La Habana, (PL) En el lenguaje coloquial de los latinoamericanos, el diminutivo ocupa un lugar tan importante que gran número de palabras expresivas de conceptos “se achican” para matizar una idea. Además de la adición de sufijos como -ito, -ita (los más usados) a sustantivos propios e impropios y a los adjetivos, se añaden también a verbos, adverbios y a pronombres como los demostrativos.

Su uso se ha enraizado de tal forma que algunos como ahorita (ahora mismo, muy recientemente, después, dentro de un momento, en seguida) o poquito tienen ya su propio diminutivo: ahoritita, poquitito…. Por lo general, el empleo exagerado de los diminutivos suele asociarse con un bajo nivel cultural. Un cuento popular refiere que había una señora que para todo usaba diminutivos. Un día la invitan a una elegante cena y su esposo le dice en secreto que ni se le ocurra decir uno sólo. Al terminar la comida, le preguntan a la mujer que si quiere repetir un plato, a lo que responde: “Muchas gracias, la cena estuvo exquisita pero ya no tengo mas apeto” (por apetito, que por ignorancia consideraba un diminutivo). Es tan desdeñado el diminutivo que hay quienes incluso le han declarado la guerra con el argumento de que son innecesarios o reflejan la simpleza de los seres humanos, y ocultan la verdad, sin embargo, sobre estas incursiones idiomáticas la polémica es amplia. Y es que, sin dudas, las lenguas como productos sociales, se enriquecen con lo que aportan sus hablantes y decir que es de mal gusto o no el empleo de ciertos términos puede ser una defensa a ultranza de la “buenas” normas porque casi siempre el uso y la costumbre triunfan. Ese peculiar achicamiento de las palabras – que no se da precisamente en la forma, todo lo contrario – suele relacionarse con cuestiones afectivas, de sumisión, duda, religiosidad y también con la herencia de lenguas originarias, entre otras. La carga emocional que llevan en sí, a criterio del lingüista Amado Alonso (1896-1952), no tiene la función exclusiva de disminuir, incluso para él ésta es la función menos frecuente. El importante estudioso de nuestra lengua, asegura que el sentimiento y la visión subjetiva es la que le da el verdadero valor funcional a estas palabras, para lo cual la entonación y el contexto son imprescindibles. Una de las finalidades del diminutivo es la ponderación de acciones o cualidades de recogimiento, como “es muy educadita”. Asimismo, puede expresar cortesía, “un pasito por favor”; cuando se quiere que se camine y poder despejar un lugar; y también compasión, “pobrecillo”. Para pedir grandes favores se invoca en actitud reverencial al Diosito o la Virgencita. El sufijo – ucho puede darnos idea de conmiseración así como de desprecio: “está delgaducho” o “ese medicucho”. Se pueden emplear hasta para disimular abuso, por ejemplo, “por ser a usted sólo le cuesta mil pesitos”. En cada país o región se le dan matices diferentes, con una flexibilidad tal que parecen ilimitadas las posibilidades de su uso. Se dice que los diminutivos tienen mayor alcance en México que en ninguna otra nación de Latinoamérica. Muchos estudiosos de la lengua aseguran que su exagerado empleo allí se debe a lo afectuosos que son sus habitantes, otros lo relacionan con un sentimiento de servidumbre; y un tercer grupo lo atribuyen a la influencia en el español del náhuatl, la lengua nativa con mayor número de hablantes en ese territorio. De acuerdo con filólogos, ese idioma de la familia yuto-azteca tiene dos sufijos diminutivos uno reverencial -tzin (usado para personas queridas o familiares) y otro despreciativo -ton (usado con persona despreciadas u objetos poco importantes). Dichos signos lingüísticos vendrían a cumplir las mismas funciones que nuestros -ito, -ita. En su estudio Posible influencia del náhuatl en el uso y abuso del diminutivo en el español de México, el historiador y lingüista tapatío José Ignacio Dávila Garibi (1888-1981) refiere que la presencia del diminutivo es tal que llegó a palabras extranjeras incluso cuando no habían sido aceptadas en el español. Pero, ¿En realidad son los mexicanos quienes más emplean el diminutivo? La respuesta sería imprecisa, porque los colombianos, los peruanos y los bolivianos también motean su habla cotidiana con numerosos vocablos de este tipo. Ocurre lo mismo en Chile donde, por citar un ejemplo, se le llama señorita a cualquier mujer, independientemente de su edad o estado civil, y en toda la América hispana. Lo cierto es que para algunos despreciables y para otros considerados las palabras del cariño, los diminutivos no pasan indiferentes. El gran escritor ecuatoriano Jorge Enrique Adoum (1926-2009) aseguró que se trata de un uso del lenguaje que corresponde a un sentimiento de ternura. Pero más allá del papel de ese fenómeno lingüístico muy marcado en el lenguaje oral, en el escrito han quedado cristalizados términos como habichuela (diminutivo de haba); pasillo (de paso), entre muchos otros. De igual forma han quedado plasmados en obras literarias, tal es el caso de Platero y yo, del Nóbel de Literatura español Juan Ramón Jiménez (1881-1958). “Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro. Lo dejo suelto y se va al prado y acaricia tibiamente, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas. Lo llamo dulcemente: ¿Platero?,y viene a mí con un trotecillo alegre, que parece que se ríe en no sé qué cascabeleo ideal. Atacar al diminutivo merece antes una reflexión. El lenguaje nos identifica y si desterramos del habla cotidiana esta suerte de matizar lo que queremos decir, renunciaríamos a nuestros orígenes y a ser los que somos. El escritor mexicano Octavio Paz (1914-1998), dijo en la inauguración del Primer Congreso Internacional de la Lengua Española, realizado en Zacatecas, México, en abril de 1997, que “la palabra es nuestra morada: en ella nacimos y en ella moriremos. “[…] Nos reconocemos incluso en lo que nos separa del resto de los hombres; estas diferencias nos muestran la increíble diversidad de la especie humana y, simultáneamente, su unidad esencial. Descubrimos así una verdad simple y doble: primero, somos una comunidad de pueblos que habla la misma lengua y, segundo, hablarla es una manera, entre muchas, de ser hombre. La lengua es un signo, el signo mayor, de nuestra condición humana.”

* La autora es periodista de la Redacción Suramérica de Prensa Latina.