Pensar América Latina obviamente no es una tarea nueva, la pensaron, o mejor la descubrieron azorados los primeros cronistas españoles y sobre ella escribieron y de ella entendieron lo que entendieron. La habían pensado antes los exponentes de las grandes culturas prehispánicas del continente aunque de ello tengamos testimonios fragmentarios sólo a través de los códices mesoamericanos que se ha podido preservar.

La tarea de los hombres del siglo XVI fue, azorados, intentar acercarse a lo que ese nuevo mundo representaba y leerlo con sus propias armas intelectuales, en buena medida renacentistas. Quizás el momento culminante de ese pensar fue en Valladolid en el famoso y primer gran debate mundial cargado de humanismo que tuvo precisamente a los americanos como sujeto de discusión y de construcciones teóricas. Las Casas y Sepúlveda marcaron para la historia una honda reflexión sobre lo que España estaba haciendo en la América conquistada, con todas sus profundas, devastadoras y a la vez creativas secuelas.

¿Cómo pensar América Latina hoy? De algún modo estamos ante un nuevo descubrimiento, el de saber que los viejos instrumentos de análisis, que los paradigmas y las recetas están anclados en un camino intermedio entre lo evidente por repetido, porque se desenvuelve como un reloj que después de girar trescientos sesenta grados vuelve a marcar la misma hora que ya vimos marcada antes, y el contexto de un mundo cuya velocidad de cambio apenas sí podemos seguir.

De lo que se trata, para tener un panorama más o menos claro, es de revisar algunos elementos de lo que se dijo e hizo en el pasado para responder a las grandes preguntas latinoamericanas y a la vez ser capaces de engarzar ese pensar, decir y hacer con lo que hoy estamos viviendo.

Lo primero es comprender lo insuficientes que son las categorías del análisis, o mejor, las categorías ideológicas usadas para definir lo que vemos y proponer lo que quisiéramos ver. La primera constatación es que los latinoamericanos construimos nuestras miradas a partir de grandes corrientes de pensamiento cuyas bases fueron siempre y de modo casi exclusivo occidentales, cosa por otra parte lógica dado que América Latina era y es parte de Occidente. Asunto que hoy está en cuestión, sobre todo en aquellas naciones con importante presencia indígena, por ahora el área andina y muy pronto alguno de los países con población indígena significativa como Guatemala. El tema no es baladí y es bueno plantear el debate sobre la premisa de que sería absolutamente inaceptable a título de la recuperación de los legítimos elementos preexistentes en el mundo anterior a Colón, que nuestra región no es parte de Occidente, no sólo en la geografía, sino esencialmente en la herencia directa de valores, modos de pensamiento y concepciones de mundo que se anclan en el pasado greco-latino, en el hispánico, en el anglosajón y, como ha ocurrido en el mundo entero, en las corrientes de pensamientos generadas en los últimos siglos también más allá de Occidente. Parece un asunto casi bizantino, pero es uno de los elementos más significativos a dilucidar, porque será inevitablemente de nuestras fuentes primigenias de construcción intelectual de donde podremos darnos cuenta en qué medida podemos proponer una visión sobre nosotros mismos en la política y en la sociedad. Afirmar una cosa no implica negar la otra, esto es el importante y extraordinario legado del mundo prehispánico. Lo que inevitablemente nos lleva a la gran cuestión de la construcción de los paradigmas culturales latinoamericanos, en los que sin apelar a la visión de Vasconcelos que hoy puede parecer insuficiente, pero pionera sin duda, la relectura de la palabra mestizaje es indispensable.

Un mestizaje que hoy, a diferencia del México y la Bolivia de revolucionarios, no es una propuesta uniformizadora de cultura, lengua e identidad, sino, por el contrario, el reconocimiento de la pluralidad, de la confluencia de pueblos con diferentes orígenes étnicos, de lenguas, de cosmovisiones y de experiencias occidentales y no occidentales que conforman una totalidad particular y diferente al Occidente concebido como centro único. Es en este asunto donde se debe poner un énfasis especial porque está claro que la experiencia política del continente ha transitado por caminos específicos con particularidades que plantean respuestas disímiles y que en consecuencia exigen un reacomodo de determinados principios que pueden ser mal entendidos como de una sola vía, es decir, de una lectura exclusivamente occidental. Esto, siempre y cuando entendamos que no se trata de sustituir una línea de pensamiento por otra, sino que comprendamos su complementariedad y sus nexos aun en la diferencia. Decirlo desde el Cono Sur puede parecer casi exótico, pero en la perspectiva de naciones como Bolivia, Perú o Ecuador, el tema cobra una extraordinaria importancia, no sólo en tanto dos de estas naciones, en particular Bolivia, están en pleno desarrollo de sus nuevas Constituciones, sino porque proponen una visión que pone en tela de juicio lo que considerábamos principios universales e incuestionables. De su aplicación dependerá en buena medida el nuevo debate de ideas que se debe comenzar a trabajar ante una realidad que tiene sin duda alguna peculiaridades que quieren dejar atrás muchas ideas y conceptos que en el final de la segunda mitad del siglo XX parecían haber diseñado de modo inequívoco el escenario ideológico sobre el que se construirían los cimientos del siglo XXI latinoamericano.

Por eso es precisamente hoy más importante que nunca volver sobre el debate en torno a los modelos occidentales y al lugar que ocupamos en el planeta cuando se habla de construcciones teóricas que beben de determinadas fuentes. Uno de los lugares comunes más socorridos es que el continente se alimentó de modelos importados cuando definió su ruta de construcciones nacionales en el siglo XIX. Modelos, está demás decirlo, “copiados” de la Revolución estadounidense y de la francesa. De ambas lo más importante fue la nueva concepción de lo que hoy entendemos por modelo democrático republicano, Estado de derecho y derechos y garantías ciudadanas que culminarían en la Declaración Universal de los Derechos Humanos en la segunda posguerra del siglo XX.

Empecemos por hacer algunas precisiones históricas muy breves pero indispensables con las que comenzamos este texto. El primer gran debate universal sobre los derechos de conquista, de guerra y de los derechos de los seres humanos en general lo hizo España, la España imperial a propósito de sus acciones en la España colonial, discusión de vuelo que protagonizaron Bartolomé de Las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda, con conclusiones, las de Las Casas de vigencia plena hoy. Más allá de las consideraciones del presente, es un hecho y lo plantea con claridad meridiana Octavio Paz en Sor Juana Inés de la Cruz o las Trampas de la Fe que México (Nueva España) o Perú en los siglos XVII y XVIII, eran considerados partes del territorio español, pero no exclusivamente desde la metrópoli, sino desde las propias colonias. Un mexicano se consideraba español y para todos los efectos lo era (en el contexto evidente de discriminación y categorización diferenciada que hicieron las Leyes de Indias), más que eso, en muchos aspectos, las principales ciudades de la España colonial eran tanto o más importantes que las españolas, no sólo en demografía y riqueza, sino también en producción intelectual de la que no estaba exenta la política.

Siguiendo el razonamiento del papel de nuestro pasado colonial, es ya un referente inexcusable el desarrollo, el debate y la aprobación de la Constitución de Cádiz en 1812 que estableció principios liberales absolutamente consistentes en comparación con los procesos de Estados Unidos y Francia.

Se dirá que fue una consecuencia de ambos, sí, con dos precisiones, se hizo en territorio español con la presencia de representantes de las colonias americanas y bebió de dos fuentes, una “externa” ya mencionada (también Occidental) y otra propia, que se pueden explicar con sólo mencionar la rebelión de los comuneros del siglo XVI que a punto estuvieron de poner de cabeza el reinado de Carlos I, para no mencionar la cantidad de reflexiones de pensadores españoles en el período de máximo esplendor de su monarquía a propósito de la vinculación entre lo que hoy denominaríamos ciudadanos y el rey. El fácil expediente de asumir que el despotismo ilustrado se basaba en el poder del rey directamente devenido de la voluntad de Dios se puso en cuestión de manera muy nítida en el renacimiento y España vivió esa experiencia traumática pero modernizadora, vía municipios, cabildos y comuneros, en suma a través de un fuerte poder local, que exigió que el rey diera cuenta de sus actos a sus súbditos, a quienes se debía.

Pero el elemento verdaderamente crucial para establecer nuestras raíces y nuestra ligazón con Occidente tiene que ver con algo que con frecuencia se pasa por alto. El proceso de independencia de América Latina que se dio entre 1809 y 1830 y que llevó a la creación de veinte naciones independientes que se liberaron de la colonización española, portuguesa o francesa, marcó la aplicación masiva de constituciones basadas en el liberalismo político, en un número tal que fue el mayor del mundo y que, salvo Estados Unidos, tuvo un carácter pionero. Más que eso, la construcción de los Estados nacionales como modelo universal vigente con matices hasta hoy en que la globalización lo pone en cuestión, fue de inicio fundamentalmente una experiencia latinoamericana. Hay que subrayar además que una cantidad muy importante de teóricos en los últimos años de la colonia española y los primeros de nuestras repúblicas, desarrolló interpretación, lecturas y aportes por modestos que pudieran pensarse (Lastarria, Monteagudo, Alberdi, por ejemplo) con ideas como la ruptura con el feudalismo, el republicanismo, una tendencia mayoritaria al federalismo que al unitarismo y la secularización. Nos eximiría de mayores comentarios el proyecto de Constitución para Bolivia diseñado por Simón Bolívar que además de su estructura en sí fue acompañada por una pieza muy poco difundida del Libertador, que es el texto introductorio a esa Constitución que presentó a consideración de la Asamblea Constituyente de Bolivia en junio de 1826. Ambos textos a guisa de ejemplo, demuestran aportes teóricos nuevos y complementaciones a la matriz de esta filosofía expresa da en la Constitución estadounidense concebida por Hamilton, Jay y Madison y escrita por Jefferson. Bolívar establece una presidencia vitalicia, una vicepresidencia como jefatura de gobierno, cuatro poderes en vez de tres, tres cámaras legislativas y evidentemente una rabiosa defensa del valor de la ciudadanía y la libertad de conciencia.

El que se haya dado un desarrollo desigual y evidentemente menos exitoso de las naciones latinoamericanas, en comparación con Estados Unidos, no se puede resolver con la simpleza de decir que las razones de estas imposibilidades están referidas a la aplicación mecánica de modelos importados e impuestos en lo que toca a la construcción de nuestras instituciones republicanas. El problema planteado se refiere a otros asuntos de la mayor importancia sin duda. En muchos casos la imposibilidad de romper el autoritarismo y el militarismo, traducidos en el surgimiento de caudillos que frenaron el desarrollo institucional. La diferencia, y en eso la tradición estadounidense marca una línea muy diversa, fue la concepción de construcción del poder en la sociedad prehispánica y colonial y aquí sí cabe la disquisición a propósito de modelos específicos. El autoritarismo como modo de construcción de la sociedad practicada por imperios sofisticados como el Inca, el Azteca y el español, contrastó con la raíz deliberativa que desde el origen plantó bandera en las colonias inglesas del norte y la forma expeditiva y brutal en que resolvieron la “cuestión indígena”.

No es una contradicción en los términos, es simplemente la constatación de que ambos caminos, el de los ensayos de construcción republicana frente a la monarquía y los resabios de una fuerte tradición autoritaria, chocaron durante todo el siglo XIX, lo que en general condujo a los resultados más bien pobres que vivió el continente ante el imperativo de organizar sociedades democráticas. Pero el elemento de análisis no es ese, es la naturaleza propia o ajena de la propuesta y la idea fuerza es que el continente fue parte de la construcción del modelo republicano, no un remedo sino un eslabón de su realización. Es sólo a partir de esta evidencia que podremos comprender el sentido, las razones y los efectos de las propuestas regionales en política, economía y sociedad en el tránsito entre los siglos XIX y XXI.

La primera constatación es que en esa línea de pensamiento de la que directa o indirectamente formamos parte, las propuestas continentales estuvieron a salto de mata entre las ideas de libre cambio y de proteccionismo. Varias de ellas se decantaron por el librecambio y la inserción en la economía mundial, en la que el modelo de extracción y exportación transcontinental estuvo bajo premisas de inversión e influencia de las grandes potencias mundiales, para el caso que nos ocupa Gran Bretaña primero y Estados Unidos después. Esto en el marco de una cierta nostalgia cultural por Francia, dada la impronta indeleble del iluminismo. Esa inserción marcó el dominio de un modelo político económico teóricamente compatibles, aunque en sus extremos, perversos las más de las veces, se basó en el caudillismo puro y duro, o en la democracia de elites bajo estricto control y manipulación, ambos sobre un colchón económico cuyo modelo fue la formación de un modelo de infraestructuras nacionales al servicio de inversiones extractivas o de producción agroindustrial y pecuaria para la exportación.

La discusión ideológica entre conservadores y liberales marcó una impronta cuyas variantes eran de matiz y de sectores geográficos, económicos o específicamente de elites que manejaban el poder o lo subrogaban en caudillos políticos o militares.

El surgimiento de nuevas ideas sociales, la penetración de marxismo y fascismo, definieron en el siglo XX propuestas ideológicas renovadoras que cuestionaron la democracia y sus supuestas debilidades, pero en particular permitieron el comienzo de lo que a mediados del siglo aparecería como la “tercera vía” que el populismo se encargaría de encarnar. El fenómeno previo más importante fue sin duda la Revolución mexicana. México no sólo llevó adelante un cambio de las “estructuras tectónicas” de la sociedad porfirista, una reforma agraria sin precedentes internacionales de esa profundidad y estableció un modelo político que sin embargo no buscó la ruptura con la idea republicana de democracia. El que el concepto “sufragio directo no reelección” acabará transformado en la mezcla entre el ogro filantrópico de Paz y la dictadura perfecta de Vargas Llosa, no limita un milímetro esos aportes sumados al concepto de constitucionalismo social que en teoría definió una propuesta más equilibrada y razonable que la radicalidad de la revolución soviética de 1917 y su posterior y rigurosa aplicación estalinista a partir de 1924. Su eje fue el cuestionamiento de la calidad “sacrosanta” de la propiedad privada y el nacimiento del valor nodal del bien común.

El gran problema continental fue casi siempre la combinación imposible –salvo el caso mencionado– entre intereses de elites y modelo democrático- económico. Era una ecuación sin solución porque la sociedad en su esencia no iba camino a la construcción democrática, sino a la reproducción de poder de las minorías. Los grandes partidos liberales-conservadores del continente no pudieron superar esa limitación estructural que acabó pervirtiendo cualquier camino objetivo hacia la República con mayúsculas.

Entre 1920 y 1945 las corrientes europeas surgidas del resultado sangriento de la primera posguerra y la hipótesis notable de que la batalla mundial se daría entre fascismo y comunismo, ante el fracaso, la debilidad y la “degeneración” de la débil democracia representativa, influyó de modo definitivo en América Latina, lo que condujo a algunos fenómenos muy importantes, la ampliación del constitucionalismo social instalado de modo más o menos consistente hacia fines de los años cuarenta y la construcción de propuestas que lograron generar ideas alternativas al marxismo. Para el ámbito andino es imprescindible entender a Mariategui. Pero el gran vendaval fue el nacionalismo a salto de mata entre fascismo y comunismo, que tuvo expresiones lúcidas en México y Brasil y una expresión ideológica de gran valor conceptual en Haya de la Torre. Dos contradicciones se debatieron en ese momento, la contradicción nación antinación que Montenegro expuso en Bolivia con el vigor del revisionismo histórico y la contradicción que en los sesenta y setenta se expresaría como centro-periferia que había terminado razonando que la contradicción se planteaba contra la influencia nefasta del imperialismo sobre el continente. El proceso ideológico era ciertamente mucho más complejo que eso, pero se podría ilustrar con la tesis de que el alimento del crecimiento del mundo desarrollado era succionado sistemáticamente de los huesos del mundo en desarrollo y que por definición intrínseca era imposible dejar liberarse a las naciones dependientes porque en esa situación estaba basado el éxito del Primer Mundo. Lo interesante aquí es que por diversos caminos el nacionalismo populista construyó un paradigma no exento de coherencia. Quizás el MNR boliviano logró a golpe de pura intuición redondear las ideas y acciones propuestas en Perú, México o Argentina. Frente a la lucha de clases, la alianza de clases; frente al internacionalismo, el nacionalismo; frente al estatismo industrialista bajo el mando del partido que expresa a una sola clase, el capitalismo de Estado que representa y es la sociedad, todo esto complementado por una tenue economía mixta y una todavía endeble ruta hacia la industrialización. En lo cultural y en la identidad, la reivindicación del pasado “indomestizo” que, recogido de los teóricos mexicanos, peruanos y bolivianos, creó el paradigma del mestizo como el gran protagonista y dueño en el que estaba depositado el pasado común de Europa y América en la nueva sociedad.

En la meta del industrialismo como mito del desarrollo, Argentina intentó con una base de infraestructura industrial mucho más sólida una compleja y contradictoria experiencia en el primer peronismo, cuyas secuelas aún son parte del encendido debate. Pero el problema de fondo es que América Latina no aprendió la lección del triunfo aliado en la Segunda Guerra. El dilema planteado en los años treinta había resultado falso. Contra todo pronóstico y gracias a la increíble y dinámica máquina industrial estadounidense, la “condenada” democracia capitalista salió triunfante en la guerra para iniciar la confrontación de bloques entre capitalismo y comunismo. En cambio, fue la democracia la gran derrotada por el nacionalismo latinoamericano, que se apoyó en genuinas y legítimas bases populares iniciando un gran proceso de incorporación y de dinámica social positiva. Pero igual que el fascismo y el socialismo deificó al Estado, Latinoamérica lo hizo de un modo más solapado, pero lo hizo. La democracia fue el instrumento frágil de una propuesta que en el fondo descreía de las “viejas ideas burguesas”, entre las que estaban el republicanismo y el liberalismo político.

Quizá 1945 sea por ello el punto de inflexión de una derrota histórica. Por muchas razones Latinoamérica debió aprovechar una ventana de oportunidad que el populismo enterró. Su peso mundial en tanto en cuanto número de países, potencialidad por el tamaño de su PIB, educación, rasgos de formación de clases medias y su condición de escenario preparado para un proceso de industrialización, le hubiesen permitido dar un salto que en ese período dio Asia desde un punto de partida muy inferior.

Tradicionalmente se ha repetido hasta el cansancio que fue sobre el final de los cincuenta que los latinoamericanos definieron una propuesta económica que era adecuada para enfrentar el desafío de la historia. La doctrina Prebish y el camino resumido de modo grueso a efectos de los límites de espacio de este trabajo, en “la sustitución de importaciones”, por ende en la creación de una base productiva propia y el diseño y la aplicación de mecanismos progresivos de integración, que sumados parecían en ese momento idóneos. Simultáneamente los ensayos democráticos comenzaron a perfilarse en varias naciones, los más serios en Colombia y Venezuela, pero a la CEPAL le tocó competir con una utopía, competencia que en “primera vuelta” va siempre a la derrota. La Revolución cubana fue el gran hecho contemporáneo a Prebish y Castro pudo más con su discurso antiimperialista y su alineamiento con la URSS, que el cuidadoso escenario del razonado crecimiento económico.

No se ha hecho mucho énfasis en esa razón para explicar por qué la tesis cepalina no se pudo desarrollar en un terreno fértil, lo era en cambio para el foquismo y el idealismo de la exportación de la Revolución como respuesta a la desigualdad, la pobreza y la marginalidad.

A esto se sumó la esperable respuesta de Estados Unidos, cuya trayectoria para interferir, dañar e imponer sus condiciones en las naciones más próximas a su área de influencia, Centro América y el Caribe y en algunos casos más al Sur, había sido descarnada antes de 1962 y que terminó por complicar el escenario cuando decidió estrangular a Cuba. A la llegada de la Doctrina de Seguridad Nacional en 1964 y la caída en dominó de las naciones latinoamericanas en la esfera del militarismo más duro, las ideas de la Alianza para el Progreso fueron sepultadas, además de haber ya contaminado las propuestas endógenas de la región, aunque elementos de un desarrollismo teñido de nacionalismo pervivieron. La carrera ideológica continental entró en el escenario internacional y los no alineados no hicieron otra cosa que alinearse. La Alianza para el Progreso además no había sido el plan Marshall para la Europa devastada, ni los latinoamericanos entendieron que el trabajo a destajo en las peores condiciones de un capitalismo salvaje del Asia, dejarían un estela de daños en su crecimiento que se incrementó con la ola de procesos de descolonización en África y Asia entre los primeros sesenta y la mitad de los setenta del siglo pasado.

En ese momento se comenzó a manejar a trompicones el matrimonio entre política y economía. La democracia no estaba en el escenario real de las consideraciones conceptuales de la región. Eso explica en parte la imposibilidad de probar en un escenario adecuado la fórmula Prebish, que en la distancia vemos hoy que, por razones de contexto comprensibles, adolecía de algunas deficiencias en cuanto a su escasa flexibilidad para comprender en una dimensión más completa las implicaciones de la economía abierta y el creciente proceso de globalización expresado ya nítidamente en la década de los años noventa.

Hay que volver aquí al tema de la integración. Esa fue la bandera que la Comunidad Económica Europea levantó justo en el final de los cincuenta, modelo que funcionó por razones que quizás expliquen en buena parte el trauma que dejó la hecatombe de la Segunda Guerra Mundial y la talla del liderazgo europeo de posguerra. Los esfuerzos de América Central y el Acuerdo de Cartagena en la región andina intentaron un camino similar, con la diferencia de que el horizonte político y la realidad económica eran mucho más frágiles que los de los europeos. Otra vez la razón de fondo y el verdadero meollo del problema era la democracia. Su inexistencia o su falta de profundidad institucional, o ambas combinadas. Cualquiera que sea el modelo político, son su estabilidad y su construcción institucional en el largo plazo lo único que puede garantizar por el mecanismo de prueba y error un determinado modelo económico. Más que eso, las políticas económicas de los grandes bloques de poder no se modificaron en su esencia durante casi todo el siglo XX.

El socialismo real apostó a un modelo y murió con él, sin cambios. El capitalismo apostó a la economía de mercado y a la transnacionalización de la economía en el largo plazo. La diferencia entre Estados Unidos y Europa, y ese fue un elemento muy importante de la consideración a propósito de las variantes económicas del capitalismo en el Viejo Continente, es que en Europa se siguieron dos modelos, el de la economía social de mercado de los liberales y el estado de bienestar de los socialdemócratas. Se podrá pensar que son diferencias más o menos acentuadas, sí, siempre y cuando olvidemos que los valores democráticos institucionales fueron inalterables en ambos ensayos. Si parafraseáramos a Clinton, debiéramos decir: “¡Es la democracia, estúpido!”. Eso fue lo que América Latina tardó en comprender. Entre 1959 y el principio de los ochenta la batalla por la democracia no fue una cuestión que tuviera la relevancia necesaria. Las respuestas híbridas naufragaron por falta de continuidad, por insuficiencia de gestión y porque las propuestas ideológicas pecaron de un radicalismo poco adaptado a los desafíos internacionales de cada una de las etapas históricas desde la independencia.

Los genocidios en dictaduras como las de Argentina, Chile y Guatemala; las desgarradoras conflagraciones civiles en Nicaragua y El Salvador; el proceso perverso e infinito de la violencia colombiana y las guerrillas transformadas en correas de transmisión de la reivindicación social y las mafias; el delirio hecho realidad de Sendero Luminoso en el Perú; la instalación del narcotráfico, la marginalización de grandes sectores de la sociedad y el estallido de una palabra ominosa como pobreza, fueron una sumatoria excesiva en ese período, pero marcaron las respuestas de diverso corte que promovieron las diversas democracias recuperadas sobre el fin de los setenta y principios de los ochenta.

Cuando el muro se desplomó, la izquierda latinoamericana enmudeció mientras miraba con pavor que el idealismo revolucionario cubano se desvelaba como una dictadura inflexible. Una utopía transformada en una amarga y larga agonía alimentada por los resabios de la miopía bloqueadora norteamericana y por el aliento romántico de un importante puñado de intelectuales, logró alimentar la llama sobre el estandarte de la imagen del Che y poco más. Todavía Cuba es un asunto no resuelto para la izquierda del continente. Pero lo que quedó claro a pesar de la nostalgia es que la respuesta no estaba en Cuba. Tampoco estuvo en Washington.

Al terminar la década de los ochenta, la de la pesadilla de la deuda externa, con el reacomodo democrático no del todo cristalizado, se empezó a hablar con machacona insistencia del famoso “Consenso de Washington”, que pasó a ser mitología, el paradigma del llamado “neoliberalismo” hijo del matrimonio Reagan-Thatcher, cuando en su esencia era una serie de pragmáticas recetas de reformas estructurales macroeconómicas y monetarias que, dicho sea de paso, llegaron para quedarse hasta hoy. No era necesariamente la biblia del neoliberalismo. La simplificación de esa lectura hizo que acabáramos perdiendo de vista que la complejidad de los procesos de América Latina era mayor que esa ecuación. Poco tiene que ver el camino privatizador a ultranza que hicieron entonces Perú o Argentina, con las profundas reformas hacia la inclusión y la descentralización de Bolivia en ese mismo período.

La paradoja se puede expresar en dos ejemplos, la Argentina de Menem en su insólita y desmesurada apuesta por el salto argentino del Tercer al Primer Mundo que terminó en la crisis de 2001, y el dramático caso de Haití, que desde la segunda salida de Arsistide del gobierno entró en un proceso de casi descomposición como Estado. Sea como fuere, la pregunta elemental es cómo América Latina llegó al comienzo del siglo XXI habiendo pasado por diferentes experiencias de políticas económicas, de las que no está exenta prácticamente ninguna de las recetas universales, desde el extremo de liberalismo más descarnado hasta el socialismo militante. Difícilmente podremos encontrar en el siglo que comienza caminos en economía que modifiquen en lo esencial las experiencias ya recorridas. Lo dramático parece ser que no hay lecciones que estemos dispuestos a aprender. Quizá la mayor de ellas es que la ortodoxia cuasi religiosa es la única garantía del camino al desastre, en la medida en que las características complejas de sociedades desiguales, con una distribución inequitativa hasta el escándalo y con características de composición cultural no integradas como en las naciones europeas y Estados Unidos, que asimilaron de modo distinto la migración (hasta el segundo lustro del siglo XXI en que el tema migratorio cambio completamente de contenido).

El “gran descubrimiento” del siglo XX fue la democracia, la democracia que en teoría recogía el modelo de los padres fundadores (de América Latina, no sólo de los Estados Unidos). Esto abrió el espacio para otra utopía, democracia, estabilidad, instituciones sólidas, poderes independientes y coordinados entre sí. Era un camino no sólo deseable, sino que parecía posible. En los noventa, salvo Cuba y el peculiar caso de Haití, todos entramos en la fiebre de esa construcción de gran esperanza. Al final de la década no era descabellado decir que estábamos encaminados, tanto que nos atrevimos a firmar la Carta Democrática de la OEA, que era una forma de ratificación de que los negros nubarrones de la dictadura no volverían y de que estábamos maduros para encarar civilizadamente el futuro. La globalización había llegado más allá de cualquier interpretación de valor sobre sus virtudes y defectos. La democracia era el modelo más próximo al ideal y la economía parecía encaminada a moverse en las aguas del libre mercado con variantes más o menos relevantes pero en ningún caso contradictorias. No fueron pocos los países que entendieron que era posible ese modelo con la preservación de lo que en los sesenta y setenta se entendió como la preservación de “sectores estratégicos” de la economía que debían quedarse en manos del Estado. Quienes decidieron tirar la casa por la ventana desterraron el término “estratégico” y lo privatizaron todo. Así les quedó el cuerpo.

El paradigma democrático aparecía como intocable y perfecto en su concepción teórica. Esa fue la profecía de Fukuyama, la euforia pos muro de Berlín parecía imparable y el choque de civilizaciones vislumbrado por Huntington una errónea mirada sombría del futuro. El 2001, apenas doce años después, frenó en seco esa ilusión, esta vez cayeron las torres y el mundo entró en una crisis de dimensiones dramáticas de las que aún no se recupera. América Latina enfrentó sus propios demonios y como producto de ese choque muchas cosas se pusieron de cabeza.

El argumento básico era bastante consistente, el llamado neoliberalismo no nos sacó de la pobreza a la velocidad requerida. Lo que pasó en realidad es que los indicadores sociales mejoraron y la pobreza disminuyó de modo significativo, pero a menos velocidad que la ampliación de la brecha entre ricos y pobres y del crecimiento de la marginalidad traducida en pobreza extrema. Una paradoja constante en el continente. Por otro lado, la desideologización de la política vació a los grandes partidos que confundieron roles. De estructuras sociales de mediación y representación de intereses de la comunidad pasaron a ser magníficas pero vacías máquinas mediáticas recolectoras de votos, abrigados refugios de las elites que controlaron poder económico y político, nadando en un charco de corrupción. Las recetas ortodoxas de ajuste económico alentadas con una irresponsabilidad sin límites por los centros de poder, especialmente FMI y Banco Mundial, estrangularon a sus socios más aplicados, hasta que éstos se ahorcaron con su propia soga.

La democracia representativa pagó los platos rotos, no sólo por la miopía suicida de los gobernantes que se apoltronaron en el éxito macro de la década de los noventa, sino por la imposibilidad de entender que el modelo impecable del siglo XIX era el de los principios esenciales, pero que requería de ajustes vinculados a la especificidad de cada una de nuestras naciones. En medio de esa reflexión forzada por la violencia, pasamos de la democracia de las urnas a la de las calles, sin que las urnas dejaran de funcionar… Precariamente, algunas de las democracias se salvaron del abismo guardando formas constitucionales que no podían ocultar el profundo deterioro de un modelo que hacía aguas por todas partes.

En este punto se plantean varias cuestiones importantes. Por una lado, están quienes creen que son las bases de la democracia política liberal las que no resisten más y que es legítimo, necesario en realidad, objetarlo todo y cambiarlo todo o casi todo. En el otro extremo están quienes apuestan a que si no se preserva la totalidad de esos valores y la forma como fueron concebidos y escritos “en piedra”, todo se caerá y entraremos en la espiral de la dictadura. Otra vez la ortodoxia radical tiende a matar salidas razonables y equilibradas. El debate de fondo está en cómo resolver la construcción democrática en América Latina en el siglo XXI.

El primer problema para aproximarnos a un debate serio sobre la cuestión es el uso de las categorías de análisis, o mejor, el uso de las palabras cuyo contenido expresa una fuerte carga ideológica, igual que la palabra “silla” establece inmediatamente una conexión entre el sonido expresado y la representación del objeto enunciado, hemos escogido teóricamente, porque a partir de ello entendemos más o menos lo que queremos decir, palabras como “izquierda”, “derecha”, “neoliberalismo” y “populismo” o “neopopulismo”, para definir situaciones, actores, momentos y realidades de hoy.

Quizás ese sea uno de los problemas principales que nos impiden hacer una lectura correcta de lo que estamos viviendo. Nos pasa algo parecido a lo que les ocurrió a los conquistadores españoles en el siglo XVI, las palabras no les alcanzaban para describir el nuevo mundo que veían por primera vez, porque muchos de los paisajes, objetos, personas, animales y plantas que veían habían sido literalmente inexistentes en su imaginario, en su mente y en su lengua. Poco a poco fueron inventando palabras nuevas o adaptando aquellas que los americanos usaban en sus lenguas de origen para describir el mundo nuevo que los europeos descubrían.

Insistir en el uso de una terminología para “entendernos”, porque nos sirve para lograrlo, puede generar el efecto inverso al deseado, confundirnos o, lo que es peor, trasladar las categorías de pensamiento de los años sesenta, setenta, ochenta y noventa para describir una realidad que tiene poco que ver con ese pasado.

El segundo desafío es entender que quizás estamos equivocando el sujeto de análisis o cuando menos no lo estamos ordenando adecuadamente. Cuando juzgamos la realidad actual lo hacemos a partir de las consecuencias y no de los efectos o, para decirlo mejor, a partir de quienes han sido “escogidos” para representar sus aspiraciones. Los Presidentes, las agrupaciones o partidos de nueva data, los idearios que esos nuevos protagonistas proponen o ejecutan, cuando quizá lo que debiéramos es intentar comprender por qué quienes gobiernan llegaron hoy donde están. Lo que ha cambiado en América Latina y en el mundo es el ciudadano; lo que han cambiado son sus valores, su visión de las cosas, sus expectativas, su percepción de la realidad y su horizonte de futuro. Independientemente de que nuestro diagnóstico pueda ser correcto, cuando en términos de cifras hacemos una caracterización y llegamos a las remanidas conclusiones macro de que los niveles de pobreza extrema en nuestro continente son espantosamente altos, que somos la región más desigual del planeta (lo que, por cierto no es del todo correcto, no debemos perder de vista que muchos países de Asia tienen hoy niveles de desigualdad más dramáticos que América Latina), que el modelo económico no ha resuelto las cuestiones referidas a las necesidades básicas de la gente y que la democracia corre riesgo porque la pobreza no resuelta conlleva desintegración, violencia y construcción de respuestas anti sistema.

Lo que no acabamos de percibir es que la legítima búsqueda de la felicidad de la que hablaban los padres de la patria estadounidense no es hoy la misma que lo fue ayer (para hablar de un ayer de hace medio siglo).

Como muy bien han anotado Durán y Nieto (2), es indispensable entender que los políticos latinoamericanos en su gran mayoría no hemos entendido que esos cambios son esenciales y se traducen en características muy claras. Más del 60% de los electores tienen entre 18 y 25 años. La vida se ha feminizado (rol de la mujer, protagonismo de ésta en todos los ámbitos de la actividad, conquista de derechos, pero también actitudes masculinas más próximas a una sensibilidad que hace décadas era criticada por “afeminamiento”), el hedonismo se ha impuesto y finalmente la revolución de las comunicaciones (la computadora y la Internet como sus expresiones más contundentes) tiene una magnitud que cambia de modo radical todo o casi todo lo que funcionaba en la política del pasado, empezando por el perfil básico de los valores en debate.

Si es verdad que el martirologio, la mitificación de la muerte (¡Patria o muerte, venceremos!), la idea del sacrificio, el sentido de la responsabilidad y de la culpa, entendidos como una condición básica de la vinculación del individuo con la sociedad en función de su participación o no en su transformación, son valores que formaron parte esencial de cómo concebimos nuestro rol social y las razones que movilizaban a comunidades enteras, deberemos preguntarnos cuáles son los parámetros en los que nos movemos hoy y en los que creen hoy nuestras sociedades.

¿Qué es, en consecuencia, ser de “derecha” o de “izquierda”? Los valores de la “derecha” se asocian al individualismo egoísta, a la economía de mercado, al dominio de lo privado sobre lo público, a la insensibilidad social, al racismo y a la idea de la exclusión en general. ¿A qué pueden asociarse las ideas de la “izquierda”? A la recuperación del rol del Estado en la economía, a la idea de que hay recursos naturales estratégicos que deben estar en sus manos, a la concepción de una “utopía” de igualdad y al cuestionamiento del “modelo”, a la recuperación del discurso anti imperialista, al discurso de la inclusión, la justicia social y al radicalismo en temas de medio ambiente y de reafirmación de identidades particulares. Esta diferenciación no es necesariamente exacta.

No existen ya ideas absolutas. La gente es liberal en economía y amplia en el reconocimiento de derechos civiles y opciones sexuales o religiosas y a la inversa.

¿Cuáles son los nexos entre una postura y otra? Más de lo que nos gusta aceptar. Evidencias en términos éticos (lucha contra la pobreza, inversión social, búsqueda de equidad e inclusión) y aquellas que comienzan a parecerse a las leyes generales de la física (no totalmente inmutables, pero bastante claras, como la de la gravedad, por ejemplo, o en economía un equilibrio macroeconómico y una presencia global del mercado). Desde la “derecha” se afirma que la globalización es un hecho factual más allá de lo que opinemos de ella y que hay que integrarse a ella para no perecer; desde la “izquierda”, se propugna luchar para destruir la globalización.

Desde el integrismo religioso islámico se propugna la destrucción de los valores de Occidente para lograr la imposición de una sociedad dominada por Alá. Poco o nada tiene que ver eso con nuestro debate ideológico, pero muchos desde la “izquierda” latinoamericana interpretan identidades con esa postura, por un solo ingrediente común, la postura antiestadounidense (el enemigo de tu enemigo…) o la idealización de las particularidades.

Desde cualquier lugar de América Latina una joven de “derecha” o de “izquierda” que entra al mercado tiene que lidiar con sus aspiraciones individuales, con la presión del éxito, con la demanda de igualdad de trato y salario con un compañero de trabajo hombre, con la evidencia de que la oferta de trabajo es menor que la demanda y con la aspiración de la felicidad traducida en consumo. Vivir mejor es consumir más y para consumir más es necesario tener capacidad de consumir más a través de ingresos que lo permitan. Ese dinero es el aceite de una economía que ha encontrado la curiosa fórmula de que los objetos (aun aquellos que te transportan al mundo de la virtualidad lúdica, informativa, económica, científica, etc.) son la felicidad.

Esa sinonimia inventada por Occidente en el último medio siglo ha condicionado el diseño de la economía, de la sociedad y de su funcionamiento. Su éxito es su destrucción. Sus inventores están buscando la fórmula para encontrar la solución antes de que el propio planeta, igual que la mayoría de los objetos que produce esa sociedad, sea fungible irreversiblemente. Esta es una cuestión que comienza a ser esencial en el debate de fondo también en América Latina. El modelo y la concepción filosófica del progreso, el crecimiento y el bienestar, están en cuestión.

De pronto, desde este continente debemos comenzar a reflexionar y proponer respuestas de modelos de crecimiento y búsqueda de la felicidad humana que permitan una compatibilidad entre presente y sostenibilidad de futuro que Occidente no acaba de responder. Se dirá que es en manos de los grandes países desarrollados donde se juega ese diseño; probablemente esto sea real, pero lo que está claro es que la discusión ideológica en nuestra región debe partir del debate y el cuestionamiento de la premisa esencialista de lo que se entiende por búsqueda de bienestar. Algunos han sustituido el “vivir mejor” por “vivir bien”, el problema es que aún el concepto es débil y muy marcado por afirmaciones generalistas apoyadas en pasados idílicos que nunca existieron, pero el principio no carece de sentido.

¿Qué tiene que ver esta “derecha” con la del sesenta? ¿Qué, esta “izquierda” con la penosa osamenta de la revolución cubana, los rastros de las paredes que pedían la “imaginación al poder” en el Mayo francés, o los cerebros calcinados por las secuelas alucinógenas del poder y las flores del hippismo?

Ernesto Che Guevara execraba al socialismo real porque estimaba que el único incentivo para la creación del hombre nuevo era el moral. Hoy moriría de inanición en medio de una sociedad en la que esa idea se ve como insana, que no suscribiría Diego Maradona (basta conocer algo de su vida personal), que lleva tatuado el ícono de la boina en su cuerpo, ni Fidel, que llenó la isla de hoteles de lujo para recibir divisas frescas antes de que llegue la transición a la democracia que todos en Cuba y fuera de Cuba saben que es el camino inexcusable del futuro.

¿Qué es entonces lo que estamos viviendo en América Latina? La insurgencia de nuevas realidades que no se pueden aprehender fácilmente si seguimos atados a los viejos conceptos de la política. Nuestra redefinición nos debiera obligar –volviendo a las premisas iniciales de este trabajo– a aceptar que somos parte de Occidente pero que tenemos ingredientes propios que es posible integrar en nuestros modelos políticos.

Ese poder mundial único protagonizado por un fundamentalista como George W. Bush llevó las cosas a una polarización que ha permitido el renacimiento de viejas ideas que no tienen otro soporte que el que le da el ser el enemigo común. Ese enemigo se ha reposicionado gracias a Osama Bin Laden y Bush. Ha sido el producto de una confluencia histórica previsible y terrible, porque ha fortalecido los demonios que se estaban despertando después de la ilusión de la nueva paz pos Guerra Fría. Finalmente, los viejos fantasmas humanos que incendiaron la tierra, particularmente en la Edad Media y el primer Renacimiento, están otra vez entre nosotros.

La mayor equivocación en nuestro continente es presumir que se puede construir estructuras de pensamiento y propuestas políticas de largo plazo sin columna vertebral que los sustenten. En una centuria hemos transitado por muchos caminos y en general hemos sentido gran frustración, porque aparentemente ninguno de ellos ha funcionado. En parte por nuestra inmadurez política, en parte por las particularidades de nuestra composición histórica y nuestra realidad cultural, en parte porque el propio mundo ha sufrido algunas de esas transformaciones, ha tenido que adaptarse a ellas y nos las ha transmitido, en esencia porque no fuimos capaces de hacer de lo democrático la suma de instituciones sobre las que edificar el futuro.

En muchos sentidos un exceso de racionalismo nos hizo pensar y todavía nos hace pensar hoy que las concepciones sociales, políticas y económicas tienen carácter universal. Asia parecería ser una prueba de ello. Pero el éxito en los países asiáticos donde se logró, fue una combinación de elementos políticos, sociales y culturales que una parte de ese continente (sólo una parte, la otra sigue enfrentada a realidades tanto o más dramáticas de desigualdad y pobreza que el promedio de América Latina) pudo amalgamar con acierto.

América Latina reniega al comienzo del siglo XXI del llamado “neoliberalismo”, porque quienes lo aplicaron pecaron de mecanicismo y ortodoxia, fueron poco flexibles, pretendieron contradecir las “leyes de la física” y se cayeron, pero especialmente mezclaron cosas que no se pueden mezclar, entre ellas la idea de democracia económica con autoritarismo político bajo ropaje democrático (que, en cambio en Asia sí funcionó, como había funcionado en algún país de nuestra región cuando Estados Unidos bendecía las dictaduras por la simple razón de que ese era otro momento de la historia).

Para que todo esto suceda se han tenido que alinear los astros. El alineamiento es muy evidente. Un astro se llama China, el otro se llama India, no son los únicos, pero si los más importantes. Los dos solos han revolucionado los precios internacionales de las materias primas. Las despreciadas materias primas que hace una década habían sido condenadas por los gurús de la economía al baúl de los recuerdos, desbancan (por un tiempo, claro) los valores tecnológicos que obligaron a inventar el índice nasdacq. De pronto, en el lustro 2002-2008, el petróleo pasó de algo más de 10 dólares el barril a casi 150 y el oro pasó de algo más de 280 dólares a casi 1.000 la onza troy. No serán los precios referenciales, pero sin duda promedios de 80 para el uno y de 800 para el otro no parecen descabellados, a pesar de la crisis mundial de 2008. Igual que Perón en los maravillosos años del trigo a mares y del ganado que hizo fortunas y le permitió a Evita regalar hermosas máquinas de coser Singer a las descamisadas, varios mandatarios llevan adelante programas de asistencialismo que les permiten regalar departamentos a los más pobres y llevar adelante programas de salud, educación y entrega de fondos en efectivo a los ciudadanos.

El aserto bíblico se aplica, simbólicamente: Siete años de vacas gordas y es indefectible que son siete de vacas flacas. Cuando los astros en su tránsito orbital dejen de estar alineados y nos hayamos comido las vacas gordas ¿Qué será de esta fiebre “revolucionaria” de los discursos antiimperialistas y de la retórica antiliberal? ¿Qué quedará de esta confrontación cargada de voluntarismo, de nuevas constituciones, reglas refundadoras y el síndrome de Adán que ataca a algunos de los líderes del continente? ¿Se volverán a cumplir inexorablemente las leyes de la física y de la economía?

En otras palabras, esta “izquierda” enfrentada a esta “derecha”, ¿lo hace sobre el precio de sus materias primas, o sobre el valor intrínseco de sus ideas? ¿La construcción de teorías ideológicas de fondo es consistente?

Pero no nos confundamos, esa constatación no puede ni debe hacernos olvidar que lo que está claro como el agua es que este mundo no es el de ayer y que la política no podrá repetir las experiencias del pasado. Los políticos deben comprender el nuevo escenario y comenzar a entender a sus votantes. El idealismo del siglo XXI es diferente, no es que no exista, sino que simplemente tiene otros puntos de referencia. Para nosotros ese escenario de cambio que tiene que ver con el sexo, la mujer y la Internet, tiene también que ver y de modo crucial con la pobreza. La violencia es en consecuencia un ingrediente dramático. Probablemente Sendero Luminoso no renazca, pero las “maras” o pandillas pueden ser tan devastadoras como Sendero. La lógica ética indiscutible de las consecuencias del narcotráfico, hoy están en cuestión. Si el líder de un movimiento cocalero surgido del corazón de la producción de hoja para el narcotráfico es Presidente de un país y es recibido con reverencias en el mundo (especialmente en una Europa cargada de mala conciencia por la conquista de América, mala conciencia que no tiene para la conquista romana de su propio continente) ¿De qué estamos hablando? Apenas tres años antes de la asunción al mando de Morales, el embajador de Estados Unidos no hablaba con él porque lo consideraban aliado del terrorismo y el narcotráfico.

¿Qué quiere el ciudadano latinoamericano de hoy? Poco de debate ideológico, nada de adscripción a causas abstractas, nada de sacrificios y entrega de la vida por los demás (lo que no tiene que ver con la afortunada existencia de un sentido real de solidaridad muy profundo en nuestro continente), nada de interminables discursos incomprensibles (paradójicamente, Aló Presidente se parece más a las jornadas evangélicas de congregación que a los clásicos discursos de plazuela de los años cincuenta, pero funciona), nada de complejos programas de gobierno (que sí deberán diseñarse y aplicarse en el contexto de la responsabilidad de quienes deban gobernar). Lo que hoy los latinoamericanos quieren son respuestas concretas a sus problemas concretos. Eso quiere decir que estamos es el fin del centralismo secante, el comienzo de la fortaleza del municipio y la región, la reivindicación del poder local, en suma. Menos retórica y más acción. Un empleo real, seguridad en su calle y en su casa, una educación que permita a sus hijos estar mejor que ellos en un próximo futuro (lo que se está convirtiendo en otro mito, dado el brutal crecimiento de la oferta de trabajo calificado y la esmirriada demanda), mayor cantidad de tiempo para el ocio, la seguridad de estar conectado con el mundo virtual que es parte esencial de su vida y por encima de todo un empleo seguro y digno con mejores ingresos, no como producto de la lucha de clases ni por su reivindicación de casta, sino, por el contrario, a través de una movilidad social que rompa barreras. Los pobres no quieren la revolución, quieren dejar de ser pobres, pero lo que sí está cada vez más claro es que son más proclives a votar por quienes son como ellos (a fin de cuentas son la mayoría) y por quienes les dan más cosas tangibles (subsidios, bonos, rentas, objetos), entre otras cosas porque las elites los han defraudado sistemáticamente y por largo tiempo y si no, la rapidez para salir a las calles y derrotar allí lo que no pudieron lograr mediante la democracia representativa. Mientras los gobiernos tengan el excedente para lograr dar esas respuestas, tendrán éxito, eso quiere decir que el andamiaje del que hablamos es bastante precario.

¿Y los problemas esenciales? He ahí la cuestión. El cambio de siglo ha dejado un tendal de “muertos, heridos y desaparecidos”, no me refiero en este caso a los de las dictaduras militares, sino al sistema de partidos, la solidez de los principios democráticos, los modelos ortodoxos y dogmáticos en economía y las certezas de lo que funcionaba y lo que no funcionaba. Para entender el cuadro de la situación hay que tener claras algunas cosas. Estamos objetivamente mejor que ayer, hay menos pobreza, mejores condiciones de infraestructura, saneamiento básico, salud, educación, esperanza de vida, menos mortalidad y morbilidad infantil y materna. En los últimos cincuenta años hemos hecho avances más que extraordinarios. Los indicadores de 1960 y los de hoy hacen la diferencia entre la noche y el día. A pesar de ello, la percepción de casi todos en la región es que estamos peor que antes y pocos se empeñan en demostrar lo evidente, que eso no es exactamente así.

Ahora bien, las metas no se alcanzaron ni se alcanzarán nunca, lo cual es parte de la metáfora del horizonte que se aleja a medida que uno avanza en su dirección. La velocidad de los logros ha variado según el país y su propia evolución, pero la realidad de una explosión demográfica que supera cualquier lógica racional y la sobre explotación del planeta que es simplemente suicida, pueden permitir parte de la explicación, la otra parte hace a la naturaleza humana y sobre todo a la imposición de uno de los talones de Aquiles del modelo occidental de acumulación individual y la idea de crecimiento, progreso y bienestar, que es filosóficamente antitético a los desafíos de derrota de la pobreza y sostenibilidad del modelo en el tiempo.

Pero todo esto sería parte de un debate atractivo si no estuviéramos viviendo una realidad extremadamente frágil, ante el surgimiento de los llamados “movimientos sociales” (otra expresión difusa en la que caben desde activistas radicales violentos y aun parte de grupos con vocación terrorista, hasta organizaciones con gran convocatoria y legitimidad en sus demandas). La vieja utopía socialista permite hoy que grupos organizados y violentos salgan a las calles a presionar hasta obligar a la renuncia de varios Presidentes, a la vez que reivindiquen no ya el bien común, la revolución y todo el poder para el pueblo, sino desde la legalización de la producción de coca sin límites, la de la venta de ropa usada, hasta la expulsión de una empresa extranjera que administra el agua de una ciudad. La “democracia directa de la calle” se está transformando progresivamente en la capacidad por la vía de la intimidación, la amenaza y la expulsión del núcleo social de quien se oponga a este, de romper la voluntad popular expresada en el voto ciudadano, individual y basado en la libertad de conciencia. A este panorama se suma el conjunto de movimientos étnico culturales en naciones con fuerte componente indígena como la mayoría de las naciones andinas y Guatemala, en la que la exclusión secular de los indígenas ha abierto las compuertas para propuestas que intentan con muchas dificultades compatibilizar los parámetros del liberalismo político occidental con los usos y costumbres de los pueblos indígenas (la crisis estructural que enfrenta Bolivia por esta causa es un elemento de preocupación sobre la volatilidad de algunas naciones latinoamericanas).

Ninguna de las posiciones parece haberlo comprendido, entre otras cosas porque es difícil encontrar respuestas a la recomposición de un sistema de partidos y una democracia que están cuestionados en su esencia. Mientras se hallan esas respuestas, lo que tenemos es un recrudecimiento de las viejas taras continentales, el mesianismo caudillista en sus peores expresiones, con el barniz de una democracia inescapable en las formas (lo que no es poco), que irónicamente puede disfrazar mejor un autoritarismo que sea irreversible en el mediano plazo y que está a la vuelta de la esquina. Parece, por ejemplo, que el presidente Chávez no podría encabezar pelotones de fusilamiento contra sus opositores, ni eliminar de raíz (aunque lo intenta) la multiplicidad de medios de comunicación opositores a su régimen, ni meter en la cárcel impunemente a quien le parezca por su orientación sexual o por sus opiniones en una cátedra universitaria. Cosas que sí pudo hacer, y de hecho hizo, su mentor en Cuba desde hace casi cincuenta años. Eso no es poco y habla de las diferencias entre un momento histórico y otro.

La búsqueda de hegemonía regional chavista, su propuesta de “socialismo del siglo XXI”, la reforma constitucional a su propia Constitución, buscando más autoritarismo, y su deseo de eternizarse en el mando, la “socialización” de la propiedad en ciertos niveles y el control férreo de la macroeconomía, eliminando autonomías como la del Banco Central ¿se podrían definir como de “izquierda” y como realmente socialistas? ¿La palabra “neopopulismo” alcanza? Probablemente sí, pero nos puede llevar a conclusiones erradas. La realidad mundial del siglo XXI nos exige una lectura más precisa de lo que ocurre en la realidad de hoy. ¿Se puede ser independiente en un mundo interdependiente? La pregunta es e