Bogotá.-Hola, indios: Al paso que vamos creo que yo, Cristóbal Colón, ni siquiera existí. No nací en mi adorada Génova según el hollywoodesco informe que produjo alguna vez un canal dizque serio como Discovery. Y que suelen repetir por estos días de octubre. Y que yo vuelvo a ver.

En algo me tengo que gastar esta eternidad en la que lo único que sobra es tiempo. Ni reloj tenemos. Por la parabólica celestial vi un mundo de gente, incluidos algunos “científicos”, hurgando entre un resto de huesos que deben ser los de algún enemigo mío. ÂíCómo no va a reconocer uno sus propios huesitos! También aseguran en ese informe-calumnia que soy catalán por la fluidez con que lo hablo, mujer mejor que el mío, el dialecto genovés, y del latín que lo hablaba desde chiquito.

No saben que cuando uno nace para grandes cosas viene con un chip incorporado para aprender muchos idiomas. Si no, ¿cómo echarle primero el cuento al Rey Juan II, de Portugal, y después a los muy católicos reyes de España?

Les doy un dato que no incluyó Discovery: si no hubiera sido por uno de los confesores de Isabel, el prior Juan Pérez no habría podido llegar hasta ella. Imaginen los pecadillos que le conocía su confesor que Isabel accedió a recibirme. Le tenía pisada la cabuya. Luego empeñó hasta la cédula… real.

Claro que como no leí la letra menuda de las capitulaciones, finalmente, Isabel me embolató el prometido 10 por ciento de lo que produjera la empresa. Ese era el trato. Moraleja, si conoces alguna arcaica reina, no le creas ni lo contrario de lo que dice.

Mis descubiertos amigos: siempre lean la letra menuda de los contratos, es la conclusión que leo en el libro “Las 48 leyes del poder”, de Robert Greene, en el capítulo en que se ocupa de mí.

El yanki -al que hay que leer, así lo lea también José Obdulio Gaviria- tiene razón: mi éxito radicó en saberme vender, en hablar claro y confiado en lo que proponía. Y en cobrar duro por mi trabajo. En tratar a los reyes como si fueran mis pares, joder.

Que era de humilde cuna, que no, que era de rancio colchón, es otro de los puntos fuertes del “documental” . No les voy a responder.

Miren más bien los resultados. El mundo estaba a medio hacer. Con mi descubrimiento juntamos las dos manzanas, como diría el maestro Germán Arciniegas a quien de pronto veo por estos pagos, con su gato “Pepito”.

Ahora, que lo que descubrí fue América, son gajes del oficio de descubridor. Ojalá uno se equivocara siempre así.

Menos mal, todo quedó en casa: mi paisano Américo Vespucio se dio cuenta de que habíamos descubierto un nuevo continente, y no otro camino para llegar a la India por especias. Nadie sabe para quién trabaja. De nada, Américo.

Aprovecho para hacerle un homenaje tardío al viento. Si no fuera por él, los americanos todavía estarían de taparrabos. Con razón dice Pessoa: “Valió la pena vivir, solo por ver pasar el viento”.

En uno de los mejores libros que se han escrito sobre mí, “Colón”, el sueco Björn Landström dice que sólo este genovés “comprendió que los vientos del nordeste debían soplar hasta las Indias, y que los del oeste debían soplar de las Indias a Portugal…”.

Agrega Björn: “Pero nadie, excepto Colón, halló ese viento, porque Dios lo quiso así”.

Mejor regreso a la diestra de Dios Padre, no sin antes reconocer que todavía me suena en el oído el grito que pegó Rodrigo Triana cuando llegamos ese 12 de octubre: “ÂíTierra!”. Por poco me deja sordo. Rodrigo se merecía los 10 mil maravedíes que le correspondían por haber avistado tierra primero. Pero me cogió corto de billete. No les quito más tiempo. Y de nada, por descubrirlos, ingratones!

*Periodista colombiano. Colaborador de Prensa Latina.