El militarismo es concebido como parte esencial de la cultura de guerra y su intención es dominar la cultura, la educación, la política y la economía en detrimento de la institucionalidad civil.

Esta doctrina contempla la imposición física, abarca el desarrollo de la industria y comercio de armas, la preparación de y para la guerra, pero sobre todo, el estímulo a la asimilación y aplicación de valores militares.

La aceptación y obediencia voluntaria de la sociedad son el fin principal de los militaristas, afirman seguidores del tema, quienes consideran señales de alerta la desobediencia e insubordinación de la corporación militar a la autoridad civil y el exceso en sus funciones legales.

Los primeros pasos en la conformación de esta ideología datan de la Europa decimonónica y su nombramiento es atribuido a los liberales de la época, afectados por las grandes diferencias entre sus intereses burgueses con los de los oficiales aristócratas.

Historiadores concuerdan en que el Estado Espartano, el Japón de 1931 a 1945, y la Alemania hitleriana, son los modelos ideales de militarismo, entendido como una desproporción entre funcionarios civiles y de origen militar en el mando de un Estado.

Para otros especialistas, el militarismo valora positivamente la guerra y atribuye a las fuerzas armadas primacía en el Estado y la sociedad, exalta una función, la aplicación de la violencia, y una estructura institucional: la organización militar.

Este implica a su vez una orientación política y una relación de poder, en la misma medida en que el uso de la violencia militar bajo su impronta esta relacionada con la política exterior y no en el ámbito interno.

El militarismo se apodera de la ciencia, del arte, y subordina la investigación científica a los fines de las confrontaciones armadas, frente al reacomodo de la economía a esta, en consonancia con el avance del capitalismo y la incesante búsqueda de capitales.

Borísov, Zhamin y Makárova, definen que en el contexto de la cultura de guerra, se recrudece la propaganda de odio a la especie humana y el progreso cultural de los pueblos choca con nuevos obstáculos

Arraigo de la ideología militarista

“El militarismo es una ideología cuya pervivencia depende de que se busque y encuentre enemigos continuamente. Esta demonización del otro nos lleva a una visión vital negativa, que ve el conflicto como un ataque y no como una oportunidad de diálogo”, expresa el académico chileno Guillermo Cortes Lutz.

Esta concepción logró extenderse y ser aceptada por la mayor parte de la población, de forma consciente o inconsciente, a pesar de que implicó la militarización de muchísimos aspectos de la vida personal, social y política.

La problemática alcanzó tales raíces que, en opinión de Cortes Lutz, parece imposible alguna alternativa o, simplemente, alguna línea de crítica asumible por las mayorías.

De acuerdo con Martin Shaw, Anthony Giddens, y otros autores, los militares no son los únicos responsables y exponentes de la ideología militarista.

La conjugación de factores sociopolíticos, económicos y un cúmulo de acciones consientes, posibilitan la entronización en el imaginario social de esta corriente, mientras políticos, intelectuales y otros civiles, apoyan y hasta dirigen programas de distinta naturaleza con tales enfoques.

El meollo de la cuestión, en última instancia, está en el afán de dominación de unos individuos sobre otros y no sólo en lo meramente militar.

Pese a las intensas campañas en su contra, el militarismo está infiltrado en las bases culturales de nuestras sociedades y subyace en gran parte de las prácticas políticas habituales en cada una de estas, en el siglo XXI.

Propuestas atravesadas por la lógica belicista -no siempre encausadas para bien de la defensa de las naciones-, completan las políticas económicas nacionales, internacionales, de producción, investigación y desarrollo, cooperación internacional, y resolución de conflictos, independientemente de sus orígenes.

En otros términos, esta doctrina logró tal incidencia en las agendas públicas e individuales en este amanecer de siglo, que resulta un pecado imperdonable desatenderse del asunto y virar la espalda a los movimientos empeñados en contrarrestarlo.

El militarismo es concebido como parte esencial de la cultura de guerra y su intención es dominar la cultura, la educación, la política y la economía en detrimento de la institucionalidad civil.

Esta doctrina contempla la imposición física, abarca el desarrollo de la industria y comercio de armas, la preparación de y para la guerra, pero sobre todo, el estímulo a la asimilación y aplicación de valores militares.

La aceptación y obediencia voluntaria de la sociedad son el fin principal de los militaristas, afirman seguidores del tema, quienes consideran señales de alerta la desobediencia e insubordinación de la corporación militar a la autoridad civil y el exceso en sus funciones legales.

Los primeros pasos en la conformación de esta ideología datan de la Europa decimonónica y su nombramiento es atribuido a los liberales de la época, afectados por las grandes diferencias entre sus intereses burgueses con los de los oficiales aristócratas.

Historiadores concuerdan en que el Estado Espartano, el Japón de 1931 a 1945, y la Alemania hitleriana, son los modelos ideales de militarismo, entendido como una desproporción entre funcionarios civiles y de origen militar en el mando de un Estado.

Para otros especialistas, el militarismo valora positivamente la guerra y atribuye a las fuerzas armadas primacía en el Estado y la sociedad, exalta una función, la aplicación de la violencia, y una estructura institucional: la organización militar.

Este implica a su vez una orientación política y una relación de poder, en la misma medida en que el uso de la violencia militar bajo su impronta esta relacionada con la política exterior y no en el ámbito interno.

El militarismo se apodera de la ciencia, del arte, y subordina la investigación científica a los fines de las confrontaciones armadas, frente al reacomodo de la economía a esta, en consonancia con el avance del capitalismo y la incesante búsqueda de capitales.

Borísov, Zhamin y Makárova, definen que en el contexto de la cultura de guerra, se recrudece la propaganda de odio a la especie humana y el progreso cultural de los pueblos choca con nuevos obstáculos

Arraigo de la ideología militarista

“El militarismo es una ideología cuya pervivencia depende de que se busque y encuentre enemigos continuamente. Esta demonización del otro nos lleva a una visión vital negativa, que ve el conflicto como un ataque y no como una oportunidad de diálogo”, expresa el académico chileno Guillermo Cortes Lutz.

Esta concepción logró extenderse y ser aceptada por la mayor parte de la población, de forma consciente o inconsciente, a pesar de que implicó la militarización de muchísimos aspectos de la vida personal, social y política.

La problemática alcanzó tales raíces que, en opinión de Cortes Lutz, parece imposible alguna alternativa o, simplemente, alguna línea de crítica asumible por las mayorías.

De acuerdo con Martin Shaw, Anthony Giddens, y otros autores, los militares no son los únicos responsables y exponentes de la ideología militarista.

La conjugación de factores sociopolíticos, económicos y un cúmulo de acciones consientes, posibilitan la entronización en el imaginario social de esta corriente, mientras políticos, intelectuales y otros civiles, apoyan y hasta dirigen programas de distinta naturaleza con tales enfoques.

El meollo de la cuestión, en última instancia, está en el afán de dominación de unos individuos sobre otros y no sólo en lo meramente militar.

Pese a las intensas campañas en su contra, el militarismo está infiltrado en las bases culturales de nuestras sociedades y subyace en gran parte de las prácticas políticas habituales en cada una de estas, en el siglo XXI.

Propuestas atravesadas por la lógica belicista -no siempre encausadas para bien de la defensa de las naciones-, completan las políticas económicas nacionales, internacionales, de producción, investigación y desarrollo, cooperación internacional, y resolución de conflictos, independientemente de sus orígenes.

En otros términos, esta doctrina logró tal incidencia en las agendas públicas e individuales en este amanecer de siglo, que resulta un pecado imperdonable desatenderse del asunto y virar la espalda a los movimientos empeñados en contrarrestarlo.

* Perioditsta de la redacción de temas globales.