El “demasiado tarde” ha sido el terrible escollo donde han colisionado las causas más dignas y las luchas más nutridas. Los que detentan el poder lo tienen muy bien aprendido y, cuando se trata de implemetar proyectos que generan el repudio de la población, se aprestan a ejecutarlos atajando las propias leyes si es necesario.

El proyecto carretero Villa Tunari- San Ignacio de Moxos, que partiría en dos el corazón de la Amazonía boliviana, parece haber tomado el rumbo de la reprochable política de los hechos consumados. Los pueblos afectados por esta “cuchillada amazónica” han sido ignorados, así como también se han descartado las leyes que obligan la realización de un Estudio de Impacto Ambiental, o más aún, la propia renovada Constitución del Estado Plurinacional de Bolivia. La reciente renuncia del Viceministro y el Director de Medioambiente por negarse a firmar la Licencia Ambiental es un doloroso ejemplo de malas prácticas del poder.

Los pueblos yurakarés, moxeños y chimanes son los pueblos originarios que han vivido y mantenido los ecosistemas del Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Sécure (TIPNIS).

Sus comunidades, apostadas en los cauces de los caudalosos ríos, han desarrollado culturas propias ajenas al mundo occidental y a su comercio de mercancías globalizadas. Desconocen o rechazan, por ejemplo, la ambición del gobierno brasilero de convertir la Amazonía en pasto de transgénicos y agrocombustibles y su necesidad imperiosa de exportarlos a los mercados asiáticos a través de Bolivia. También rechazan la necesidad de corporaciones petroleras con accionistas endeudados que necesitan lucrarse urgentemente del petróleo que alberga el subsuelo amazónico. Seguramente desconocen, como cualquier otro ciudadano de Bolivia, los compromisos personales que ha suscribido Evo Morales con su colega Ignacio Lula en aquel abrazo que estrecharon en Villa Tunari, cuando corrió el cheque que cubrirá el 80% de los 415 millones de dólares del coste para ejecutar el discutido proyecto.

Entre los años 1997 y 2000, recorrí las sendas y cursos fluviales del TIPNIS recabando pruebas sobre los impactos de la actividad petrolera en el Bloque Sécure, operado por Repsol-YPF.[1] Fueron entradas en moto, bicicleta, a pie y en canoa gracias al acompañamiento efectivo del cuerpo de guardaparques de esta área protegida. Una grandiosa oportunidad de compartir momentos vitales con las comunidades de campesinos así como también yurakarés, moxeñas y chimanes en los departamentos de Cochabamba y Beni. En aquel momento, la amenaza de las petrolera, concretizada por la apertura de 1.000 kilómetros de líneas sísmicas y algunas irregularidades de la compañía, eran una problemática llevadera entre otras más urgentes, como la angustiante militarización de la lucha contra la coca para los campesinos, o la gestación de las marchas indígenas para la titulación de territorios. Pero la experiencia sobre hechos consumados, condujo a valiosas movilizaciones de los pueblos del TIPNIS.

Un bloqueo cocalero antipetrolero

En 1998, la petrolera Repsol ingresó de nuevo al territorio como Pedro por su casa. Sin consultar, deforestando los márgenes del río Isiboro para que despeguen sus helicópteros y entregando 4 becas escolares a la Subcentral del TIPNIS en Moxos como única compensación. Las comunidades campesinas del TIPNIS en Cochabamba, representadas por 8 centrales y 50 sindicatos enviaron una carta a la Viceministra de Desarrollo Sostenible y Medio Ambiente “manifestando protesta y descontento por el avasallamiento al Parque Nacional Isiboro Sécure”[2]. A la inacción gubernamental y la continuación de operaciones petroleras, en Abril se organizó un bloqueo que mantuvo en vilo a la compañía transnacional. Durante 15 días, los 200 trabajadores del campamento Isinuta, no lograron salir de sus instalaciones. Las campesinas se burlaban cuando los observaban desde la barricada, arrodillados cortando el césped del helipuerto con machete para tener alguna actividad. El conflicto se resolvió el 30 de abril en un galpón del pueblo, con la firma de unas compensaciones irrisorias para las comunidades campesinas teniendo en cuenta de las millonarias inversiones que estaban en juego en el bloque Sécure. Pero había prisa por las dos partes para resolver la contienda. Para la petrolera, cada día de paro significaba pérdidas y contratiempos en sus operaciones ya delimitadas naturalmente por la época de lluvias. Para los campesinos, la siguiente madrugada iniciaban, junto a las demás centrales del Cahapare, un bloqueo de la carretera Santa Cruz- Cochabamba, en cuya represión los militares segaron varias vidas en la carretera. Participé yo mismo, en el entierro a un campesino que fue encontrado tiroteado en un río de Shinaota.

Eran sin duda otros tiempos, cuando Evo Morales era un campesino más y el gobierno del ex-dictador Hugo Banzer, aliado en una megacoalición de partidos oligarcas, no temblaba al militarizar la selva bajo los designios de Estados Unidos.

Pero más allá de la problemática cocalera, en 1998 se demostró que la población campesina apostada al interior del TIPNIS, podía tambien ser aliada de los pueblos indígenas en materia de defensa del territorio contra las corporaciones extractivas. El susto que encajó Repsol-YPF le ayudó a educarse en el campo de las relaciones con la población local: “pedir permiso antes de entrar”.

Moxeños y Chimanes todos a una

En el año 2000, Repsol YPF ya había consumado la exploración sísmica e inició 3 perforaciones exploratorias en el Bloque Sécure. En la comunidad de Paracti, a pocos kilómetros de Villa Tunari, la construcción de un pozo generó impactos sobre los ríos. El mismo alcalde de la capital chapareña, denunciaba en el diario Los Tiempos, haber atrapado infraganti a operarios de la compañía vertiendo lodos tóxicos en las trubulentas aguas del río Espíritu Santo.[3]

En el departamento del Beni, mucho más aislado de las miradas ajenas, Repsol construyó un pozo en las estribaciones de la inexplorada Serranía Eva-Eva. Algunas comunidades de chimanes fueron directamente afectadas, por el tráfico de camiones, el vertido de diesel en el río Apere o la compra de piezas de caza destinadas normalmente a la alimentación familiar. El que suscribe el artículo fue testimonio también de una comunidad chimán totalmente alcoholizada, que supuestamente recibía el apoyo de la compañía en una campaña de higiene dental.

En junio se realizó una reunión extraodinaria de los corregidores de las 17 comunidades indígenas del Territorio Indígena Multiétnico (TIM), vecina al TIPNIS y afectada actualmente también por el proyecto carretero en cuestión. Moxeños, Chimanes y Mosetenes compartieron sus miedos y preocupaciones por la intervención petrolera, emitiendo un Voto Resolutivo declarándose en Estado de Emergencia para que se inicie una demanda judicial contra Repsol por impago de sueldos a 20 comunitarios explotados y la reversión de la Declaratoria de Impacto Ambiental, la cual fue otorgada sin consulta a las comunidades afectadas por el proyecto.[4]

Doce años después, como si la “revolución democrática” de Evo Morales no hubiera existido más allá de los discursos, los pueblos yurakarés, moxeños y chimanes del TIPNIS, emiten un “Rechazo rotundo a la construcción de la Carretera Villa Tunari – San Ignacio de Moxos”.[5] En la resolución, interpelan personalmente al “Presidente indígena” por incomprender su actitud de imponerles una carretera a la fuerza.

Evitar un etnocidio

La construcción de carreteras en la Amazonía, en todos los países y épocas, ha generado una inseparable destrucción de los territorios a varios kilómetros de la trocha. A los impactos directos por deforestación, modificación de cursos de agua y erosión, hay que añadirle las actividades humanas inducidas por el nuevo acceso. Negar que detrás de la retroescabadora nadie ingresará al Tipnis es pecar de ingenuidad o malas intenciones. La colonización, activación de actividades extractivas y depredatorias, o las relacionadas al continuo tráfico de camiones, fulminarán los ecosistemas y territorios del TIPNIS irreversiblemente. Los pueblos que lo han habitado y conservado, desaparecerán silenciosamente envueltos en enfermedades comunes, desnutridos por la desaparición de la caza y pesca, desplazados a patadas como ganado. Como lo hicieron los yurakarés y yukis del Chapare, dejarán como único rastro el nombre de algún río o la leyenda de que en las cunetas de la carretera Villa Tunari – San Ignacio vivían culturas y pueblos con nombre propio . Antes del “demasiado tarde” escuchemos la voz de los pueblos del Isiboro Sécure.

Notas:

[1] GAVALDÀ, Marc, Las Manchas del Petróleo Boliviano, OLCA-Fobomade, Cochabamba, 1999 y GAVALDÀ, M., La Recolonización, Icaria, Barcelona, 2003

[2] Carta del Comité de Defensa a la Sra. Neysa Roca, Viceministra de Desarrollo Sostenible y Medio Ambiente, Villa Bolívar (TIPNIS), 21/02/1998, citada y transcrita en GAVALDÁ, 1999

[3] Los Tiempos , 01/04/1998

[4] Corregidores del TIM, Voto Resolutivo, San Ignacio de Moxos (03/06/2001).

[5] Corregidores del TIPNIS, Resolución Nº 0001/2010, San Miguelito del río Isiboro, Beni, 18/05/2010