Bogotá.- Entre la alegría y la tristeza no hay más distancia que una lágrima. Para demostrar esta verdad sin puños se inventaron los payasos. Alguna vez celebraron un cónclave mundial de la carcajada en Southport, Inglaterra, la tierra de Chaplin para quien un día sin humor era un día perdido. Chaplin era “todos los domingos del año”.

Como el hombre se columpia entre la alegría y la tristeza, nada más práctico que colocar en la cara todos los músculos que reflejan esos sentimientos antagónicos que nos sacan de la rutina. Por eso los humanos somos físicamente como somos “y a veces piores”, decía don Quijote.

Cuando el mono desnudo desea exteriorizar sentimientos festivos, no tiene más que darle una segunda oportunidad sobre la cara a los músculos encargados de dibujar sonrisas. Si hay que dejar escurrir una lágrima para lamentar alguna bestialidad del bobo sapiens, las glándulas lacrimales, con el apoyo táctico del ojo convertido en medio de comunicación, le darán la mano.

Esto lo saben bien los 400 fabricantes de alegrías que llegaron una vez a Southport para tomarle el pulso al humor de este mundo. Como entre payasos no se pisan las sonrisas, todos contaron cómo se hicieron profesionales de este destino.

El oficio de John Ramsden, por ejemplo, consistía en mirar siempre el interior, el fondo de las cosas. Para ello no utilizaba el sofá del siquiatra, ni el confesionario del cura, ni el bisturí del cirujano plástico. Parte de su materia prima era el vidrio: Ramsden era limpiador de ventanas hasta cuando se cayó de un tercer piso, un “número” que no figuraba en el contrato de trabajo. Con su número fuera del libreto, Ramdsen quedó con su columna vertebral desvertebrada.

Como caer para levantarse no es caer, es levantarse, “cuesta abajo en su rodada”, mejor, en su parada, Ramsden se inventó una terapia hasta rara: sacó a flote el payaso que todos llevamos dentro en silenciosa (¿o ruidosa?) procesión. Y adoptó esta profesión como modus riendi y comiendi al mismo tiempo. Desde entonces, decidió decir la verdad riendo, de acuerdo con la receta de Homero.

“Trabajando de payaso nunca sentí y recibí tanto amor; además, nunca creí que la gente me pagara por hacerlo”, concluyó ante sus colegas de narices rojas sobre rostro blanco.

Les Kelly descubrió, al abrir una nevera acalorado, que reír prolonga la vida. No cumple años (tiene 70), cumple millares de risas provocadas. Sus feligreses se olvidan de todo cuando Les sale al escenario con un enorme bigote a lo Groucho Marx, peluca negra y traje ajado. Su epitafio anticipado lo tomó de las obras completas de Groucho: “Señora, perdone que no me levante”. Los muertos no reciben derechos de autor. Entonces que tampoco los paguen.

Hace 50 años se despertó en un punto – no recuerda si seguido o un punto aparte- del globo terráqueo, sin un peso y con una sonrisa en el bolsillo secreto de su alma. Con el peso que le faltaba no hizo nada, pero agarró la sonrisa y la volvió una próspera escuela de payasos que hoy tiene 40 empleados. “Nunca me retiraré. Moriré siendo payaso”, concluyó Les, quien cree con Shakespeare que el éxito de un chiste depende de quien lo oye, no tanto de quien lo cuenta.

Richard Snowberg enseña al prójimo a ser payaso, así como otros preparan médicos, prestidigitadores, plomeros, abogados, otorrinolaringólogos, odontólogos. A otros les da por tirar piedra y se despiertan revolucionarios.

Snowberg es el fundador del mayor colegio de payasos de Estados Unidos. Piensa con el payaso de Heinrich Böll: “El peor de los pecados de un payaso es despertar compasión”.

Este as de la carcajada montó su empresa sobre estas bases: -Como dice Selecciones, la risa es el remedio infalible contra muchos achaques. -La demanda de humor nunca ha sido tan grande en el mundo. -La risa prolonga la vida, vuelve ropa de trabajo el estrés y combate las enfermedades, incluidas dos incurables: la pobreza y la riqueza. Un hombre mientras ríe es un millonario sin plata. Un millonario sin sonrisa es un pobre con dinero. -En Usa la risa sirve hasta para remedio: se emplea en fisioterapia.

Rubén Masden es un payaso sueco más raro que un ajedrecista enrocado en un closet. Vive en una isla de la costa noroccidental sueca. Su carro tiene una placa con esta leyenda: PAYASO, expresión suficiente para que sus 30 compañeros de isla se desternillen de la erre, el nombrado apocopado – no apocado- de la risa.

El credo de Rubén es: la sociedad occidental le ha otorgado demasiado valor a la inteligencia. Por eso arregla los problemas a punta de medicamentos. Pero un payaso con su humor puede lograr los mismos resultados que una píldora. El payaso hace las veces de siquiatra sin sofá. Y no cobra tan caro.

(El payaso también reemplaza al médico. No tanto a la píldora, porque conozco espermatozoides que se mueren de la risa porque se saben predestinados para embarazar si encuentran un óvulo en vacaciones). “El payaso es como una luz luego de una larga y oscura noche”, se jacta Rubén, cuando habla de su espléndido oficio.

Un payaso que vino de Rusia recordó que en su país, antes y después de la perestroika, el oficio de payaso ha sido considerado ante todo una expresión artística. De los payasos se dice en la patria del proletariado que solo dos personas pueden decir lo que quieran: el presidente y el payaso.

Mientras haya aguaceros, habrá paraguas. Mientras haya payasos, habrá alegría, uno de los nombres de la esperanza. Se podría pensar en dejar salir el payaso que ronca y nos sonríe por dentro

* Periodista venezolano. Colaborador de Prensa Latina.