Sandro Marupa era el responsable de la Casa de la Cultura Tacana cuando lo entrevistó el 2007 la historiadora rusa Vera Tyuleneva. Sandro, de 31 años entonces, le contó la historia del Caquiahuaca, el cerro tutelar de los Tacanas, y la antena repetidora instalada encima de él por la empresa telefónica ENTEL.

“Siempre la han relacionado a la serranía —narraba el hombre— con la desaparición de personas de Tumupasa”. Tumupasa es una de las poblaciones históricas de los Tacanas. Está ubicada en el camino que une a San Buenaventura con Ixiamas, en el norte del departamento boliviano de La Paz. La montaña Caquiahuaca está próxima a Tumupasa.

Sandro prosiguió: “Uno ha desaparecido en la antena, donde la han construido. Se dice que porque no se ha pagado a la madre, a la Eawaquinahi, como se dice en tacana, a la madre Pachamama en quechua. Entonces, por no haber hecho el pago correspondiente, tuvo que desaparecer el sereno, lo que dicen, de la antena. Entonces, desapareció completamente. Dos desaparecieron que no han vuelto a aparecer más, uno ha vuelto a aparecer, pero ya era que su misma forma de expresarse era diferente. Ya no era una persona normal. Entonces ya lo llamaban que estaba endemoniado, que no era de este mundo”. Otras versiones de la misma historia son recogidas por Tyuleneva. Están incluidas en su libro Cuatro viajes a la Amazonía boliviana.

¿Qué nos enseña este terrible, descarnado relato? El costo humano del avance de la modernidad es siempre el mismo: muerte y locura. La situación descripta por Marupa es similar a la que se vive en las ciudades (sobre todo, las grandes) de todo el mundo. La gente muere o enloquece sumergida por un sistema que promete cada vez más bienestar y progreso pero que, sin embargo, lo único que provoca es más desasosiego, más desarraigo y más deshumanización.

Lo único que distancia la narración de los Tacanas de la crítica global a los efectos nocivos de la modernidad es que Marupa cree que si el cerro hubiera recibido su ofrenda, el guardia de la antena no hubiera desaparecido. Los que viven en las ciudades, carecen hasta de eso: de esa defensa contra lo que los entierra vivos a cada día. Los que han perdido su conexión con lo natural, también.

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El cerro siempre estuvo ahí. Y los indios lo veneraron siempre. “Es muy cierto que hasta el día miran el cerro de Caquiahuaca como una divinidad, y en vano los misioneros se han esforzado en impedirles que vayan a dicho cerro dos veces al año, en los meses de abril y octubre o noviembre, que corresponden precisamente a la época de las cosechas y siembras”, destacó el sacerdote y explorador Armentia en su Descripción del Territorio de las Misiones Franciscanas de Apolobamba, impresa en 1905.

Su descripción de la montaña también es elocuente: “Está precisamente en el último contrafuerte de los Andes, y en su base comienzan los llanos interminables (…); es el cerro más elevado de toda la circunferencia, a grande distancia; son frecuentes en su cumbre los grandes ventarrones y tempestades: de aquí han tomado los indios motivo para creer que en dicha cumbre reside una divinidad, que es la que promueve estos fenómenos atmosféricos, porque no quiere que el hombre pise con sus plantas dicha cumbre”.

Si la montaña no quería ni siquiera que el hombre la pise, está claro que la colocación de una antena telefónica, iba a provocar desastres. ¿A quién se le ocurre meter un artefacto, además transmisor de algo tan destructivo como son las ondas electromagnéticas, encima de un monte sagrado? ¿A quién se le ocurre violar la morada de los dioses? La tierra no pertenece al hombre; el hombre pertenece a la tierra, sentenció el cacique Seattle en 1855. La tierra no pertenece al hombre, menos a las compañías telefónicas.

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Ahora hubo (¿hay?) un conflicto por la ubicación de un puente sobre el río Beni que unirá Rurrenabaque con San Buenaventura, de allí precisamente a Tumupasa e Ixiamas. El puente lo financia el BID y unos querían que se construya por la serranía y el pueblo, otros por la isla, de ahí el conflicto. Lo cierto es que cuando se construya, por donde fuere, y se inaugure el paso encima de las aguas, para lo único que seguro servirá la obra es para enfadar aún más a los dioses, ya que permitirá que miles y miles de extraños sin ningún respeto (incluyendo a los petroleros de Petroandina y de GTLI, en primer lugar), invadan las tierras del Caquiahuaca.

Aunque según Luis Fesi, 65 años, registrado también por Tyuleneva, el cerro ya ha cambiado: “(…) era malo antes. Si iban a cazar allí, comenzaba a llover. Ahora le han puesto antena y no dice nada.” Los antiguos ya han visto mucho y aseguran que la montaña sagrada ya no se manifiesta.

Si una antena de mierda, ha causado tanto estrago, me imagino lo que podrá dañar a la naturaleza y a los hombres, la habilitación de un puente. Miles de invasores, como hormigas dementes, subirán a todos los cerros y acabarán con sus árboles, con sus vertientes, con sus animales, con su alma, sus signos, su poética, su estética… si ya hoy, Ixiamas, Alto Madidi, El Tigre, es un infierno de madereros, traficantes de tierras, narcos… ¿qué quedará cuando haya puente? Algunos ya sabemos la respuesta, y también ya la saben los Tacanas.

Río Abajo, 9 de diciembre de 2010.