Tras lo sucedido en Barcelona el pasado 29-S, la insistente presión mediática y política institucional acaso justifiquen una breve nota como ésta que toma pie en la consideración de que en el uso del lenguaje, se me perdonará la obviedad, se ubica también eso que en tiempos solíamos llamar lucha de clases. Como parece evidente que la Brunete (des)informativa está extendiendo su ofensiva a lo largo y ancho de ondas, diarios y redes, probablemente sea necesario apuntar algunos principios básicos, esos que no están en el moldeable y oportunista conjunto grouchomarxiano, los que no permiten ser intercambiados y gestionados alegremente día sí, noche siguiente también.

1. Ser anti-sistema no es ningún delito ni puede ser considerado ninguna descalificación política. Más allá de los diversos usos del término, si se entiende por anti-sistema situarse frente a un sistema de producción, de distribución, de trabajo, frente a una civilización que maltrata, desconsidera y explota a millones de seres humanos, banaliza el mal, sitúa la Humanidad al borde del abismo atómico y expolia fáusticamente, sin ninguna responsabilidad, a una Naturaleza cada vez más demediada, lo que parece razonable, lo único que puede constituir un ejercicio aceptable de la racionalidad praxeológica, es situarse frente, y en pie de combate, a un sistema esquilmador que conduce aceleradamente a grandes sectores de la Humanidad al desastre.

1.1. Ni que decir tiene que esa naturaleza perversa del sistema no sólo adquiere sus conocidas características en momentos de crisis global como la que estamos viviendo y sufriendo, sino en épocas de supuesta calma, crecimiento, desarrollo y apogeo bursátil financiero. ¿Era un sistema aceptable aquel que hace, pongamos, cinco años, antes del estallido abisal en el que nos seguimos encontrando, situaba a millones y millones de seres humanos en la miseria más abyecta, aceleraba sin disimulo las desigualdades sociales hasta cotas inimaginables, contemplaba con pasividad un cambio climático cuyas probables consecuencias causan con motivo terror y pavor, por no hablar de la explotación laboral de miles de millones de seres humanos, del surgimiento de un masivo precariado (netamente feminizado) sin apenas derechos y de numerosos trabajos cuyas característica más definitoria es la alienación y el estrés que generan? ¿No era entonces, no es ahora razonable situarse frente a un sistema que presenta esas aristas?

2. Tampoco radical parece una noción que deba ser arrojada, sin más, a la papelera de los términos políticamente desechables. ¿No debemos ser radicales? El término es polisémico desde luego. El DAE recoge en sus primeras acepciones significados como los siguientes: “Perteneciente o relativo a la raíz”, “Fundamental, de raíz”, y también, posteriormente, “Partidario de reformas extremas, especialmente en sentido democrático” y “extremoso, tajante, intransigente”.

No está del todo claro el sentido de la tercera definición, ni tampoco el significado de “extremoso”. No parece que sea malo siempre ser “intransigente” ni incluso tajante, de concluyente o contundente, en algunos contextos pero los primeros sentidos, las primeras entradas del diccionario, remiten a lo que la tradición marxista-comunista ha entendiendo siempre por radical: ir a la raíz de las cosas o situaciones, no quedarse paralizados en su aspecto exterior, no ubicarse en la superficie de las situaciones, intentando ver si hay gatos o injusticias enterrados u ocultos.

Tomando pie en ello, ¿qué sentido tiene no ser radical? ¿Qué sentido tiene no intentar transitar hacia raíces que expliquen o arrojen luz sobre marginaciones, explotaciones, desigualdades, desinformaciones, injusticias, o sobre cualquier asunto que pueda y deba interesarnos? ¿Se puede ser racional y no ser radical? ¿No debería ser un atributo que todo ciudadano y filósofo que se precie, y todos, recordemos (Aristóteles, Gramsci), somos por filósofos por naturaleza?

¿Debemos ceder el término radical a las huestes de la reacción? ¿Demos aceptar complacidos su conversión en un insulto, en una descalificación política? En absoluto, sabedores además, como sabemos, que ellos, los descreadores y privilegiados de la Tierra, son absolutamente radicales: conocen muy bien las raíces (y los abonos) que nutren el árbol civilizatorio que a ellos tanto entusiasma y beneficia.

2.2.Un ejemplo de radicalismo razonable. La ciudad de Barcelona, esta ciudad de los prodigios y de poderosas clases adineradas sin excesivos escrúpulos cívicos, no es la ciudad más desigual del mundo. Es, según reza una publicidad generada por un consistorio gobernado en alianza por el PSC e ICV-EUiA, la millor botiga del món, la mejor tienda del mundo. En esta ciudad, que no es el máximo modelo de desigualdades, el diferencial de la esperanza de vida de los ciudadanos que viven en los barrios altos de la ciudad y los que viven en barrios obreros y populares es de unos 8 años (me quedo corto, afirmo por defecto), es decir, el 10% de la esperanza de vida media en España en estos momentos. Los ricos tienen un plus, los pobres una minusvalía. ¿Es intransigencia, radicalismo, ofuscación, preguntarse por las razones de fondo de esa desigualdad que afecta a lo más esencial, a nuestro tiempo de vida, ese tiempo que nos es dado, como apuntaba Epicuro, en una ciudad sin murallas? Si lo es, si indagar sobre ello, y luchar por su transformación, por su disolución en este caso, es ser radical, no parece que eso sea una mala cosa, una costumbre a superar. De hecho, detrás y delante de muchas descalificaciones de ese tipo, lo que se esconde es la complacencia, muy radical, con la excelencia de un sistema que, ciertamente, tanto beneficia a los descalificadores.

3. La violencia es asunto complejo. No parece que se avance mucho en la lucha de los trabajadores y de las clases desfavorecidas quemando contenedores de basura o rompiendo vidrios. No se acaba de ver el sentido de esas acciones. Pero no me importa confesar, con alegría vergonzante, que no acabo de ver, comparativamente, la barbaridad que representa arrojar cinco piedras, con cuidado de no herir a ningún ciudadano ni a ningún trabajador, contra las vidrieras de una institución que practica el máximo despotismo, sin ninguna ilustración, como pueda ser El Corte Inglés para manifestar el repudio republicano que representa una empresa de esas características (Sí, sé bien que no rozamos ninguna arteria esencial. El Corte Inglés sigue su marcha, impertérrito, con cristales rotos o en buen estado).

No se trata de hacer ninguna apología de la violencia. Desde luego. Las experiencias que hemos vivido a lo largo del siglo XX enseñan. ¿Quién puede tirar esa piedra sin pensar sosegadamente sobre ella? Pero la tradición, y muchas otras tradiciones políticas no forzosamente de izquierdas, han justificado su uso en momentos de opresión y dominación. ¿Obraron mal los comunistas chilenos que tras el golpe de Pinochet lucharon con las armas contra la dictadura violenta de ese general asesino? ¿No fue justa la lucha defensiva, armada, del pueblo español contra la criminal violencia de los golpistas antirrepublicanos? ¿No parece razonable que la ciudadanía iraquí use diversos procedimientos, algunos de ellos no pacíficos, para defenderse del genocidio al que es sometido su país?

Por no hablar de lo que produce risa satisfecha en algunas tertulias pero contiene grandes dosis de verdad: la violencia estructural del sistema. Un ejemplo que no es de lo más dañinos: ¿hay violencia estructural cuando se obliga a los trabajadores y trabajadoras a levantarse a las 4:30 de la mañana y conducir el coche propio para llegar a las fábricas, no hay otra forma de hacerlo, con la probabilidad, reiteradamente comprobada, de tener accidentes un día u otro en un itinerario siempre transitado con urgencia y estrés? ¿Hay violencia estructural cuando se “disciplina” a las gentes trabajadoras con expulsiones, sanciones, situaciones precarias, insultos, agresiones de género, en sus lugares de trabajo? ¿Eso no cuenta en el balance de las violencias?

El programa político-cultural que está detrás de alguna de estas descalificaciones lo expresó con toda claridad Allen Wels Dulles, el que fuera director de la CIA entre 1953 y 1961: “[…] Apoyaremos y encumbraremos por todos los medios a los denominados artistas que comenzarán a sembrar e inculcar en la conciencia humana el culto del sexo, de la violencia, el sadismo, la traición. En una palabra: cualquier tipo de inmoralidad. En la dirección del Estado [s refería a la Unión Soviética] crearemos el caos y la confusión. De una manera imperceptible, pero activa y constante, propiciaremos el despotismo de los funcionarios, el soborno, la corrupción, la falta de principios. La honradez y la honestidad serán ridiculizadas [como] innecesarias y convertidas en un vestigio del pasado. El descaro, la insolencia, el engaño y la mentira, el alcoholismo [y] la drogadicción, el miedo irracional entre semejantes, la traición, el nacionalismo, la enemistad entre los pueblos y, ante todo, el odio al pueblo ruso; todo esto es lo que vamos a cultivar hábilmente hasta que reviente como el capullo de una flor. Sólo unos pocos acertarán a sospechar e incluso comprender lo que realmente sucede. Pero a esa gente la situaremos en una posición de indefensión, ridiculizándolos, encontrando la manera de calumniarlos, desacreditarlos y señalarlos como desechos de la sociedad. Haremos parecer chabacanos los fundamentos de la moralidad, destruyéndolos. Nuestra principal apuesta será la juventud. La corromperemos, desmoralizaremos, pervertiremos (…)” [la cursiva es mía]

Con la máxima claridad, con la claridad que otorga ser un defensor, violento cuando es necesario, de un sistema sin apenas temblor en las manos y mentes de sus gestores y beneficiados.

Nota:

[1] Extracto del libro The Craft of Intelligence (El arte de la Inteligencia, 1963). Tomado de Ciudad futura http://pacoarnau.wordpress.com.