En estos días se está jugando el mundial de fútbol en Sudáfrica y en todos los estadios solo se escucha el ruido monótono y ensordecedor producido por largas cornetas sudafricanas llamadas vuvuzelas.

La Argentina, un país futbolero, envió una enormidad de periodistas deportivos al continente africano, a discutir entre ellos, ante las cámaras de televisión, si el equipo debe de formar así o asado. Discusiones infinitas que no terminan en nada pero que hacen pasar el tiempo delante de la “caja boba” esperando la llegada del próximo partido. Sin embargo existe un tema en la que todos están de acuerdo, lo molesto que resultan las vuvuzelas a la hora de jugarse los encuentros.

Y esta queja es comprensible, pues son molestas para ellos que tienen que relatar y comentar, pero nosotros queremos ir un poquito más allá y pensar sobre el extrañamiento que producen.

Nuestras canchas de fútbol se han caracterizado siempre por la inventiva popular a la hora de manifestarse. Cánticos apropiados a las circunstancias: jugando contra Inglaterra: Y ya lo ve, y ya lo ve, el que no salta es un inglés. Estrofas de canciones del rock nacional; estribillos vinculados a los defectos del rival; burlas y marchas políticas en época de elecciones, etc. etc.

Esto y mucho más a pesar de la crítica de los “sobacos ilustrados” de la culturosa revista Ñ donde se quejan que: “El universal “dale campeón”, se entona con la melodía de la marcha peronista”.(26/6/10 p.3).

Todo ello, en general, muestra una creatividad inagotable y espontánea de la multitud en la tribuna. Toda esta creatividad va a parar al traste con el ruido de las vuvuzelas. Pues su ruido anula los cánticos, mutila la manifestación de la creatividad popular, vuelve monótono el espectáculo futbolístico con todo lo de diverso que tiene una tribuna llena de alegría.

Ayer y hoy se quejaban hinchas chilenos y mejicanos de no poder expresar sus cánticos porque eran tapados por el ruido de “panal de abejas” que producen las vuvuzelas.

El agudo dibujante Caloi a través de su personaje Clemente nos dice así en su tira de dibujos: Cuadro 1: Qué laburo es ser hincha argentino en un mundial. C2: Porque uno además hinchar por la selección, hincha por los argentinos que juegan para otros, como Camoranesi para Italia. C3: Hincha por los DT argentinos que dirigen otras selecciones, como Bielsa y Martino. Hincha por los referís argentinos como Baldassi. C4: Hincha por los extranjeros que jugaron o juegan en los equipos argentinos, como Mendel, Morel, Cáceres, Forlán, etc. c5: Hay una sola cosa que hincha más que un argentino: La vuvuzela.

Lamentablemente hace unos días leímos que el famoso sindicalismo polaco, Solidarnosc, que luchó y venció al comunismo en su país, estaba encargando un lote de vuvuzelas para utilizarlas en sus manifestaciones político-sindicales. ¿ Cómo, no hay hinchadas en Polonia?. Un aspecto más de la homogeneización cultural del mundo que extraña a los pueblos de sus particulares formas de manifestarse.

Allá por 1989 escribimos un trabajo titulado la homogenización del mundo en donde sosteníamos que: “la homogenización se manifiesta en primer término a través de lo que el hombre dice y le dicen: el lenguaje y publicidad. En segundo lugar mediante lo que el hombre hace y se hace: la existencia; y en un tercer momento en lo que el hombre piensa y desea en tanto que ser social: los ideales políticos [1][1]

La homogenización que producen las vuvuzelas está vinculada al primer aspecto de la homogeneización del mundo, aquel que tiene que ver con lo que el hombre dice y le dicen. Y así observamos en nuestra vida social cotidiana la adopción masiva de términos en inglés que bien podríamos decirlos en castellano, con lo cual se produce un extrañamiento lingüístico respecto de la lengua maternal, lo que implica una cierta pérdida de nuestra identidad originaria. De la misma manera podríamos hacer una analogía diciendo que, para los hinchas argentinos, las vuvuzelas son a los bombos, lo que el inglés al castellano.

Esperemos que a los hinchas kirchneristas que fueron al mundial, como los hijos de Moyano y Cía, no se les ocurre la nefasta idea de importar, ellos también, vuvuzelas. Aunque a fuer de ser sinceros, no lo creemos imposible. Pues el afán de imitar, e imitar mal cual un espejo opaco, es una tara típica de la intelligensia progresista.

(*) arkegueta, aprendiz constante

[1][1] Buela, Alberto: la homogenización del mundo, Bs.As., Ed. Cultura et Labor, 1989, p.7