(Prensa Latina).- Nadie puede asegurar cómo concluirá la crisis económica, pero es indudable que el desempleo creciente no es un indicio de recuperación. Este fenómeno afecta en medida creciente a las generaciones más jóvenes, más dinámicas y de cuyo desarrollo y estabilidad dependen el futuro familiar y social en el mundo. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) acaba de reconocer que el desempleo juvenil, de 81 millones, ha llegado a la cifra más alta de su historia.

El informe Tendencias Mundiales del Empleo Juvenil 2010, presentado por la organización el 12 de agosto en Ginebra, refleja que esa cifra representa un incremento de 7,8 millones con respecto a dos años atrás.

En el lanzamiento del Año Internacional de la Juventud promovido por Naciones Unidas, se reveló que ello equivale al 13 por ciento de la fuerza laboral juvenil en el mundo.

De acuerdo con las estadísticas, globalmente existen 620 millones de jóvenes de entre 15 y 24 años en edad económicamente activa.

Guillermo Demas, especialista de la OIT en Latinoamérica, recién declaró en Ecuador que la actual “puede ser una generación perdida”, debido a que los jóvenes sin trabajo difícilmente puedan formar una familia e insertarse en la sociedad de “una manera económica activa”. Pero la actual no es una situación nueva, ni siquiera reciente.

Un informe de esta organización sobre el período entre 1995 y 2005, arrojaba ya un panorama sombrío sobre el fenómeno en los últimos 15 años.

Aquel reporte reflejaba que los jóvenes desempleados habían aumentado y cientos de millones de otros con alguna ocupación vivían en la pobreza.

De acuerdo con el documento, la posibilidad de que un joven fuera desempleado entonces triplicaba a la de un adulto.

Se consideraba asimismo que eran necesarios 400 millones de trabajos decentes y productivos para aprovechar al máximo el potencial juvenil.

También, las desventajas relativas para los jóvenes son mayores en el mundo en desarrollo, donde representan una porción más elevada de la fuerza laboral.

Juan Somavía, director general de la OIT, considera que la incapacidad de las economías para crear empleos decentes y productivos “amenaza con dañar las perspectivas económicas de uno de nuestros principales recursos, nuestras mujeres y hombres jóvenes”.

Para él es de urgencia atender el llamamiento de la ONU sobre estrategias que den a estos la oportunidad de maximizar su potencial productivo, mediante empleos dignos.

La OIT estimó que entre 1995 y 2005 un tercio de los mil 100 millones de jóvenes en el mundo buscaba trabajo sin éxito, había abandonado esa gestión o vivía con menos de dos dólares diarios.

En ese período la población juvenil había crecido en el 13,2 por ciento, pero la disponibilidad de trabajo remunerado para ella había aumentado sólo en el 3,8.

Al cierre de aquella información, los jóvenes desempleados representaban el 44 por ciento del total de los desocupados en el mundo, aunque su participación en la población laboral sólo equivalía al 25 por ciento.

Un contraste evidente consistía en que su tasa de desempleo del 13,5 por ciento en el 2005 era muy superior al 4,6 por ciento computado para los adultos.

Además, la imposibilidad de encontrar empleo generaba y genera sensación de vulnerabilidad, de inutilidad y de estar de más, tanto entre los jóvenes como entre los mayores.

Por regiones y por género, la situación resulta muy alarmante y sin perspectiva de mejoría visible.

Las mujeres de este universo laboral sufrían y sufren desafíos mayores, por ser más desempleadas, contar con menores posibilidades de buscar trabajo y padecer una brecha laboral superior.

La diferencia con respecto al hombre era del 35 por ciento en Asia meridional, el 29 en el Oriente Medio y África del norte, el 19 en América Latina y el 16 en Asia suroriental, el Pacífico y África al sur del Sahara.

Asimismo, la pobreza se mantiene persistente entre alrededor del 56 por ciento de los jóvenes trabajadores, de cualquier género.

Los que trabajan deben hacerlo, adicionalmente, durante largas jornadas, mediante contratos temporales o informales, con salarios bajos y escasa o inexistente protección, mínima capacitación y sin voz en sus empleos.

Así era hasta el 2005, mas un nuevo reporte emitido por la OIT el 26 de enero de 2010 refleja que los jóvenes desempleados en el mundo aumentaron en 10,2 millones durante el 2009, el mayor crecimiento desde 1991.

La tasa se elevó en 1,6 puntos hasta el 13,4 por ciento, comparada con el año 2007.

Según esas estimaciones, el desempleo global en el 2010 afecta, en total, a más de 210 millones de personas, que representan un incremento de 34 millones desde el inicio de la crisis.

En Latinoamérica el índice de desempleo abierto aumentó del 7,3 por ciento al 8,1 el año pasado.

De ahí que la fuga de cerebros del 155 por ciento, especialmente en América Latina y el Caribe, se atribuya a la falta de oportunidades.

Un estudio sobre el período 1990-2007 califica a Estados Unidos como el mayor receptor de esos profesionales.

Investigaciones arrojan que países de América Central y el Caribe han perdido por esta razón hasta el 80 por ciento de su personal altamente calificado.

Unos cinco millones de médicos, ingenieros, arquitectos y otros especialistas emigraron en el 2007 -el 80 por ciento hacia Estados Unidos- en busca de realización profesional.

El Sistema Económico Latinoamericano (SELA) registra que, de ellos, más del 60 por ciento se ocupa después en actividades ajenas a las profesiones en que se calificaron.

Desde 1990 al 2007, la emigración femenina, por su parte, se incrementó en el 127 por ciento y la masculina en el 97, cifras demostrativas de la desigualdad entre géneros.

El desempleo relativo y como ejército laboral de reserva es propio del capitalismo, que lo eleva a niveles incontenibles en épocas de crisis económica.

Cual círculo vicioso, la mayor incapacidad solvente y la merma en la inversión productiva conducen a que no exista solución para la principal contradicción del sistema.

Con desempleos del 10 por ciento en Estados Unidos y la Unión Europea, no puede pensarse por tanto en recuperación económica, mediante la extensión de medidas que afectan a la mayoría, los más pobres.

* Editor de temas globales.