Una persona interesada en los temas ambientales me comentaba hace poco haber leído, no sin cierta alarma, que el metano es un gas de efecto invernadero casi veinticinco veces más potente que el ya famoso anhídrido carbónico pero, lo cual no deja de ser curioso, mucho menos conocido.

En realidad, en etapas remotas de la historia planetaria, la concentración atmosférica de gas metano era unas mil veces mayor que en la actualidad. Su liberación a la atmósfera parece haber sido inicialmente el resultado de las más primitivas erupciones volcánicas, pero fue también por entonces que como resultado evolutivo hicieron aparición sobre la Tierra los primeros organismos vivos. Ha sido bien establecido que entre aquellas primeras formas de vida se encontraban varios tipos de bacterias denominadas metanógenas, en virtud de su capacidad de consumir el hidrógeno y el dióxido de carbono para generar a su vez metano y agua.

El hoy tan apreciado oxígeno no era por entonces un componente significativo de la atmósfera, sino que el incremento de su presencia en la misma se corresponde con la aparición, en un momento evolutivo posterior, de los organismos fotosintéticos, los que desarrollaron la capacidad de consumir el dióxido de carbono en conjunción con el agua para sintetizar moléculas con varios átomos de carbono, mediante el aprovechamiento de la energía solar, y con el resultado de liberar oxígeno a la atmósfera. Hasta entonces, en ausencia virtual de oxígeno, las moléculas de metano podían permanecer en la atmósfera durante un período más prolongado y en concentraciones superiores a lo que es posible en las actuales condiciones.

Por otra parte, a estas alturas es posible identificar considerables cantidades de metano en el fondo de los océanos, pero ahó no en estado gaseoso sino formando con el agua, por efecto de las altísimas presiones prevalecientes a esas profundidades, los llamados hidratos de metano, en estado sólido.

En el presente el metano es el gas de efecto invernadero que tiene el segundo mayor efecto sobre el clima, después del dióxido de carbono y su concentración en la atmósfera casi se ha triplicado en los últimos 150 años. En la actualidad hay aproximadamente 220 veces más dióxido de carbono en la atmósfera de la Tierra que metano, por lo que este último contribuye de manera menos importante al efecto invernadero, en el entorno de un 15%. No obstante, se calcula que hacia fines del siglo XXI el efecto del metano habrá superado al producido por el dióxido de carbono. ¿Cuál es la procedencia actual de este singular compuesto?

La mayor fuente de metano es su extracción de los depósitos geológicos conocidos como campos de gas natural. Se encuentra asociado a otros hidrocarburos combustibles y a veces acompañado por otros gases inertes. También es posible, mediante determinados procedimientos tecnológicos, extraer metano de los depósitos de carbón. El metano es el componente mayoritario del “gas natural”, aproximadamente un 97% en volumen a temperatura ambiente y presión estándar. Este gas natural es utilizable directamente como combustible doméstico y se emplea también para la generación eléctrica.

Si bien se trata de un componente combustible fósil, y por tanto contaminante, el aprovechamiento del metano del gas natural como combustible para la generación eléctrica, mediante el llamado ciclo combinado, es el menos agresivo al ambiente de los referentes a utilización de hidrocarburos. Esto ocurre en virtud del mayor potencial energético relativo del metano con respecto a otros hidrocarburos y a que su combustión total produce casi exclusivamente dióxido de carbono y no están presentes otros gases como el dióxido de azufre (protagonista de la lluvia ácida) y el dióxido de nitrógeno, ambos con elevado potencial de efecto invernadero.

El metano puede ser transportado y de hecho se utiliza como líquido refrigerado (gas natural licuado, o GNL). Constituye también la materia prima básica para la obtención industrial de productos como el hidrógeno, el metanol o alcohol de madera, el ácido acético y otros compuestos como el acetileno.

Hasta ahora, sin embargo, la fuente de mayor importancia para la presencia del metano en la atmósfera es el aumento incesante de las llamadas fuentes “biogénicas”. Aproximadamente la mitad de la producción de metano proviene de la actividad bacteriana en los sembradíos de arroz, de la cría masiva de animales y de la acción de los termitas. Una cuarta parte proviene de emanaciones producidas por la putrefacción en tierras pantanosas y húmedas. Apenas un 15% es atribuible a la explotación industrial de gas natural y carbón mineral. Los rellenos de basura y otras sustancias orgánicas en descomposición contribuyen con un 5% de las emisiones.

La cría de ganado se encuentra entre las fuentes menos conocidas pero más significativas. La producción de metano es una consecuencia normal de los procesos digestivos de los animales, especialmente en el caso de los bovinos, ovinos y caprinos, cuya flora ruminal contiene bacterias que favorecen ese proceso. En los animales no rumiantes (porcinos, equinos, asnales) la fermentación ocurre en el intestino grueso, donde son menos favorables las condiciones para la producción de metano. Por otra parte, el manejo del estiércol del ganado produce emisiones de metano y de oxido nitroso diferentes dependiendo de la dieta de los animales.

En cuanto a las plantas, si bien se dispone en la actualidad de algunos indicios, aún no se conocen a cabalidad los procesos que determinan la emisión de metano por las mismas.

Hay quienes opinan que los hidratos de metano (combinaciones de hielo y metano en el fondo marino) son una futura fuente potencial de metano con fines comerciales, lo que se explica por el hecho de que se calcula que la cantidad de metano depositado bajo el ártico es muy superior al carbono que se encuentra todavía disponible en las reservas carboníferas mundiales.

Este propósito implicaría contar con una relativa estabilidad de esos depósitos subacuaticos, pero lo que viene sucediendo apunta en otra dirección. La cuestión del destino de tales depósitos de metano reviste una importancia aún mayor dado que los investigadores consideran que su emergencia en épocas pasadas fue la responsable de rápidos aumentos de temperaturas y cambios climáticos bruscos, a los cuales se relaciona con eventos de extinción de especies.

En realidad, las regiones árticas se vienen calentando a un ritmo significativamente más rápido que otras del planeta y, según la opinión de expertos, volúmenes considerables de metano que han permanecido encerrados por siglos bajo estos fondos marinos suben en la actualidad en forma de grandes burbujas a la superficie oceánica, fenómeno que coincide con la desaparición de los bloques de hielo de las aguas árticas.

El ártico ha registrado un incremento medio de la temperatura de cuatro grados centígrados en las últimas décadas y una fuerte disminución del área oceánica cubierta por los hielos durante el verano. De acuerdo con un artículo reciente publicado en la renombrada revista Science, la capa de hielo que almacena miles de millones de toneladas de metano bajo las frías aguas del Océano Ártico está dejando escapar en forma creciente ese gas de efecto invernadero a la atmósfera. Se teme que este fenómeno pueda representar uno de los primeros indicadores de un círculo vicioso que conduciría de manera acelerada al recalentamiento planetario.

A su vez, el informe denominado “Reacciones del clima ártico: Implicaciones globales”, presentado también en fecha reciente por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), advierte con toda claridad que de no producirse reducciones importantes en las emisiones contaminantes causadas por los seres humanos, principalmente mediante la quema de combustibles fósiles y la deforestación, los dos a tres metros superiores del llamado “permafrost” o suelo congelado de toda la región ártica podrían descongelarse para fines de este siglo.

De ocurrir tal eventualidad, los volómenes de carbono y metano que resulten liberados podrían ser muchas veces más altos que los actualmente contenidos en la atmósfera, lo que provocaría el aumento en seis, ocho o incluso 10 grados de las temperaturas promedio mundiales, y traería aparejado consecuencias virtualmente inimaginables.

En todo caso, de las implicaciones catastróficas que esto podría tener para la especie humana no podría culparse al metano. El verdadero villano que derrotar es el aberrante modo de producción, consumo y derroche que se esgrime como modelo de desarrollo por el capitalismo globalizado, el cual se debate hoy en una grave crisis resultante de sus propias contradicciones.

* Fuente: CUBARTE, 19 de Noviembre 2010.