La coca, esa pequeña hoja que es elemento clave de la cultura Andina y protagonista en la producción de la cocaína, siempre fue la “causa célebre” del presidente boliviano Evo Morales. Pero recientemente se lo ha visto más interesado en discursar a favor de la Madre Tierra, criticando severamente el historial ambiental de los países desarrollados y asumiendo el compromiso de conducir el planeta hacia un futuro más sostenible.

La semana pasada, su Gobierno hizo historia al lograr que las Naciones Unidas acepten por votación unánime la propuesta boliviana para hacer del agua un derecho humano. “En manos del capitalismo todo se convierte en una mercancía: el agua, el suelo, las culturas ancestrales y la vida misma,” escribió Morales en una carta abierta sobre cambio climático el 2008. “La humanidad es capaz de salvar al planeta si recupera los principios de solidaridad, complementariedad y armonía con la naturaleza.”

Sin embargo, ya en casa, Morales no parece ser aquel defensor ecológico. De hecho, una serie de proyectos de desarrollo perjudiciales al medio ambiente tiene a muchos críticos denunciando que el líder de la nación más pobre de Sud América no practica lo que predica cuando se trata del frágil planeta Tierra.“La cruzada medioambiental de Morales se siente como un espectáculo”, dice Adolfo Moya, presidente del TIPNIS, una comunidad indígena boliviana ubicada en la región del Parque Nacional Isiboro-Sécure donde está a punto de iniciarse la construcción de una carretera que cruzará por el corazón de esa reserva ecológica.El Gobierno insiste en que los proyectos como el del Isiboro-Sécure deben ejecutarse. El número de carreteras asfaltadas en Bolivia se pueden contar con los dedos de una mano. Además, la administración Morales afirma que la ruta de 300 Km que cruza la reserva conectando los Departamentos de Beni y Cochabamba es necesaria para mejorar el tránsito de bienes entre esas regiones.Pero el Isiboro-Sécure es hogar de muchas especies autóctonas de flora y fauna, incluyendo 11 especies animales en peligro de extinción. Mientras tanto, el TIPNIS es lo último que queda del territorio donde la etnia mojeña de Moya puede vivir en relativo aislamiento cultural. Es por eso que la construcción de la carretera ha provocado indignación y protestas que ya han costado dos vidas. “Sabemos que necesitamos desarrollo,” dice Moya, “pero este no debería llevar a la extinción”.La carretera no es la única controversia ecológica en Bolivia. Recientemente Morales ha alentado la Iniciativa para la Integración de Infraestructura Regional (IIRSA), un esfuerzo nuevo y audaz de los gobiernos de la región para construir una red de infraestructura continental que incluye carreteras, vías navegables, puertos, proyectos de energía y de comunicaciones. Bolivia tiene más de una docena de ellos sobre la mesa, y si bien cada uno ofrece los servicios necesarios para la mayoría rural empobrecida del país, los costos son preocupantes. “No quiero decir que estoy a favor y tampoco quiero decir que me opongo,” señala Álvaro Martínez sobre una planta hidroeléctrica del IIRSA planeada para Cachuela Esperanza, una pequeña ciudad en la cuenca amazónica a orillas de Río Beni de donde él es oriundo. Actualmente Martínez y sus vecinos dependen de un decrépito pero costoso generador a diesel que solo proporciona electricidad durante algunas horas del día. Están encantados de que su caudaloso río les pueda proporcionar energía durante todo el día. Pero, como él dice, esa pequeña represa está condicionada a que Bolivia haya aceptado que Brasil construya dos inmensas represas hidroeléctricas en el Río Madera a 160 Km de la frontera.

La dupla de 13 mil millones de dólares será tres veces más poderosa que la represa Hoover en Estados Unidos y aportará el 8% de la demanda energética brasileña. Pero las agrupaciones de vigilancia ambiental ya están dando el preaviso de que esos proyectos serán el equivalente brasileño de la represa de las Tres Gargantas en China: Evaluaciones de impacto ambiental muestran que las represas ponen en peligro la supervivencia de los delfines de río y las especies poco comunes de peces pudiendo, entre otras cosas, inundar todo el norte de la cuenca amazónica boliviana, desplazando la ciudad de Martínez.Igualmente inquietante para muchos es la dependencia económica boliviana de las industrias extractivas. Morales reprende a las naciones prósperas del mundo desarrollado por su adicción a los combustibles fósiles y la reticencia hacia la limitación de sus emisiones de carbono, pero Bolivia se beneficia en gran medida por la venta de esas materias primas: el 13% de su PIB proviene de las industrias minera y gasífera.

El Gobierno no respondió a la solicitud de Time para comentar al respecto, pero cuando Amy Goodman de Democracy Now preguntó sobre esta aparente paradoja durante la realización de la Cumbre -alternativa- sobre Cambio Climático que Bolivia acogió en abril, Morales respondió, “[Las agrupaciones ambientalistas] dicen, ‘Amazonas, no petróleo.’ Me están diciendo que debo cerrar los pozos de gas y petróleo. ¿De qué va a vivir Bolivia? seamos realistas.”Los funcionarios de Morales combinan a menudo este pragmatismo con un toque nacionalista enfatizando la diferencia entre un pozo petrolero que llena las arcas del Estado y uno que llena los bolsillos de los ejecutivos de las transnacionales. En efecto, el aumento de los ingresos tras la nacionalización de Morales al sector de los hidrocarburos en el año 2006 ha sido canalizado en estipendios para que los niños en edad escolar puedan comprar libros y uniformes así como en programas de alfabetización para adultos y apoyo a mujeres en periodo de gestación. Pero eso no quiere decir que el Gobierno debe expandir su dependencia de industrias que dañan el medio ambiente, dice Rafael Quispe, presidente del CONAMAQ, una poderosa coalición de líderes comunitarios indígenas del altiplano. “Queremos una moratoria en todos los proyectos extractivos”, le dice Quispe a Time, lamentando que el plan económico del Gobierno para el 2011 contempla una mayor exploración petrolera, minería y producción de gas. “Necesitamos pensar en modelos de desarrollo económico que respeten a la Madre Tierra en vez de continuar por el mismo sendero,” dice Quispe.En un escenario internacional, Morales concuerda, y no todo está perdido en el frente local, afirma Jenny Gruenberger, directora ejecutiva de la Liga de Defensa del Medio Ambiente de Bolivia. “Nuestra nueva constitución establece una base para este tipo de pensamiento alternativo”, dice ella, explicando que el Gobierno ahora debe evaluar los proyectos de desarrollo desde la óptica del “Vivir Bien.” Un pinchazo a lo que se ve como la preferencia de los países industrializados para “Vivir Mejor,” mediante el consumo ilimitado y la expansión económica a cualquier costo. La idea consiste en equilibrar las consideraciones ambientales, sociales, culturales y económicas en vez de usar un análisis normal de costo-beneficio. “El Isiboro-Sécure podría ser un proyecto piloto del Vivir Bien,” dice Gruenberger, señalando que existen docenas de ideas para enlazar las dos regiones y que ofrecen una mayor armonía ambiental y cultural, como un tren por encima del dosel de la selva.De ser así, la voluntad de buscar alternativas a la pavimentación de largos trechos de selva se mantiene elusiva. Hasta hace una semana, Juan Pablo Ramos era la máxima y más antigua autoridad ambiental de Morales. Pero ramos le dice a Time que renuncio al Viceminsterio de Medio Ambiente “por un tema de conciencia”, dejando al salir de su escritorio la licencia ambiental para la carretera del Isiboro-Sécure sin su firma. Ramos dice que mantiene la esperanza de que el liderazgo ambiental internacional del Gobierno de Morales sea más que un simple discurso. Pero, dice, “Estamos en un momento de grandes amenazas. Por fin tenemos el mundo entero discutiendo cómo avanzar de forma sostenible, y depende de todos nosotros mantener la presión sobre Morales y todos los líderes mundiales para que esto suceda.”

Fuente: Revista Time, 6 de agosto, traducción de HidrocarburosBolivia.com (ARTICULO ORIGINAL EN INGLES)