La insurrección popular inconclusa de octubre de 2003, especialmente en El Alto y en La Paz, que acabó con el último gobierno neoliberal de Gonzalo Sánchez de Lozada, abrió el camino al proceso de cambios y al gobierno democrático y popular actuales, el que incurre en desaciertos que no se deben callar, incluso desde la trinchera de los que seguimos apoyándolo.

Otros escriben sobre el “Octubre negro”, el “Octubre rojo”, “Octubre sangriento”, “Octubre: agonía del neoliberalismo”…Una polémica sobre esas designaciones sería irrelevante, pero sí importa mucho una valoración, en lo posible complementaria, de tal acontecimiento. Hasta los impedidos de hacerlo antes, ahora pueden contar la historia vista después de siete años.

Estos días, en los que sobre todo los dueños de medios de difusión dicen estar de duelo porque, según ellos, ha muerto la libertad de expresión por acción del artículo 16 de la Ley contra el racismo y toda forma de discriminación (como si fuera un proyectil liberticida), resulta pertinente rememorar y analizar las mentiras más conocidas de ese período, las que eran difundidas, precisamente, por aquellos medios que, en este momento, creen maltrecha o extinguida la libertad de expresión (LE).

Evo Morales, Jaime Solares y Felipe Quispe encabezan un golpe de estado contra el régimen constitucional y democráticamente constituido, decían entonces los gobernantes. Los tres sindicados de golpismo ejercían funciones sindicales e impulsaban acciones políticas contra el gobierno neoliberal. En el curso del alzamiento, la espontaneidad (escasa o ninguna organización) predominó tanto, que en más de una marcha de multitudes desde El Alto a La Paz se coreaba: “Ahora sí guerra civil” y, aquí en La Paz, esa consigna era abandonada y se retomaba la que resumía demanda popular: rechazo a la venta de gas natural a Chile.

Un dato demostrativo de la falta de coordinación de aquellos dirigentes (de los cocaleros del Chapare, de la COB y de los campesinos) fue la renuencia a que los tres organicen el alzamiento que crecía. El 7 de octubre de 2003, la Confederación Sindical de Trabajadores de la Prensa del país, en una reunión con los principales dirigentes sindicales y políticos —a la que no asistió F. Quispe—, sugirió la coordinación, la que fue dificultada e impedida por el último.

La insurrección popular inconclusa, tumbó al gobierno gonista pero el pueblo no pudo tomar el poder, nada tuvo de golpista, aunque aquellos días corrió el rumor de que jefes militares, con algún apoyo marginal de dirigentes de organismos populares, proponían una acción de fuerza, sin hacer nada en correspondencia, pero esas intenciones se mantuvieron latentes: los gestos del Gral. Marcelo Antezana, después de la caída de Sánchez de Lozada, fueron al menos un recuerdo de algún ánimo golpista de uniformados sin apoyo y de civiles sin crédito.

En El Alto, bajo dirección de vándalos, se moviliza gente pagada con plata venezolana y libanesa, fue otra de las mentiras muy difundidas y el Presidente, al que se le pedía que renuncie, fue uno de sus difusores, con respaldo de la mayoría de los medios. El propósito fue desacreditar, especialmente, a la rebelión de los alteños los que, hay que decirlo, fueron los que más aportaron para la victoria de la insurrección y la derrota del gobierno neoliberal.

Durante el desarrollo del accionar del pueblo, el entonces Ministro de Defensa se encargó de asegurar que un día de lucha incesante, fue el menos agitado y luego aquél volcó los resultados de una encuesta de Radio Fides: el rechazo de los entrevistados al gobierno imperante fue entregado por éste como apoyo en su favor. La realidad descubrió esas mentiras porque en vez de mermar la combatividad y la participación de la gente, ambas se agigantaron.

Gonzalo Sánchez de Lozada fue entrevistado desde México por una radioemisora y cuando la entrevistadora le preguntó por qué el Presidente boliviano había ordenado que el Ejército reprima a un pueblo rebelado pero sin armas, aquél respondió que probablemente por la distancia de México respecto de Bolivia allí no se sabía que los “vándalos”, aquí, habían hecho estallar bombas en buses de escolares. Aquella entrevista se publicó en libro: El último gobierno de Sánchez de Lozada, la que fue archivada por la agencia de noticias del país.

Se afirmaba que los alzados del pueblo estaban armados y que por tanto asumían un comportamiento ilegal e inconstitucional. Los testimonios sobran y han demostrado hasta la saciedad que piedras fueron las armas de mayor contundencia utilizadas por los insurrectos. Y los muertos, incluidos niños (más de 60 y cerca de 500 heridos) sólo fueron del bloque popular, en tanto que en el lado oficialista a lo sumo hubo contusos. Los insurrectos, otra vez, con su fuerza (“ la fuerza de la masa”) consiguieron la victoria y, apoyados en la experiencia boliviana, por la que con razón se dice que el pueblo boliviano es “levantisco”, no debe olvidarse la acumulación por él en organización, unidad y conciencia. La legitimidad de la insurrección no sólo se apoyó en la mayoría constituida por los levantiscos, también encontró sustento en la proclama de la primera carta sobre derechos del hombre y del ciudadano, inspirados en la Revolución francesa de 1789. Además, sobre todo para los creyentes católicos, es necesario tener en cuenta que el Papa Paulo VI, en su encíclica: El progreso de los pueblos, expresamente, como aquella primera carta, reconoce el derecho de nuestros pueblos a insurreccionarse contra regímenes opresores, como el de Sánchez de Lozada.

Éste, antes de ser depuesto, ante una delegación de dirigentes de los derechos humanos, la Iglesia Católica y de periodistas, en tono de alarma como para conmover, lanzó otra mentira como la que sigue: Los vándalos de El Alto acaban de responder con una bomba en la cara, con la que han dejado ciego a mi Viceministro de Trabajo, el que fue a dejar una carta en la que les proponemos dialogar a los alteños. Como remate, Goni le instruyó al Ministro de Salud, que se ocupe de atender al herido, que lo interne en la mejor clínica, que busque a un médico competente para que lo opere (que en lo posible le salve la vista) y que le informe sobre el estado del paciente. Al día siguiente se supo que ninguna bomba había estallado en la cara del funcionario gubernamental de marras.

“Si callar es lo mismo que mentir”, como dejó dicho Espinal, lo que hizo el Canal 7 (estatal) durante la insurrección, de hace siete años, fueron mentiras: Aquel medio, sobre todo para el interior del país, ocultó imágenes y calló la información sobre aquel acontecimiento que determinó un cambio progresivo sustancial en el régimen político vigente en ese momento. Diversos bolivianos fueron desinformados y/o subinformados por aquella televisora. También debe anotarse que la intención desinformadora y subinformadora de aquel medio no siempre consiguió sus objetivos, pero esa labor confirmó, entre nosotros, que la televisión “muestra y oculta” y que no es el mejor medio para informarse porque “divierte” y “distrae”, en vez de cumplir aquella otra labor. Aquel comportamiento del Canal estatal puso a la vista, asimismo, los límites de un medio influyente: es incapaz de cambiar conductas, pues, no tiene capacidad para ello. También se debe considerar que los públicos cada vez leen críticamente los medios, es decir, los telespectadores no son “bobos”, aunque no faltan despistados que los tratan como si fueran.

Otras conductas a considerar: Dos ejemplos señeros desmienten a los que todavía se animan a decir que los medios deben ser neutrales y/o apolíticos. Radio Erbol abrió sus micrófonos para que sobre todo los alteños y paceños informen, comuniquen y opinen (en algunos casos que analicen) la y sobre la insurrección. Y el semanario Pulso, a pesar de sus remilgos, le pidió a Sánchez de Lozada que renuncie al cargo, como le exigían los insurrectos.

Estos dos últimos ejemplos patentizaron que los medios son “aparatos ideológicos” que, en casos extremos, cuando el pueblo gana batallas de alcance histórico en las calles y caminos, como ocurrió en octubre precursor de victorias, los medios toman partido, abierta o solapadamente, en favor y en contra de uno de los contendientes.

Los medios de difusión, al amplificar el pensamiento de sus dueños, ejercen la libertad de expresión y la libertad de prensa sin restricciones, es decir, sin la responsabilidad que es el límite legal y legítimo de aquéllas, simplemente, porque no hay derechos ilimitados en la humanidad representada en la ONU.

El recuento precedente nos convence de que la mayoría de los medios, en todo tiempo, censuran, se autocensura, manipulan, dicen medias verdades y, en particular, en momentos insurreccionales matan a la verdad o al menos lo intentan. La mayoría de ellos son, también, la manifestación del poder de las clases dominantes de la sociedad. Eso ocurrió en octubre de 2003, la mayoría de los medios de difusión cumplieron su papel al difundir las mentiras de los gobernantes con lo que les respaldaron.

Como ayer, ahora, la mayoría de los medios respaldan al viejo orden y combaten al nuevo que es liberador. Y sobre el proceder de los dueños de esos medios no hay dónde perderse.

* Periodista.