Hace algunos años, psicólogos de Paraná alertaron sobre la creciente importancia del pensamiento mágico, que era presentado por las “mentes educadas” como algo “poco desarrollado” y “próximo a lo irracional”. La brujería, la hechicería, la magia y el chamanismo están volviendo con fuerza renovada, en algunos casos para ocupar el vacío que deja la declinación de la fe religiosa, explica el artículo “El otro retorno de los brujos”, publicado en el medio digital argentino AIM, de Paraná (Entre Ríos).

“Como la mentalidad prevaleciente hoy tiene como constituyente fundamental la fe en el progreso, se considera que el chamanismo no podría sino acrecentarse y mejorar con el tiempo, sobre todo con el aflujo de las explicaciones y rectificaciones científicas; pero no se para un momento a considerar que lejos de ser de origen popular, es como la brujería y la magia producto de una degradación de doctrinas que en otra época fueron completas y estuvieron vivas y de las que hoy representan restos en descomposición”, según AIM.

Dice el artículo de AIM que la misma psicología abre las puertas al chamanismo, que se supone es un aspecto de la sabiduría popular, un tesoro de conocimientos decantado por siglos de experiencia equiparable en otro orden con el folclore.

Se habla de “chamanismo moderno” y “urbano”, y se lo considera como una técnica de curación “primitiva”, palabra que para los que la usan en este contexto significa más que “original”, “no desarrollado”. Los antropólogos han aplicado al chamanismo sus métodos y sus conceptos particulares, complicando las explicaciones pero dejando sin tocar el fondo del asunto, al que no llegan.

Un antropólogo define: “el chamán es un individuo visionario inspirado y entrenado en decodificar su imaginería mental, que en nombre de la colectividad a la que sirve y con la ayuda de sus espíritus aliados o guardianes, entra en un trance profundo o estado modificado de la mente sin perder la consciencia despierta de lo que está viviendo; durante la disociación mental, su ego soñador establece relaciones con entidades que vivencia como de carácter inmaterial y puede, hasta cierto punto que depende de su propio poder personal, modificar el orden del cosmos invisible de acuerdo a su interés o al de su colectividad”.

El chamán hawaiano Serge Kahili King lamenta las dificultades de ser “chamán urbano, moderno”, pero las considera inevitables por las modalidades de la vida de hoy. Se queja de que el chamanismo no tiene bases sólidas en la cultura actual. En realidad, no puede tener bases sólidas en ninguna parte, pero ya está teniendo por lo menos la atención de las clases medias urbanas que no resisten la seducción de las promesas de “sanación” que suponen asépticas y sin riesgo. Lo convertirán en una moda, pasajera como cualquier moda, que durará hasta que otra la reemplace.

Otros entienden el “autodescubrimiento” que sería una de las metas del chamanismo como la adquisición de facultades para percibir la energía o tener intuición ante ciertos eventos. Aparece aquí la adivinación, arte tan subalterno como la magia o la brujería, y un límite al parecer insuperable: se trata de descubrir energías, dentro del mundo fenoménico y “corpóreo” en que nuestros contemporáneos parecen irremediablemente encerrados. La confusión llega hasta considerar a Jesús, Buda y Krishna como chamanes, lo que les hace el débil favor de rebajarlos de su condición a la de brujos o magos.

La espiritualidad del chamanismo no es tal, afirma AIM. En él, como en la misma psicología, se advierte la confusión de mente y espíritu que viene de lejos. Un Papa hace más de 1000 años decidió que el hombre estaba compuesto de cuerpo y alma. “Borró” el espíritu que formaba parte de la composición tripartita tradicional. Descartes tuvo su parte en la consolidación de este punto de vista al dividir la realidad en sustancia pensante y sustancia extensa, alma y cuerpo. Luego el psicoanálisis quiso encontrar lo mejor del hombre en las prolongaciones inferiores de la conciencia, en lo propiamente “infrahumano”.

Para el hinduismo el mundo de la mente es el “mundo intermediario” entre el estado corpóreo y los estados informales, que son los únicos “espirituales”. El mundo intermediario es el mundo de la ilusión y no parece sensato fundar ninguna certeza en la ilusión.

La brujería se ha definido en sentido restrictivo como un conjunto de creencias primitivas propia de los campesinos de Europa desde antes del cristianismo, una especie de “religión de la naturaleza” de acuerdo con las caracterizaciones de Frazer, que fue “demonizada” por el clero. Para conocer esta demonización se puede consultar El martillo de las brujas o Malleus maleficarum, libro terrible de Heinrich Krämer y Jacobus Sprenger en los inicios de la edad moderna, que sirvió para metodizar el interrogatorio, el uso de la hoguera y los tormentos para las brujas por la Inquisición.

El propio Krämer se quejó al Papa Inocencio VIII sobre obstáculos que tenía su trabajo de inquisidor en el norte de Alemania. El Papa contestó despejando el camino de la Inquisición, pero Krämer puso la carta papal como prólogo de su libro, dando a entender que Inocencio lo conocía y lo aprobaba, lo que no era cierto porque fue escrito después.

Manipuló también a Jacobus Spranger, que aparece como coautor a pesar de que posiblemente no tuvo participación en la redacción del “Martillo”, pero le sirvió a Krämer para hacese aceptar porque Spranger era su superior dentro de la jerarquía eclesiástica y su voz era más escuchada y gozaba de más autoridad.

La hechicería, palabra derivada del idioma portugués, alude a alguien que “hace” lo que la gente del campo, pero también cada vez más la de las ciudades, llama “trabajos”, “daños”, “hechizos” o “nudos”. Se trata de una práctica bastante extendida incluso entre fieles católicos de apariencia ortodoxa.

Se puede ejemplificar con los muñecos del vudú, pinchados o cortados en efigie con la intención de que la persona real que representan sufra un “daño” similar. Lo propio de la hechicería es el objeto que actúa como “condensador” de las influencias psíquicas, en este caso “malignas”. De la misma manera que los muñecos deben actuar la sal o el aceite derramado frente a la casa de una persona odiada, los sapos, las culebras o las ataduras practicadas en el muñeco, que deben reducir a la invalidez al destinatario del “trabajo”.

Más adelante supone identidad entre brujería y hechicería hasta la Edad Media, en que se habrían dividido para mantenerse la brujería fiel a una supuesta “religión de la naturaleza”, que es un presupuesto gratuito, y “degenerar” la hechicería debido a la influencia del cristianismo, posiblemente en referencia a las persecuciones de brujas y hechiceros.

La magia es la madre de la brujería, la hechicería y el chamanismo; pero lo que ha quedado de ella es una parte inferior y degradada de una antigua ciencia olvidada o en todo caso incomprendida. La magia es actualmente ante todo una técnica que no considera ningún ser superior ni ninguna naturaleza diferente de la experimentable, al mismo modo que la ciencia contemporánea.

Como la ciencia moderna es totalmente “inmanente” a diferencia de las religiones, que son transcendentes, la magia entiende que así como un hombre al morir deja un cadáver que se descompone y puede ya sea contaminar o fertilizar la tierra, también deja “residuos psíquicos”, tan reales como el cadáver. Estos residuos no son espíritus sino restos de la actividad mental en descomposición de la misma manera que el cadáver, que como éste no desaparecen inmediatamente después de la muerte, pero constituyen fuerzas degradadas sin dueño, que desaparecerán pero antes pueden ser usadas por el mago.

Otro aspecto es la perduración de tales restos o influencias mucho tiempo, adheridos de alguna manera a ciertos lugares especiales que se han convertido con los siglos en “centros de culto”. La magia es la técnica más antigua conocida. Aparece en las pinturas rupestres en que los animales pintados de mano maestra, del artista, están atravesados por flechas toscas, dibujadas seguramente por el mago.

Son peligrosamente desencaminadas las referencias habituales al “pensamiento mágico” como algo inferior, salvo por su objeto; porque se basan en el prejuicio de que en la cúspide está el pensamiento lógico científico moderno, que en realidad es muy limitado e incapaz de superar barreras autoimpuestas bastante estrechas aunque ampliamente aceptadas.

En el mundo académico se entiende que la magia es cosa de un pasado primitivo, crédulo y bárbaro, relegada al pueblo inculto y propia para ser estudiada junto con el folclore. René Guénon advierte que para las ciencias actuales, a diferencia de las antiguas, no hay vinculación alguna con principios de orden superior y por eso, las cosas a cuyo estudio se aplican aparecen ellas mismas igualmente desvinculadas. Donde se ve aparecer algo que no se deja reducir fácilmente a lo puramente corpóreo, o alguna interpretación diferente de los mismos hechos, se lo presenta como superstición, cosa de salvajes debida a la imaginación indisciplinada o “mágica” de los “primitivos”.

Para la doctrina tradicional, el mundo corpóreo no es un todo que se basta a sí mismo. Tiene origen en el mundo sutil, el mismo que estudia la psicología en los niveles consciente e infraconsciente, no supraconsciente. Este mundo sutil de próximo a próximo se vincula con la manifestación informal (inmaterial, carente de forma) y luego a lo no manifestado. Si no fuera así el mundo corpóreo sería una pura nada, una ilusión sin contenido.

El mundo sutil está presente en todas las cosas, porque de él toman su existencia. Por eso todas tienen algún grado de conciencia, aunque no conciencia humana sino un análogo de ésta según la modalidad propia de cada ser. De allí resulta que no hay nada totalmente inanimado o inerte y que la vida es una condición de toda existencia. Hablar de “vivo” o “no vivo” no es plantear una diferencia esencial sino solo de grado.

En este sentido se puede hablar lícitamente de “animismo”, pero no en el de los etnólogos ya que todas las manifestaciones que éstos advierten en los primitivos no tienen nada de “espirituales”, sino que pertenecen al mundo psíquico y no van más lejos. El chamanismo es una forma típica del animismo de los etnólogos. En rigor, designa a doctrinas y prácticas de pueblos siberianos extendidas luego a otros en los que se vieron similitudes. El chamanismo no es brujería ni hechicería, pero las diferencias no son sustanciales. En la hechicería el portador de las influencias anímicas es un objeto, en el chamanismo la persona misma del chamán.

El chamanismo expresa algunos puntos de la doctrina universal, entre ellos la división del cosmos en tres planos, pero la similitud se detiene ahí porque los chamanes no conservan nada por encima de lo anímico: ni de la manifestación informal ni de lo inmanifestado. Solo aspiran a manejar las fuerzas psíquicas, incluidas aquellas que describimos al hablar de la magia, con la intención de favorecer las “buenas” y cortar el camino de las “malas”.

El chamán se consagra a las ciencias tradicionales inferiores, por ejemplo la adivinación, lo que permite entender que se ha producido una degradación muy pronunciada respecto de la doctrina pura, de la que apenas quedan rastros. Por ejemplo, lo que los etnólogos llamaban “totemismo” era una vinculación “mágica” entre una tribu y un animal; pero en el caso del chamán esta vinculación es solo con él como individuo. Algo parecido se da en la brujería pero en el chamanismo el animal es considerado como una forma del chamán mismo.

Si bien se ocupa de fuerzas maléficas el chamán no les rinde culto. No se trata de “satanismo”. Si bien se acusó a las brujas de adorar al diablo, no es posible que un pueblo entero se rinda a semejante culto. Los satanistas modernos son individuos más o menos aislados. Los chamanes frecuentan las fuerzas inferiores sin hacer referencia a influencias superiores, de hecho desconocen las propiamente “espirituales”. Por este camino se asemejan a la brujería pero no llegan a confundirse con ella.

Algo similar les ha ocurrido a todos los “modernos” que a pesar del enorme desarrollo de su ciencia, que los hace pensar que las fronteras del conocimiento se expanden sin cesar, están cada vez más encerrados en un mundo muy limitado y son inducidos a negar todo lo que lo sobrepasa. Es como si los prisioneros de la caverna, en el mito de Platón, vieran sombras cada vez más diferenciadas, elaboradas y complejas. Pero no dejarían de ser sombras. Con sólo volver la cabeza, podrían ver los objetos reales que las proyectan y la luz detrás de ellos.

En los momentos iniciales de los modos actuales de pensar, Descartes lanzó su idea de que los animales son máquinas. Se trata de un despropósito que cuando lo conoce causa inmediato rechazo en quien tenga un perro y lo aprecie, y mucho más en los pueblos todavía vinculados a la tierra. Pero la naturaleza misma de los puntos de vista que se vienen desarrollando desde entonces hacía necesaria esa manera de considerar los animales, lo que es un indicio claro de sus burdas limitaciones.

Guénon hace notar que la mayoría está de acuerdo que en nuestra civilización todo aparece como cada vez más artificial, desnaturalizado y falsificado, aunque no se pasa de la constatación y en general no se sabe a qué atribuirlo y mucho menos se conoce qué fuerzas se ocultan detrás de esos hechos. Si se llega a proponer soluciones, sorprenden por lo inadecuadas.

Pero observa que un poco de lógica basta para ver que si todo se ha vuelto artificial, “la mentalidad misma que corresponde a este estado no debe ser menos artificial, ella misma “fabricada” y no espontánea”. Admite que esto no se considere debido a que es muy difícil escapar al estado de cosas que ha llegado a ser predominante. Un estado de cosas donde lo inferior puede confundirse con lo superior a pesar de no ser sino su mueca siniestra.