La Habana, (PL).- La voz profunda del inca Tupac Amaru II estremeció a Suramérica, 30 años antes de sus luchas independentistas, al decir basta a la explotación colonial y levantar en armas a miles de pobladores originarios.

La gran rebelión estalló en noviembre de 1780, en Tinta, Virreinato del Perú, y tuvo repercusión largo tiempo al extenderse a otras regiones andinas aunque el líder rebelde resultó capturado y ejecutado salvajemente, junto a sus familiares y colaboradores más cercanos, en mayo de 1781.

Se afirma que le siguieron de 20 mil a 60 mil hombres, mujeres y niños, hartos de los abusos de las autoridades, molestos debido a los tributos impuestos por el sistema colonial.

La rebelión llegó, además, al Alto Perú (hoy Bolivia) y el norte argentino; influyó también en el Virreinato de Nueva Granada, donde ocurrió en 1781 la Insurrección de los Comuneros.

Eran los tiempos del reinado en Madrid de Carlos III, rodeado de sus ministros llamados ilustrados y envuelto en una nueva guerra con Inglaterra que demandaba más fondos para recuperar las dos Floridas (occidental y oriental) y apoderarse de Menorca.

Respecto a las colonias, el llamado Despotismo Ilustrado concibió asegurar un mejor y más directo control, así como el mejoramiento de la recaudación tributaria mediante las recomendaciones de visitadores extraordinarios.

En el caso del Perú, el visitador general José Antonio de Areche logró elevar los ingresos de la Real Hacienda, en 1779, pero su actuación tuvo una reprobación general.

Carlos III había designado a Areche, en 1776, intendente militar, miembro del Consejo de Indias y visitador del Virreinato del Perú, encargado de organizar, en primer término, la creación de intendencias de hacienda.

Por el alegado derecho de conquista, santificado por el Papa Alejandro VI de la Iglesia Católica, España se convirtió desde el siglo XVI en una de las principales potencias coloniales del mundo. Así se apoderó de la tierra y las riquezas de la mayor parte del llamado Nuevo Mundo (América).

Fueron aniquilados los pobladores de las Antillas y destruidas las formas anteriores de organización en los otrora florecientes imperios existentes en los pueblos continentales originarios, a los que se impuso pesadas cargas tributarias, prácticamente de vasallaje.

Nacido en una localidad de la provincia de Tinta, el 19 de marzo de 1738, el Cacique de Surimana, Tungasuca y Pampamarca, José Gabriel Condorcanqui Noguera, descendía de la nobleza incaica.

Era bisnieto de Juana Pilco-Huaco, hija del último monarca inca Tupac Amaru -ejecutado por los españoles en 1572-, de quien tomó el nombre.

Huérfano en la niñez y educado en El Cuzco (1753-1759) en el colegio jesuita de San Francisco de Borja para hijos de caciques principales, se le inculcó la fe cristiana y la obediencia al orden colonial.

En 1760 contrajo matrimonio con Micaela Bastidas (1744-1780), su fiel compañera y lugarteniente hasta la muerte.

Además de instruido -conocedor del latín, el español y el quechua-, disponía de buena situación económica en negocios comerciales.

Antes de alzarse en armas, probó su legitimidad y defendió por vías legales a su pueblo. Hacia 1770 comenzó sus gestiones para el reconocimiento por la Audiencia de Lima de su descendencia legítima del último Inca.

Tupac Amaruc asumió, en representación de los caciques de su provincia, la demanda contra la prestación de la Mita de Potosí, servicio obligatorio de trabajo, a la que eran sometidos los pobladores naturales.

El 4 de octubre de 1776 presentó un poder al respecto ante el escribano de El Cuzco José Palacios, y un extenso y documentado escrito al virrey Manuel de Guirior, el 18 de diciembre de 1777.

A sus gestiones, primero en El Cuzco y después en Lima, Areche dispuso se le respondiera por escrito que no trae la instrucción necesaria para hacer tal recurso y que se retire a sus Pueblos, en espera de la providencia del Superintendente de la Mita.

Aunque abolidas las encomiendas de indios, muchos años antes, en Perú prevalecieron formas que distorsionaron la Mita, la autoridad y el derecho que tenía el Inca de pedir mano de obra y disponer de ella, a cambio de bienes y fiestas repartidas en las comunidades participantes.

A finales de 1778 regresó a su provincia para preparar la sublevación, que estalló el 4 de noviembre de 1780 y el día 18 tuvo su primera victoria en Sangarará; de inmediato ordenó suprimir mitas y otras prestaciones.

En un bando del 16 de noviembre, denominado antiesclavista por sus biógrafos, llamó a los pobladores a que le prestaran su apoyo aunque fueran esclavos, con la promesa de quedar libres de la servidumbre y esclavitud.

* La autora es historiadora, periodista y colaboradora de Prensa Latina.