El gobierno brasileño del Presidente Lula, el Consejo Brasileño de Desarrollo Económico y Social (CDES) y la International Association of Economic and Social Councils and Similar Institutions (AICESIS) organizaron un Seminario internacional sobre Gobernanza Global que tuvo lugar en Brasilia los pasados 16 y 17 de septiembre de 2010. Al Seminario fueron invitados también varios científicos sociales europeos y norteamericanos, entre los que se encontraba el Editor de SinPermiso, Antoni Domènech (que estaba invitado para hablar de mercado de trabajo y constitución social en el capitalismo contemporáneo, pero que no pudo asistir finalmente por razones personales). Reproducimos a continuación la ponencia presentada en ese Seminario por el economista norteamericano Michael Hudson.

Adónde va la economía mundial?

Eso depende, huelga decirlo, de quien la conduce. Casi siempre han sido las naciones más poderosas las que han organizado el mundo, a fin de transferir ingresos y propiedades hacia sí mismas. Desde el Imperio Romano hasta la Europa Moderna, esas transferencias cobraban principalmente la forma de ocupaciones militares y tributos. Los conquistadores normandos se instituyeron a sí propios [en Inglaterra] como una aristocracia extractora de renta, y lo mismo hicieron los conquistadores nórdicos de Francia y de otros países. Luego, Europa sacó recursos de la conquista colonial, crecientemente a través de oligarquías clientelares locales.

En nuestros días, las maniobras financieras y el apalancamiento de deuda desempeñan el papel otrora jugado por las conquistas militares. Su objetivo sigue siendo controlar la tierra, la banca comercial y la política del banco central. Esa conquista financiera se logra pacífica y aún voluntariamente, más que militarmente. Pero el propósito es el mismo: hacer pagar a las poblaciones sujetas en calidad de deudoras y de socias comerciales menores y dependientes. Las endeudadas “economías anfitrionas” se hallan en una posición similar a la de los países vencidos. Su excedente económico es transferido financieramente al exterior, mientras que, en el interior, los deudores pierden soberanía sobre sus propias políticas financieras, económicas y fiscales. La infraestructura pública es puesta en almoneda y adquirida por compradores extranjeros: a crédito y pagando unas tasas de interés y unas amortizaciones sujetas a desgravaciones fiscales nacionales pero pagadas a extranjeros.

El Consenso de Washington aplaude esta política a favor de los rentistas. Su ideología neoliberal sostiene que la vía más eficiente a la riqueza consiste en hacer pasar la planificación de las manos del gobierno a las de los banqueros y los ejecutivos financieros, encargados de privatizar y financiarizar la economía. Sin que casi nadie se percate, esta idea está desplazando a la clásica ley de las naciones fundada en la idea de la soberanía sobre la deuda y la política financiera, sobre la política aduanera y fiscal. La ideología misma se ha convertido en un arma económica. Desde 1980, se ha venido aconsejando a los gobiernos poner en almoneda sus infraestructuras públicas y venderlas a inversores extranjeros. Unos “peajes extractivos” (renta económica) vienen a reemplazar unos pagos o moderados o públicamente subsidiados del usuario, haciendo menos competitivas las economías y arrinconándolas aún más en la deuda, puesto que el excedente se transfiere al extranjero, por lo general, libre de impuestos.

Lo que el mundo experimenta con el globalismo de nuestros días es una crisis de la naturaleza de la nacionalidad y de la soberanía económica. Los banqueros del Norte global están a la busca de cualquier excedente económico –rentas dimanantes de bienes raíces, flujos de caja empresariales, o aun de la capacidad de los gobiernos para gravar con impuestos o para poner a la venta empresas públicas— como fuente de renta para pagar intereses de deudas. El resultado es una economía más apalancada en la deuda. En todos los países. La inversión extranjera, el préstamo bancario, la privatización de infraestructuras públicas y la especulación monetaria se ven ahora desde la óptica de los banqueros.

Esa renuncia generalizada a la política nacional en favor del control extranjero tiene una gran excepción: los EEUU constituyen, y por mucho, la economía más endeudada del mundo. Al tiempo que movilizan su poder de acreedores para forzar a otros deudores a privatizar sus sectores públicos y consentir el proteccionismo comercial unilateral norteamericano, los EEUU son la única nación capaz de emitir su propia moneda (deuda del Tesoro) y conseguir crédito bancario internacional sin límite alguno y a una tasa de interés menor que cualquier otro país, aun sin disponer de medios previsibles de pago.

Ese doble rasero ha alterado la naturaleza de las finanzas internacionales y el significado de los flujos de entrada de capital en un país. El dinero ha dejado de ser un activo en forma de lingotes de oro o plata que reflejan lo producido con trabajo. El dinero es crédito, y por lo mismo, halla su contraparte en la deuda sobre los pasivos del debe contable. Puesto que los EEUU suspendieron la convertibilidad en oro del dólar en 1971, el dinero internacional –los ahorros de los bancos centrales— ha cobrado principalmente la forma de deuda del Tesoro estadounidense, esto es, de empréstitos a los EEUU para financiar su balanza de pagos y el gemelo de ésta, su déficit presupuestario (ambos, en buena medida, de carácter militar). Paralelamente, el crédito bancario comercial nacional cobra la forma de deuda privada: deuda hipotecaria, deuda de las empresas (de forma creciente, para las empresas que toman el control de otras merced al endeudamiento apalancado), e incluso préstamos para la especulación con derivados financieros y apuestas con las divisas.

Poco crédito bancario ha ido a parar a la financiación de la inversión en capital tangible. El grueso de esa inversión se ha realizado a partir de ingresos empresariales retenidos, no con créditos bancarios. Y en la medida en que los bancos y las corredurías han financiado operaciones de compra y toma de control empresarial, los nuevos compradores asaltantes se han visto obligados a distraer una parte del flujo de caja para devolver dinero a sus acreedores, en vez de expandir la producción. Así es como los EEUU y otras economías se han financiarizado y postindustrializado. Su experiencia debería servir de lección para que el Brasil y otras naciones aprendan lo que debe evitarse a toda costa.

El préstamo bancario estadounidense ha sido el principal combustible de la dinámica de inflación global registrada en los precios de los bienes raíces, las acciones y las obligaciones, una dinámica reforzada en la pasada década por el préstamo bancario europeo. El crédito del dólar, como el crédito del yen luego de los 90, se crea “libremente”, sin las restricciones que se daban cuando las fugas de capitales ponían a los bancos centrales en la disyuntiva de elevar las tasas de interés nacionales o perder sus reservas de oro. Lo cierto es que, hoy, cualquier economía puede crear su propio crédito nacional en las pantallas de sus computadoras (en las de su banco central y en las de sus bancos comerciales). En las condiciones que rigen ahora, los empréstitos exteriores ya no suministran recursos imposibles de crear interiormente. El efecto del crédito exterior convertido a moneda nacional se reduce al bombeo hacia el exterior de los intereses y de la renta económica.

Se suele pasar por alto que el grueso de los préstamos de los bancos comerciales se limitan a vincular deuda y activos ya existentes (sobre todo, bienes raíces e infraestructuras), no a invertir en la creación de nuevos medios de producción o al empleo de trabajo, ni siquiera a ingresar un beneficio. Los bancos prefieren prestar contra activos ya existentes (bienes raíces, empresas enteras…). De modo que la mayoría de los préstamos bancarios se usan para empujar al alza los precios de los activos, especialmente de aquellos activos cuyos precios subirán previsiblemente lo bastante como para poder pagar los intereses del préstamo.

El hecho de que los banqueros puedan crear en las pantallas de sus computadoras, con poco coste de producción, deuda reportadora de intereses plantea la cuestión de si hay que dejar esa “barra libre” (renta económica) en manos privadas o, al revés, tratar la creación de dinero como un bien “institucional” público. Los economistas clásicos exigían que ese tipo de privilegios generadores de renta fueran regulados a fin de mantener los precios y los ingresos en línea con los costes necesarios de producción. El modo más seguro de hacerlo es manteniendo los monopolios en el dominio público para poder suministrar los servicios básicos a coste mínimo o gratuito, siendo los impuestos sobre el suelo y las cuotas abonadas por los usuarios la fuente principal de los ingresos públicos. Tal principio ha sido flagrantemente violado con la práctica consistente en levantar unos “peajes” que extraen un ingreso rentista sin la menor contrapartida en costes de producción. Lo que se ha hecho de modo tal, que sólo beneficia a un puñado de elegidos.

La imparable explosión del crédito y de la deuda globales –de donde viene la presión para poner en almoneda los monopolios del dominio público— es, por mucho, el resultado de la explosión del crédito que se desencadenó tras el fin de la convertibilidad en oro en 1971. Las letras del Tesoro estadounidense se convirtieron en el patrón que vino a substituir al patrón oro, y eso dejó a los bancos centrales extranjeros sin otra posibilidad de mantener sus reservas internacionales que la de los préstamos al Tesoro norteamericano. Eso deja totalmente expedito el camino al déficit de la balanza de pagos estadounidense, lo que se traduce en un camino expedito para el gasto militar. Luego de que la Guerra de Corea forzara al dólar a una situación de déficit en 1951, el gasto militar en ultramar en los 50 y en los 60 llegó a adquirir un volumen equivalente al de todo el déficit de pagos estadounidense. En esas décadas, el sector privado estuvo sobre poco más o menos en equilibrio, mientras que la “ayuda exterior” norteamericana generó un excedente en la balanza de pagos a resultas del vínculo de esas ayudas con las exportaciones de los EEUU (y no con las necesidades de los países receptores de las mismas).

Mientras que otros países que incurran en déficits en la balanza de pagos o en la balanza comercial tienen que aumentar sus tasas de interés para poder estabilizar su moneda, los EEUU han bajado sus tasas de interés. Eso ha aumentado la “tasa de capitalización” de sus rentas inmobiliarias y de sus ingresos empresariales, permitiendo a los bancos prestar más contra un colateral de precios hinchados. La propiedad tiene valor dondequiera que los bancos la acepten como colateral de un préstamo, de modo que la economía estadounidense ha sido capaz de usar la libertad sin freno del patrón dólar para embarcarse en unos gastos de deuda sin precedentes, unos gastos que tradicionalmente sólo sufrían los países empeñados en guerras lejanas o los países castigados con pagos en concepto de reparaciones de guerra. Tal es el culatazo autodestructivo del patrón de las letras del Tesoro.

Para el Brasil, eso ofrece una lección sobre lo que debe evitar. Vuestra nación ingresa hoy flujos en la balanza de pagos en la medida en que los bancos centrales y los inversores crean crédito para prestar contra el colateral de vuestros bienes raíces, de vuestros recursos naturales y de vuestra industria. Su propósito es hacerse con vuestro excedente económico en forma de pagos de intereses e ingresos expatriados, convirtiéndoos en una economía rentista de peajes.

¿Por qué habríais de necesitar esas “entradas de flujos de capital” que extraen intereses, rentas y beneficios en calidad de rendimientos proporcionados por un ―crédito de pantalla electrónica‖ que podrías crear vosotros mismos? En el mundo de hoy, ninguna nación necesita crédito exterior para el gasto interior realizado en moneda nacional. Brasil no debería permitir en ningún caso que acreedores extranjeros capitalicen su excedente económico en servicio de deuda y otros pagos.

La vía por la que evitar ese destino fue perfilada ya por los fisiócratas franceses y Adam Smith, y luego, por John Stuart Mill y los reformadores de la Era Progresista norteamericana: por la vía, esto es, de terminar con los privilegios especiales heredados de las conquistas militares en Europa (privatización de la renta de la tierra), por la vía de recaudar el ingreso rentista de “barra libre” mediante unos impuestos de base que impidan que termine siendo privatizado y capitalizado en forma de préstamos bancarios. Gravar fiscalmente el suelo y los recursos rentistas abarata el coste de la vida y el coste de la actividad empresarial no sólo porque aligera, o aun elimina, la carga fiscal sobre el trabajo y sobre la industria, sino también porque mantiene bajos los precios de la vivienda y de los bienes raíces: todo aquello a lo que renuncia el recaudador de impuestos queda, si no, disponible para convertirse en colateral de préstamos bancarios, y por lo mismo, para empujar al alza los precios de las propiedades.

En el siglo XIX, el sistema de la economía política norteamericana estaba basado en la percepción de que un trabajo bien pagado es un trabajo más productivo: el trabajo bien instruido, bien alimentado y bien vestido sale a fin de cuentas más barato que el trabajo “pauperizado”. La clave de la competitividad internacional pasa, así pues, por aumentar los salarios y los niveles de vida, no por rebajarlos. Tal es especialmente el caso en Brasil, dada su necesidad de aumentar la productividad del trabajo con mejor educación, mejor asistencia sanitaria y mejores sistemas de protección, si quiere entrar con buen pie en el siglo XXI. Y si quiere incrementar la inversión de capital y elevar el nivel de vida, libre del servicio de deuda y de unos precios de la vivienda al alza, Brasil necesita imperiosamente evitar que el excedente de su economía se convierta en una “barra libre” en forma de rentas del suelo, rentas de recursos y rentas monopólicas: necesita evitar que su excedente económico caiga en manos de banqueros que no buscan sino capitalizarlo en pagos de deuda. Y la mejor forma de conseguir eso es gravar fiscalmente las potenciales cargas rentistas que, de lo que era un excedente económico, hacen un coste tan oneroso como innecesario.

Ello es que, dado que la riqueza de las naciones se calcula ahora desde la perspectiva de los banqueros, el ingreso excedente se ve como algo potencialmente disponible para ser capitalizado en servicio de deuda. En vez de usar el excedente para invertirlo en la formación de capital y en infraestructura pública, lo que distingue a nuestra época es la financiarización: la capitalización del excedente económico (flujo de caja empresarial, renta de los bienes raíces y otras rentas económicas, así como el ingreso personal por encima del coste básico de la vida) en pagos de intereses de préstamos bancarios.

Tal es el programa de negocios de los departamentos bancarios de márquetin, un programa, ni que decir tiene, que anda muy lejos de lo que escribió al respecto Adam Smith en La riqueza de las naciones. Los prestamistas bancarios ven cualquier flujo de ingresos como algo potencialmente disponible para servir de colateral del pago de intereses. Su sueño es ver capitalizado todo el excedente económico en servicio de deuda para poder realizar préstamos. La renta neta de los bienes raíces, el flujo de caja empresarial (los ingresos antes de intereses, impuestos, depreciación y amortización), el ingreso personal por encima del gasto básico en necesidades, así como los ingresos fiscales públicos netos: todo puede ser capitalizado, y tanto como los bancos estén dispuestos a prestar. Y cuanto más crédito conceden, tanto más se verán presionados al alza los precios de los bienes raíces, de las acciones y de las obligaciones.

Se aplaude, pues, el crédito bancario porque supuestamente hace más ricas a las economías, aun cuando las familias y las empresas se despeñan por el derrotadero de una deuda más y más elevada. Y cuanto más fácil resulta el apalancamiento de la deuda, tanto más suben los precios de los activos. Tasas de interés bajas, pagos de entrada bajos, períodos más extensos de amortización, incluso préstamos fraudulentos “con una vela puesta al diablo”: todo, a favor del aumento de la “tasa de capitalización” de las rentas dimanantes de bienes raíces y empresas. Se aplaude como “creación de riqueza” lo que no es sino una inflación del precio de los activos con deuda apalancada, lo que puede llegar a infectar al conjunto de la economía.

Al límite de esa política se llega cuando todo el excedente se dedica al servicio de la deuda. Arribada a ese punto, la economía está completamente financiarizada. El ingreso gastado en el pago de la deuda no está disponible para el gasto en nuevas inversiones o en consumo, de modo que la “economía real” está atenazada por la deuda y tiene necesariamente que comenzar a encogerse.

El despegue financiero termina entonces en una estrepitosa caída. Eso es lo que el mundo está viendo ahora mismo, al menos fuera de Brasil y de sus compañeros del BRIC (Brasil, Rusia, India, China). Para estas economías la cuestión es si deben seguir o no la misma senda de financiarización.

El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional son irreformables

Un documento salido del Consejo de Asesores Económicos del Presidente Lula (CDES, por sus siglas en portugués) habla de “reformar” el FMI, el Banco Mundial e incluso las Naciones Unidas. No creo que esa esperanza sea realista. Como argüí analíticamente en mi libro Super Imperialism (1972 y 2002), el Banco Mundial y el FMI están comprometidos con una filosofía económica básicamente destructiva.

En el caso del desarrollo agrícola, el Banco Mundial sólo está autorizado a realizar préstamos en divisa extranjera destinados a incrementar las exportaciones. Por consiguiente, sus préstamos se han orientado a la construcción de carreteras e infraestructura exportadora, no a desarrollar la economía local. Su efecto ha sido desviar el curso de la agricultura de su tradicional papel –nutrir con la cosecha de grano autóctono a la población nacional—, dirigiéndola al cultivo de plantaciones exportadoras. La sobreoferta global de estas últimas ha debilitado la posición comercial del Tercer Mundo, permitiendo a un tiempo a los EEUU y a Europa convertirse en grandes exportadores de grano.

Ese modelo comercial beneficia al núcleo industrial exportador de grano, hundiendo a la periferia en la dependencia alimentaria y en la dependencia deudora, dos dependencias para las que se ha acuñado el burocrático eufemismo de “interdependencia”. Observo que este palabro de feliz apariencia –”interdependencia”— asoma ya en la primera frase del folleto de presentación de este encuentro. Implica aquiescencia con la globalización, como si fuera ésta deseable por sí misma y mutuamente beneficiosa para todas las partes. Pero en el mundo actual la interdependencia trae consigo tres modos de dependencia: 1) dependencia alimentaria; 2) dependencia militar; y 3) dependencia deudora. El Consenso de Washington promovido por el FMI, el Banco Mundial y la ayuda bilateral estadounidense refuerza esos tres modos de dependencia, robusteciendo la hegemonía financiera y militar de los EEUU.

El drenaje que representan los pagos a acreedores y a inversores absentistas obliga a los países a equilibrar sus presupuestos poniendo en almoneda privatizadora el dominio público. Las agencias de calificación del riesgo amenazan con degradar la calificación de los países que no “jueguen el juego”, rebajando la calificación del riesgo país. Unas calificaciones más bajas de los bonos de deuda pública traerían consigo que el país en cuestión tuviera que pagar unos intereses más elevados. Ese sistema empuja a los países a una trampa en la que se creen forzados a permitir que los privatizadores extraigan renta económica.

Más o menos entre 1950 y 1980, el Banco Mundial y los consorcios de bancos comerciales prestaban dinero a los gobiernos para que dispusieran localmente de los activos. Ahora que esos préstamos han sido devueltos, los bancos prestan de nuevo, pero a los compradores privados de esos activos. Los nuevos compradores erigen peajes en esa infraestructura hasta ahora pública y “costean” su recaudación con intereses fiscalmente deducibles, con cargos por distintos conceptos, con honorarios de alta gestión y otros “costes de producción” ficticios. La ortodoxia contable globalizada permite a los inversores extranjeros transferir al exterior, y libres de impuestos, los ingresos generados por los desembolsos de los usuarios y otras rentas económicas. Eso conduce a las economías anfitrionas al déficit de la balanza de pagos, lo que trae consigo ulteriores privatizaciones a precios aún más irrisorios.

En otras épocas, la población, además de significar una ventaja militar, suministraba trabajo para la producción. Pero hoy en día las finanzas detentan el control dominante. Las naciones rectoras quieren ver a Brasil, y a otros países BRIC, crecer y exportar suficientes bienes intensivos en trabajo y materias primas para que sean capaces de honrar sus crecientes deudas. Lo que quieren los intereses rentistas es hacerse con el excedente económico por la vía del servicio de deuda (intereses, amortización y recargos) y de las rentas monopólicas dimanantes de los cargos en los peajes pagaderos en las carreteras y otras infraestructuras públicas en vías de privatización. Y para mayor regodeo, al daño añaden insulto a la inteligencia: exigen a los gobiernos que se abstengan de gravar fiscalmente esas exacciones y que permitan la desgravación fiscal de los intereses y de otras cargas tecnológicamente innecesarias (como la depreciación). Se ofrece también una ilusoria faz de empresa sin ánimo de lucro (y por lo mismo, libre de presión fiscal) apareciendo con la pretensión contable de transferir ficticiamente bajos precios a las exportaciones.

Los contables de las empresas cuantifican esas estratagemas con un ojo puesto en su necesidad de declarar el menor ingreso neto posible fiscalizable. Con este falso mapa de la realidad económica, unas estadísticas aparentemente empíricas sirven principalmente al propósito de preservar la engañosa teoría económica neoliberal que anda detrás de ellas.

Para mantener su monopolio en la creación de dinero, las naciones acreedoras exigen que los gobiernos no se sirvan de sus bancos centrales para hacer aquello para lo que los bancos centrales fueron originariamente fundados en todo el mundo, y es a saber: para financiar los déficits presupuestarios por la vía de monetizarlos y convertirlos en la base del crédito nacional. Se pretende que eso, es decir, que los bancos centrales financiaran el déficit presupuestario de sus Estados, resultaría inflacionario. ¡Pero no es más inflacionario que permitir a los bancos centrales crear dinero en las pantallas de sus computadoras!

El Banco Central Europeo insiste en que los gobiernos tomen empréstitos exclusivamente de los bancos comerciales y de otros acreedores privados. Insiste incluso en que las ramas locales de bancos extranjeros puedan denominar los créditos concedidos en la moneda de sus oficinas centrales o en otras monedas extranjeras. Las oficinas locales de los bancos suecos en Letonia y las oficinas de los bancos austríacos en Hungría conceden, así pues, créditos denominados en euros. Los bancos de las naciones acreedoras pueden entonces invadir y conquistar creando su propio crédito electrónico local y violando la primera directriz de cualquier gestión financiera responsable: no denominar jamás las deudas en moneda fuerte extranjera cuando tus ingresos vienen en moneda nacional débil.

La exigencia de que los países “equilibren sus presupuestos” es un eufemismo para poner en almoneda y privatizar el dominio público y rebajar las pensiones y el gasto en educación, asistencia médica y otras condiciones necesarias para aumentar la productividad del trabajo. Esas exigencias de austeridad son lo contrario de las políticas keynesianas seguidas por los propios EEUU. Las economías sujetas al Consenso de Washington van quedando más y más rezagadas, lo que trae consigo una creciente polarización de la economía globalizada y una mayor inestabilidad de la misma. El colapso de los “Tigres Bálticos” y de otras economías postsoviéticas en las que los planificadores neoliberales dispusieron de manos libres se ha convertido en una lección de manual sobre el carácter autodestructivo de esas políticas en las naciones a ellas sujetas.

Lo que resulta al final irónico es que esa filosofía fiscal, más favorecedora del endeudamiento apalancado que de la inversión y participación en capital social, está destruyendo las economías centrales al tiempo que financiariza la periferia. Tal es el culatazo que ahora están experimentando Europa y los EEUU. Han permitido que la creación de crédito libre someta a sus propias economías a la deflación por deuda: ¡las mismas políticas que se atravesaron en el camino del desarrollo del Tercer Mundo a partir de los 60!

Precisamente, para prevenir el encogimiento de la economía “real” que esto trae consigo –en realidad, la servidumbre por deudas—, los sindicatos europeos están organizando una huelga general para el próximo 29 de septiembre contra unos planes de austeridad que, de ponerse por obra, harían retroceder los niveles de vida. Por su parte, la iniciativa de los países BRIC de crear un sistema financiero alternativo y una filosofía comercial y de desarrollo propia constituye una reacción emparentada con la de los sindicatos europeos: se trata en ambos casos de luchar contra una Contrailustración rentista resuelta a socavar los cimientos del reformismo económico clásico.

La importancia de la ideología económica a la hora de emprender un nuevo comienzo

El factor más importante en la fortaleza económica de Brasil y de los países BRIC es que no se hallan todavía tan sumergidos en la deuda como la América del norte y Europa. Ventajas vuestras son también, claro está, la población y los recursos naturales, pero siempre los habéis tenido. Lo que los hace tan atractivos ahora para el Norte es que sois un residuo de la economía global todavía no atrapado por la carga de su deuda. Vuestro excedente económico anda todavía lejos de haberse convertido en colateral del servicio de la deuda, de modo que los banqueros os miran como a gentes todavía no “ahítas de préstamo”.

El principal problema al que os enfrentáis es el de defenderos de la mejor manera posible de una proliferación del crédito y de la deuda que ha permitido al Norte bajar y entrar como un verdadero ejército invasor, siempre de la mano de la privatización de los monopolios naturales y de los privilegios financieros. Vuestra solución pasa por encontrar una alternativa a la ideología financiera y fiscalmente regresiva promovida por las instituciones internacionales de nuestros días.

Lo que se necesita ahora no es precisamente una “revisión de la gobernanza global”, sino una ruptura drástica con el pasado. Una revisión tiende siempre a conformarse con lo marginal, y ahora se precisa de un cambio estructural.

En la construcción de fundamentos nuevos resulta más fácil substituir viejas instituciones y comenzar de nuevo que intentar modificar unas instituciones malas y reinstruir a un personal comprometido con las disfuncionales políticas del pasado. Un ejemplo sobresaliente de eso lo ofrece la política de los EEUU después de su Guerra Civil. Para desarrollar la lógica de su programa económico, el Partido Republicano de la época (¡no los actuales “Republicanos” neoliberales!) fundó universidades públicas en los estados federados y dotó de recursos a escuelas de negocios para que enseñaran la alternativa, proteccionista y fundada en la tecnología, a la doctrina británica del libre comercio que se enseñaba en las universidades más prestigiosas, como Harvard, Yale y Princeton. El resultado fue la doctrina que empujaría a los EEUU al liderazgo mundial por medio de tarifas aduaneras proteccionistas, un banco nacional e inversión en infraestructura pública.

A la deliberación se nos ofrecen cuatros objetivos:

(1) La globalización y los mercados de trabajo bajo la actual presión a favor de la austeridad.— Embozada en el eufemismo de los “presupuestos equilibrados”, la austeridad fiscal busca impedir que los países se sirvan de su excedente económico para elevar los niveles de vida. Esa política es autodestructiva. La austeridad impide elevar la productividad del trabajo, sofocando los mercados nacionales al “liberar” ingresos públicos para pagar servicio de deuda, rescates y otras transferencias o subsidios al sector, nacional e internacional, de las finanzas, las aseguradoras y los bienes raíces (FIRE, por sus siglas en inglés).

(2) Se necesitan nuevos indicadores de desarrollo para substituir el formato contable del PIB con algo que ofrezca un mejor mapa de la economía. Las categorías contables reflejan la teoría económica. La doctrina clásica dividía la economía en dos partes: (a) el sector de la producción y el consumo, al que los libros de texto suelen referirse ahora como la “economía real”; y (b) el sector FIRE extractivo (finanzas, aseguradoras y bienes raíces), al que el análisis económico actual y la métrica del PIB definen como un sector que produce un output equivalente al valor de lo cargado por los rentistas del sector FIRE. De modo que lo que antes solía verse como un coste, ahora es visto como un output productivo, como si fuera una parte necesaria de la actividad económica.

Ese formato contable rechaza la definición económica clásica de la renta económica como el exceso del precio de mercado que se extrae por encima de los costos de producción necesarios. Y el resultado de eso es, simplemente, un mapa de la economía tal y como la ven los banqueros predadores: el mapa de un mundo en el que ellos se limitan a jugar un papel productivo, como si todo el crédito y el endeudamiento apalancado fueran productivos y no extractivos.

Huelga decir que esa visión no puede reflejar el problema económico actual: la transformación de las economías industrializadas en economías postindustriales y financiarizadas. “El diablo gana en el momento en que logra convencer al mundo de que, en realidad, no existe”, bromeó Charles Baudelaire. El suministro de servicios privatizados, incluido el crédito bancario, de asistencia sanitaria privatizada y de otros bienes con “peaje” a un precio por encima de los costes necesarios, es cosa que debería tratarse como transferencia extractiva, no como output productivo.

El formato contable del PIB y el análisis de las balanzas nacionales son asimétricos, porque subestiman el suelo y otros recursos naturales en relación con el capital y la renta virtuales. Se pretende que el valor de los edificios crece aun estando sujetos a depreciación. Y la ideología del libre mercado disuade a los gobiernos de calcular el coste económico del expolio dimanante de la explotación de la riqueza mineral y del subsuelo y de los bosques. Se da licencia de despojo a los inversores privados para que hagan agujeros en la tierra y talen selvas. Sería económicamente más equitativo obligarles a pagar en concepto de reparaciones a una economía que pierde su patrimonio natural o sufre devastadoras cargas medioambientales.

Los librecambistas se han opuesto a incluir esos cálculos del expolio y la devastación de una nación en la contabilidad nacional. Introducirlos en la contabilidad significaría reducir los resultados de los cálculos de las ganancias generadas por el libre comercio con los que la teoría neoliberal del comercio adoctrina a los estudiantes y a los funcionarios públicos. Ese prejuicio ideológico hace derivar la práctica del doctrinarismo, no de la ciencia empírica.

La economía internacional precisa de un formato contable con el que calcular la capacidad nacional para pagar las deudas exteriores. En 1929, el Plan Young evitó el colapso económico global al limitar finalmente los pagos alemanes en concepto de reparaciones por la I Guerra Mundial. Y lo hizo calculando la cantidad que podría ingresar (y pagar) Alemania con los intercambios exteriores en el curso de una actividad comercial normal, distinguiendo eso del simple empréstito de nuevo dinero o de la puesta en almoneda y la privatización de activos. Tratar de pagar endeudándose más o vendiendo activos no se veía como parte de una capacidad normal para equilibrar la deuda.

En circunstancias así, debería reconocerse que las deudas han ido mal y deben ser convenientemente depreciadas. La alternativa a eso es el tipo de despojo de activos que están sufriendo ahora Islandia y Letonia y que sufrieron a fines de los 70 y en los 80 los países del Tercer Mundo. Es la vía a la servidumbre por deudas, al encogimiento de la economía, a la emigración de la fuerza de trabajo y a la fuga de capitales. Una vía de la que sólo se benefician unos pocos, en el país y en el exterior.

Esas insuficiencias impiden que el formato del PIB constituya una buena guía para las políticas públicas. Los dos problemas antes mencionados –la política de austeridad y el actual mapa pro-rentista de la economía— han promovido una visión del mundo desde la perspectiva de los banqueros. Una visión del mundo que aboga por una:

(3) Política insostenible de desarrollo.- El crecimiento de las deudas a tasas exponenciales (“la magia del interés compuesto”) es insostenible. Tratar de honrar esas deudas hace menos competitivas a las economías y empobrece a las poblaciones, llevando a la quiebra en moneda nacional y en moneda extranjera, y así, a desórdenes y protestas sociales.

En términos de balanza internacional, el costo del trabajo se hincha por los pagos transferidos al sector FIRE. En cambio, cuando los librecambistas británicos, los proteccionistas norteamericanos y otros economistas del siglo XIX elaboraron la teoría del comercio, lo que proporcionaba la base para comparar los costes del trabajo en las distintas naciones era el gasto en alimentos y otros bienes de consumo. El actual déficit comercial de los EEUU, por ejemplo, viene por mucho del hecho de que a los propietarios de vivienda se les van normalmente más del 40% de sus ingresos en el servicio de deuda hipotecaria y otros recargos, un 15% en otro tipo de deudas (intereses y costes de las tarjetas de crédito, préstamos para la compra del automóvil, préstamos académicos, etc.), un 11% en descuentos salariales para la seguridad social y asistencia médica y entre un 10 y un 15% en otros impuestos (al ingreso y especiales). De modo que a unos bienes raíces y a un consumo apalancados en la deuda hay que añadir, encima, unos ahorros forzados en forma de “fondos capitalistas de pensiones” gestionados por ejecutivos financieros. Lo que nos lleva al tópico de la:

(4) Gobernanza global.- ¿Quién debe poner las reglas? ¿Y en interés de quién han ponerse? Al discutir más arriba, en el punto (1), la austeridad, tuvimos que preguntarnos: “¿austeridad para quién?” Las hipotecas y otras deudas, ¿serán convenientemente depreciadas para facilitar a los endeudados su devolución? Si así fuera, los bancos y el 10% más rico de la población perderían parte de la situación de ventaja financiera que les ha permitido reducir al 90% de la población a un estado de servidumbre por deuda. Pero si no se deprecia la deuda, el resultado será una deflación por deuda capaz de destrozar economías enteras. Los propietarios de viviendas y los empresarios tendrán que usar su dinero para pagar a sus banqueros, no para gastarlo en bienes y servicios. Y el empleo y el producto nacional seguirán encogiendo. El corrosivo papel de la deuda es el mayor problema al que se enfrentan hoy los países; de aquí que haya distintos y encontrados planes de gobernanza global.

Conclusión

Parece obvio que se necesita una reforma financiera. Eso requiere a su vez una reforma fiscal. El hecho de que todo aquello a lo que renuncie la recaudación fiscal quede disponible (“libre”) para que los acreedores lo conviertan en intereses hace del problema fiscal parte ineludible del problema financiero. La renta económica a la que renuncian los Estados queda “libre” para que la capturen los bancos, los cuales capitalizan el ingreso no fiscalizado en forma de préstamo bancario. Por esa vía caen las economías en la deuda. Unos impuestos más bajos a las rentas económicas dejan más dinero disponible para el pago de los intereses de préstamos, lo que permite a los que toman préstamos afrontar precios más altos. Paralelamente, bajar los impuestos a los ingresos no ganados (a las rentas económicas) obliga al gobierno a cerrar el hiato así abierto aumentando la presión fiscal sobre el trabajo y la inversión industrial tangible, lo que les lleva a tener que elevar sus precios de oferta o a tomar préstamos bancarios a interés.

Los déficits fiscales de nuestros días han ido de la mano de economías sobreendeudadas y de una alteración regresiva de la política fiscal, en la que las cargas han se han desplazado hacia el trabajo productivo y la industria. Los sistemas fiscales de prácticamente todos los países favorecen ahora la financiación de la deuda –y por lo mismo, la inflación de precios de los activos— al permitir que intereses y costes financieros sean fiscalmente deducibles, mientras dividendos e ingresos se pagan tras los impuestos. Esa renuncia a gravar fiscalmente el suelo y los monopolios extractores de renta va contra la lógica de Saint-Simon y de otros reformadores del siglo XIX que buscaban liberar a los mercados de costos de deuda, no liberar a los banqueros y a los financieros de regulaciones e impuestos.

El mundo financiarizado de nuestros días paga un irracional precio por su reacción –patrocinada por los rentistas— contra la economía política clásica. Esa reacción ha eclipsado el hecho de que las economías sufren los males dimanantes de una cada vez mayor ―barra libre‖ por parte de lo que J.S. Mill llamó los ingresos y los incrementos no ganados en forma de rentas inmobiliarias más elevadas y de precios inmobiliarios más elevados. La extracción de renta es el plan de negocios de los privatizadores de la infraestructura pública y de los monopolios naturales, así como de quienes les respaldan financieramente con créditos para comprarlos. La tragedia de nuestra época es que el grueso del crédito se ofrece para la compra de oportunidades de extracción de renta, no para la formación de capital productivo. Los bancos prefieren prestar contra el colateral de una propiedad ya existente –bienes raíces o empresas— a financiar la formación tangible de capital nuevo. Eso hace que la globalización, lejos de ser un sistema de beneficio mutuo, amenace con cobrar una forma corrosiva que desemboque en la deflación por deuda, la privatización y una economía de peajes rentistas.

La consigna neoliberal de Margaret Thatcher: “No hay alternativa” (TINA, por sus siglas en inglés) ignora la alternativa defendida durante dos siglos por los economistas clásicos. Los republicanos y aun los liberales originarios –de Adam Smith y los fisiócratas, hasta John Stuart Mill y aun Winston Churchill— exigían que el sistema fiscal estuviera basado en los gravámenes a la renta económica de la tierra a fin de mantener bajo el precio de la vivienda (y así, el costo de la vida del mundo del trabajo). La Era Progresista siguió ese principio buscando mantener bajo el dominio público monopolios naturales como el transporte, la comunicación e incluso los bancos (o al menos, la libre creación de crédito). Pero el mundo posterior a 1980 ha estimulado a los propietarios privados a comprarlos con crédito y a extraer de ellos renta económica, desplazando así la carga fiscal hacia el trabajo, la industria y la agricultura. Y concentrando la riqueza, por lo pronto, en el crédito, y luego, a través de los enormes rescates recientes de esa fracasada desregulación y piramidalización de la deuda financiera.

Eso es lo que está encogiendo hoy a las economías del Norte, pues sufren de polarización entre acreedores y deudores, entre propietarios de activos y una fuerza de trabajo crecientemente insegura a causa de su profundo hundimiento en la deuda: perder su puesto de trabajo o ser despedida es una amenaza para su vivienda y para su solvencia.

Ni la austeridad y ni el encogimiento económico son necesarios. Hay una alternativa. Dado que el FMI, el Banco Mundial y el grueso de los economistas de la corriente principal promueven la perspectiva de los banqueros, vuestra tarea consiste en emanciparos de la globalización en su actual forma financiarizada. Lo que tenéis que hacer es suficientemente sencillo: no permitáis que los extranjeros compren vuestros activos y se sirvan, sin moverse de casa, por así decirlo, de vuestra tasa de cambio para crear crédito “en la pantalla de un computador”. La banca comercial precisa de cuidadosa regulación pública, de un gobierno que controle por sí mismo la creación de dinero y que deje actuar a los bancos sólo como intermediarios. El propósito de la política regulatoria financiera debería ser asegurar que el excedente económico del Brasil se invierte en producción a fin de elevar los niveles de vida, y no para permitir la creación de dinero a intereses financieros nacionales e internacionales que buscan primordialmente la especulación con las divisas, intereses y extracción de renta.

Os enfrentáis al peligro de una creciente presión global a favor de políticas tendentes a bajar vuestros niveles de vida, vuestra inversión en capital y vuestro gasto en infraestructura para subvenir al pago de unas deudas públicas y privadas en crecimiento exponencial. A menos que esas deudas sean canceladas, o cuando menos, reducidas a un nivel que las haga razonablemente pagaderas, las economías de todo el mundo experimentarán olas de desahucios, una creciente polarización financiera entre acreedores y deudores, y finalmente, el colapso social.

Viene aquí a cuento el concepto de los mercados libres. ¿Tienen que ser libres respecto de los monopolios y los privilegios particulares, o libres para ser ocupados por invasores financieros y especuladores? Las reformas propugnadas por la economía política clásica en los siglos XVIII y XIX pasaban por mantener en el dominio público la renta de “barra libre” dimanante del aumento de los precios de la tierra y de las materias primas, la creación financiera del crédito y otros monopolios relacionados.

Si echamos una mirada a la historia, vemos que las economías creadas por los conquistadores de Europa y de las colonias europeas posteriores se basaban en la guerra y en el saqueo y ocupación de los territorios, en los gravámenes, en las deudas de guerra reales y, a partir del siglo XVII, en la creación de monopolios de la Corona para su posterior venta y el correspondiente ingreso de dinero a fin de hacer frente a esas mismas deudas reales. (Las Compañías de los Mares del Sur y del Mississippi en la segunda década del siglo XVIII son ejemplos muy señalados de esa práctica.) Eso llevó a economías de altos costos y profundamente endeudadas en Gran Bretaña y en Francia. Fue en oposición a esos sobrecostos, de todo punto innecesarios tecnológicamente, que se desarrolló la economía política clásica como programa de reformas. Su propósito principal fue hacer más competitivas a esas economías, liberando a sus mercados de rentas, de monopolios y de unos impuestos recaudados sobre todo a costa del trabajo y de la industria para ser gastados en guerras y construcciones de imperios. Un propósito conexo era la reforma del sistema financiero para trocar financiación de la deuda por inversión en equipo. Se dio una creciente presión reformista a favor del subsidio público de la infraestructura, especialmente fuera de Gran Bretaña.

Los neoliberales abogan por la política exactamente contraria a eso. Definen como libre mercado a un mercado en el que los rentistas son libres para extraer renta económica e intereses. Resultado: el dominio público se convierte en un campo erizado de peajes: en las carreteras y en otras infraestructuras básicas se cobran precios de entrada y pagos de usuario a cuenta de gastos en cargas financieras, remuneraciones exorbitantes de ejecutivos y sobornos varios. Lo que eleva el coste de la vida y el coste de hacer negocios en la economía en cuestión.

Hemos sido devueltos a los tiempos en que la privatización del dominio público y la financiarización de la economía iban de la mano con la conquista militar. Para defenderse, los países BRIC necesitan aislarse de la creación global de deuda. Es harto improbable que el “diálogo” a que apela vuestra conferencia, a fin de establecer las reglas de una “nueva gobernanza global”, logre un consenso en las actuales circunstancias, en las que los EEUU y la UE, el Banco Mundial y el FMI exigen de consuno austeridad. Exigen el sacrificio de la seguridad social y de los ahorros destinados a las pensiones de jubilación para extraer dineros con que pagar los excesos de una deuda que se ha permitido que crezca hasta la demasía.

El apalancamiento de la deuda y la inflación de precios de los activos han sido estimulados por la ideología fiscal de la pasada generación, tendente a favorecer los intereses y las ganancias de capital. Ese favoritismo fiscal pro-rentista, como queda dicho, ha sido todo lo contrario de lo pregonado por el reformismo clásico de libre mercado, y estaba condenado al fracaso. Sin embargo, sus patrocinadores tienen la audacia de proclamarse seguidores de Adam Smith, de J.S. Mill y de sus discípulos, como si fueran los santos patronos del neoliberalismo. La economía política clásica aceptó un amplio abanico de servicios públicos y de apoyo social fuera del mercado. Los EEUU subsidiaron su despegue industrial conscientes de que las vías públicas, la salud pública y otros servicios básicos tenían que ser libre y públicamente suministrados, no tasados con cargas y peajes invasivos. La ideología neoliberal sostiene que esa inversión pública y esa regulación es un “camino de servidumbre”, y propone como alternativa lo que, en el mejor de los casos, no puede sino ser considerado como un camino hacia la servidumbre por deudas: favoritismo en el apalancamiento de la deuda, seguido de deflación por deuda y austeridad.

Hace un siglo, medio siglo incluso, el grueso del mundo estaba embarcado en un programa de inversión en infraestructura pública, lo que incluía créditos de los bancos centrales para el gasto público. Era el programa político clásico de liberar a las economías del coste de los rentistas que ahora ha vuelto a proliferar por doquiera. Es ese sobrecoste financiero, inmobiliario y monopolista lo que está incrementando el precio del trabajo y de la industria en el hemisferio Norte, expulsándolo de los mercados mundiales. Es ese sobrecoste lo que lleva a los inversores del Norte a dirigir sus miradas al Sur, en busca de mayor expolio.

Afortunadamente, el Brasil y los miembros del grupo BRIC disponen de una oportunidad para crear la versión clásica, decimonónica, de los mercados libres y de los controles y balances que ha sucumbido en el Norte.

* Michael Hudson trabajó como economista en Wall Street y actualmente es Distinguished Professor en la University of Misoury, Kansas City, y presidente del Institute for the Study of Long-Term Economic Trends (ISLET). Fuente: www.sinpermiso.info, traducción de Mínima Estrella.

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La dedicación de Hudson a los problemas de las economías postsoviéticas, y especialmente la letona, le ha llevado a ser comisionado recientemente, por parte de la coalición de izquierda letona Centro de la Armonía, como economista jefe de la Reform Task Force Latvia, un think tank encargado de elaborar una política económica alternativa para ese país báltico. Es autor de varios libros, entre los que destacan: Super Imperialism: The Economic Strategy of American Empire (nueva ed., Pluto Press, 2003) y Trade, Development and Foreign Debt: How Trade and Development Concentrate Economic Power in the Hands of Dominant Nations (ISLET, 2009).