabidas, logró que Israel juzgara a sus militares y mucho menos que diera a Turquía la disculpa reclamada. Por el contrario, vetó y reprimió -aunque con más discreción- otras flotillas solidarias.

Tanto o más paradigmático que la renuencia israelí a lograr un acuerdo con los palestinos lo fue la continuidad de la política de judaización, como definen los palestinos las construcciones en los asentamientos de Jerusalén Este y la negativa a renovar una moratoria de esas prácticas en Cisjordania.

Brindis, alfombra roja y discursos en Washington de Obama, del presidente de la ANP, Mahmoud Abbas, y del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, marcaron la reanudación del diálogo directo en septiembre, pero quedó paralizado apenas 24 días después.

Abbas, apoyado por la Liga Árabe, abandonó las pláticas ante el rechazo de Netanyahu a congelar la ampliación de las colonias, lo que la ANP cree hará inviable el anhelado Estado con continuidad territorial en la Ribera Occidental, la Franja de Gaza y su capital en Jerusalén Este. Los palestinos recibieron tácitos apoyos de países como Argentina y Brasil, que reconocieron su Estado, así como el compromiso en ese sentido de Uruguay, pero son conscientes de que los pretendidos mediadores -ya pasadas las elecciones legislativas de medio término- bloquearán esa tendencia.

Obama dejó claro que su Gobierno vetará en el Consejo de Seguridad de la ONU cualquier proclamación unilateral del Estado palestino -la misma oferta que hizo sin éxito a Israel para que frenara las construcciones por 90 días-, y la UE dijo estar dispuesta a reconocerlo, pero sólo “cuando sea oportuno”.

En un año como 2010, en el que al aliento israelí de la colonización se unieron el tartamudeo cómplice estadounidense y -valga decirlo- la falta de voluntad política de los líderes palestinos para sellar su reconciliación, es difícil avizorar un horizonte esperanzador o, al menos, diferente para 2011.

* Los autores son corresponsales de Prensa Latina en Naciones Unidas y en Egipto.