Si existe alguna razón fundamental que explica y da contenido al proceso de transformación democrático cultural de Bolivia, es precisamente la terca, incansable e histórica lucha contra la discriminación, el racismo y la exclusión que han emprendido los pueblos indígenas originario campesinos y los sectores populares.

Muy a despecho de las simplista y epidérmica interpretación que pretende asociar la discriminación, el racismo y la exclusión, únicamente con manifestaciones y expresiones de maltrato, desprecio o abuso que pueden sufrir las personas; asumiendo además, superficial o malintencionadamente, que dicho tipo de expresiones solo tendrían un carácter exclusivamente individual, muy acorde a contextos liberales y republicanos que desconocen las identidades colectivas y culturales; no se percatan del profundo carácter social, colonial e identitario-nacional que verdaderamente contiene y traen consigo dichas prácticas.

Es claro, sin ningún ánimo de simplificar el asunto, que la discriminación y el racismo no puede asociarse únicamente a un derecho humano individual, y que solamente identificando y penalizando al infractor se resuelve el problema, porque ello implicaría desconocer las profundas raíces históricas, culturales y sociales que contrae dicho comportamiento.

Por otra parte, no se sabe si por una superficialidad explicable en un eventual apuro o urgencia, o sencillamente en la incapacidad de tratar un asunto de semejante trascendencia con la profundidad, seriedad e importancia que se merecen; el racismo y la discriminación ha sido abordado como si se tratase de un fenómeno actual, de la modernidad; como si no tuviese nada que ver con el coloniaje, el sometimiento, la dominación y la exclusión étnica y cultural que han constituido los ejes fundamentales (junto a la explotación de las clases sociales) de la imposición de un sistema hegemónico antinacional, anti popular que se ha sobrepuesto desde la colonia y a lo largo de todo el periodo republicano. Peor aun si constatamos que el debate y la impugnación del Proyecto de ley de marras, muy sugerentemente se ha concentrado en la supuesta mordaza o penalización que se estaría imponiendo sobre el derecho a libre expresión de los medios de comunicación y los periodistas; como si esto realmente constituyera el aspecto fundamental de una lucha que ya los próceres indígenas, criollos, mestizos, afroamericanos, plebeyos y populares emprendieron al mismo tiempo y prácticamente desde de la Colonia.

Los procesos de descolonización y la construcción de una identidad y proyecto nacionales (a decir de Zavaleta Mercado), es absolutamente claro que pasan por abordar y resolver el problema del racismo y la discriminación, pero partiendo y rescatando las profundas raíces históricas, culturales y sociales que la originan, y no solamente sus manifestaciones y prácticas individuales.

Tal es la importancia y trascendencia del asunto, que para traducirla en una norma (como eventualmente podría suceder con el Proyecto de Ley que actualmente se encuentra en la agenda legislativa plurinacional), al menos deberían evaluarse algunos tópicos que se mencionan más adelante.

Como bien han señalado el Presidente y Vicepresidente el Estado Plurinacional, el problema y las expresiones de racismo y discriminación, prácticamente no reparan ni siquiera en su alta envestidura y/o autoridad, ni la de ministros y otras personalidades que también ejercen funciones en niveles regionales y locales como subprefecturas y municipios de cualquier región del país. Evidentemente se ha podido comprobar que ni siquiera se trata hechos excepcionales imputables a un abrupto o descuido; sino que efectivamente son bastante más comunes de lo deseable y, lo peor, claramente intencionales.

Referirse a la innumerable cantidad y diversidad de manifestaciones al respecto, y que todos los días nos encontramos en todas partes (incluyendo muchas veces el hogar, el trabajo, las colas o filas para hacer trámites o compras, los mercados, el transporte, etc., etc.), evidentemente explica y fundamenta por sí sola la imperiosa necesidad de abordar y resolver este asunto.

Sin embargo, junto a ello, que es lo que podría denominarse como la expresión más inmediata, cotidiana y recurrente del racismo y la discriminación; no parece haberse realizado el mismo esfuerzo para tratar asuntos como los siguientes:

“Las dos Bolivias” constituye una de las expresiones mas contundentes y claras que el ideario popular atribuye a Felipe Quispe el Mallku que, a inicios de este nuevo siglo (junto al nuevo ciclo de luchas indígena originaria campesinas que se iniciaba en esos años), volvió a instalar no solo como discurso y demanda, sino como profunda interpelación a la sociedad nacional. El problema central está incuestionablemente asociado a la discriminación y el racismo; sin embargo, también es claro que plantea problemas de fondo acerca de la identidad (tanto individual, social, cultural y étnica, como nacional), el desafío de la interculturalidad o la permanente confrontación y enfrentamiento entre iguales pero diferentes; e inclusive la tarea de la descolonización en la diferencia y diversidad, que entraña no una, sino varias formas de dominación y sometimiento cultural, étnico y de clase social que se han ido sobreponiendo históricamente, en lo que se ha dado en llamar nuestra “sociedad abigarrada”.
La construcción de la identidad nacional, que muy a pesar de diversos intentos generalmente asociados a proyectos o procesos de homogenización cultural, étnica o económica, y que han transitado desde las despiadadas y violentas prácticas de exterminio y genocidio que se han realizado a lo largo de toda la historia (acabando física y materialmente con pueblos y culturas indígenas del país); hasta las mas “modernas” y sutiles formas de anulación cultural y étnica que se han promovido por medio de la educación, la campesinización, la reivindicación de un mestizaje entendido como una nueva etnogénesis que pretende ocultar o disolver las otras identidades culturales pervivientes de tal manera de “igualar” al conjunto de la sociedad, etc., pero que, finalmente, no logran construir un referente imaginario para el conjunto de la sociedad nacional, ha constituido también un proceso que no ha estado exento de discriminación y racismo, como bien expresan los ejemplos mencionados.
La construcción de un Proyecto Nacional Popular, una de cuyas tareas fundamentales deberá ser precisamente la descolonización y, por tanto, la superación del racismo, la discriminación y la exclusión, que incuestionablemente está muy lejos de ser solo un asunto del color de la piel.
El sectarismo, que constituye una de las expresiones mas aberrantes de la discriminación y el racismo, pero que además tiene un carácter colectivo y social (mas allá de lo meramente particular e individual), también se expresa en la esfera de lo político, ideológico, cultural o religioso (para mencionar solo algunos ámbitos); evidentemente constituye otro de los aspectos centrales que, de no abordarse adecuadamente, bien podría evitar y/o atentar contra el ideario y los objetivos nacionales de interculturalidad, respeto y armonía en la diferencia y diversidad, pluralismo democrático y comunitarismo que se han trazado tanto en la Constitución Política del Estado, como en la agenda pública y política del país. Al respecto, solo para ejemplificar su trascendencia, baste mencionar que el sectarismo no solo excluye y discrimina, también impide y coarta la libertad para construir conocimiento en base a la confrontación de ideas y planteamientos, pero además, está estrechamente relacionada con prácticas autoritarias, patrimonialistas y prebendales de sometimiento y exclusión, que se escudan en cualquier tipo de “razón de Estado” o dogma que finalmente termina anulando la participación social o el disenso, que constituyen la base de cualquier proceso de cambio.

Volviendo al inicio del razonamiento, la pregunta que queda es si efectivamente sería suficiente que el proceso de transformación democrático cultural se limite a aprobar una norma cuyo propósito fundamental es penalizar prácticas (de carácter personal y particular) que solo constituyen una parte muy superficial de una lucha y un fenómeno que hace a tareas de fondo. Peor aun si, asumiendo que la lucha contra la discriminación y el racismo está asociada a las luchas históricas más importantes del pueblo, en realidad lo único que podría provocarse es que el remedio sea peor que la enfermedad, puesto que al castigar las expresiones racistas y discriminadoras que todos sabemos que son mas corrientes y cotidianas de lo que quisiésemos admitir, en realidad se contribuya a diluir, ocultar y relegar las principales tareas de la descolonización, la construcción de una identidad y un proyecto nacionales y el establecimiento de una sociedad intercultural, no de 2 Bolivias, sino de muchas, diversas y diferentes.

(*) Arturo D. Villanueva I. Sociólogo, boliviano. La Paz – Bolivia