(CEPRID).- Cuando mi padre fundó su hacienda entre los estados Zulia y Falcón, allá por la década de 1950, me contaba que la vida silvestre era tan abundante en la zona que no era extraño que en las tardes de verano, parejas de venados (odocoileus virginianus goudotii) y pequeñas manadas de Báquiros (Pecaríes, tayassu tajacu) se acercaran hasta las casas y corrales del fundo a alimentarse o a curiosear y enormes bandadas de palomas turcas (leptotila verreauxi) y Paujiles copete de piedra (pauxi pauxi) venían a dormir en las arboledas cercanas.

Una civilización que considera que la Naturaleza le pertenece para explotarla y que dispone además de una tecnología avanzada, tiene la misma posibilidad de sobrevivir que una bola de nieve en medio del infierno…. Gregory Bateson.

Al terminar de cercar toda la extensión de la hacienda, mi padre procedió a utilizar maquinaria pesada para desforestar los bosques allí existentes y excavar varias lagunas artificiales (llamados jagüeyes en Venezuela) que le garantizaran agua a sus rebaños en las épocas de sequía que en la zona son muy severas. Cuando en la temporada de lluvias estas lagunas se llenaron, fueron casi inmediatamente colonizadas por grandes grupos de Chigüires, Capibaras o Carpinchos en el resto de Suramérica, (hidrochoerus hidrochaeris). Estos apacibles e inofensivos roedores (los más grandes del mundo), de hábitos semiacuáticos, comenzaron a cumplir una importantísima labor (sin que en la región nadie para ese entonces, ni todavía hoy, lo sospechara) de cuido y mantenimiento de las inversiones que mi padre, y el resto de ganaderos de la zona, habían realizado para construir esos estanques artificiales.

En efecto, los Chigüires pasan el 80% de su vida en el agua; su dieta está conformada casi exclusivamente por lirios y jacintos de agua, además de todas y cada una de las plantas acuáticas invasoras de estos reservorios de agua. De igual forma, al escarbar los fondos de estas lagunas en busca de raíces, impiden que los procesos de sedimentación terminen con su vida útil en cortos espacios de tiempo. Al viajar mis hermanos mayores a la ciudad de Maracaibo a cursar estudios universitarios cada fin de semana invitaban a venir de paseo y cacería a nuestra hacienda a grupos de amigos y compañeros de clase. Estas excursiones se constituían en pequeños ejércitos de cazadores que masacraban a cuanto animal silvestre se cruzara en su camino; especialmente se cebaban en los Chigüires al no ser estos especialmente desconfiados de la presencia humana.

Para finales de la década de 1970, los Chigüires, que alguna vez se contaron por centenares en el fundo de mi padre, se habían extinguido totalmente allí, al igual que casi la totalidad de grandes mamíferos silvestres.

Muy pronto los efectos de esa extinción comenzaron a sentirse en sus lagunas y abrevaderos, que en menos de una década se cubrieron de un espeso manto vegetal y se sedimentaron casi por completo. Recuerdo que en aquellos años ni mi padre ni mis hermanos lograban explicarse aquel fenómeno que, al deteriorar el suministro de agua a sus rebaños, tan severamente afectó la productividad de la hacienda. Hoy, a la luz de los aun escasos conocimientos que poseemos sobre las complejidades ecosistémicas, podemos entender como la extinción de esa especie rompió el equilibrio metabólico necesario, no sólo para la existencia del hábitat originario de la zona, sino incluso de las condiciones necesarias para la explotación agropecuaria que allí se había establecido.

Todavía hoy pareciera que nada hemos aprendido sobre esto. Cuando un ganadero o agricultor adquiere una porción de terreno su principal imperativo es destruir por completo el ecosistema allí existente. Se dice que hay que “limpiar” el terreno de toda forma originaria de vida vegetal o animal; especies que tardaron millones de años en adaptarse a las condiciones de la zona son destruidas para introducir especies foráneas (sorgo, soja, ganado vacuno o caprino, paja guinea) que garantice muy rápidamente el retorno del capital invertido. La vegetación y fauna autóctonas son vistas como enemigos a destruir. Los ganaderos y agricultores modernos actúan como si fueran un ejército invasor que necesitan exterminar toda forma de vida asentada en lo que ahora consideran su propiedad. Hay un paralelismo escalofriante entre las guerras modernas y las técnicas de preparación de la tierra para explotarla: en contra de ella se utilizan tractores (tanques) pesticidas (exfoliantes tipo agente naranja), fuego (napalm); para al final instalar en la tierra conquistada especies que nos son dóciles, semiesclavas, aquellas que sólo sirven a nuestras necesidades y sin nosotros no pueden existir.

En este modelo de explotación de la tierra, el equilibrio metabólico hombre-naturaleza del que hablara el viejo Marx es violentamente destruido y sus consecuencias terminan resultando ruinosas, a corto o mediano plazo, tanto para la vida silvestre como para el proyecto agropecuario en cuestión.

Como bien lo señala Federico Engels en su obra El Papel del Trabajo en la Transformación del Mono en Hombre, “No debemos presumir demasiado de nuestras victorias humanas sobre la naturaleza. Por cada una de estas victorias, la naturaleza toma venganza sobre nosotros. Es verdad que en cada victoria dada, tenemos, en primera instancia, los resultados esperados, pero en segunda o tercera instancia son efectos diferentes, inesperados, que anulan demasiado a menudo los primeros….”.

En este modelo de explotación agropecuaria, aceptado como corriente, normal, y lo que es peor, como única (incluidos aquí los nuevos fundos zamoranos de la revolución bolivariana), la ceguera, el desconocimiento y la barbarie caminan tomados de la mano.

* Profesor de la Universidad Nacional Experimental Rafael Maria Baralt (UNERMB), Venezuela, Joelsanp02@yahoo.es