París.- Andaba en busca de un tema atractivo para completar el año cuando volví a tropezarme con Picasso. Dicho de esa manera parecería un atrevimiento o hasta una petulancia, pero lo cierto es que Picasso se nos aparece con frecuencia en Francia.

Si se vive de forma temporal en París, es fácil sentirse perseguido amistosamente por fantasmas universales. La idea me llega a partir de las agradables crónicas del admirado colega Sergio Berrocal.

Así he sentido la presencia de la fabulosa Maga de Rayuela, de Julio Cortázar, en mis paseos por el Sena. Para mí, los maravillosos puentes parisinos están íntimamente ligados a la figura del ilustre escritor argentino.

Este año, en abril, retiraron los candados del Pont des Arts de la Ciudad Luz. Semanas después volví a corroborar el hecho y para mi sorpresa habían reaparecido. Fue entonces cuando sentí a La Maga uruguaya de Cortázar de regreso.

Una tradición que no se sabe cómo empezó y que nunca terminará, porque los amantes gustan de lanzar al Sena las llaves de pequeños cerrojos para declarar su amor eterno.

En verdad, no soy de hábitos detallistas y aunque aprecio el contacto humano, prefiero el anonimato. Con ello me explico las razones por las cuales me cuesta ser buen amigo de los vendedores de prensa y de los meseros que sirven el delicioso café.

Acostumbrado a chocar con grandes tazas de café suave, comprendí al poco tiempo de andar por París que los franceses prefieren el llamado néctar negro casi siempre como expreso. Así que no es necesario añadir ninguna palabra. Un café es un café expreso en Francia.

Hay muchos sitios míticos en la Ciudad Luz, que adquirieron fama a partir de los encuentros literarios o de peñas culturales que surgían espontáneamente. Está el Procope, reconvertido en reputado restaurante.

Empero Le Deux Magots, en el barrio de Saint Germain-des-Prés es el que mejor sirve a mis propósitos de traer a Picasso al centro de interés. Allí iba con frecuencia el pintor malagueño, lo mismo que Sartre, Simone de Beauvoir, Hemingway, Sábato y Albert Camus.

Me he valido de sus recursos para finalmente llegar hasta Pablo Picasso y la historia del electricista. El artista plástico tejió historias sensacionales en su vida en Francia, plantó raíces familiares e hizo amigos por todas partes.

Picasso, no hay dudas, fue muy español pero también dejó huellas indelebles en tierras francesas. Sus cuadros son constantemente objetos de los deseos de las más sofisticas bandas de ladrones del mundo.

El electricista

Antes de su muerte en Mougins, Francia, el 8 de abril de 1973,Picasso contrató los servicios del electricista Pierre Le Guennec, quien residía a poca distancia en Mouans-Sartoux, en el sur del país, a 20 kilómetros de la elegante Cannes.

Le Guennec es noticia mundial desde hace algunas semanas. En su poder se encontraban 271 obras del maestro, que según cálculos iniciales de los expertos se tasarían en el mercado internacional en 80 millones de euros (cerca de 100 millones de dólares).

Este septuagenario es protagonista de una de esas historias increíbles que, sin embargo, entre dudas y escepticismo, pudiera terminar dentro del capítulo de lo posible.

Un hombre que, al lado de su esposa Danielle y su familia en general, es conocido por su trayectoria intachable. En las escasas declaraciones que ha concedido a la prensa, se muestra como persona de pocas palabras, honesto y transparente.

Bajo esa aureola por ahora impasible, sostiene sus argumentos con la ayuda de la abogada Evelyn Rees. Pero los herederos de Picasso aseguran que son unos pillos y en particular Pierre Le Guennec es un mentiroso bastante astuto.

Anne Baldasari, directora del Museo Picasso de París y una de las más prestigiosas comisarias de Francia, aseveró que el tesoro revelado por Le Guennec pudiera incluso llegar a los 80 millones de euros.

“Las numerosas piezas aparecidas tienen una importancia considerable para aclarar la obra de Picasso en su juventud. Son fondos de su taller personal, de los años 1900-1932”, declaró Baldasari al diario Le Fígaro.

Precisamente fue otro cotidiano galo, Liberation, el encargado de dar a conocer el caso del electricista hace algunas semanas. Pero este hombre con cara de buena persona y su inquieta esposa Dani, lograron confundir bastante a la opinión pública.

Cuando todo el embrollo se encontraba en punto muerto y Le Guennec repetía su gesto de colocarse las manos en la cabeza como señal de no entender la trascendencia de sus desvelos, dio otra estocada al impactado mundillo de la plástica.

Pierre y Dani, ya mimados así por la prensa, volvieron a asombrar al asegurar que son primos lejanos de Maurice Bresnu, ex chofer de Picasso, a quien el genio de la pintura le obsequió otra buena cantidad de obras.

De tal forma, en breve otro centenar de dibujos, bocetos y pinturas de Picasso estarían al alcance de la vista, de momento bajo la custodia celosa de la Oficina Central Contra el Tráfico de Bienes Culturales de Francia.

Palabras más-menos, Pierre Le Guennec resume su insólito pasaje de la siguiente forma: Un día no determinado de 1973, meses antes de que falleciera el pintor, cuando se iba a casa después del trabajo, Jacqueline (última esposa de Picasso) se le acercó con una caja de cartón y le dijo: Para ti, de parte del maestro.

Vi unos papeles, unos dibujos, pero no le di mucha importancia, lo metí en la camioneta y me volví a casa. Al llegar los envolví bien y los dejé en una estantería del garaje. Para mí no eran cuadros, no eran pinturas, muchos no estaban acabados, eran dibujos, pruebas, a los que no di mucho valor…”.

Guardaron el contenido de la caja, jamás hablaron de él a nadie, pasaron 40 años, y hace meses Pierre decidió desenterrarlo, porque “hace un año me detectaron un cáncer de próstata”.

“Me operaron, toco madera, y estoy bien, pero pensé que si yo moría, mis hijos se iban a preguntar qué eran esos dibujos, así que decidí contarles la historia y para dejar claro el autor, me dirigí a los herederos de Picasso”, relató.

Claude Picasso (el hijo del maestro) y un colaborador confesaron su estupefacción al contemplar el contenido de la maleta que les enseñaron los Le Guennec la primera vez. Un pequeño cuaderno con un centenar de dibujos a lápiz y a tinta; apuntes, ensayos, caricaturas; pero también 30 litografías (varias idénticas), un retrato a tinta de la primera mujer de Picasso, Olga Koklowa.

Además, nueve collages cubistas que por sí solos valen más de 40 millones de euros, una decena de bocetos de Las tres gracias, una acuarela de su periodo azul y varios paisajes, una línea poco habitual en Picasso.

No me imagino a Picasso regalándole a su electricista un lote de dibujos, muchos de ellos inacabados, o dándole unos collages surrealistas que no habría regalado ni a Braque. Todo esto no tiene sentido, es simplemente aberrante, opinó el abogado Jean Jacques Neuer.

Para Neuer no hay dudas de que Le Guennec robó las pinturas. Algo fundamentado por el propio Claude: mi padre, que era muy generoso, le ponía siempre un sello especial de dedicatorias a sus regalos, con fechas claras y lugares específicos.

Sin embargo, el tema es que si fue un delito, no tiene posibilidades de ser juzgado. El fiscal, de todos modos, puede abrir una investigación si hay sospechas fundadas de ilegalidades. De lo contrario, los Le Guennec quedarían a cargo de una fortuna de 80 millones de euros.

* Corresponsal de Prensa Latina en París.