(Prensa Latina).- El cambio climático, advierten los expertos, favorece al incremento de la temperatura global y espolea las olas de calor veraniegas, factores estimulantes a su vez de la ocurrencia de incendios forestales. Nada de lo dicho anteriormente es nuevo, salvo la sensación de que, tal vez, la espiral en que se desencadenan los acontecimientos marcha a nuestro pesar con velocidad más vertiginosa de lo esperado.

Y es bueno no dejar “enfriar el tema”, cuando todavía buena parte de Rusia arde con los extensos incendios forestales que durante tres meses han mantenido en vilo al país, causando la muerte de personas y devorando unas 800 mil hectáreas de bosques.

Europa y el resto de la comunidad mundial también se alarman con estas imparables llamas.

A los daños directos inmediatos hay que añadir los que se observarán a más largo plazo y estos demorarán mucho tiempo en mitigarse o eliminarse, sobre todos los ocasionados al medio ambiente.

Rusia y en especial su zona central venían padeciendo un tórrido verano, con las temperaturas más altas registradas en cientos de años, según los expertos.

Pero los sofocos de la canícula fueron superados ampliamente por la tragedia de los incendios y en esa nación julio y agosto parecieron de pesadilla, sin contar las amenazas que todavía se viven en septiembre.

En agosto también se reportaron incendios forestales en la Amazonía boliviana, al otro lado del Viejo Continente.

Al igual que en Rusia, al ingente trabajo de exterminio de los siniestros tuvieron que sumarse efectivos y recursos de las Fuerzas Armadas, dada la envergadura y los riesgos que implicaban.

En Bolivia corría peligro la reserva ecológica de Manuripi, valiosa por el alto nivel de biodiversidad.

También, en lo que va de año se han escuchado sistemáticas advertencias sobre el incremento de los incendios en la Amazonía brasileña, precisamente en los tiempos en que se ha logrado reducir la deforestación en esa importante cubierta vegetal.

En realidad, no alcanzaría este espacio para reseñar otros sucesos similares que también han ocurrido recientemente. Tampoco eso serviría a nuestros propósitos.

Más bien creemos que lo importante sería contribuir a buscar sin dilación los mecanismos más eficaces para enfrentar la realidad impuesta por el cambio climático, llámese incendio forestal, inundación, sequía severa o subida del nivel del mar.

Estos mecanismos deben incluir desde la implantación de un tratado vinculante de reducción de emisiones hasta la implementación de estrategias nacionales e internacionales, coordinadas para enfrentar los desastres.

La colaboración del mundo desarrollado, con recursos financieros y la tecnología especializada necesaria, no debe faltar en este empeño.

Porque tales sucesos o anomalías, lejos de menguar, se incrementarán en lo adelante.

En la cuestión de los incendios forestales que nos ocupa, las secuelas del ardiente verano todavía perduran y evidencian la pertinencia de diseñar políticas nacionales de enfrentamiento a los desastres.

También es imprescindible la coordinación intergubernamental.

Las llamas no reconocen fronteras y en muchos casos se demanda un esfuerzo multinacional para sofocarlas.

Los peligros que se ciernen sobre la Amazonía o la selva tropical africana, por ejemplo, deben ser el acicate para tomar las providencias posibles con el carácter más anticipatorio que se pueda.

Después de un incendio forestal catastrófico, con la pérdida de enormes masas vegetales, se arrasa con la biodiversidad y se afectan servicios vitales como la tierra y el agua.

Además, la carencia de bosques estimula a su vez que importantes volúmenes de carbono atmosférico no puedan ser reabsorbidos por esos seres vivientes -el llamado efecto sumidero- y esto acelera el proceso de recalentamiento del planeta, causado por las emisiones.

Hay otros perjuicios altamente preocupantes. Una vez extinguidas las llamas y desaparecido el humo irrespirable, quedan flotando en el aire durante mucho tiempo subproductos de la combustión de grandes extensiones de bosques, pastizales o incluso humedales o yacimientos de turba.

De acuerdo con los expertos, esta contaminación permanece no sólo en el aire, sino también en el agua y la tierra.

Esos contaminantes perjudican severamente la calidad de vida de comunidades, en especial de las personas aquejadas de enfermedades respiratorias y cardiovasculares.

Incluso, se estima que algunas de esas partículas, al viajar impulsadas por el viento, pueden descender en forma de lluvia en otras regiones o naciones ajenas al lugar de los desastres y afectar la salud humana y los recursos.

Tamaña empresa la que tiene el planeta por delante, cuando todavía no se ha agarrado al toro por los cuernos: la consecución del dichoso tratado vinculante para la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero.

Actuar y estar alertas, como mínimo, es algo que le debemos a la Madre Tierra.

* Periodista de la redacción de Temas Globales.