Quisiera dar un enfoque sobre todo histórico de un concepto que está en vigencia actualmente: la descolonización. Sucede que cuando el contexto en que se maneja determinado concepto es ambiguo o indeciso, el significado de este deja también de ser preciso y suele obedecer más a inspiraciones fantasistas que a la exigencia de rigor histórico y social. Actualmente vivimos en Bolivia un contexto indefinido y confuso, en el que los conceptos, argumentos e ideas que maneja el actual gobierno para justificar y fundamentar su gestión, son también necesariamente imprecisos y equívocos.

En lo que se refiere a la descolonización, esta situación puede llegar a esterilizar la potencialidad que implica este concepto o a generar efectos perversos que pueden concluir en situaciones peores a las que se quiere remediar. Si entendemos al pensamiento como generador de herramientas de transformación fundamentadas en un conocimiento real, no podemos hablar de descolonización si no incluimos la realidad boliviana en un marco histórico, tanto local como mundial.

La tendencia actual del gobierno del MAS es tratar la descolonización como un fenómeno sustancial y específico a nuestra realidad y de características puramente ideológicas. De ahí el afán de identificar lo indígena con actos puramente rituales y simbólicos —inventados, la mayor parte de ellos— y la importancia que empieza a cobrar en el discurso oficial una pseudo interpretación indígena de la vida y de la sociedad, más conocida como pachamamismo.

Debemos empezar por constatar que si bien las poblaciones indígenas en nuestro continente han sido las primeras en ser históricamente colonizadas —a partir de 1492—, no han sido las únicas en sufrir ese atropello. Europa, lo que llamamos “occidente”, ha colonizado después África y Asia; se ha enseñoreado en todo el mundo. Y, después de la colonización ha existido un fenómeno llamado descolonización, mediante el cual los pueblos oprimidos reconquistaron su independencia. Así como la colonización es parte de un proceso histórico mundial, la descolonización es también un transcurso general, con manifestaciones particulares. Y, en resumidas cuentas, ¿qué significa la descolonización? Simplemente que las poblaciones que han sido desposeídas del dominio, del control, de su propia realidad lo retoman. Es decir, se va el colonizador y esos pueblos llegan a ser naciones independientes.

Este proceso de autodeterminación es el que escamotea la actual política “descolonizadora” del gobierno boliviano, quizás por la complejidad que presenta una real política descolonizadora y los desafíos que ella representa. Es, pues, más cómodo intentar que el propio estado boliviano colonizador “descolonice” a las naciones subyugadas. Pero, ¿así se descoloniza o se perpetúa más bien la situación colonial en este país? Por ello, es comprensible que cuando el MAS y Evo Morales se refieren a la descolonización, ese discurso omite las experiencias históricas de descolonización de otros pueblos.

En Bolivia, actualmente, la descolonización es asunto de conferencias, de postgrados académicos y de diplomas y no un asunto de movilización de pueblos por recuperar su autonomía y su gobierno propio. Tenemos, pues, un problema pendiente que no se ha resuelto históricamente. Si bien en lo que actualmente es Bolivia los pueblos originarios han sido invadidos y colonizados y si bien ellos han resistido y luchado por liberarse de ese yugo, estos pueblos no han expulsado a los españoles y establecido su independencia. La “independencia” ha sido obra de los criollos, de los hijos de los españoles, quienes mantuvieron y en muchos casos empeoraron la situación colonial en estas tierras.

Vemos, en consecuencia, que el problema colonial se desprende de la ocupación y desestructuración del Tawantinsuyu, que comprende principalmente a los actuales aymaras y quechuas. Sin embargo, en la política autonómica del actual gobierno, que habla de 36 naciones originarias, ¡no están contempladas las naciones aymara o quechua al no “designárseles” un territorio! Sobre el tema territorial indígena, el actual gobierno retoma la categorización hecha por anteriores gobiernos neoliberales bajo la terminología de Territorios Comunitarios de Origen, las famosas TCO’s. Para aymaras y quechuas se pretende desmenuzar su unidad nacional al promover que los municipios coloniales en sus territorios pasen a ser “municipios con autonomía indígena”.

Dado que la historia tiene horror de los problemas pendientes y que no pueden haber problemas irresueltos de manera indefinida (pues de una u otra manera tienen que solucionarse), me parece que este es el eje del problema colonial en Bolivia. Y es respecto a este eje que el actual gobierno va a definir si tiene una aproximación coherente con los principios que reclama.

En este sentido, si hacemos un balance histórico, todos los movimientos surgidos de los pueblos originarios — políticos, sociales, guerreros—, han sido esfuerzos de esta población por recuperar su autonomía y su autogobierno. En la época contemporánea eso es lo que representa el surgimiento del indianismo y del katarismo: Han sido formas contemporáneas para poner fin a una anomalía histórica vigente en Bolivia, como también vigente en muchos países de América. Eso explica las semejanzas y las diferencias entre indianistas y kataristas.

Existe una línea histórica desde los primeros movimientos contra la ocupación española, liderados por Manco II, pasando por la revoluciones de Tupak Katari, Tupac Amaru, Zárate Willka, la república aymara de Laureano Machaca, hasta el nacimiento del MITKA y del MRTK en la segunda mitad del siglo XX y el cerco a la ciudad de La Paz que hubo el año 2000, por sólo citar algunos hechos históricos. El MITKA y el MRTK fueron las primeras formas políticas que se demostraron viables en el esfuerzo originario por alcanzar el poder, vendría luego el Movimiento Indígena Pachakuti, MIP, pues lograron representación parlamentaria. Si aceptamos que una lucha descolonizadora sólo es posible si existe una organización política que la aliente, encamine y dirija, es necesario estudiar a fondo la experiencia de esas organizaciones y reivindicar la necesidad del surgimiento de un ente político que culmine este proceso.

Los esfuerzos de esos partidos por llegar al Parlamento y pugnar por la presidencia de Bolivia, son formas de recuperar el derecho de administración y de gobierno para sus pueblos. Sin embargo, no sólo tuvieron magros resultados en ese esfuerzo, sino que fallaron en el objetivo general de descolonización. Es necesario hacer un balance de esa frustración, pues vemos con temor que en este momento tan conflictivo, las expectativas que despertó el MAS también pueden defraudar.

Si analizamos comparativamente los movimientos históricos mundiales de descolonización, esos procesos se iniciaron siempre con una valoración de la identidad, pues la colonización para asentar su dominio buscó siempre cambiar el cerebro del colonizado, alienar su mente para que no se reconozca en sí mismo, sino como abyecta dependencia del colonizador. Si el colonizado pierde su identidad, fácilmente puede aceptar una situación injusta: Anonadado, el colonizado acepta estar sometido a otros. Cuando el colonizador blanquea la mente de los supeditados, cuando les hace renegar de su identidad y les hace creer que la única manera posible de existir es copiando al colonizador, entonces la colonización es ineluctable.

Por eso, las rupturas descolonizadoras serán siempre iniciadas como una toma de identidad. Ese reasumir una identidad es drástico, radical. Se acentúa un retorno al origen; se exalta el pasado; se ensalza, incluso, el color de la piel discriminada. Pero todo esto es solamente lo externo de episodios de una primera fase descolonizadora. Constatar las diferencias y enorgullecerse de lo que antes el colonizado se avergonzaba, es sólo el preámbulo necesario que predispone al combate político y social, el único que conquista derechos y que logra victorias.

Ahora bien, parece que el movimiento indígena no ha superado esta primera fase; que nos hemos quedado estancados en esta primera grada del proceso descolonizador. Cuando analizamos lo sucedido en los años en que indianismo y katarismo eran protagonistas, constatamos que el indianismo se caracterizaba por la revalorización de los aspectos simbólico-rituales de la identidad indígena. Tenía una preocupación especial en la innovación conceptual y en el aspecto formal diferenciador del mundo q’ara. El indianismo era portavoz y defensor del exclusivismo indígena, de lo que ahora se conoce como pachamamismo.

Por otro lado, el katarismo era, en cierto modo, una reacción a esas características del indianismo, reacción alentada y alimentada frecuentemente por las ONG’s, iglesias y grupos políticos q’aras. El katarismo subestimaba el factor identitario y privilegiaba la relación con los sectores criollos más proclives a entender los derechos indígenas, proclamando su inserción en las luchas sociales, especialmente a través del sindicalismo campesino y de la vida política boliviana.

En ese momento, podrían habernos parecido alternativas antagónicas, el indianismo y el katarismo; o por lo menos contradictorias. Sin embargo, eran dos facetas de la misma moneda del estancamiento en la primera fase descolonizadora: Los unos elogiando y fosilizando el culturalismo indígena y los otros —traumatizados por una identidad que les incomodaba— buscando exorcizar todo lo que pudiera identificarlos como indios diferentes a los q’aras. En esto, una pequeña disgresión: Es curioso que algunos kataristas que entonces desprestigiaban al indianismo justamente por estos aspectos, estén ahora reproduciendo esos «dislates» llevándolos a niveles caricaturescos, respecto a una supuesta cosmovisión andina que ha reemplazado en su política el acendrado sindicalismo pro occidental que antes los caracterizaba. A la inversa, es ahora preocupación de muchos indianistas incursionar en el terreno histórico y sociológico clásico y profundizar en las ciencias sociales, aspectos que antes desdeñaban y calificaban de alienación occidentalizada.

Es, en consecuencia, la parálisis en el tema identitario la que puede explicar el fracaso político de indianistas y de kataristas y el hecho de que una organización, el MAS y un líder, Evo Morales, hayan logrado, esgrimiendo banderas ajenas, el poder que ellos tanto ansiaban. Es conocido que ni el MAS ni Evo Morales hicieron parte del movimiento indígena. Es más, su actitud hacia ese movimiento fue siempre despectiva. Sin embargo, el Evo sindicalista y occidentalizado, que motejaba como “volver al ch’unch’u pacha” los planteamientos indianistas, terminó vistiéndose exóticamente (como algunos de sus asesores se imaginan vestían antes los amawt’as aymaras) y pugnando ser reconocido, sobre todo en el exterior, como “líder espiritual” indígena.

¿Qué sucedió? El entorno que hizo a Evo Morales presidente y que ahora gobierna en su nombre, se dio cuenta de que tenía en sus manos un billete premiado: el origen y el rostro de su presidente. Y se apresuraron en cobrar ese billete, haciendo jugar a éste roles que seguramente nunca se había imaginado. Así, se recuperan banderas indianistas y kataristas, pero sólo en el plano simbólico y de discurso, pues el resto de la política sigue pautas más clásicas y bolivianistas.

En el discurso del actual “gobierno indígena”, el indígena es sinónimo de una especie de cosmovisión diferente, de universo cultural exótico, de un mundo curioso y delicado que puede salvar a la humanidad. Es decir, es un discurso construido y que sólo puede ser defendido y argumentado por los no indígenas. Por ello, quienes elaboran ese discurso y lo administran no son los luchadores sociales indígenas, los dirigentes campesinos, los combatientes indianistas y kataristas, o siquiera los numerosos profesionales de origen indígena egresados de nuestras universidades, sino una casta de criollos neo indigenistas, una mezcla de esotéricos y de imaginativos desempleados que, justamente, así han logrado encontrar empleo en este nuevo gobierno.

Ese discurso parece destinado más a paralizar una verdadera descolonización que a dar respuesta a las expectativas de nuestros pueblos, pues no solamente distraen la solución de los verdaderos problemas, que son concretos y nada etéreos, sino que desvía la reflexión teórica y política de muchos cuadros e intelectuales indígenas, continuando así el rol alienador de toda política colonial. De igual manera que antes había indígenas que como loros repetían los códigos de higiene y buena urbanidad que sus amos les dictaban, hay ahora indígenas que corean disparates ambientalistas y ocultistas, como si fuesen evidencias de nuestras culturas y sociedades.

Este desvarío conceptual puede tener repercusiones graves en el plano político. Los programas del gobierno tratan ahora de la existencia en Bolivia de 36 supuestas naciones indígenas. Veíamos antes que el referente histórico colonial para la reivindicación nacional no puede ser otro que el Tawantinsuyo, el Qollasuyo, que era un proceso de unidad de varias entidades menores. Cuando se parcializa la identidad indígena en supuestas identidades nacionales (y en ese esfuerzo se puede inventar la cantidad de “naciones” que se quiera) se soslaya la solución del problema colonial al fortalecer la única entidad que puede “administrar” a las dispersas entidades indígenas, es decir al Estado boliviano, que es un Estado colonial así se le llame ahora “plurinacional”.

De manera perversa, al querer escamotear el antagonismo entre Bolivia y los indígenas, en realidad se crean nuevos antagonismos locales. Al provocar el surgimiento de espurias identidades indígenas (lecos, por ejemplo) se prepara el terreno a futuros conflictos disgregadores que confirmarán la inviabilidad del Estado boliviano. Este panorama de improvisación política y de jolgorio doctrinal del actual gobierno, obliga a kataristas e indianistas a tomar iniciativas políticas. Ya no se trata de seguir llorando ni de jugar a los exóticos, se trata de elaborar proyectos serios y de tomar el poder.

Se trata, puramente, de concretar una liberación nacional, de lograr la descolonización. Y la descolonización no es cuestión de conjuros ni de fórmulas mágicas, sino de implementación de políticas. Y para ello tenemos que dar los pasos siguientes a la afirmación de nuestra identidad cultural. Debemos conocer al resto del mundo y saber qué poder ejerce sobre nosotros ese resto del mundo. Ese conocimiento no será posible si nos refugiamos en una supuesta diferencia sustancial entre nosotros y los otros, pues cuando sobrevaloramos ficticiamente nuestra identidad dejamos de ejercer poder sobre lo concreto, dejando a otros la responsabilidad y el privilegio de gobernarnos. Es decir, jugamos el rol que precisamente desea el colonizador. ¿Acaso no podemos darnos cuenta de que es el occidente el que genera el mito del indígena fusionado con la naturaleza, del indígena bueno que está más allá del bien y del mal, que se comunica gentilmente con las plantas y los pajaritos?

Esos mitos contradicen absolutamente lo que es la vida real de nuestros pueblos, de nuestras comunidades y nos aleja de la administración del poder. ¡Y por eso tenemos como resultado justamente lo que nos quejamos! Protestamos porque los operadores de este gobierno no son indígenas, mientras que como indígenas simplemente jugamos dócilmente el rol que el discurso de ese funcionario de gobierno nos reserva.

El mito siempre lo ha utilizado quien quiere dominar. Simón Bolívar, cuando justificaba por qué era el criollo y no el indio quien debía realizar la independencia, nos atribuía una naturaleza benigna y paradisiaca, cuando escribía que el indio era de un “carácter tan apacible, que sólo desea el reposo y la soledad; no aspira ni aun a acaudillar a su tribu, mucho menos a dominar extrañas”. Pero luego, cuando los «liberados» le contradicen su voluntad política, manifiesta despectivamente: “Los blancos [de Perú] tienen el carácter de los indios, y los indios son todos truchimanes, todos ladrones, todos embusteros, todos falsos, sin ningún principio de moral que los guíe”.

En definitiva, se trata de ser indígenas contemporáneos, ese es nuestro desafío político. Los héroes a los que nos referimos, por ejemplo Tupak Katari, hicieron su rebelión según los términos y condicionamientos de su momento histórico. Todos los movimientos indígenas, de los que buscamos nutrirnos, fueron respuestas concretas a situaciones concretas. Debemos referirnos a nuestro pasado, es cierto, pero sólo si lo proyectamos al futuro. Y para proyectarlo tenemos que defenderlo, lucharlo, en este presente y sólo en este presente. Es decir, si queremos liberarnos, debemos romper las cadenas actuales y no ampararnos en el pasado.

El actual “proceso de cambio” si tiene algún mérito es el de crear las condiciones para una auténtica descolonización. Este proceso yo no creo que pueda dar las réplica descolonizadora, pero sí está generando la necesidad de respuestas. Esta administración no puede dar respuestas porque es demasiada ambigua, demasiada confusa. Busca contentar a todo el mundo y trata fundamentalmente de conservar su poder, así sea aliándose con la Unión Juvenil Cruceñista y, al mismo tiempo, disfrazando a nuestro presidente en sus ceremonias de entronización en Tiwanaku. Trata de mantenerse como sea, aún a costa de la demagogia y del descrédito. Habla contra el capitalismo y “le tiembla” a los empresarios privados. Declama discursos descolonizadores y pugna porque se haga en Bolivia la elección de Miss Universo…

Sin embargo, si este gobierno está apocado para provocar rupturas, sí está —a pesar de sus desaciertos, o quizás debido a ellos— creando panoramas de futuros quiebres. Que estos no sean desastrosos y perjudiciales para todos, sino liberadores y unificadores, depende de la nueva generación indianista y katarista. El actual gobierno, mal que mal, ha logrado que el boliviano admita que existe el indígena. Eso es un reto dirigido a nosotros, pues debemos admitir que la descolonización es tarea enmarañada. Tenemos que admitir también que los bolivianos existen.

La situación es pues compleja, pues no solamente existe Bolivia y los bolivianos; existe también Latinoamérica y el Mundo y existen contradicciones internacionales y existen posicionamientos. Si no nos ubicamos en ese contexto, no lograremos la descolonización y la liberación nacional.

* Nació en La Paz en 1952, cursó estudios de historia y administración municipal. Militante y activista del movimiento indianista. Fundador y director del Centro CHITAKOLLA, en La Paz, Bolivia. Concejal y Alcalde en la Segunda Sección de la provincia Murillo, La Paz. Fue miembro del Grupo de Apoyo sobre Asuntos Indígenas en las sesiones de la ONU en Ginebra. Actualmente es Director del periódico PUKARA.Fuente: Historia, coyuntura y descolonización. Katarismo e indianismo en el proceso político del MAS en Bolivia, Fondo Editorial Pukara, Edición electrónica 2010, La Paz, Bolivia.http://periodicopukara.com/archivos/historia-coyuntura-y-descolonizacion.pdf