(Prensa Latina).- Casi en los comienzos del año se avivó en el mundo el fuego de las polémicas en torno a la producción, uso y comercialización de los alimentos transgénicos, también llamados Organismos Genéticamente Modificados (OGM o GM).

A mediados de enero, varios medios mexicanos anunciaron la luz verde gubernamental a la siembra experimental de maíz transgénico en cuatro estados de la nación, considerada centro del origen de ese cereal, un componente básico en la dieta de sus habitantes desde siempre.

El maíz autóctono y la cultura generada en torno a este alimento, de variedades actuales muy valiosas, forman parte del patrimonio de México y universal, y no hay connacional que no se sienta orgulloso de ello.

Tras 11 años de moratoria en el cultivo, las autoridades consideraron pertinente recuperar el tiempo perdido en el uso de la moderna tecnología, sector en el que marcha a la cabeza Estados Unidos, seguido por Canadá, España y algunos países de economía emergente como Brasil, Argentina, India, Suráfrica y China.

Miles de representantes de la comunidad civil y de organizaciones campesinas de México se manifestaron en contra de la medida, debido a los riesgos que entraña para la soberanía alimentaria, el desarrollo agrícola, la salud humana y el medio ambiente de la nación.

No pocos de los opuestos a la siembra de esa variedad, con semillas suministradas por la firma biotecnológica estadounidense Monsanto, expresaron que tal medida favorecerá los intereses de las transnacionales dominantes en el sector, en detrimento de la agricultura y de productores nacionales.

México produce anualmente 22 de los 32 millones de toneladas de maíz que reclama la alimentación de sus pobladores, por lo cual debe importar unos 10 millones de toneladas, hoy casi todas de origen transgénico.

De todas maneras, aunque necesita producir en casa la totalidad del maíz para consumo humano, se ha subrayado el carácter experimental de los primeros cultivos de transgénicos.

Las autoridades han divulgado que sus medidas de control y experimentación son rigurosas y el marco regulador vigente elaborado tras un trabajo de años está entre los más seguros del mundo.

“La biotecnología, ya sea convencional o moderna, debe usarse en beneficio de los campesinos pobres en los países de escasos recursos, y no de los agricultores ricos en los países desarrollados”, señaló a principios de marzo Modibo Traoré, director general adjunto de la Organición de Naciones Unidas para la Agricultura y Alimentación (FAO), en Guadalajara.

Traoré asistía por entonces a la Conferencia Técnica Internacional sobre Biotecnologías Agrícolas en los países en desarrollo, realizada en esa ciudad mexicana bajo los auspicios de la FAO en los días en que allí era más candente el debate público.

El directivo reconoció que el uso de la biotecnología no ha tenido aún un impacto significativo en la vida de la gente en la mayoría de los países en desarrollo.

“Por ahora, ratificó, existe una carencia de tecnologías, normativas y capacidad técnica adecuadas y provechosas, junto a la infraestructura necesaria para su desarrollo, evaluación y despliegue en la mayoría de los países en desarrollo”.

Tal aseveración está en concordancia, no explícita pero sí interna, con las razones de los que sienten aprensión por el monopolio de las transnacionales del mundo industrializado, que ya deciden en la aplicación de la biotecnología y en concreto, en el tema de los transgénicos, en muchos países en desarrollo.

Entre las corporaciones centralizadoras de la producción de semillas y plantas transgénicas, así como de su comercialización, encabezan la lista la citada Monsanto, Syngenta, Bayer, DuPont y Dow Pioneer, con el 90 por ciento del mercado mundial.

Son menos los que están en el caso de Cuba, país pobre, pero con un gran potencial científico y humano, decidido a transitar por su propio esfuerzo en el camino de la investigación biotecnológica, en la obtención de fármacos y vacunas, y en la experimentación de cultivos transgénicos.

Ninguna alianza cooperativa que establezca la nación antillana irá en detrimento de su desarrollo socioeconómico, soberanía general y alimentaria o de la salud del pueblo, han reiterado las autoridades.

“La FAO insistirá en el uso de las biotecnologías, puntualizó Traoré en Guadalajara, y señaló que se trata de una buena herramienta para incrementar los rendimientos, evitar daños al medio ambiente y combatir el hambre.

Esa entidad de la ONU insiste en que se valore su papel como asesor científico y técnico en el tema de la aplicación de la biotecnología, aunque las decisiones sobre su uso sólo competen a los gobiernos y estados soberanos.

En Estados Unidos fue noticia este año el inicio de un proceso en la Corte Suprema de Justicia a la transnacional Monsanto, por el caso de una alfalfa contaminante de variedades naturales; y el anuncio de la creación del salmón transgénico Bon Apetit, presentando como la octava maravilla por sus creadores.

Sin embargo, también se ha generado un fuerte movimiento en su contra, que persigue la desaprobación por parte de las autoridades competentes.

Europa y los transgénicos

En el otro lado del mundo, la Unión Europea (UE) también terminó a comienzos de año con una moratoria que prohibía la plantación de transgénicos, al autorizar el cultivo de la variedad de patata Amflora, creada en Alemania.

La UE había autorizado la siembra de alimentos transgénicos en 1998, año en que se permitió el cultivo de una variedad de maíz en España, país con fuertes intereses en el sector, según expertos.

En tiempos de la moratoria sí autorizó la importación y comercialización de los OGM, principalmente suministrados por Monsanto.

A mediados de 2010, la UE retomó el asunto y sometió a aprobación una legislación que sugería dar a los gobiernos el poder de decisión ante el dilema de los cultivos y todo lo relacionado con los OGM.

En varias naciones de la UE se movilizaron los activistas sociales y defensores del medio ambiente, en contra de esa posible nueva ley.

La organización ecologista Greenpeace llegó a recoger más de un millón de firmas contra lo que llaman la “liberalización” de los cultivos transgénicos en el Viejo Continente, con la opción de decidir a cada gobierno por separado.

De modo que el intento por agilizar una política que algunos de sus miembros consideran lenta y obstaculizadora, no ha prosperado aún, y en noviembre fue declarado inoperante por ser contrario a los preceptos de la Organización Mundial del Comercio (OMC).

Tanto en la UE como en Estados Unidos y otros países, los consumidores han reclamado constantemente el etiquetado de los productos GM o que contengan componentes con esas características.

El centro de la polémica

Aunque los expertos afirman que la manipulación genética viene ocurriendo desde tiempos remotos, los avances biotecnológicos modernos marcaron el boom de esta actividad a partir de los años 90 del pasado siglo.

En mayo de 1994 comenzó la comercialización de alimentos transgénicos después de que la Agencia de Alimentos de Estados Unidos autorizó la colocación en el mercado del tomate Favr-Savr (Larga durabilidad), conseguido por la empresa Calgene.

Se estima que en la actualidad hay más 80 productos transgénicos aprobados, entre los cuales predominan variedades de soya, algodón y maíz.

De acuerdo con un informe del Servicio Internacional para la Adquisición de Aplicaciones Agrobiotecnológicas la superficie mundial de cultivos de GM aumentó en el 7,9 en 2009, y hoy se calcula en unos 134 millones de hectáreas.

Esa misma fuente añade que el incremento fue del 13 por ciento en los países en desarrollo, con Brasil a la cabeza, al alcanzar el 35 por ciento.

Puntualiza que el 77 por ciento de la soya mundial, el 49 del algodón y el 25 del maíz del mundo son de origen transgénico.

Desde su surgimiento, el uso de alimentos transgénicos para consumo humano ha sido cuestionado por una buena parte de la comunidad mundial.

Una leyenda negra se ha esparcido por el planeta, a veces infundada y sin basamento científico, según algunos expertos.

Sin embargo, muchos reclamos responden, en efecto, a la observancia de agudas problemáticas en que la aparición de los transgénicos ha sido el elemento detonante o acelerador de una crisis de alcance social o medioambiental.

Sus detractores también insisten en los perjuicios que podrían ocasionar a la salud.

Se apoyan en informes elaborados por científicos o equipos de investigadores independientes, no vinculados a los intereses de las transnacionales que obtienen cuantiosas ganancias o gobiernos subordinados, según afirman.

Han divulgado que algunos trasngénicos provocan resistencia a determinados antibióticos asociados a microorganismos o propician el surgimiento de nuevas enfermedades alérgicas, que incluso dañan los riñones y el hígado.

Asimismo se han publicado artículos donde se citan ejemplos de perjuicios al medio ambiente.

Aparte de los detractores a toda costa o los que creen en ellos a ciegas, está la corriente de los que apuestan por el uso responsable de los avances de la ciencia, el cumplimiento riguroso de medidas de bioseguridad, y marchar adelante, aceptando la preocupación y el debate transparente del tema.

Sin embargo, la polémica o polémicas son muy complejas, ricas en vertientes y ángulos que cobran mayor relevancia o no, de acuerdo con la nación o región geográfica de que se trate.

No puede haber una fórmula general de aplicación para todos los productos en todos los lugares. Cada comunidad y país debe escribir al respecto su propia historia.

Así, vemos cómo en la mayoría de las naciones en desarrollo, pobres y dependientes del gran capital foráneo, los reclamos ante el uso de transgénicos deben pasar necesariamente por vindicaciones políticas o de justicia social, todavía no satisfechas. Establecer los límites de lo que pertenece al avance legítimo de la ciencia y lo que corresponde a la justicia social no es nada sencillo.

El entrelazamiento marcado por los acontecimientos es tal que parecen o son parte de la misma cosa en algunos casos.

De todas formas es un rumbo trascendente, en cual se debe andar con pies de plomo aún en las naciones de mayor equidad social, pues los errores pueden ocurrir en cualquier parte.

La cifra de hambrientos en el mundo sse acerca a los mil millones, de acuerdo con estadísticas reveladas en ONU desde 2009, y para 2050 la humanidad debe duplicar la producción de alimentos.

La hambruna planetaria ha aumentado alarmantemente, a pesar de la difusión de los alimentos transgénicos.

Y seguirá creciendo, a pesar de los paliativos, mientras impere el orden social injusto que asegura las ganancias de las transnacionales y la subordinación al modelo neoliberal capitalista.

Nadie puede difundir ni hacer creer que los transgénicos solucionarán por sí mismos el problema del hambre en el mundo. Ni aún sus más fervientes defensores apuestan por esto, pero sí creen que pueden ayudar y contribuir a mitigar la carencia de alimentos.

Ahora bien, las voces que claman para que el asunto de la seguridad y de la inocuidad para la salud humana sea crucial deben ser escuchadas, aunque muchos coincidan en considerar que hasta el momento no se han encontrado evidencias que prueben los perjuicios atribuidos.

La OMS y la FAO

Los nuevos alimentos genéticamente modificados pueden contribuir a mejorar la salud humana y el desarrollo, opinó la OMS en un informe dado a conocer en junio de 2005.

Pero en ese mismo documento subrayó la necesidad de seguir sometiendo esos productos a estrictas evaluaciones de inocuidad, para que se puedan prevenir los riesgos a la salud humana y el medio ambiente.

El documento, identificado como Biotecnología moderna de los alimentos, salud y desarrollo humano, se describen beneficios y riesgos potenciales asociados.

En septiembre de 2010, tanto la OMS como la FAO ratificaron desde el sitio web de la primera que en los productos GM que se comercializan actualmente no se han encontrado evidencias de elementos alergénicos.

Esto respondía a preocupaciones originadas por un estudio independiente difundido con anterioridad.

Ambas entidades de la ONU confirmaron su percepción de que, usados adecuadamente,los avances de la biotecnología, lejos de dañar, deben proporcionar beneficios al hombre.

Seguirá la polémica y las mil batallas en torno a los transgénicos, y eso también es bueno. Siempre se ha dicho que la alerta, el control y la vigilancia, mejoran toda obra humana. Mejor creerlo.

* Redacción de Temas Globales.