Hace unos días Barack Obama participaba de un homenaje realizado en honor a la recientemente desaparecida activista por los Derechos Civiles Dorothy Height en la Catedral Nacional de Washington. Dorothy Heigth fue una de las primeras y más destacadas luchadoras contra la segregación racial ya desde mediados de la década del 30. A pesar de su bajo perfil, llegó a ocupar los lugares femeninos de más destaque, luego de Rosa Parks, en el movimiento que liderara el extinto Martin Luther King.

Pero mientras esto ocurría y el Presidente de los Estados Unidos no dejaba de destacar los logros de esta gran señora y del Movimiento contra la discriminación racial que ella integrara, en el Estado de Arizona se dictaba una ley que obliga a la policía de ese Estado a detener a aquellas personas que aún sin cometer ningún delito, “el sentido común de la Autoridad” haga suponer que puedan ser inmigrantes indocumentados. Y bien sabemos cuan discrecional puede ser el sentido común de la policía en un estado fronterizo cuando se le da carta blanca para perseguir inmigrantes, sentido común que posibilitaría que se detengan a personas por el sólo color de su piel, o se encarcele a otras porque sus rasgos físicos o sus indumentarias delaten otro origen cultural, o que se condene a priori a aquellos que hablen otro idioma que no sea el inglés. El summun para cualquier vocacional racista de esos que, lamentablemente, tanto abundan dentro de la sociedad norteamericana.

Es que quizás que sea allí donde se encuentre la verdadera razón por la que esta nueva ley se haya vuelto tan popular aún antes de su entrada en vigencia, y que ya sean muchos los Estados de la Unión que quieren impulsar normas similares a la “Ley Arizona”.

Las sinrazones de una ley racista

Y desgraciadamente son muchos, también, los que la defienden a capa y espada. Se dice, por ejemplo, que mediante esta nueva legislación, tan sólo se está haciendo cumplir la normativa inmigratoria ya existente con mayor eficiencia. Pero en realidad, lo que está quedando bien en claro, es que esta ley podría servir para perseguir con descarnada vocación racista a mejicanos y a centroamericanos de origen indígena que hayan cruzado o tratan de cruzar la frontera buscando una vida mejor. Tanto es así que un fervoroso defensor del NAFTA (Tratado de libre comercio entre Estados Unidos, Canadá y México), gran amigo y “socio” de los Estados Unidos, como lo es el mismísimo presidente de México Felipe Calderón, no ha podido menos que denunciarlo en varias ocasiones, incluso también, en su última visita al Presidente Obama realizada por estos días.

Por otra parte se argumenta que mediante esta nueva ley se estará evitando aumentar el desempleo dado que estos inmigrantes indocumentados de piel cobriza y rasgos aindiados vienen a “robarle” los puestos de trabajo de los norteamericanos. Nada más falaz y alejado de la realidad. La inmensa mayoría de los inmigrantes indocumentados que logran atravesar la frontera, luego de recorrer enormes distancias y exponerse a todos los peligros del desierto donde muchos pierden la vida, tienen origen campesino (muchos de ellos desplazados de las zonas agrícolas mejicanas que han quedado postergadas desde la entrada en vigencia del NAFTA por la competencia de productos primarios norteamericanos). Son los mismos que terminan trabajando en “haciendas gringas” al otro lado de la frontera en condiciones infrahumanas, por sueldos miserables y totalmente en negro sin ninguna protección social, puestos de trabajo que ningún ciudadano estadounidense estaría dispuesto a aceptar. Las Autoridades de Arizona son muy lentas a la hora de hablar de esto, pero son muy prestas para señalar a esta pobre gente como los culpables directos de la falta de trabajo de muchos norteamericanos. Es mucho más fácil buscar chivos expiatorios que calmen la profunda preocupación que tienen muchos norteamericanos por su situación económica con estas explicaciones que distraen de la verdadera causa de estos males: la aguda crisis del capitalismo a nivel mundial, pero en particular del capitalismo norteamericano que aparte de la gran debacle financiera, decididamente está perdiendo su hegemonía y no logra despegar de una recesión que ya lleva más de tres años de instalada en la gran potencia del Norte.

Por último, se asegura que con esta nueva legislación se estará también poniendo freno al incesante incremento del crimen. Básicamente se está tratando de asociar a los inmigrantes indocumentados con ciertos delitos que calan hondo en la sociedad norteamericana, en especial, con el tráfico de drogas. Es cierto, nadie puede negar la existencia de los carteles mejicanos de la droga. Pero no nos engañemos, si esos carteles tienen su razón de ser y su existencia asegurada desde hace mucho tiempo no es por los pocos kilos que algún inmigrante indocumentado puede pasar haciendo de mula, si no por las toneladas de droga que el crimen organizado logra introducir a Estados Unidos gracias a la incapacidad de las instituciones norteamericanas que tratan de combatir este flagelo, a las voluntades que el dinero de la droga compra, a los propios criminales norteamericanos que la distribuyen por todo el país, y por supuesto, a los millones de estadounidenses que las consumen a todos los niveles sociales.

Desde Martin Luther King para acá

Ahora bien, seamos claros, no es que creamos que esta ley sea un exabrupto de alguna mente enferma que cree en la supremacía blanca, o cosas por el estilo. No, mucho más doloroso que eso: es un síntoma inequívoco de que la discriminación racial es un problema social crónico en los Estados Unidos, y que el cuerpo social norteamericano la expresa con estos ataques de virulencia que hacen que una ley de este tipo cuente con inusitado apoyo popular y que vaya a ser tomada como ejemplo a imitar por otros Estados.

Mal que le pese a muchos, desde el movimiento de los derechos civiles para acá, y aún teniendo a un afroamericano como presidente de los Estados Unidos, las cosas no han cambiado mucho en casi medio siglo de lucha contra el racismo, y los pocos cambios que han habido han sido de superficie o se han vuelto pura letra muerta en los papeles.

Y para demostrar esto último nada mejor que traer al recuerdo un hecho, muchas veces citado por la propia Dorothy Heigth que habría marcado a su vida desde la juventud, concretamente cuando, por el color de su piel, el Barnard College de la Universidad de Columbia denegó el ingreso por ella solicitado aludiendo a que el cupo de dos negros que aceptaba esa institución por año ya estaban cubiertos. Seguramente no faltará quien diga que aquellas humillantes formas de segregación racial son cosas del pasado (por ejemplo, escuelas primarias, liceos y transporte público segregado). Y es cierto, esas formas de discriminación tan “groseras” han desaparecido, pero en esencia siguen perdurando formas soterradas de racismo que siguen postergando del mismo modo que entonces al afroamericano. Todavía hoy la educación superior norteamericana sigue discriminando, tal vez no sea por cupos y los métodos utilizados sean mucho más sutiles, pero los hechos son contundentes: el 61% de los estudiantes negros que solicitaron ingresos a todas las facultades de derecho norteamericanas entre 2003 y 2008, fueron rechazados (1).

Pero por si esto fuera poco, vayamos a las últimas palabras públicas que Martin Luther King pronunciara a favor de una huelga de basureros de color de la ciudad de Memphis, el día anterior a ser asesinado, donde dejaba bien en claro las condiciones de postergación que padecían los afroamericanos por aquellos días, que hacían que vivieran en los lugares más desposeídos (los famosos “ghettos negros” de los suburbios de las grandes ciudades), que cumplieran con las tareas más bajas del escalafón social y que recibieran ingresos muy por debajo del promedio de los ciudadanos blancos. No anduvo con medias tintas y culminó lo que sería su último discurso público diciendo: “Es una vergüenza que en esta Nación inmensamente rica se paguen (a los trabajadores negros en huelga) estos salarios de hambre.”

Y, ¿cuánto han mejorado las cosas luego de 42 años de aquellos acontecimientos y de 47 años de abolidas las viejas leyes discriminatorias? Desgraciadamente, muy poco. En 2008 los ciudadanos que pertenecían a grupos étnicos minoritarios percibían ingresos medios entre un 60 y un 80% menores a los de los “norteamericanos caucásicos”, y mientras que la proporción de blancos que vivía en la pobreza era del 8,6%, la misma tasa se triplicaba para los afroamericanos al 24,7 % durante ese mismo período (3).

Una “America” que se salió del libreto

Podríamos seguir dando cifras y estadísticas que demuestren lo que estamos planteando, pero sería por demás tedioso. Sin embargo, todos esos datos y más que nada, la porfiada realidad, están dando elocuentes muestras de una “America” que se salió del libreto, que es bien diferente a la que nos tratan de imponer los medios estadounidenses. Desde un buen tiempo a esta parte, globalización y medios alternativos mediante, está surgiendo a la luz pública mundial la verdadera imagen de una sociedad norteamericana que desde siempre se ha querido encubrir, la cara oculta de una “America” que es muy distinta a la del discurso oficial que pregona la primacía y la opulencia por doquier. En fin, imágenes que no tienen pudor en mostrar las miserias de la gran potencia del Norte, de su creciente pobreza, de la persistente falta de trabajo, de los millones los estadounidenses que no tienen seguro médico, de la incesante discriminación a los afroamericanos y de las penosas condiciones de vida de los indocumentados, por citar sólo lo más relevante. Imágenes que quizás hicieron su “debut” a partir de la tragedia del Katrina, cuyos vientos huracanados no sólo infligieron muchos daños materiales y humanos, peor aún, también volaron las apariencias de fachada de una sociedad norteamericana donde no todo es riqueza y glamour, como una y otra vez nos trata de mostrar la televisión yanqui y el cine de Holywood. Durante esos días pudimos apreciar “escenas de la vida real de Estados Unidos”, retratos “sin editar” que desnudaron al Mundo la descarnada realidad de la pobreza y de la marginación que se viven en los suburbios de Nueva Orleáns, donde habitan mayoritariamente afroamericanos. Nos dieron cuenta, entonces, por extensión, de cuáles son las penosas condiciones de vida de tantos lugares como aquellos que se han convertido en verdaderos ghettos y que son el paisaje común de los suburbios de las grandes ciudades norteamericanas. Y bien sabemos que a partir de entonces todo esto, además, se ha visto enormemente agravado por la profunda crisis capitalista que ha golpeado muy duro a la primera potencia del Mundo.

En definitiva, a pesar del mensaje oficial en contrario, ha cobrado protagonismo a nivel mundial la imagen de una “America” en persistente declive que tiene infinidad de cuentas por saldar en lo interno, y que, para colmo de males, está siendo jaqueada por nuevos poderes que le disputan la hegemonía global. Cada día que pasa surge una evidencia más de que el “american way of life” se está cayendo a pedazos, al menos para grandes cantidades de norteamericanos, pero mucho más para la gente de color y peor aún para los indocumentados.

Y no nos equivoquemos, y no lo dejemos de destacar cada vez que podamos –aún cuando estén todas las baterías del poder oficial apuntando a estigmatizar a la inmigración ilegal como la causante de muchos de los males actuales–, la inmensa mayoría de estos inmigrantes son muy buena gente que se arriesga a todo para huir de la pobreza extrema de que son víctimas y por lograr un futuro mejor para los suyos, sabiendo que lo único que tienen para ofrecer es mucho trabajo duro. Son gente humilde de extremado valor que con enormes sacrificios consiguen el dinero que no tienen para pagar a los “coyotes” que los van a hacer cruzar la frontera con tal de mejorar su vida tras la esperanza de un “sueño americano” que mucho antes de alcanzarlo ya se habrá transformado en todo un espejismo, sólo teniendo en cuenta las penurias y los riesgos que afrontan al atravesar el desierto. Pero, por si esto fuera poco, para los que lo consigan, del otro lado de la frontera, los estarán esperando con esta renovada caza de brujas dirigida a perseguir a los que tengan la piel cobriza o hablen español, como lo impone la ley Arizona. A partir de entonces, para la inmensa mayoría de ellos, el “sueño americano” se habrá convertido en una verdadera pesadilla.

Notas:

1. The New York Times – 07.o1.2010

2. The Wall Street Journal – 11.09.2009

3. The New York Times – 11.09.2009

* jomigarcia@hotmail.com

http://jomigarcia.blogcindario.com

http://blogs.montevideo.com.uy/bloghome_705_1_1.html