Bogotá.- Quienes escriben a mano no tienen prisa. Son ahorradores impenitentes de estrés, el opio contemporáneo. Practican la extraña religión de la lentitud. Para morir de repente, tranquilamente se pueden tomar hasta media hora. Viven a 14 cuadros por segundos, siguiendo la “velocidad” del cine del antier.

Una vez escritas, se toman todo su tiempos para enviar las cartas. Si pudieran, las llevarían en persona. O las transmitirían por lentas y nostálgicas señales de humo, la Internet de antes. Finalmente, las mandan a lomo de avión, barco, bus, burro. Las cartas hacen su propio viaje a Ítaca. Asumen que lo importante no es llegar sino hacer el camino.

Algunas privilegiadas golondrinas que no hacemos verano, podemos proclamar, “Urbi et orbi”, que todavía recibimos cartas en letra pegada, esa que aprendimos en la escuela a punta de coscorrones y/o pellizcos. Vivíamos la dictadura de “la letra con sangre entra”.

Nada que ver esas esquelas con el correo electrónico o el Blackberry, encarnaciones del agite. La intimidad es un periódico de ayer. Vivimos a un clic de Pekín o de la Conchinchina.

Hasta los ángeles, correveidiles celestiales, que llevaban razones, o se comunicaban por telepatía con su feligresía, han sido relegados al olvido.

Esa nostálgica carta que de pronto nos sorprende ha sido escrita en distintos días. O semanas. La interrumpe un estornudo, la corrida de un catre, el vuelo congelado del colibrí, la visita fugaz de un sobrino remoto, un inocente temblor de tierra, un divorcio que no figuraba en ninguna agenda.

Al leer el texto se advierte que la carta ha sido empezada con un bolígrafo (o estado de ánimo) y terminada con otro. La letra recuerda la que dibujaban los famosos encabadores de tinta que se tutean con el señor Alzheimer.

En las casas donde dibujan cartas -más que escribirlas – no existe ese intruso llamado computador que nos nivela por lo bajo: la a, la zeta, la hache muda que ofrece el teclado, son las mismas para todos.

El escueto punto, la coma, el punto y coma que no es ni chicha ni limonada, son iguales para el encopetado Bill Gates que para el vecino del piso de arriba, multimillonario en glóbulos rojos, acaso colgado con el arriendo.

Las tildes marcadas con esta parsimoniosa caligrafía de monja de clausura parecen hacer el amor sobre las vocales. Las consonantes sufren con ese erotismo tan próximo a sus deseos. Pueden juntar ganas paâ€Ö llevar a casa. Del ahogado el sombrero.

Cada vez es más escaso ver que entren por debajo de la puerta de la casa cartas con letra pegada que resucitan las planas de cien que nos ponían como castigo en la escuela: “No le vuelvo a cascar a mi amigo”.

Ya nadie conoce el nombre del cartero, ex enemigo personal del perro, o sea, “del señor de la casa”. Ese hombre, temeroso de que cualquier día le pasen la carta de despido, llega al edificio, abandona su mercancía en algún buzón y se va. Imposible preguntarle por su mujer o su gato.

“Que Dios y la Virgen los proteja a todos”. Así termina la última carta de mi tía Judith quien, en deliciosa letra Palmer, aprendida en la Escuela de Comercio, me datea sobre su vida y la de los suyos. La carta, convertida en periódico familiar, se resiste a morir.

* Periodista colombiano y colaborador de Prensa Latina.