La Habana, (Prensa Latina).- Mata Hari (1876-1917), considerada la mayor espía del siglo pasado y a quien fusilaron por prestar supuestos servicios a Alemania, sufrió la violencia doméstica, maltrató que influyó en su decisión de convertirse en cortesana. Con una vida colmada de sucesos para bien y mal, atenciones, admiradores y detractores, la célebre aventurera vistió sus mejores galas para decir adiós al mundo, negó ser espía y el 15 de octubre de 1917 se despidió con un beso del pelotón de fusilamiento que la ejecutó en el bosque de Vincennes, al Este de París.

Luego de realizar una serie de investigaciones, el octogenario ex combatiente de la resistencia francesa, Leon Schirmann, la defendió de tal imputación, aunque un poco tarde, en un libro recién editado: Mata Hari – autopsia de una maquinación.

Las famosas actrices Greta Garbo, en 1932, y Jeanne Moreau, en 1964, representaron en el cine la vida de Margaretha Zelle Mac Leod, su verdadero nombre, quien nació en 1879, en Leeuwarden, un tranquilo pueblo en Holanda.

A los 15 años murió su madre. Tras esa sensible pérdida, el padre la envió a estudiar a un internado, donde adquirió cultura y una esmerada educación.

Se casó a los 18 años por primera y única vez con Rudolph Mac Leod, oficial holandés destacado en la isla de Java, en Indonesia, entonces Indias Holandesas, matrimonio, que según los historiadores, la decepcionaría y marcaría para siempre alejándola de los sueños de la juventud.

De esa unión tuvo dos hijos, uno de los cuales murió. En medio de esa tragedia y sufrimientos en el hogar a su desgracia se sumó el alcoholismo del conyugue, quien la convirtió en blanco casi cotidiano de fuertes golpizas.

Cansada de la violencia doméstica, abandonó a su esposo y viajó a Francia, en 1905, antes de la Primera Guerra Mundial, la cual comenzó en agosto de 1914 y concluyó en noviembre de 1918.

En busca de oportunidades, fue primero modelo y luego debutó en los salones de París como bailarina exótica, con el nombre de Mata Hari, en malayo “pájaro de la aurora”, y se hacía pasar por descendiente de un lord inglés y una princesa javanesa.

La entrada en los círculos parisinos pareció sonreírle respaldada por la versión que creó sobre su pasado, buena educación y la forma de bailar las danzas orientales mientras se desvestía progresivamente mostrando bellos atributos que cautivaron a los hombres y desataron la envidia de muchas mujeres.

A pesar de devenir conquistadora de príncipes, duques, generales, entre otros oficiales y personalidades de los distintos países involucrados en la Guerra Mundial, se enamoró perdidamente del capitán ruso Vladimir Masloff.

Aunque era perspicaz y culta (habló cinco idiomas), no se percató del peligro y caminó por el filo de una navaja en un país en guerra, al compartir el lecho con amigos y enemigos, al parecer con la única condición de recibir los honorarios por sus servicios.

Pero precisamente, según los expertos, en la cama es donde se conversan los secretos más íntimos y hasta a los militares, y a sus amantes se les pudieron escapar indiscreciones.

Esas consideraciones figuraron entre los argumentos más fuertes esgrimidos por quienes la llevaron a una muerte segura y la utilizaron posiblemente para desviar la atención de los verdaderos traidores.

Entre algunos de los defensores de su inocencia figura el periodista estadounidense Russel Warren Howe, quien también logró acceder a los archivos franceses del caso y escribió el libro “La Verdadera Historia”. Howe intenta demostrar que la famosa prostituta fue objeto de una conjura.

De acuerdo con el periodista, los servicios franceses y alemanes manipularon a la bailarina para encubrir actividades de inteligencia y contrainteligencia. En su contra se esgrimieron sus relaciones íntimas con el príncipe heredero y el entonces jefe de la seguridad alemana.

Se cree que al enamorarse de Masloff, una pasión desmedida la hizo perder la noción del peligro en un escenario donde Rusia y Francia eran aliadas en contra de Alemania.

Buscaba por los campos de batalla a su oficial ruso y en cualquier lugar donde fuera destacado, sin importarle ni tener presente el peligro y las consecuencias de su presencia en el teatro de operaciones bélicas.

Esas ingenuas incursiones tras su amado, que la exponían constantemente, pudieron servir la mesa a los protagonistas de una conjura para encubrir a verdaderos infiltrados.

Sus biógrafos manejan que pudo ser usada como chivo expiatorio en un país que sufría desastres militares, tenía tropas amotinadas y sometía a la población civil a muchas privaciones.

En el juicio el jefe del contraespionaje francés, Georges Ladoux, la acusó de recoger información en el terreno para entregarla a los alemanes.

Una vez más la suerte la había abandonado, y esa vez debió pagar por ello el alto precio de la vida. Pero cuatro días después de la muerte de Mata-Hari, la policía francesa arrestó Ladoux al comprobarse que era él quien brindaba informaciones secretas al enemigo.

Para algunos historiadores, al parecer Ladoux, despojado de todo escrúpulo, se aprovechó de la pasión de la cortesana por el oficial ruso y decidió encubrir su traición adjudicándosela a la bailarina.

Ese incidente fue considerado por los defensores de la inocencia de Mata-Hari como el primer desmentido de sus posibles actividades como espía y develó sólo la punta del iceberg de la manipulación a la cual había sido objeto.

Entre los mayores errores de Mata Hari figuró no percatarse del terreno movedizo que pisaba al compartir el lecho con oficiales y personalidades de los bandos opuestos implicados en la contienda y creer que saldría ilesa.

Tras ser detenida, siempre se declaró inocente y rechazó la acusación de ser informante de los alemanes. Poco antes de morir y en camino hacia el pelotón de fusilamiento dijo: Cortesana sí, pero espía no.

* La autora es colaboradora de Prensa Latina.