La parodia de la “lucha anticolonial” del gobierno de Morales, que fuera nada menos que la culminación del ciclo largo de rebeliones indígenas, llega a tal grado de presunción en los indigenistas que en su torpe doctrina no solamente mistifican el pasado ancestral sino que presentan el cacareado “proceso de cambio” como una fantasmagórica transformación real de la Bolivia semicolonial.

Si para los aduladores circunstanciales del caudillo, Evo Morales representa la vuelta del mítico Julián Apaza, habría que responderles, siguiendo a Marx, que los personajes históricos aparecen dos veces, la primera como tragedia y la otra como farsa. Si bien Julián Apaza fue el actor dramático de un hecho trágico, Morales aparece como el bufón de una farsa intitulada “proceso de cambio”. Evo no es más que el líder “inventado” por las masas populares ante la ausencia del proletariado y de su partido político.

¿Qué tipo de régimen de gobierno ha llevado adelante el caudillo? Sus rasgos muestran características marcadas de un gobierno bonapartista sui géneris. Entendiendo este concepto, de la forma clásica que planteó Trotsky, como un gobierno que oscila entre el capital extranjero y el proletariado nativo. La dialéctica de la coyuntura política puede establecer que este gobierno ya esté realizando algunas concesiones a las masas, utilizando cierto margen de maniobra frente al imperialismo, ya presentándose como un régimen policíaco dispuesto a poner en brete al movimiento popular. Es bonapartismo por su peculiar esmero en evadir la lucha de clases. Marx decía que su interés es anular la antítesis entre capital y trabajo para convertirla en armonía, o dicho en lenguaje indigenista, complementariedad:

“Por mucho que difieran las propuestas para alcanzar este fin, por mucho que se adorne con concepciones más o menos revolucionarias, el contenido es el mismo. Este contenido es la transformación de la sociedad por la vía democrática, pero una transformación dentro del marco de la pequeña burguesía. No vaya nadie a formarse la idea limitada de que la pequeña burguesía quiere imponer, por principio, un interés egoísta de clase. Ella cree, por el contrario, que las condiciones especiales de su emancipación son las condiciones generales fuera de las cuales no puede salvarse la sociedad moderna y evitarse la lucha de clases”. (Marx, El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, p. 27)

Es relevante también señalar cuál es el terreno en el cual se abre la posibilidad de un gobierno bonapartista:

“Por tanto, cuando la burguesía excomulga como ‘socialista‘ lo que antes ensalzaba como ‘liberal‘, confiesa que su propio interés le ordena esquivar el peligro de su Gobierno propio, que para poder imponer la tranquilidad en el país tiene que imponérsela ante todo a su parlamento burgués, que para mantener intacto su poder social tiene que quebrantar su poder político; que los individuos burgueses sólo pueden seguir explotando a otras clases y disfrutando apaciblemente de la propiedad, la familia, la religión y el orden bajo la condición de que su clase sea condenada con las otras a la misma nulidad política; que para salvar la bolsa hay que renunciar a la corona, y que la espada que había de protegerla tiene que pender al mismo tiempo sobre su propia cabeza como la espada de Damocles.” (Ibíd., p. 37)

Estamos hablando de una situación excepcional en la que los partidos políticos orgánicos de la clase burguesa han perdido la capacidad de administrar eficientemente su Estado y han posicionado a la institucionalidad burguesa en el blanco de los ataques de los explotados (febrero 2003, octubre 2003, mayo-junio 2005). El bonapartismo, proveniente principalmente de la pequeña burguesía, aparece como la opción tendiente a oxigenar el orden capitalista. En los países semicoloniales emerge de ciertas fracciones o clases del campo popular reivindicando, sin hacer mayores análisis de los intereses de clase, el interés supuestamente global de lo que ellos llaman pueblo.

Las contradicciones en las que frecuentemente resbala este tipo de gobiernos, se debe, precisamente, a su relativa ambivalencia política al reflejar los intereses de varias clases o su ilusión de elevarse por encima de ellas para gobernar (Marx): “Bonaparte quisiera aparecer como el bienhechor patriarcal de todas las clases. Pero no puede dar a una sin quitárselo a otra”. Los recientes acontecimientos- la actitud del gobierno frente a las masas movilizadas, la usurpación masista de los cargos dispuestos en las recientes elecciones locales y departamentales (Quillacollo, Sucre), la amenaza de dirigentes de los cocaleros de “no dejar pasar” la marcha de la CIDOB cuando ésta llegue al Chapare- confirman esta faceta bonapartista de la administración de Morales.

No parece posible que dado el carácter bonapartista del gobierno, sus rasgos presidencialistas sean considerablemente disminuidos por la Asamblea Legislativa Plurinacional. El régimen bonapartista burgués contiene como una característica central el poder personal, esto es, el control absoluto de las instituciones del régimen capitalista (poder ejecutivo, legislativo, judicial, órgano electoral, etc.), pues como dice George Novack, el bonapartismo se dirige a convertir en impotentes los partidos de la oposición burguesa y a las instituciones en cuanto a su capacidad de neutralizar al gobierno central.

La consecuencia inmediata de esto es la tendencia del gobierno a asumir actitudes que anulen las garantías democráticas de los ciudadanos. En determinada coyuntura actuará contra la oposición burguesa, en otras, contra las clases explotadas aun contra aquellas que fungen como su sostén social (Caranavi, por ejemplo). Para el régimen bonapartista el fin de conservar el poder (el “proceso de cambio”) se puede valer de cualquier tipo de medios. En este ámbito, el control político de los explotados opera a través del control de los sindicatos mediante su estatización (compra de dirigentes sindicales, intervención del gobierno con leyes y decretos en la vida sindical o lo que pasa en la Venezuela de Chávez donde la Corte Electoral, manejada por el oficialismo, lleva adelante las elecciones gremiales). O el montaje de grupos de choques fascistas para-policiales que actúan en nombre del “proceso revolucionario” para escarmentar físicamente la lucha de los trabajadores. Combinan así, como observó Trotsky, el régimen parlamentario con métodos fascistas. La dialéctica de lo social y político no excluye a ninguna forma –bonapartismo y fascismo- como dos polos incompatibles entre sí.

No olvidar que, como apuntaba Trotsky, el bonapartismo tiene la misión de prevenir las explosiones sociales. Como ejemplo de lo dicho tenemos a la propia experiencia boliviana. Es innegable que los gérmenes de la dictadura gorila de Barrientos (1964) se encuentran en el régimen de carácter bonapartista del MNR que surgió como producto de la instauración en el poder de la pequeña burguesía intelectual de las ciudades, después de la revolución del 52.

Sin embargo los rasgos bonapartistas del gobierno también tienen sus contratendencias siendo la más importante su debilidad económica y política. Esta debilidad es consecuencia de la etapa de crisis histórica que atraviesa el régimen capitalista mundial y la experiencia frustrada y ya superada del nacionalismo de contenido burgués. No olvidar que uno de los elementos del gobierno bonapartista es ser autoritario y fuerte, capaz de disciplinar al conjunto de la sociedad y hacer el papel de árbitro en las contradicciones sociales.

Es preciso comprender que un gobierno es fuerte no por la cantidad de votos que acumula coyunturalmente sino por la capacidad que tiene para controlar a los amplios sectores de la clase media de las ciudades y del campo y poner en brete al proletariado.