Esta semana ha sido triste por la magnitud de los personajes que pasaron a mejor vida: Néstor Kirchner y Ana María Romero de Campero fueron símbolo y paradigma de todos los que vivimos las angustias de la dictadura, de la persecución, la tortura, el exilio y la muerte de nuestros seres queridos.

No sé qué hados concentraron voluntades para hacer de esta víspera del Día de Difuntos una conmemoración de los hechos más dolorosos que ocurrieron en el país y en América Latina: el Padre Eduardo Pérez Iribarne estrenó un documental dedicado a la memoria de Luis Espinal, producido con la acuciosidad y honestidad informativa que siempre caracterizó a este religioso tan visible en la comunicación latinoamericana; el siniestro Arce Gómez comenzó a revelar los secretos de la dictadura, y a ver si en las próximas semanas podemos rendir honores póstumos a los restos de Marcelo en una ceremonia que conmoverá a millones de deudos en Bolivia, América Latina y el mundo.

Para los periodistas, el paso de Anamar por esta vida es un ejemplo de integridad en los días más aciagos de la dictadura, cuando mencionar siquiera la palabra democracia podía llevar luto y dolor a nuestras familias. Con su muerte nos volvieron a doler las pateaduras, las arbitrariedades, las torturas, la prepotencia de los paramilitares amparados en el gobierno para decidir sobre la vida y el futuro de miles de bolivianos. Frente a la magnitud de esta vida dedicada con unción y dignidad a la labor periodística, mueven a risa los reconcomios de los demócratas de hoy, ayer cómplices de las dictaduras, que parecieran vivir bajo el peor de los regímenes.

Ya no se acuerdan de esos tiempos en que literalmente teníamos que caminar con el testamento bajo el brazo, nada más por el delito de defender las libertades democráticas. Aquellos eran tiempos de riesgo, en los cuales hasta leer buena literatura o escuchar música popular parecían actos delictivos por los continuos allanamientos a nuestros domicilios.

Nosotros sobrevivimos para contarlo, pero cuántos compañeros y amigos entrañables quedaron en el camino. Había que tener pantalones para amanecerse en una imprenta, recibir el semanario que denunciaba los excesos de la dictadura y distribuirlo en la clandestinidad. Había que ser gente de paz pero de ánimo resuelto para picar stenciles y accionar ese símbolo de la resistencia democrática, las multicopiadoras, que tantas veces fueron motivo suficiente de allanamientos, pateaduras y asesinatos.

La ausencia de Anamar revivió en nosotros estos tristes recuerdos. Ella jamás traicionó a sus principios de vida, que fueron un credo democrático y de solidaridad con los humildes. Su ausencia convocó el recuerdo de Marcelo, que sigue clamando por tener cristiana sepultura; revivió la simpatía temprana de Carlitos Bayro, que fue asesinado por los paramilitares de la dictadura a sus 22 años sin que jamás fueran devueltos sus restos; nos recordó la enorme calidad humana y profesional de los ocho compañeros asesinados en la calle Harrington.

La partida de Anamar reanima en todos los bolivianos esa vocación indeclinable que nos hizo protagonizar los hechos más importantes de la democracia: la huelga de hambre de 1977, la guerra del agua, la guerra del gas, octubre negro y tantas otras gestas en las cuales jamás asomaron las narices los demócratas de hoy.