No importa cómo concluya la movilización de los potosinos exigiendo que se respete la demarcación de límites territoriales con Oruro que compromete la posesión de un rico yacimiento de piedra caliza y otras exigencias como la puesta en marcha del complejo metalúrgico de Karachi Pampa, la preservación de la forma cónica del Cerro Rico, la construcción de un nuevo aeropuerto, etc. Este acontecimiento echa por tierra toda la hojarasca posmodernista que se resume en la relación armónica y complementaria entre las culturas, los pueblos, las naciones y entre el hombre y la naturaleza.

Este acontecimiento que moviliza a más de 100 mil personas obliga al gobernador y a los parlamentarios masistas a ponerse a regañadientes en contra su gobierno y saca de sus entrañas la tradición histórica nunca satisfecha del “Potosí federal”. Desnuda la falacia de que el “vivir bien” se basa en la superación de las “asimetrías de poder” en un plano puramente cultural –mental para los teóricos del indigenismo- sin superar las bases materiales de las contradicciones que, en medio del atraso y la miseria, se acentúan de manera inconmensurable enfrentando a los pueblos vecinos por un pedazo de tierra, por un ojo de agua o por unas cuantas cabezas de ganado; esa es la historia del enfrentamiento en la región norte potosina, dentro de un mismo departamento, como la lucha ancestral entre los Laymes, Jucumanis, Chayantacas, etc.

Haga lo que haga el gobierno –si tiene capacidad para hacer algo porque ha demostrado hasta la saciedad su inutilidad y su extremada torpeza para percibir y enfrentar los problemas– no se resolverá el conflicto de Potosí mientras persistan sus causas estructurales. Los combatientes se cansarán, después de la extrema tensión viene la necesidad de la calma, los que están en la batalla se replegarán con un sentimiento de frustración, pero con la bronca corroyendo sus entrañas contra un gobierno inútil y permanecerán los motivos del conflicto no resueltos. Después de un tiempo volverá a sangrar la herida no cicatrizada y, en el marco ilusorio de la prosperidad de las regiones en un régimen autonómico, los enfrentamientos entre los departamentos volverán a darse poniendo en evidencia que Bolivia es un país con fuertes tendencias centrífugas que permanentemente amenaza con atomizarse.

La nueva Constitución Política exacerba estas tendencias centrífugas y las contradicciones de las nacionalidades a tal punto que, cuando se acentúe la discusión en torno a las competencias de los diferentes niveles de las autonomías y el financiamiento para hacer efectivas esas competencias, se desatará una guerra mortal por morder el pedazo más grande de la miserable torta que genera la producción nacional.

El grado de atraso y la miseria que sienten las regiones hace que la lucha por la sobrevivencia se torne cada vez más violenta y para los indigenistas posmodernos que tienen la mente encasillada en la “revolución pacífica y cultural, en la convivencia democrática en un mundo sin asimetrías de poder, en la complementariedad cultural entre los pueblos, etc., todo lo que hacen las regiones es irracional y la explicación hay que encontrar en las maquinaciones de la derecha reaccionaria.

El gobierno ya empieza a pagar el costo de su política demagógica porque está condenado a chocar con las regiones que enarbolan reivindicaciones legítimas pero difíciles de cumplir. La llamada “voluntad política” no es suficiente cuando se tiene que distribuir la miserable producción que genera el país entre la mayoría nacional secularmente insatisfecha. Como Potosí, muchas otras regiones, igualmente pobres y marginadas tomarán el camino de realizar medidas de presión para exigir la satisfacción de sus necesidades.

* Profesor de Filosofía y dirigente de URMA-POR.