Cuando los indígenas de Déline entraban a las minas del noroeste de Canadá en los años ´50, tenían poca idea de su contribución al secreto programa de armamento nuclear de EEUU. Mientras los mineros portaban sacos de uranio, el gobierno estadounidense se deshacía de los desechos de la extracción vertiéndolos al Gran Lago del Oso. A los trabajadores nadie les informó sobre la naturaleza del uranio, los riesgos que corrían, ni sobre cómo protegerse.

Hoy, el pintoresco y alejado pueblo de Déline es conocido como “el pueblo de las viudas”. La epidemia de cáncer que siguió a la minería dejó una generación de jóvenes sin padres o abuelos, y sin indemnización alguna de parte de las autoridades.Es una de las muchas tragedias acontecidas en territorios indígenas desde que empezó la edad nuclear. 50 años después, la Nación Navajo de Arizona auspició la Cumbre Indígena Mundial sobre el Uranio. Los Navajo, parientes de los indígenas de Déline, aprobaron una moratoria en la exploración, enriquecimiento y procesamiento de uranio en su territorio, así como su utilización en armas atómicas. “El uranio mata” precisaron, y aunque la moratoria abarca la cuarta parte del uranio de EEUU, fue vista como la medida más lógica. Igual de “lógica” (pero desde una óptica muy distinta) ha sido la respuesta de las grandes potencias: el desenfrenado reimpulso de la industria nuclear a lo largo y ancho del mundo. (1)

Hoy en día, China, Francia, EEUU, Rusia, Japón y Corea compiten entre sí para dominar la exportación de tecnología nuclear, e indirectamente fomentan una nueva carrera armamentística. Dado que el Consejo de Seguridad de la ONU está conformado por los mayores exportadores de armas en el mundo, nada tiene esto de sorprendente, pues las declaraciones piadosas y el actuar sociopático van de la mano en el escenario internacional. Pero cuando se trata de un gobierno autodenominado “socialista”, “indigenista”, y hasta “ecologista”, ¿no deberíamos esperar un ejemplo diferente? Por increíble que parezca, el gobierno de Evo Morales busca reactivar la minería de uranio en Bolivia, y estudia la construcción de una central nuclear con colaboración rusa. Con la desfachatez que le caracteriza, el gobierno reservó el primer día de la “Cumbre Mundial de los Pueblos sobre Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra” para hacer su anuncio.(2) Y a pesar del rechazo a esta tecnología por parte de los ponentes, el anuncio del vicepresidente pasó sin comentarios.

En el debate sobre la tecnología nuclear, los anti-imperialistas suelen señalar el “soberano derecho del estado a la energía nuclear con fines pacíficos” –sin interferencia alguna por parte de las potencias extranjeras. Una perspectiva ecologista, sin embargo, es consciente de que ninguna tecnología es “neutra”: cada una lleva su lógica inherente ya que todas han sido desarrolladas según intereses específicos. Aceptar determinada tecnología nos obliga a aceptar su lógica y los procesos que la facilitan.

La minería de uranio es la base de la producción de la energía nuclear, y buena parte de este uranio es extraída en países económicamente débiles, como Bolivia. Después de extraerse los depósitos del mineral, se aplastan, se muelen y se bañan en ácido sulfúrico para luego ser empaquetados como “torta amarilla” o concentrado de uranio. Para conseguir una tonelada de torta amarilla se generan cientos de toneladas de residuos radiactivos. Es un proceso intrínsicamente destructivo que contamina el aire, el agua, la fauna y los seres humanos y no existe forma ambientalmente sostenible de tratar los residuos. Donde se depositan los desechos se corre un alto riesgo de contaminar afluentes de agua, tierra y aire. A diferencia del carbono de los combustibles fósiles, el uranio no forma parte de ningún ciclo natural de la biosfera. El simple contacto con sus residuos (altamente radiactivos durante miles de años) o con material expuesto a su radiación puede generar daños genéticos y enfermedades degenerativas mortales.

¿Qué significa esto en el caso de Bolivia y en las minas de Potosí donde se propone extraer uranio? Según los grupos ecológicos locales, la gestión ambiental en Potosí esta carente de recursos y débil frente a las instancias nacionales. Peor, estas últimas hacen poco para asegurar que las empresas multinacionales cumplan con la normativas ambientales en la minería. Sin referencia a la propuesta de minar uranio, los activistas denuncian que:

“Los diques que acumulan los residuos de los ingenios son importantes fuentes de aguas ácidas y tienen su efecto sobre las aguas superficiales y subterráneas, que a su vez ocasionan el deterioro de los suelos. A eso se suma el transporte, la trituración primaria, la molienda, y en general el manipuleo de minerales que produce grandes cantidades de polvo contaminado que alcanza importantes distancias.” (3)

Aplicando este estándar de control a la extracción de uranio, las consecuencias serían letales. Como por ejemplo, que la vegetación absorba óxidos de uranio disueltos en agua que fácilmente podrían incorporarse a la cadena alimentaria.

El mito de la industria nuclear “civil” y la catástrofe del uranio empobrecido

La concepción según la cual la tecnología es una mera herramienta nos invita a distinguir entre las aplicaciones pacíficas de la energía nuclear y las bélicas. Pero la industria nuclear “civil” es impensable sin su hermana militar. Desde el reprocesamiento de los desechos militares en plantas civiles hasta el uso del uranio empobrecido en los armamentos de los ejércitos occidentales, las dos industrias tienen, en la práctica, una mutua dependencia. Lógico entonces que todo país que ha conseguido armas nucleares en los últimos 30 años lo haya hecho bajo la socapa de un programa “civil” y “pacífico”.A pesar de sus refutaciones, es difícil creer que el Irán de hoy sea una excepción, pues al conseguir armas nucleares el estado islámico lograría una paridad estratégica con su rival, Israel.(4) Ciertos antisionistas aplauden esta idea, afirmando (correctamente) que las armas nucleares han demostrado ser el mejor disuasivo contra un ataque militar de las potencias imperialistas. Pero incluso si ignoramos el ejemplo de Pakistán, en posesión de armas nucleares y todavía sufriendo bombardeos estadounidenses, el entrar en esta lógica disuasiva nos somete a un juego de suma cero. Irrespecto de la inmoralidad de la doctrina de la mutua destrucción, la actividad cotidiana de la industria nuclear está desencadenando un desastre a cámara lenta para toda la humanidad.

La explosión de Chernóbil en 1986 hoy vuelve a sentirse como nunca. 24 años después del peor accidente nuclear de la historia, Ucrania y Rusia se encuentran consumidos por incendios forestales. Al aerosolizarse 3.900 hectáreas de tierras contaminadas, Europa ahora experimenta el equivalente a cuatro explosiones de Hiroshima simultáneas.(5) Para escapar a la humareda tóxica, los colegiales en los alrededores de Moscú han sido evacuados a gran escala, y varias embajadas foráneas han seguido su ejemplo. Pero ¿a dónde huir? Con la aerosolización de los metales radiactivos, la contaminación se generaliza. En la semanas inmediatamente posteriores a la invasión a Irak en 2003, una enorme nube radiactiva pasó por el Reino Unido, un hecho sólo atribuible al uso de las municiones de uranio empobrecido.(6) Los promotores de la industria nuclear afirman que las mejoras en la tecnología nos prevén contra nuevos accidentes del tipo Chernóbil. Pero incluso en el tecnológicamente “avanzado” país de Inglaterra, se constatan concentraciones de leucemia infantil diez veces mayor que la media nacional en los alrededores de la central de Sellafield. En las inmediaciones más cercanas de esta central, los niveles de contaminación son superiores a los de la zona de exclusión del mismo Chernóbil. Casos como estos demuestran que, independiente del nivel tecnológico del país, ninguna planta puede ser totalmente segura a la larga, porque requiere de tal cantidad de normas, procedimientos y verificaciones constantes que el mínimo descuido, error, o desgaste puede provocar fugas de radioactividad.

¿Cómo contemplar, entonces, la construcción de una central atómica en un territorio tectónicamente inestable como Irán?

El activista Reza Fiyouzat llama nuestra atención acerca de las grandes y activas líneas de falla sobre las que se ubica Irán. Ha mostrado cifras de los grandes terremotos recientes en ese país, incluyendo él de Bam en 2003, de magnitud 6.5 en la escala de Richter y dejando un saldo de 26,000 muertos, el de la provincial de Qazvin en 2002, de magnitud 6 con más de 500 muertos, y el del norte del país en 1997, de magnitud 7.1 con 1,500 muertos. Fiyouzat afirma que el índice de mortalidad en cado uno de estos casos se agravó por el pésimo estándar de control de construcción en su país. Debido al afán de evitar los mayores costos de seguridad y la cultura de la coima que esto engendra, ni se acatan los pobres controles que sí existen. “Se justifica entonces que nos preguntemos por los códigos de construcción implementados en la construcción de la central nuclear de Bushehr.…Los que insisten en que la búsqueda de la energía nuclear sea un derecho automático, tal como hace el régimen islámico en Irán, también deben asumir las responsabilidades de ello y rendir cuentas por cualquier consecuencia negativa en el manejo de los materiales nucleares.” (7) Fiyouzat termina recordándonos, sin embargo, que el régimen dictatorial de Tehran, no rinde cuentas a nadie.

Veamos la otra cara de esta moneda en el vecino país de Irak.

El enriquecimiento industrial del uranio produce gran cantidad de residuos denominados “uranio empobrecido” (DU). En los años ´70, el descubrimiento de las propiedades pirofóricas (inflamables) de este metal llevó a que el ejército estadounidense lo incorporase a su arsenal bélico. Como anillo al dedo, el gobierno estadounidense cedía el material gratis a la industria militar, así liberándose del costo de su almacenaje seguro. Al impactarse los proyectiles revestidos de DU, el metal arde y se oxida, volatilizándose en micropartículas altamente tóxicas. Estas luego se acumulan en los nódulos linfáticos, el cerebro, los testículos y otros órganos. Dada la afinidad del uranio con el fósforo de nuestras células, las partículas inhaladas provocan daños y mutaciones en el ADN, la muerte celular y el cáncer. Empezando con la primera Guerra del Golfo en 1991, el ejército estadounidense empleó estas armas en una serie de guerras. Los efectos biológicos no se hicieron esperar, y a finales de los años ´90 empezaban a registrarse epidemias de cáncer y malformaciones congénitas en los niños iraquíes. Para agravar una contaminación ya generalizada, en 2004 la ciudad de Faluya fue sometida a masivos bombardeos estadounidense s en un intento de erradicar la resistencia armada asentada allí. En el asalto, que destruyó un 60% de los edificios de la ciudad, se empleó una vez más las armas de uranio empobrecido.

En enero de este año, el Profesor Chris Busby, Secretario Científico del Comité Europeo sobre Riesgos Radioactivos, viajó a Faluya para investigar los efectos sobre la población civil. Sus hallazgos, emitidos primero por el canal Al-Jazeera, son espantosos:

El índice de leucemia infantil en Faluya es 40 veces mayor que en 2004 y 38 veces más alto que en la vecina Jordania.

La tasa de cáncer linfático y cáncer de mama es 10 veces superior a la de 2004.

La tasa de mortalidad infantil en la ciudad es de 80 niños de cada mil nacidos, en comparación con Kuwait, donde se da la cifra de 9 de cada mil y en Egipto 19 de cada mil.

Ha estallado una epidemia de malformaciones genéticas desde 2004, con bebés nacidos sin ojos, con dos y tres cabezas o sin orificios, sin genitales, sin extremidades, y otros nacidos con tumores malignos en el cerebro y en los ojos.

El Profesor Busby concluyó que la situación de Faluya es “terrorífica y horrenda”, incluso peor que la de Hiroshima tras el bombardeo atómico allí. (8)

Dependencia tecnológica y la bomba de tiempo de los desechos

Hasta la fecha, los promotores de la “industrialización” de Bolivia han querido impulsarla con el recrudecimiento de la economía extractivista. Cómo esta economía facilitaría la industrialización no queda claro. El uranio, así como los combustibles fósiles,es un recurso finito y al actual ritmo de consumo, las reservas mundiales durarían unas 5 décadas más. Si la renta de los hidrocarburos sirve de ejemplo, lejos de industrializar el país, los ingresos del uranio solo mantendrán la “bonocracia clientelar”, aquel prebendalismo tan dependiente de los inestables precios del mercado internacional.

En cuanto a la construcción de una central nuclear, las instituciones de Bolivia, como las de muchos de los países que ahora han apostado por la energía nuclear, sufren grandes niveles de corrupción e incompetencia. ¿Podrán manejar una tecnología tan peligrosa? La investigación y desarrollo técnico de la industria nuclear civil requiere de fuertes inversiones por parte del Estado. Lejos de las grandiosas promesas de antaño de una energía “tan barata que no valdría la pena medirla”, se trata en realidad de una industria que no sobreviviría en un auténtico mercado libre sin masivas subvenciones estatales. En los países desarrollados, la economía del conocimiento impulsa una continua intensificación tecnológica, un proceso liderado por la industria militar. Y el afán de este sector de procurar ingentes cantidades de energía, procedan de donde procedan y cuesten lo que cuesten, es el verdadero sostén de la industria nuclear. Le permite superar costos de construcción y mantenimiento de las plantas que de otra manera serían prohibitivos. Dadas las altísimas inversiones iniciales que requieren las plantas nucleares, las empresas involucradas suelen pedir marcos regulatorios que garanticen la recuperación de esas inversiones, una admisión implícita de la escasa competitividad de su industria.

En Bolivia, tanta inversión de parte del Estado no hubiera sido factible anteriormente. Si lo es hoy, es debido al nuevo bloque energético conformado por Rusia, Venezuela e Irán. Este nuevo eje busca marginar al dólar y rivalizar con las potencias occidentales. Con el anuncio de la colaboración iraní en la extracción de uranio en Venezuela, se puso de manifiesto el verdadero telón de fondo de su ruptura venezolana con Israel. Y dada la necesidad de uranio que tiene la recién estrenada central de Bushehr en Irán, no se trata precisamente de una ayuda altruista. Por su parte, Rusia, el más poderoso integrante de la alianza, ha anunciado su deseo de convertir a Bolivia en la punta de lanza de sus políticas económicas en América Latina. El canto de sirena de una planta nuclear pretende endulzar la iniciativa, pero cuando un país débil recurre a la tecnología de una potencia, siempre se fomentan patrones de dependencia en el país receptor. Las grandes potencias así ejercen un “poder suave” sobre sus clientes, un poder mucho mas difícil de desalojar que el de las típicas empresas extractivas. La entrada a estas alianzas es dulce, con sus convenios para la construcción de hospitales, plantas lecheras, o la explotación de litio en el Salar de Uyuni. Pero ¿que sucede si Bolivia decide después abandonar la energía nuclear? No será fácil.

El desmantelamiento de una planta nuclear no es como destruir una vieja fábrica, requiere de muchísimas acciones técnicas y administrativas para su progresiva descontaminación y demolición. Una vez que la instalación esté desmantelada (que suele tardar mas de 20 años) hay que controlar para evitar accidentes radiactivos en el entorno. Bolivia así estaría dependiendo del suministrador de la tecnología y de su ayuda técnica durante décadas. Además de la dependencia política, esto supondría una fuerte presión económica. En Francia, el actual desmantelamiento de la pequeña central de Brennilis, ha costado unos 480millones de euros (20 veces el coste previsto) y todavía no está completo. (9)

La cuestión de los residuos es peor, un problema que no han podido resolver ni los países más técnicamente avanzados. El fracaso de los vertederos profundos, ha llevado a unas “soluciones” descabelladas, como la de la Unión Europea que involucra el reciclaje de desechos radiactivos en productos comerciales. Entre las otras, se encuentran el reciclaje de uranio en las plantas de reprocesamiento (las plantas de mayor toxicidad) o en la genocida industria armamentística con todas las consecuencias ya descritas. El método tradicional de los vertederos requiere de una gestión a larguísimo plazo y condiciones geológicas estables durante miles de años. ¿Quién puede garantizarnos estas condiciones?

IIRSA: integrando la “cultura de la muerte”

El historiador de la ciencia Lewis Mumford señaló el desarrollo histórico de dos modelos tecnológicos: por un lado un conjunto de técnicas “democráticas” que están acorde con la naturaleza humana, y por otro lado, nuevas técnicas “autoritarias” que concentran el poder en manos de pequeñas élites. Conformando una especie de “megamáquina”, las técnicas autoritarias se caracterizan por ser centralizadas, jerárquicas, dependientes de altos grados de especialización y complejas burocracias organizativas de trabajo, e intensivas en su consumo de recursos y capital.

Está claro que la estrategia desarrollista del MAS fomenta el segundo modelo tecnológico, el jerárquico. Sus políticas se inscriben en el marco de la IIRSA (Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Sudamericana) un masivo megaproyecto de reordenamiento territorial compartido por 12 países, su eje principal siendo la red de carreteras que unirá a Brasil con el océano Pacífico y el mercado asiático. Siendo la IIRSA una estrategia que concentra el poder en manos de los que ya lo tienen, es de entender que el coloso sudamericano sea su mayor impulsor. Para la burguesía brasileña, esta es una iniciativa para convertir a su país en una de las megapotencias del siglo XXI. (10)

Según las comunidades afectadas en Bolivia, el gobierno de La Paz viola sus propias normativas y su propia Constitución a fin de facilitar estos megaproyectos. La construcción de la carretera Villa Tunari-San Ignacio de Moxos, la exploración de hidrocarburos en el norte paceño y las represas en el Río Madera –todos benefician principalmente a potencias regionales más que a Bolivia. Y aunque algunos se extrañan de ver un gobierno “neonacionalista” hacer tanto para fomentar el crecimiento países vecinos, la verdad es que todo proyecto de poder hoy en día es un proyecto transnacional. No puede ser de otra manera dada la alta interdependencia del moderno sistema industrial. Queda claro entonces que la “cultura de la muerte” tan denunciada por el presidente Morales, es precisamente la cultura que monopoliza el concepto de “desarrollo”, un concepto basado en el extractivismo y comodificación de la tierra fomentado por el mismo gobierno del MAS y los demás participantes de la IIRSA.

¿El despertar de la imaginación?

Hace unos 35 años, el embargo petrolero de las naciones árabes provocó una llamada “crisis energética” en el mundo industrializado. El filósofo Iván Illich señaló la ambigüedad de este concepto y como servía de pretexto para limitar los privilegios de los países en desarrollo. Los sermones ecológicos provenían precisamente de los países donde mas energía per cápita su utilizaba –una hipocresía que no pasó desapercibida en el llamado “tercer mundo”. Pero como muchos otros, Illich también entendió que la intensificación tecnológica y el creciente consumo de energía, pasados cierto limite, tienden a esclavizar. La crisis energética de los años ´70 fue una quimera, un producto efímero de la política. Pero hoy, los imperativos de decrecimiento y contracción nos los pone la geología. En 2006 la producción petrolera mundial llegó a su cénit, y le siguió una “meseta”, tal como los académicos del Pico Petrolífero habían pronosticado. Con el encarecimiento del hidrocarburo y el recurso a la explotación del “petróleo difícil” de fuentes no convencionales, se perfila una nueva y mas oscura era. Hay quienes minimizan este cambio, calificándolo de crisis capitalista (la disminución del petróleo rentable), sin entender el alcance de nuestra dependencia. La electricidad, el transporte, los plásticos, la minería, los cosméticos y todo producto industrial o actividad moderna depende de este combustible fósil. Por cada kilojulio de comida que consumimos se invierten 10 kilojulios de hidrocarburos en forma de pesticidas y fertilizantes químicos. Sumándose al cénit de petróleo, se avecina una serie de “picos” de recursos esenciales, desde el gas natural hasta el carbono, el agua dulce, y los llamados REE (“Rare Earth Elements” o tierras raras). Esta convergencia de estas escaseces supone una contracción industrial irreversible que cambiará radicalmente el carácter de nuestra civilización.(11) Tal como sus aliados en Rusia e Irán, el gobierno boliviano ha planeado su estrategia económica en términos de un mundo que está desapareciendo ante nuestros ojos.

La explosión de la plataforma marina Deepwater Horizon y el subsiguiente uso de dispersantes químicos agravan la creciente marea negra en los océanos. El mercurio, las decenas de miles de químicos industriales y la contaminación atmosférica por el óxido de uranio crean efectos sinérgicos que la científica Leuren Moret ha identificado como las causantes de la nueva epidemia mundial de diabetes. Completando el cuadro está la progresiva desmineralización de los suelos que empeora las deficiencias nutricionales ya generalizadas. Ahora bien, proponer expandir la industria nuclear en este contexto es proponer más de lo mismo. Va más allá de la inmoralidad, y evidencia una profunda pobreza espiritual. Cuando el gobierno venezolano anunció la construcción de su propia central nuclear en 2005, un conjunto de científicos latinos y europeos firmaron un manifiesto denunciando el pensamiento zombi detrás de esta medida:

“El argumento según el cual ‘si ellos lo tienen, por qué no podemos tenerlo nosotros’…resulta absurdo para justificar la imitación del modelo energético ecocida desarrollado principalmente por sociedades capitalistas donde las corporaciones transnacionales de energía y los gobernantes de derecha [deciden] sin tomar en cuenta la voluntad popular.” (12)

En la actual coyuntura, es poco probable que la voluntad popular obstaculice la propuesta nuclear en Bolivia. El recrudecimiento de los conflictos socio-económicos tiende a opacar los debates académicos sobre el modelo de desarrollo a seguir. Sin embargo, al marginar estos debates, ignoramos su relación fundamental con los conflictos de la sociedad. Una solución a las necesidades materiales y espirituales de los pueblos tiene que ser de naturaleza local. Un desarrollo bajo control local, e integrado con las regiones facilitaría la redundancia tecnológica, todo lo contrario de la energía nuclear cuya gestión exige precauciones durante periodos que escapan a nuestra noción de tiempo. En vez de promover este desarrollismo caduco de satélites y centrales atómicas, un liderazgo verdaderamente ecológico promovería el ahorro y la eficiencia, junto con las tecnologías limpias como la energía solar, la eólica y la biodigestión. Y al descentralizar y localizar la producción energética, también se evitarían los conflictos distributivos y regionales que inevitablemente surgen con el extractivismo. Como señala Alberto Acosta, no saldríamos del modelo actual de la noche a la mañana, pero sí se puede iniciar la transición hacia una economía post extractivista. Una economía tal tampoco rechaza la explotación de recursos naturales, sino que busca establecer los límites biofísicos de la explotación, y “llegar a la sostenibilidad, eliminar la pobreza y su causa que es la opulencia”. (13)

Después de todas las denuncias a la cultura occidental por parte de Evo Morales, ¿piensa ahora introducir lo peor que nos ofrece esa cultura? Eso sería la peor traición a las esperanzas que acompañaron su llegada la poder. Al perturbar el sueño milenario del uranio, el gobierno boliviano se sumaría al enorme e irreversible experimento que ello supone: la contaminación permanente del banco de genes de la humanidad. No olvidemos la vasta fuente de energía que representan el amor y la compasión. Si los indígenas iroquois sopesaban cada decisión importante por los efectos que tendría sobre la séptima generación, ¿donde está el amor a nuestros tataranietos o incluso a nuestros hijos? ¿Seguiremos hipotecando su futuro por nuestras infladas “necesidades” energéticas? O como los navajos, ¿pondremos en marcha la imaginación e inteligencia de nuestra especie?

Ya es hora de poner fin al fracasado experimento nuclear y enfrentar los retos de una genuina transformación.

Notas y referencias:

(1) Unos 50 países han mostrado interés en ser potencias nucleares, incluyendo Turquía, Siria, Jordania, Bahrain, Kazakhstan, Georgia, Qatar, Oman, Bulgaria, Albania, Yemen, los Emiratos, Tunisia, Venezuela, Ecuador, Chile, Marruecos, Libia, Argelia, Nigeria, Ghana, Namibia e incluso Tonga (que esta al borde de la bancarrota). En cuanto a la proliferación ilegal de armas nucleares, la Asociación Internacional de Energía Atómica ha registrado más de 650 incidentes de tráfico de materiales nucleares y radioactivos desde 1993. El “renacimiento” de la industria nuclear se debe en parte a la percibida escasez energética, pero también a la búsqueda de alternativas a los combustibles fosiles. Esta última idea esta fundada en la dudosa hipótesis del calentamiento global antropogénico. Vease: http://www.lavanguardia.es/lv24h/20091203/53835833352.html

(2) http://noticias.latam.msn.com/xl/latinoamerica/articulo_upi.aspx?cp-documentid=23944382

(3) http://www.noalamina.org/mineria-latinoamerica/mineria-bolivia/potosi-amenazada-por-la-actividad-minera

(4) Cuando Ahmadinejad llegó a Bolivia en noviembre de 2009, los dos países emitieron una declaración conjunta en la que expresaron su apoyo “al desarrollo de la energía nuclear con fines pacíficos y en el marco del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares”. También pidieron la renuncia del armamento nuclear por parte de los países que lo poseen.

(5) http://blog.imva.info/world-affairs/russia-burns-radiation-alert

(6) http://narqo.blogia.com/2006/041001-los-bombardeos-con-uranio-en-irak-contaminan-europa.php

(7) http://uruknet.info/?p=m67835&hd&size=1&l=e

(8) http://www.mdpi.com/1660-4601/7/7/2828/

(9) http://en.wikipedia.org/wiki/Nuclear_decommissioning

(10) http://www.rebelion.org/noticia.php?id=47412

(11) Peak Everything: Waking Up to the Century of Declines, Richard Heinberg, 2007 (New Society Publishers)

(12) http://www.indymedia.org/it/2005/11/827364.shtml

(13) http://bolpress.com/art.php?Cod=2010090111

Agradecimiento:

Con profundo agradecimiento a Volodymyr Vladimir I. Druzhshchienschkyy y Susana Montes por sus aportes.

David Montoute es naturopata, investigador y artista visual. Contacto: ganoua22@yahoo.co.uk