Las terminales de autobuses, flotas, quinienteros, trufis etc. deberían convertirse en los centros de control mecánico y de conductores de estos medios de transporte tan importantes. En las paradas de todos estos endemoniados los terminators se ponen a jugar ruleta rusa todos los pasajeros que deben ir de un lado a otro, confiando dizque, en el transporte que les llevará a destino sin mayor percance que el de quizá un retraso.

El Estado Plurinacional muy ducho en suspender a las empresas culpables sin considerar que son instituciones privadas que tienen a su haber no solo empleados de planta sino también empleados que tiene que ver con todo el tinglado del manejo y administración de la flota. Lo que se debe hacer es sancionar con la revocación de los permisos pertinentes e incluso la intervención legal del medio de transporte para salvaguardar la fuente laboral de los que no tienen nada que ver con el accidente. De esa manera se toman decisiones sabias para que se siga sirviendo al público y no afecte la fuente laboral de los que de otra manera pasarían a ingresar las filas de los desempleados.

Los trufis, taxis y otros medios de transporte también deben pasar revisiones regulares, cada seis meses o un año, dependiendo de la antigüedad del vehículo. Con esto se tiene totalmente arreglado el control de calidad del transporte y el pasajero puede tener absoluta confianza en que el Estado protege con seriedad su seguridad personal y su vida.

Las sanciones deberían ser máximas con los encargados de pasar los controles; la certificación de un vehículo como apto para llevar pasajeros debería ser un documento de tal valía que quien lo poseyese, se sentiría no solo seguro él mismo, sino con la certeza de que los controladores, mecánicos, etc. que estuvieran envueltos en el tema de inspección, estarían poniendo su propia seguridad jurídica y su vida laboral en el tablero.

Se acabaron los chanchullos de comprarse una “inspeccioncita”, se acabaron los tramposos de falsificar documentos. Un accidente de coche no solo debe costar la vida de los accidentados sino la suspensión de permisos y cárcel de aquellos que supuestamente dieron la certificación como buena, o hicieron trampa y no su trabajo como corresponde.

Los controles de peaje que no cumplan con la inspección general de documentos del vehículo, del número de pasajeros, las luces reglamentarias, un botiquín, un teléfono exclusivo de uso de emergencia en caso de accidente o fallo mecánico, el estado del conductor, no solamente alcoholemia sino de cansancio y nivel de alerta. Asegurarse de que haya más de un chofer en las rutas donde se requieran y que ambos estén en perfecto control de su vehículo. Si este trabajo no es cumplido con la rigurosidad presentada también deben estar sujetos a las mas severas sanciones legales.

Los servicios de transporte público, deben funcionar como si fueran aviones, con todo el historial de vida del vehículo a mano y con las garantías mecánicas y de conducción idóneas. No pueden seguir con las prácticas de antaño y asumir que los pasajeros son esa especie de bulto dispuesto a soportar además de malos tratos, incomodidades sobre humanas, suciedad del medio de transporte, y mal mantenimiento.

Los propietarios del transporte público deberían tener uno, dos o tres helicópteros de emergencia para rescatar a los pasajeros accidentados. Ellos ganan lo suficiente como para proveer a los ciudadanos de atención médica urgente. El SOAS no solo debe ser para pagar a los parientes de los difuntos sino para socorrer en caso de accidente grave.

Suspender a la flota accidentada es un atentado al resto de los trabajadores de esa empresa, suspender permisos y dar el control a los chóferes puede ser el mejor paso para servir mejor al ciudadano.

Ser punitivo no es lo único que vale, es imperioso organizar el sistema de transporte como si de un sistema de salud se tratase, como si los pasajeros fueran de cristal y los encargados de esa preciosa carga sean conscientes de su responsabilidad. Ni una gota de alcohol en el transporte público. Ni una gota de alcohol en el cuerpo de cualquiera que conduzca un motorizado. Las carreteras solo son seguras si los conductores toman consciencia de que de ellos y solo de ellos depende la seguridad de los pasajeros.