(APe).- A partir del asesinato del estudiante y militante político Mariano Ferreyra, a manos de tiradores y matones contratados por la dirigencia de un sindicato, comenzó a hablarse en la prensa de izquierda de una tercerización de la represión, a tono con otras tercerizaciones que impone la economía globalizada.

El concepto nació en un think tank del Departamento de Estado norteamericano, junto con dos guerras inventadas (y genocidas) que ese gendarme mundial lleva adelante en Afganistán e Iraq. Ciertas empresas ligadas a la CIA y a otras agencias de seguridad fueron autorizadas a tomar prisioneros por su cuenta, llevarlos a cárceles clandestinas o semi clandestinas en distintos lugares del planeta (por ejemplo, Guantánamo), interrogar a esos prisioneros (es decir, torturarlos) y finalmente desaparecerlos o bien blanquearlos, como consta en un buen número de denuncias publicadas. A eso lo llaman tercerización de la guerra.

Puede resultar banal referirse al crimen y el asesinato utilizando términos de la nueva economía, o bien de la jerga fascista, o del lunfardo policial y carcelario. Pero ese lenguaje ya se han trasladado a las canchas de fútbol, a la militancia (no olvidemos la etimología de la palabra) y a la gente común. Ya fue impuesto. Por eso, a nadie asombra que hoy se hable de gatillo fácil, de apriete, de hacer la boleta o hacer cantar. Es, ni más ni menos, la lengua del vencedor, en boca de los vencidos.

Bien comprendieron este fenómeno Marx y Engels, en textos fundacionales: el mayor logro de la burguesía consolidada en el poder fue tercerizar el pensamiento dominante, haciendo que se regenere en nuevas mentes y en insospechados corazones.

El crimen (capitalista) organizado

La prensa anarquista y socialista tiene un glosario que por sí solo revela las duras condiciones de la lucha obrera a través del tiempo. Hay crumiros (equivalentes a los carneros actuales); hay esquiroles y rompehuelgas (equivalentes a las patotas de estos días) y también hay esbirros y sicarios, que cometían crímenes por encargo mucho antes de que Hollywood soñara con sus killers y sus cleaners.

Del mismo modo, en nuestra tierra, existían grupos organizados o espontáneos de civiles dedicados a la “caza del ruso” (judío, comunista o extranjero, bastaba con que cuestionara al poder). Así se supo de la infame Legión Cívica y de la no menos infame Liga Patriótica, durante sucesivas semanas trágicas de principios del siglo veinte. Así nació y actuó en los ’70 un somatén argentino llamado Triple A, que fue exportado como fórmula terrorista y parapolicial a otros países latinoamericanos.

¿No era eso tercerizar la represión?, nos preguntamos. Claro que sí, nos respondemos. Y la forma peor de esa tercerización asesina fueron los grupos de inteligencia y grupos de tareas que actuaron por cuenta y orden del Estado, aunque de modo anónimo y clandestino, durante la última dictadura, y que tenían licencia para matar, para robar y saquear, para secuestrar personas y extorsionar a sus familias.

Sin embargo, un triste avance en la estandarización y mercantilización de la violencia se ha dado con la expansión mundial del negocio -absolutamente capitalista- de la droga. Los cárteles mafiosos compran policías, compran magistrados y gobernantes, financian patotas y barranravas y crean verdaderos ejércitos privados que actúan bajo la complacencia (o la protesta a regañadientes) del Estado. Se produce así una tercerización recíproca, porque mientras esos ejércitos privados siembran el terror y neutralizan a los “enemigos” del Estado, una parte de la banca y de las instituciones de ese mismo Estado se dedica a blanquear y volver inocentes los fondos del narcotráfico.

El modelo ha sido clonado en todo el mundo, a mayor o menor escala. Y se da la paradoja, trágica y terrible, de que un gremio combativo y ejemplar como ha sido el de los Ferroviarios argentinos, se vea hoy convertido en una sociedad anónima distanciada de las bases y lanzada a hacer “negocios”, en un contexto represivo y criminal.

Homenaje a Portogalo

Aunque ninguna placita de Villa Ortúzar lleve su nombre, José Portogalo -lustrabotas, albañil, bailarín de tango y poeta- está clavado en el mejor recuerdo de ese barrio de Buenos Aires. Comunista militante, tuvo el honor de que su segundo libro de poemas (Tumulto, 1935) recibiera el premio municipal y a la vez una condena judicial por su contenido. Ya maduro, a los 50, publicó Poemas con habitantes. En ese libro, junto al recuerdo de amigos y compañeros comunistas, quiso incluir el poema “Los pájaros ciegos”, en donde evoca a ignotos personajes del pueblo. Hombres, mujeres y niños caídos durante alguna protesta o arrinconados hasta el fin por la miseria, pero nunca olvidados.

“Doménico Scalise, / italiano del sur de la península, / pescador, albañil, peón en una chacra / y silbador de tangos. /…/ Cavé mi propia tumba / y al levantar los brazos miré al cielo gritando / ¡viva la libertad! /…/ Un proyectil de máuser agujereó mi frente. / Pero no he muerto, sigo respirando en el mundo”.

“Alguien gritó / ¡viva la libertad! / Junto a un charco de sangre estaba yo, / Juan Pérez, asturiano, profesión panadero, / veinte años de Argentina, con tres hijos / un río de esperanza entre mis manos”.

“En la fosa común, aislado, entre los yuyos, / no sé qué haré, desnudo, con esta muerte mía / que cabe en una flor…” (epitafio para un vendedor de diarios).

“Viene el aire y pregunta: -¿Quién eres tú? / La tierra que me alberga contesta: -Es un adolescente asesinado. /…/ Tenía madre, padre, hermanos y un oficio. / Era digno y resuelto como un pájaro. /…/ Un primero de mayo de mil novecientos nueve / un proyectil de máuser lo tumbó sobre el barro de Céspedes, / esquina Alvarez Thomas. Se llamaba José”.

Así como nos conmueven y exaltan estos versos de Portogalo, nos causa malestar el relato “Una semana de holgorio”, de Arturo Cancela, que narra los devaneos de un joven calavera (disipado) en una ciudad desierta por los tiroteos y paralizada por las huelgas. Jamás censuraríamos -si estuviera en nuestras manos- a un escritor, aunque nos duela y nos indigne lo que escribe. Pero esa misma semana de holgorio de Cancela es la contracara exacta, antitética, de la semana trágica que evoca Portogalo.

¿Hay lugar en esta nota, en este país, en este mundo, para una tercera voz? ¿Se puede ser neutral frente a esta lucha? De ningún modo. La vida del compañero Mariano Ferreyra, como la de Doménico Scalise, como la de Juan y José, no es negociable. Ni tercerizable.